Ensayo/Libros/Poesía

Dar la cara a lo incierto

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A continuación presentamos el epílogo que Jorge Dávila elaboró para la edición ecuatoriana de Poesía ante la incertidumbre, antología de nuevos poetas en español.   

DAR LA CARA A LO INCIERTO

por Jorge Dávila Vázquez

Dije hace un tiempo, en mi Discurso de ingreso a la Academia Ecuatoriana de la Lengua:

“En esta época tan mecanizada y tecnológica, el concepto mismo de creación sufre una tremenda crisis, más todavía cuando hay quienes lo único que saben hacer es jugar en el ordenador y producir unos textos que son casi tan insignificantes como los que lograría un chimpancé entrenado para teclear palabras. Es, cada vez más, el reino del sinsentido, la gloria del computador, la ausencia de imaginación y de talento, so pretexto de una posmodernidad, que pudo ser muchas cosas, pero no precisamente anulación de la inteligencia. Se habla de búsquedas, mas no son tales, si no apenas demostraciones de impotencia; de absoluto desconocimiento del arte de generar algunas imprescindibles antinomias sobre las que se asienta la obra literaria, como inquietud-calma, belleza-fealdad, armonía-caos, deslumbramiento-tiniebla, ordinariez-milagro, mediante los humildes y esclavos, pero también esquivos y rebeldes vocablos.

Contra esos excesos, tomados como la neo escritura automática y el súmmum del experimentalismo, deben reaccionar los escritores de verdad, aquellos que nacieron con una sensibilidad particular y que se fueron haciendo a lo largo del camino, luego de una lucha sin cuartel con el  ángel del verbo. Creo que no hay una imagen más a propósito de este enfrentamiento, que la del combate singular entre Jacob y el Ángel, que retomó Claudel en su “Zapato de raso”, y de la que bien podemos apropiarnos nosotros, porque verdad es que en tal enfrentamiento con la expresión, el autor pone su vida en la apuesta. Y solo en ese reto suprahumano, en ese incesante batallar con el espíritu de las palabras y sus sentidos, entendemos el porqué de la escritura…”

No pensé que en cosa de meses, iba a encontrarme ante la interesante posibilidad de expresar mi sentir frente a un conjunto de poetas que, decididamente, optan por dar la cara a la incertidumbre, ofreciendo al lector unos textos en los que se nota que tienen algo que decir y lo dicen de modo cabal, intensamente lírico, y en franca ruptura tanto con esos escarceos de chimpancés amaestrados de quienes predican el automatismo en la escritura, cuanto con aquellos centones herméticos de lo que se ha dado en llamar el neo-barroco, celebrado por quienes se han autoconsagrado como los sumo sacerdotes de un rebuscado culto a la palabra, que cuenta con iniciados y cultos propios.

Siento un profundo placer, nacido de la lectura de la mayoría de los textos que conforman este libro. La satisfacción de encontrar una poesía que dice y que tiene sustento, una lírica que expresa sentimientos ante la vida, la muerte, los recuerdos, el paisaje interno y externo, las vivencias del ser humano.

Esto lo vemos con claridad en la obra de los autores que integran una selección que sabemos podría extenderse largamente en la producción poética del país de cada uno de los autores elegidos, tanto con obra de poetas de generaciones anteriores como con la de contemporáneos a los aquí incluidos, e incluso de más jóvenes, porque el deseo de usar poéticamente la palabra para comunicarse, sin  circunloquios ni florituras excesivas ni oscurecimientos intencionales, es algo que late con fuerza en la actual producción poética en lengua española.

Y ahora intentaremos una breve aproximación individual a los autores reunidos en este importante libro.

Una poesía memoriosa de gran intesidad lírica, es la de Nathalie Handal. La poeta se traslada imaginariamente a la Europa de las guerras –la Civil Española, la Segunda Mundial-, ama con intensidad, vive apasionada y muere por una causa, por un ideal, en el contexto de una lucha sorda e irracional, como lo es todo conflicto bélico, en ese tiempo desolado y terrible, en el cual, sin embargo, subsiste el amor y la posibilidad de creer en algo, en el ser humano, en lo bello, y seguir vivos “en una suave estación, en un lugar salvaje”, que tienen un melancólico sabor de utopía.

La poesía de Gabriel Chávez Casazola, está llena de nostalgias propias y ajenas, de evocaciones de unos mundos ya desaparecidos, en los que la familia extensa, la casa solariega, la comida abundante y los pequeños lujos eran las notas comunes. Su exploración del yo lírico que crea esos discursos poblados de una melancolía no disimulada, permite la epifanía de un verbo lírico poderosísimo, de aliento casi épico en composiciones extensas. El tiempo, uno de los grandes protagonista de estos textos, halla, sin embargo, un contrapeso en la súbita aparición del llanto que purifica, así como de la magia impensada, que nos devuelve a las doradas horas del Génesis en esa preciosa joya que es “Una rendija”, en la que el niño demiurgo repite la Creación, modelando pajarillos de barro: “sopló suavemente sobre ellos/ y echaron a volar”. Sí, gracias al aliento del discurso poético de nuestro autor.

En el trabajo lírico de madurez de Xavier Oquendo – dotado de profundo sentido existencial y clara percepción del humano paso fugaz por el mundo-, no se encuentran los gritos desgarrados de ruptura con lo convencional. Hallamos, simplemente, una lengua poética remansada, plácida, evocativa, casi familiar, y solo con algunos rasgos de espanto –si la poesía no trae en algún momento este ingrediente, como que dudaríamos de su veracidad artística.

Atrae su percepción de la soledad como algo intenso en la vida del hombre, que, sin embargo, ante la muerte será “el menos hondo de los misterios.”

Admiran sus imágenes de los solitarios, como el fruto en el fondo de la corteza de la almendra; como velas que se apagan y dejan un vacío laberíntico.

Conmueven las expresiones confesionales, logradas con gran sentido lírico. El dolor, la conciencia de aquello que el ser humano arrastra a lo largo del camino, parten de lo individual,  mas, como tiene que ocurrir en la literatura que se precie de serlo, alcanzan niveles de universalidad: “Yo necesito saberte allí en los libros,/  en los poros de los otros perdedores.”

Hay en la obra poética de Jorge Galán, un profundo sentido de la evocación, con el que se mezcla la visión lírica de lo que puede ser, de lo que fue y lo que será. Eso hace que entremos en una esfera extremadamente frágil, porque siempre es peligroso pisotear un sueño, una quimera, una esperanza.

“Hablo conmigo mismo como el crepúsculo habla con lo/ sublime”,  Nos dice Galán, y percibimos que en ese monólogo, en efecto, hay una de esas búsquedas del ser humano poético, que va en pos de certezas y –por extraño que pueda parecer-, de sueños propios y ajenos.

“Sólo quien ha besado sabe que es inmortal”, este podría ser el lema de la obra lírica de Raquel Lanseros, que revela la continua creencia de su autora en las cosas más simples y más bellas de la vida, pero no por eso, las más insignificantes –dentro de una connotación semántica de poco significativas-; porque en su obra todo se vuelve trascendente, todo parte de una enorme y cálida franqueza, que al rebosar su corazón hace que los nuestros se colmen también de la tranquila y profunda hermosura de sus textos.

Desencantada poesía la de Federico Díaz Granados, llena de matices evocativos, poblada de emociones de un irrecuperable tiempo perdido, y solo susceptible de ser aprehendido proustianamente por la palabra poética en sus leves tonalidades, dentro de ese juego mortal que nos atrapa a todos, aquel en que ponemos las tristes monedas de la esperanza, invocando e interrogando a un  Dios al que demandamos: “Señor/ ¿De dónde proviene esta ronca voz/ que trae rumores de otras vejeces?”, y mirando nuestro reflejo que se confunde, poco a poco, con “algunas sombras, gestos de abuelos y tíos muertos”.

En los textos de Carlos J. Aldazábal asistimos al continuo proceso de destrucción del mundo y la edificación de uno nuevo, por aquello de que la esperanza  es “un canario/ devorando el silencio”, y el poeta jamás llega a la desesperanza. Mueren los seres humanos –pese al continuo desafio de estos a la parca implacable, desde la infancia-; muere la naturaleza; mueren los muertos, una y otra vez; pero retornan como presencias familiares, como memoria, como permanente transformación, cifrada en el proceso del árbol que se destruye y llega a ser el polvo que nutre los pastos y los alegra, como nos alegra a todos el raigal mensaje lírico del autor.

El pasado doloroso, la pérdida de todo lo amado, y un presente de brumas en que se extraña lo perdido, se olvida lo que se sabe y se sueña con un amor imposible: he ahí los temas de la obra lírica de Ana Wajszczuk.

Es como si ella y los seres que la habitan no fuesen más que un “cuerpo que carga/ con una/ o dos preguntas/ durante toda la vida”, cuestiones para las cuales nadie parece tener la respuesta, y ella menos que nadie. Y, sin embargo, nos envuelve en su verbo cargado de palabras extrañas a la lengua castellana, intraducibles, y que, sin embargo cargan de una misteriosa fascinación este discurso tejido de fantasmas de lo propio, lo ancestral y lo histórico, que se devela ante el lector en diversas etapas del itinerario de una misma presencia.

De todos los textos seleccionados para el presente volumen, de cuantos dan cara a la incertidumbre, los más crípticos son los de Damsi Figueroa.

Siendo una selección de poemas que busca, precisamente, la ruptura con los lenguajes herméticos de la lírica, la mayoría de los suyos, de indudable valor poético, no encaja en este universo. Creo que tendríamos que repetir con ella: ”Con el tiempo te has vuelto ciega./ Encandiláronte los verbos,/ la incandescencia de los versos dolorosos./ Te paralizaron las alimañas palabreras”.

Desencantada poesía la de Daniel Rodríguez Moya. Un tinte oscuro se proyecta sobre los textos de Nicaragua y México. Su afán de decir, de denunciar, de mostrar al mundo el horror, en “La bestia”, el temible y, a la vez, anhelado, “tren de la muerte”, hace que, a ratos, el grito se sobreponga al ritmo, pero es pieza de enorme valor humano y testimonial.

Los otros poemas tienen una capacidad evocativa, que tan pronto pasa de lo amargo a lo dulcemente remansado en el recuerdo y en el afán por volver al país perdido de la infancia. Y me parece fascinante su sentido de lo efímero, expresado tan bellamente en “Reglas del juego”.

Lírica de la soledad y el desamparo es la de Francisco Ruiz Udiel. Seguramente, en su interior, el aleteo oscuro de la muerte resonaba mucho antes de que pusiera fin a su joven vida. Tuvo siempre una clara percepción de la transitoriedad del existir humano, del paso de los seres por un mundo indiferente, inhóspito; sabía que el olvido viene pronto y que estamos tan abandonados, a veces, que  “ese balbuceo final/ –inaudible para todos–“, es la única leve huella que dejamos a nuestro paso.

Sin embargo, su conmovedora poesía queda más allá de su paso huidizo, como una forma indudable de dar cara a lo incierto de los días del hombre.

La percepción poética de Roxana Méndez oscila entre lo intenso y lo leve.  Le deslumbra el paisaje, al que percibe tal como lo imaginamos en el momento del Génesis. Sobre todo ese paisaje africano lleno de belleza y de acechanza, que parece ahogarla, por momentos.

Y luego está ese paisaje interno, del alma, en el que tienen importancia la memoria, el pasado y lo perdido, y que se construye líricamente no solo con las emociones que afloran a la superficie cotidiana, a veces tan insustancial, “un laberinto de habitaciones en habitaciones/ que ya no reconozco”, sino también, y sobre todo,  con “las palabras, las dichas y las no dichas”, afirmación que nos pone ante una característica importante de la lírica contemporánea: la función del silencio.

Hay poetas que ennoblecen el material léxico y sonoro con el que trabajan, que le confieren una especial dignidad, que supera lo efímero, la muerte y el dolor. Es el caso de Fernando Valverde. Todo en su lírica está marcado por un sello de infinita dignidad humana, que tan pronto trae el recuerdo de la madre al presente, poderosamente, como queriendo recuperar todo lo pasado y lo perdido, para enfrentar a la vida, desafiando a la muerte; como se entraña con la naturaleza, el mar invisible, el lobo acechante de la memoria, que atraviesa su texto y sus temores y “salta por las palabras un recuerdo/ que me arranca un aullido y me devora”.

Uno de los momentos claves de su presencia en este libro es “Celia”, poema escrito con una admirable carga de lirismo, una enorme intensidad afectiva y un profundo sentido de la proyección vital hacia un futuro al que ni podemos ni debemos renunciar, porque es nuestro reto existencial y definitivo.

Atada a la tierra y a la continua añoranza o suplicio de los climas, los lugares, los objetos, la producción lírica de Andrea Cote nos traslada hacia sitios estériles, en que las voraces arenas parecen querer engullirlo todo; a puertos en que se ausenta el agua; a fantasmales casas, cascadas, espejismos de un tiempo ya perdido, que no ha dejado en su naufragio más que ausencias y objetos obsoletos, mansos; por ello, la poeta nos habla de “la bondad de la cosas/ al exhibir su derrota”, y nos recuerda el culto cotidiano a un “dios de lo deshabitado”, del que todos somos fieles y obligados seguidores, “un dios de la ausencia,/ señor del desierto”, cuya doctrina parece consistir en un total desasimiento. La única certeza ante la incertidumbre, a veces, no parece ser más que la constatación, expresada por el verbo compartido, de que en este mundo somos criaturas de despojo y orfandad; pero lo importante es que no nos refugiemos en esos laberintos de la palabra o de la idea encerradas en sí mismas, que no conducen a ninguna parte, porque “incluso la existencia discreta de la rama,/ ambiciona un ruido,/ un sonido”, si no que afrontemos lo real, sus exigencias y sus dolores, en medida de nuestro valor y nuestra esperanza, “cosa incomunicable”, pero capaz de confortarnos gracias al milagro de un verbo en ella cimentado “para que vuelvas a creer en algo”.

Recuerdo la única vez que escuché una lectura de poemas de Alí Calderón, bajo el sol canicular de la Mitad del Mundo, en una plaza en que la delicia de su lírica se mezclaba con helados y bebidas. Me impresionó mucho la honda relación de sus composiciones con la antigua poesía epigramática de ese Catulo al que trae de la mano de sus versos y su virtud paisajista que logra unas evocaciones dignas del pincel del imaginario Elstir de Proust.

Ahora, al leerlo, mi emoción se ha renovado. Esa suprema gracia poética de rememorar a una Lesbia clásica, que puede llamarse con cualquier nombre actual y usar unas ceñidas ropas como las muchachas en flor de este tiempo, es soberbia, como lo fuera hace unas décadas Ernesto Cardenal en sus deliciosos experimentos clasicistas.

Calderón es poeta de unas dimensiones colosales. Incluso cuando incursiona en los laberintos del neo-barroco, y a no ser que se vuelva ligeramente hermético por voluntad propia, nos da piezas inolvidables, en que percibimos el fantasma de la perecibilidad y la destrucción, más allá de los malabares léxicos, que incluyen vocablos en otros idiomas.

Obra maestra del oficio y la profundidad poética es su teoría y práctica del alter ego -tema que ha obsesionado largamente a los poetas-, expresada en el bellísimo  “Otro que no soy yo”, en que resulta que el autor acaba siendo el reflejo, la sombra de un alguien innombrable, porque “mi memoria es recordada por otro/ otro es quien tras mi ojo atisba”.

Llegados a este punto, estoy seguro de que los lectores estarán de acuerdo conmigo en que esta selección de lírica, en efecto, da la cara a la incertidumbre poética de una manera contundente y eficaz, gracias al cuidadoso trabajo sobre los textos de un brillante grupo de escritores, a los cuales espera todavía una larga y luminosa trayectoria. ¡Buena lectura, amigos todos, y que el disfrute de la poesía sea con ustedes!

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Jorge DávilaJorge Dávila. Escritor ecuatoriano (Cuenca, 1947). Doctor en filología por la Universidad de Cuenca, en la que es docente. Ha publicado María Joaquina en la vida y en la muerte y Este mundo es el camino, Premio “Espinosa Pólit” 1976 y 1980, en novela y cuento, respectivamente; Los tiempos del olvido (cuentos), premio Casa de la Cultura, 1977; Con gusto a muerte y Espejo roto, teatro (premio nacional CCE, 1990), De rumores y sombras (novelas cortas), 1991; Cuentos breves y fantásticos y Acerca de los ángeles (cuentos, edición trilingüe español, inglés, francés), 1995; César Dávila Andrade, combate poético y suicidio (ensayo), 1998; La vida secreta (novela breve) y Memoria de la poesía (lírica), 1999; Piripipao (novela breve) 2000; cuatro tomos de cuentos: Historias para volar, Entrañables, Libro de los sueños (Premio Gallegos Lara, Municipio Metropolitano, Quito, 2001) y Arte de la brevedad, 2001 y Río de la memoria (poesía), 2004; y La luz en el abismo (antología de cuentos, Colección Cuarto Creciente, Campaña Nacional de Lectura “Eugenio Espejo”). Consta en antologías ecuatorianas y extranjeras, con textos traducidos al francés, inglés, alemán, portugués e italiano. Colabora permanentemente en El Mercurio de Cuenca, Diario Hoy y en la revista Mundo Diners.

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