Crítica/Ensayo/Literatura/Poesía

Sufrir con otros ojos, los mismos

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Bitácora de mujeres extrañas
Esther M. García
FETA-CONACULTA
México, 2014

por Sergio Eduardo Cruz

Una de las grandes batallas (heredada, acaso, del romanticismo) que pelearon los llamados confessional poets de la tradición norteamericana del siglo XX, como Robert Lowell, Sylvia Plath y Anne Sexton, fue la de la voz lírica contra el “yo” primordial del poeta; es decir, la de cómo se pierde (o afirma) la distinción entre el ser que produce el texto y aquello que el texto contiene. En términos prácticos, estos poetas buscaron limar la distancia que separaba al autor de su obra, hacer que el discurso interno del ser humano y el externo del texto se manifestaran como “uno”. Tal búsqueda, acaso, correspondía a los valores de una época: si vemos a los poetas latinoamericanos de mitad de siglo que escribían al filo temporal de los confessionals, como Hugo Gutiérrez Vega o Guillermo Fernández, podemos encontrarnos también con una búsqueda de entrar a la experiencia universal desde lo particular; dicha experiencia, sin embargo, es transfigurada en los poetas latinoamericanos a través de los múltiples lentes de la energía vital (Eduardo Lizalde), de la contemplación del espacio (Gutiérrez Vega) o de la sensualidad que se desdobla en metafísica (Gonzalo Rojas). La poesía norteamericana, o al menos la de los tres autores que más mella han hecho en algunos poetas de nuestra generación, trata, en cambio, de describir ampliamente los receptáculos y pormenores de una misma región de lo humano: el sufrimiento.

Describir, claro, a Lowell, Plath y Sexton fundamentalmente como “poetas del sufrimiento” sería un caso de profundo simplismo crítico; sin embargo, tal parece que la concepción general de sus discursos (sobre todo en el caso de las dos últimas) ha llevado a la absorción de una idea particular del “poeta suicida”, del que escribe a los fantasmas que le torturan, del que tatúa en letras las imágenes de un sufrimiento de todos que a él le cala hasta las palabras. Esther M. García, en Bitácora de mujeres extrañas, emplea clara  y sobradamente esa retórica con la intención de sondear los pensamientos de algunas voces líricas de mujeres muy distintas, que van desde la mujer que trabaja en una maquiladora hasta la embarazada solitaria que protagoniza la segunda sección del libro e incluyen la idea abstracta, la mujer-ente ctónico, que habita la tercera. El intento de explorar esas voces, de problematizar desde ángulos diferentes un todo que se podría definir como “la condición femenina en nuestro tiempo y espacio” es, sin embargo, fallido justamente debido a la aproximación que hace la autora a la voz lírica: por instantes, por destellos, podemos sentir alguna individualidad, alguna característica definitoria de estas “mujeres extrañas”; esos destellos, instantes, se pierden en un todo imperfecto que empuja una voz lírica repetitiva, que recurre siempre a imágenes, patrones rítmicos y órdenes metafóricos similares; podemos citar algunos ejemplos de esto:

a) “Mi voz convierte al sol en rizos dorados y/pájaros amarillos muertos” (30)

b) “Ella se despeña como roca oscura desgajada/ante el amarillo atroz de las manos del sol” (43)

c) “Yo nunca he tenido un verano/ o he visto el estallido de los pétalos de una flor al amarse/ con el sol” (63).

Ahora, la recurrencia de una imagen, un ritmo o una metáfora es necesaria en un libro de poesía (o incluso en una poética entera, como ejemplos abundan [Vasko Popa, Ted Hughes, Stevie Smith, el mismo Lizalde]); el problema que permea Bitácora de mujeres extrañas no es tanto que la autora utilice los mismos símbolos con recurrencia, sino que los usa sin articulación: la presencia del sol, de los pájaros, de la sexualidad devoradora, está impresa en el libro de manera que se genera una cacofonía de imágenes, una relación de formas literarias que resulta incómoda debido a lo esperable, lo poco arquitectónico, de su ejecución. Un poema, es necesario recordar, se sirve de las posibilidades sintéticas de la lengua para dar en un gesto, concentradamente, una visión humana; no basta, como busca Esther M. García, con mencionar o describir el sufrimiento: es necesario explorar sus posibilidades, sus recovecos, sus expresiones más allá de la lengua, e imprimirlas en el poema. Para lograr lo anterior, sin embargo, son necesarias dos cosas que afectan la poeticidad inmanente en los textos: atención a las posibilidades auditivas, a los ritmos del poema, más que al “impacto” que pudieran tener las imágenes, y búsqueda de un esquema, de una argumentación esencial, con que construir los textos.

De toda la colección, hay un poema que resulta particularmente efectivo y bien logrado. Se llama “La muerte del ave ebria”, y puede ser leído como una summa de las imágenes recurrentes en el texto: presentes están el sol violento, el padre como ser destructivo, el ave oscura (de forma, acaso, que remite a los poemas de Hughes en los setenta), el sufrimiento desde la óptica femenina; tales presencias se conjuntan, por primera vez, de una forma armoniosa, en que se logra una música aural y visual en que se vislumbran posibilidades poéticas profundas; por ejemplo:

Mi padre ha volado por alguna cerveza y bebe botella tras botella y de pronto se encierra en el baño para cazar en el inodoro a sus ballenas viejas  El mundo por minutos no existe El mundo por segundos no gira El mundo por segundos se asfixia

Y mi padre derrama su sangre por el piso  Y mi padre derrama su sangre en mis venas  Mi padre se deshace en sangre en el inodoro

Mi padre

paloma blanca

se eleva y nos deja.

(58)

Es muy posible, sin embargo, que esta fuerza en el texto sea ocasionada por su carácter entre verso y prosa, que permite a la autora construir asociaciones de manera más directa y mantener el tono de sus imágenes en unión estrecha; viendo las posibilidades que ofrece aquél texto, me gustaría leer experimentos más extensos en ese formato, que pareciera ser en el que las posibilidades estéticas que ofrece el trabajo de Esther M. García se desatan de manera más efectiva. Me gustaría, también, que la autora abarcara dentro de la óptica sombría que maneja (siguiendo acaso el trabajo de Lowell, Plath, Sexton) un mayor campo dentro del sufrimiento y tratara no sólo de plasmar su violencia en imágenes, sino que incurriera más profundamente en los símbolos aledaños, las sonrisas quebradas, todas las pequeñas cosas humanas que hacen del que sufre no un ser acartonado, repetitivo, sino un auténtico ente que experimenta.

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11698922_10200766034949480_77179001524778106_nSergio Cruz nació el 24 de febrero de 1994 en Cd. Satélite, Estado de México. Escribe lírica, narrativa y traducción. Estudia en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 2012 ganó el premio nacional de poesía “Jorge Lara.” Fue becario de Interfaz-Los signos en rotación Acapulco, 2015. Ha traducido poemas de Thomas Chatterton, Ted Hughes y Gregory Pardlo.

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