Crítica/Ensayo/Libros/Poesía

Un duelo que se pone en movimiento

Como las catedrales
Carolina Dávila
Universidad Nacional de Colombia
Colección de poesía
Bogotá, 2011

 

por Santiago Espinosa

“Estudié la ciencia de las despedidas…”
Ossip Mandelstam

 

El arte doloroso del que ama despidiéndose, desde el camino. Desterrados los centros que daban un sentido a nuestros días, en la calle y en el foro, en la naturaleza, nuestra palabra es hoy un arte viajero que a la distancia nos mira. No es el afán de variedades lo que mueve sus pasos, hemos quemado sus moradas y por eso viaja. No es la postal o el exotismo, no la aventura. “Se viaja no por algo si en contra de algo”, lo recordaba Jorge Gaitán Durán. Pero en la amarga sabiduría del que se encuentra a la distancia, desocupados sus espacios, la posibilidad de mirar nuestros asuntos sin rencor, con la serenidad que hemos perdido antes de echar a andar.

En la poesía de Carolina Dávila, con el arrojo del que mira sus asuntos por primera vez, volvemos a encontrar estos dilemas como a través de un nuevo aire. Viaja la poeta y nosotros en su mirada. Todos los tiempos se dislocan. Pasan desde el relente de sus ojos ciudades y paisajes, desencuentros, el mundo que aparece a contraluz como después de un largo desperezo.

Sin otro puerto que sus propios extravíos, “Perdida la orientación/ todo puerto es buen destino”, cualquier partida es un regreso equidistante hasta los centros de su ser, ella misma: cruce de caminos sin finales ni principios, ese lugar donde todas las nostalgias ocurren en presente: “el tren no pasa”, nos dice, “el paso del tren es una sucesión de imágenes”.

Así, como las vistas prófugas de una ventana de tren, una detrás de otra, en el transcurso donde palabras y silencios se suceden sin saber cómo ni dónde es que llegaron a nosotros, irrumpe este libro como un misterioso relicario. Viaja nuestra poeta a la persecución de un doble, su rostro fragmentado es el crisol de los regresos. Viaja en contra de alguien o a pesar de alguien, algunos, pero había que perderlo todo para encontrarse en los escombros.

Perdida la armonía desde un principio. “No hay mirada que nos abarque/ sólo en un espejo mutilado/ se reflejan intactas nuestras marcas/”, como se dice ese magnífico poema que es “Frente a la plaza victoria”, cualquier resultado sería la acumulación de azogues rotos, terminada la búsqueda; una enumeración de ausencias y vacíos. Pero quizás sea en esos espacios desocupados por nosotros, libres de ser y de andar, donde un mundo se muestre en sus reversos insospechados. La vida de los otros que en ellos se trasluce. Y vemos los gestos que tenia las cosas y las plazas, los cuartos, las estaciones y las costas, antes de que alguien tuviera la osadía de definirlas, ni hablemos de aquellos que empobrecen con metáforas.

Hablo de “La herida que es el afuera”, como se nombra bellamente en alguna parte, y que en una sola sentencia refleja el carácter de una poesía que no le teme a la realidad. Que hacia ella se entrega sin protecciones de ningún tipo, retóricas o anecdóticas, formales, situándonos en el centro del peligro. Carolina Dávila sabe que no hay que partir para encontrar el extrañamiento, “no hace falta partir/ para sentirse lejos”, que llevamos el desarraigo adosado como el caracol su casa: desplazados y viajeros, exiliados de todo tipo, “la vida está en otra parte” sería el verso de mi generación.

Pero también sabe que no quiere transarse en un lamento lastimero, “No es una virtud permanecer/ hastiar, hastiarse” poesía de las pequeñas experiencias y el Narciso. No, no quiere resignarse hasta envilecer de abandonos. Entonces se echa andar en un viaje que es real como simbólico, pone a su mundo en un perpetuo movimiento. Y así, siempre entre el aquí el allá, en la medianía de la distancia como el mendigo de su poema, se sienta en la acera para observar el tiempo, hablando a través de los pensamientos y las cosas.

Para el lector que espere un libro de viajes que enajene sus rutinas, excusa colorida para volar al otro lado del vacío, no este libro el indicado ni son tales sus pesquisas. Por cada poema hay un trasfondo de derrota. Algo que se perdió sin retornos. “Un desacomodo” del mundo y de la vida que no encuentra palabras para ser nombrado. Antes de haber comprado los boletos, las flores donde la niña imaginaba mariposas se han convertido en un abismo de raíces negras.

Contrario a una crónica quizás este libro ofrezca, a la manera en que viajaba Blaise Cendrars, un duelo que se pone en movimiento poema tras poema. Calla la anécdota para dejarnos los estragos. Habla de lo que todos ignoran u olvidan, antes que se desaparezca, le rinde a lo perdido una última alabanza. Y esta poeta escribe para que todas esas cosas no se mueran con ella.

Muchas de estas palabras parecen recordamos que la poesía pudo nacer el día que ante la muerte de los suyos, a solas, los viejos recordaron a la tribu que la vida es un transcurro pasajero. Que nada permanece y este es rudo quehacer, no importa el puerto. Que somos un duro montón de polvo arrojado a los baldíos, imaginando quién sabe qué retornos hasta la estrella que nos engendró.

Por momentos, lo sospechamos, esta palabra quisiera plegarse hasta los otros en un gesto, palpar sus pulsos. Curar en su cuidado las roturas. Pero no lo hace ni puede hacerlo. Lejos de toda redención, esta palabra es plenamente consiente que la falta de sosiego es también suya, “no creerá nadie en el sosiego/ de un niño que juega a la pelota/ en la plaza de un pueblo/ donde todos se conocen”, que ella también ha sido herida cuando mira para atrás. Y sin embargo, en esa separación que no es la de los espectáculos, su voz encuentra la perspectiva necesaria para indagarnos éticamente, no tranzarse.

Nos muestra un tiempo distinto y que no es el de relojes. Amplía nuestros espacios desde la simultaneidad, enriqueciendo la vida desde su perspectiva forastera. Y nos observa con cuidado, a veces  nos hiere. Vuelve a decirnos que los realmente prófugos somos nosotros, un continente que huye de sí mismo, y que con sus lugares de paso y sus deseos de perderse, con sus aviones y su asfalto, parece que se mueve y respira cuando es en realidad otro epicentro de la parálisis: “Para que surja la vida/ se necesita tierra negra y húmeda…pero el azar nos trajo hacia el asfalto”, “Para que la vida se mantenga/ es preciso aíre perfumado…pero en este lugar/ cada bocanada asesta un golpe”.

Su distancia, para recodar las palabras de Rilke en Los cuadernos de Malte, ha sido un demorado camino para “aprender a mirar”, y esa mesura es la que le permite nombrar las cosas despidiéndolas; sin violencias ni exotismos, desinteresadamente, en las regiones donde se borran los pasaportes y todos no somos más que unos inquietos forasteros, errantes del tiempo y del espacio. “Aprender a ver”, decía el poeta alemán a través de su alter-ego, viajero entre viajeros: “no sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa.”

Esquirlas dócilmente acopladas. Ventanas curvas. Constelación de despedidas desde su esquiva sucesión. Migajas de montaña. Todas estas imágenes nos vienen a la mente por ensalmo, abiertas las páginas de este libro extraordinario. Una nostalgia anterior al camino, y que termina tras un salto por volver hasta la vida misma: “Lo entendió después del salto:/ El final del abismo/ es un cuerpo impenetrable.”

Estas postales se nos muestran disgregadas desde afuera, pero tras la secuencia, en el adentro, un imantismo recompone los arcanos devolviéndoles su sentido, ocurre en ellas el hallazgo de una persona, ese vocablo que nunca agota su significado. Una persona que se aleja y que va aunando vacíos a su paso, los cuida como un raro talismán, y a la distancia, mirando lo vivido y lo perdido, “desde su exilio crece cuando se aleja, como las catedrales”.

Lejos de burladores retóricos y temas manidos, justa el mejor de los sentidos, esta poesía comienza donde las otras terminan. Es una compleja reconciliación de la sensibilidad y la inteligencia. Esa aleación cada vez mas rara o por eso mismo más perentoria, y donde acaso se esconda la secreta alquimia de estas páginas. Y es entonces cuando sentimos en su tono esa amalgama de condena y consolación, derrota y libertad de las mejores voces. Pocas veces un primer libro, aún más en Colombia, nos sorprende con este tipo de sabiduría, y que pareciera revelar un demorado arte de purificación, verbal y psicológica.

Ahora es en los regresos donde los retos de esta palabra realmente comienzan. Su sabiduría es hoy la de la enseña que vuelve. Y pienso en los poemas que Carolina estará escribiendo en el silencio. Una vez más. Cuando nos reuníamos en su casa sin saber que estos hallazgos explicaban su prudencia. Que su orfandad se abría camino hasta lo insospechado, sin que propios y extraños lo advirtiéramos.

Devueltos los trenes para volver a una quietud inaugural, vistos desde una luz distinta, quizás sea en esa resistencia de los árboles sin puerto, en las mujeres que amamos porque “no se doblegan”, “porque con la lluvia no penetran otras aguas”, en lo reconciliado, donde esta poesía tendrá que iluminar nuevas razones para no volver a irnos. Para mirar estos dominios, al fin, con el amor del que nació para quedarse en ellos.

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Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) Crítico y periodista, profesor de filosofía. Egresado en Literatura (2009) y Filosofía (2010) de la Universidad de los Andes. Ha escrito artículos y reseñas para medios como Alforja yLa Otra, de México, Revista Casa SilvaEl espectador,El tiempoArcadia y La Hoja de Bogotá, del que fue jefe redacción hasta su desaparición, en 2008. Poemas suyos han aparecido en revistas nacionales e internacionales. En 2010 Taller de edición publicó Los ecos, su primer libro de poemas.

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