Crítica

UN DESTELLO EN LA OSCURIDAD

La luz en el nogal

La luz del nogal
María Cristina Venturini
Ediciones De La Grieta
Argentina, 2012
132 p.p.

por Marcelo Gobbo

Dos líneas “narrativas” se entrelazan a lo largo de las ciento treinta páginas de “La luz del nogal”: la agonía y muerte del padre de la autora y la traducción del poema “Do not go gentle into that good night”, del poeta galés Dylan Thomas, ambas aconteciendo casi simultáneamente. De este modo, los poemas de María Cristina Venturini entrelazan dos experiencias que, cada una a su manera, están vinculadas con la muerte.

La del fallecimiento del ser querido, con su duelo, su memoria, sus últimos días de vida, se vuelve una experiencia que, por decirlo de una manera brutal, se aferra a la poesía para poder ser sublimada, para así exigirle al impacto emotivo de esa instancia biográfica la posibilidad de ser recordado en la calma, según el axioma de Wordsworth.

La de la traducción del poema de Dylan Thomas es una experiencia que reafirma el vínculo entre poesía y vida. Pero ese vínculo no se sostiene solo por su cualidad especular (el tema fundacional del padre moribundo y la reafirmación de la vida ante la inminencia de la muerte, en ambos casos) sino, y por sobre todo, por la posibilidad de insertar la poesía en la vida diaria, con los interrogantes y las certezas que un poema instaura o restaura, en vital, incluso podríamos decir corpórea, convivencia.

Un combate por la luz

Tal vez se deba a esto último que un libro de poemas cuya materia prima es la muerte resulte tan luminoso, sostenga con tanta firmeza el pulso de todo lo que late y vibra en el mundo de los vivos y acabe por contagiar la pasión por la traducción como otra instancia del vivir, como si de un parto se tratara, en el cual la acción de pujar palabras culminase con el alumbramiento del poema traducido.

Pero también las digresiones acuden en auxilio para dotar de vida al conjunto de poemas. Después de todo, ya Bioy Casares nos había señalado que “la vida entra en los escritos por las digresiones” y en “La luz del nogal” son muchos los poemas que ejemplifican esto. Poemas sobre aves cantando o sobre el paso de la luz sobre los árboles irrumpen como parte indivisible del trabajo de traducir o de cuidar al padre que se despide de este mundo. De tal modo, el mundo que el padre abandona, el de las palabras del poema a traducir y aquel que se cuela por la ventana, en una visión o por pura presencia auditiva, se vuelven uno para recordarnos su comunión tanto como su existencia.

Es, sin duda, esta fe en la vida y en la palabra lo que le permite a Venturini eludir el sentimentalismo o el patetismo ante ese tema íntimo y doloroso. Nada hay en estos poemas de autocomplacencia, de retórica banal, de lugar común. Venturini combate contra el llanto fácil y cómodo, combate contra la muerte de la luz, tal como se lo pide Dylan Thomas, y triunfa, aun mostrando las cicatrices y los ojos enrojecidos. En esta proeza nada menor no está sola y ella lo sabe: reconoce tras de sí el paso, no solo del galés, sino también de poetas como T. S. Eliot, Ezra Pound y Wystan Hugh Auden, entre otros, y se nota que ha aprendido mucho y bien de todos ellos.

Desplazar la muerte

Es evidente que la poeta entrerriana, radicada en la Patagonia argentina desde hace muchos años, ha venido manteniendo un largo diálogo con esos poetas y con sus obras. Algo de eso podía ya entreverse en “Poemas consubstanciales”, el libro editado anteriormente por Ediciones De La Grieta, pero en “La luz del nogal” ese diálogo es la sustancia esencial del libro en su totalidad y de la última parte en particular, en la que el foco exclusivo está puesto sobre la traducción del poema.

Es en esta última parte donde se pone de manifiesto la inmanencia del lenguaje, donde se advierte con total contundencia la inextricable fusión entre vida diaria y lenguaje. Porque Venturini traduce el poema de Dylan Thomas a partir de su propia experiencia de hija y es esa experiencia la que la lleva a reformular los mandatos habituales de una traducción, al tiempo que la lleva a reinterpretar la agonía y muerte de su padre.

Cada verso, cada palabra, entonces, se somete a la multiplicidad de sus significados, a las variantes de su traducción, a partir de la experiencia empírica de esos versos y esas palabras: lo vivido reconfigura lo leído y viceversa. El debate interno en torno a esa traducción se vuelve poesía delante de los ojos de los lectores y abre infrecuentes interpretaciones que enriquecen la lectura del poema en sí como del libro todo.

Esta manera de traducir interpelando a la propia experiencia es algo que podemos encontrar, por ejemplo, en la poesía de la rosarina Mirta Rosenberg (al menos en lo que va de “Madam” a “El arte de perder”), quien también ha escrito a partir de la misma experiencia (la muerte del padre, en “Lo seco y lo mojado”, de “Teoría sentimental”), y con quien Venturini comparte, además de la marginalidad territorial con respecto a la central Buenos Aires, esta puesta en acto poético de la aseveración wittgensteiniana “las palabras son hechos”.

Pero si en Rosenberg el procedimiento está al servicio de sus habituales, inteligentes y reveladores, juego de palabras, en concordancia con la manera en que construye sus rimas internas, como un modo de desdramatizar el acontecimiento o la emoción poetizada, en Venturini lo lúdico queda excluido y es la pregunta sobre el significado lo que sirve para evitar la alusión directa al drama. En los poemas del final de “La luz del nogal”, Venturini elude la mención puntual del conflicto que les da vida y la traducción se vuelve metonimia de todo lo poetizado previamente en el libro; paradójica pero intencionadamente, con esto logra que la muerte del padre esté más presente que nunca y que su agonía se vuelva palpable y vívida por medio del padre enfermo de Dylan Thomas.

Un delicado equilibrio

Los poemas de “La luz del nogal” se suceden con cuidado equilibrio. Venturini consigue balancear poemas breves y largos, ligeros y densos, con precisión casi geométrica. A la manera de Eliot, no busca la rima pero la adopta acertadamente cuando se vuelve necesaria. Y en este libro, al menos, logra dotar de fluidez a todas las complejas transiciones entre lo confesional y lo metalingüístico, entre lo biográfico y lo intertextual, con premeditada sutileza.

Quizás “La luz del nogal” sea un libro irrepetible en la obra de Venturini y en la poesía en general. Rara vez se repite en la vida (y no solo la de los poetas) un acto tan supremo de entrega que es, al mismo tiempo, de sujeción, o un acto de fe que es, a su vez, de duda, en el que las contradicciones y los opuestos se aúnan para dar con una nueva ontología, en el que todo se pone bajo una luz completamente sorpresiva pero ineludible.

Por suerte, María Cristina Venturini ha sabido amalgamar lo visceral y lo intelectual, la sangre y la palabra, el dolor y la risa, lo erótico y lo tanático con absoluta singularidad y maestría por esta vez. No podemos ni debemos pedir más.

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Marcelo GobboMarcelo Gobbo es escritor, realizador televisivo y cinematográfico, músico y docente. Ha escrito ensayos, poemas y relatos, algunos de los cuales han aparecido en diversas publicaciones de Buenos Aires y del interior de la Argentina, en un libro editado por la Universidad de Pittsburg (sobre Ricardo Piglia) y en diversos sitios de internet, además de tener dos novelas rigurosamente inéditas. Creó una publicación sobre literatura, cine y música, fue coordinador y docente en la escuela de cine Aquilea, trabajó como editor, libretista y realizador en varios canales por cable dedicados a la educación y compuso música para comerciales, videos y teatro. El Camarote Ediciones publicó su libro de relatos Barbarie y civilización y Ediciones De La Grieta el volumen Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas, ambos en 2012.

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