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El territorio conquistado de Baudelio Camarillo

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En memoria del reino
Baudelio Camarillo
Valparaíso México / Círculo de Poesía
México, 2016

por José Antonio Banda

En su célebre libro, Las raíces del romanticismo, Isaiah Berlin escribe que los ideales no se descubren, sino que se inventan y desarrollan como un organismo a lo largo del tiempo. En memoria del reino, de Baudelio Camarillo, es vasija de esas preocupaciones románticas, pues no sólo ha desarrollado un universo propio y bien reconocible, arraigado en cosmovisiones míticas, que toman como base la experiencia infantil. “Fuimos alguna vez niños que jugaban bajo la luz del sol y no distinguíamos entre la libertad y la necesidad, entre la pasión y la razón”, dice Berlin, recordando que los tiempos infantiles son tiempos de plenitud, de inocencia incorruptible y feliz, no perecedera, libre de responsabilidades por vivir en el gozo.

El universo de Camarillo está habitado de una plenitud que se desborda, sobre todo en los poemas que hablan del Río Guayalejo, imagen del tiempo donde “La luz que entra en sus aguas olvida pronto el cielo”. El río es umbral y camino hacia la otra orilla, es otro cielo y otra cumbre en donde el misterio encarna y todo lo imanta y todo lo prefigura: La felicidad plena del niño que vivió con ojos asombrados sus diversas maravillas; el joven que en sus aguas encontró “la más hermosa ninfa”; y el adulto que recuerda el sitio más secreto, ese remanso donde “la luna y una rosa [no] serían cosas distintas”. A la vuelta de los años, o a la vuelta del río, símbolos semejantes en el universo de En memoria del reino, el ciclo recrea el misterio de ese reino perdido de la infancia: “hoy que se sientan en el patio bajo la luna llena/ y conversan de cosas opacas y aburridas/ y fuman largamente/ mientras sus hijos juegan”.

“Todo está destinado a fenecer, pero la infancia es lo único que no ha de ser vencido por la muerte”, escribe Benjamín Valdivia, pues la nostalgia se funda en el hecho –piensa Berlin a propósito del romanticismo alemán– de que intentamos comprender el infinito, abrazar lo inabarcable, asir lo inasible, no dando el salto hacia adelante, sino hacia atrás, a lo que no puede ser vencido porque todavía está compuesto de una presencia pretérita. El hombre, por eso mismo, camina a tumbos en su intento constante de retornar a la casa que abandonó saber lo que hacía, pensando que en ese lugar se halla la primera y acaso única dicha conocida.

Para Valdivia “el abandono de la infancia física nos sitúa en la infancia estética”, en la fundación de otra inocencia ausente de responsabilidades y labrada en el misterio encarnado en la figura de la mujer. En “Arpegios”, sección central de En memoria del reino, el poeta elabora una variación de su mitología para acaso purificar la realidad siempre impura. Se dice que los mitos expresan siempre lo inexpresable, que encapsulan lo oscuro, lo irracional, la pulsión que no se doma bajo el látigo de la razón. El mito aquí es Orfeo con su lira abriéndose paso en “una noche [donde] tus muslos o tu libro o tu música/ se abrirán para mí”. El mito es pronunciar el nombre de la amada “como si se saboreara un fruto de seis letras”. El mito es la mirada hacia una realidad siempre en fuga donde “una luz […] abre puertas/ y descorre cortinas”; porque sólo el mito refunda al hombre y lo salva de las monotonías, de esa oscuridad total bajo el yugo de una civilización que vive de espaldas a su origen, quizá oprimida por la noche donde cada quien anda “como por una ciudad/ desconocida”. Para Baudelio Camarillo darle la espalda al misterio es andar entre escombros, entre las ruinas de los hogares donde se muestran rostros difuntos, ventanas con gruesas barras de hierro y cristales rompiéndose en los brazos. El hombre que se entrevé en las páginas de En memoria del reino, sin embargo, tiene su esperanza en la materialidad de la mujer o de la palabra, sin importar demasiado que a veces se diga: “Salí del sueño a una limpia mañana, / pero la lluvia se quedó dentro de mí/ y aún no cesa”. Aquí Camarillo vuelve a Cavafis, a una tradición que usa con absoluta libertad como si se tratara de un tesoro personal.

Sólo la recreación del reino, la infancia o el erotismo más puro, recupera al hombre, sólo “La casa del poeta es tibia/ y aroma sus estancias la piel de la Diosa venerada”, sólo la palabra encuentra ahí su sentido más pleno, porque la poesía, para Camarillo, revela sus posibilidades a quien la persigue con veneración. En la casa del poeta – sacerdote “todo […] son altares donde la luz oficia plenitud” bajo la mirada del padre de todos, Homero, quien “mendigó nimios soles a las puertas de múltiples ciudades”. En la casa del poeta todo es imagen de lo que fue para entrever lo que vendrá, quizá otro reino, quizá otra memoria, quizá una palabra capaz de oficiar la plenitud del sol de una infancia ya perdida.

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