Crítica/Ensayo/Libros/Poesía/Reseña

La supervivencia como destino

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Mil y una muertes
Corina Oproae
La Garúa poesía
España, 2016

por Jordi Valls

Sherezade es una superviviente, alguien que bajo presión es capaz de esquivar la muerte mediante la habilidad de la persuasión del relato, explicado de tal manera, que se encadena en una seducción episódica, que con el tiempo, moldea la admiración de su verdugo. Sherezade demuestra una inteligencia admirable, utilizando el poder de la narración encadenada, así vence a su destino, así sobreviven también unos relatos que aun hoy fascinan, enseñan y entretienen. Corina no es Sherezade, pero demuestra una rara habilidad que me parece destacable “Mil y una muertes” es un libro de una gran solidez, una rareza que trata del duelo ante la muerte. Rareza porque el dolor aparece en forma de monólogo con todas las identidades de la autora, porque Corina es ella y todas las circunstancias de su persona, “Un poema en que muero/ cada vez que renazco.” La feminidad aparece reafirmada “En mis sueños, / Dios tiene rostro de mujer”. La muerte, en Corina, no es una garganta rasgada por el grito, no es un vacío abismal, Corina se enfrenta a la muerte con entereza, dialoga con la propia muerte “De buena mañana/ la muerte camina cogida de mi mano.” Una muerte que se nutre de la autora pero que en esa relación descompensada, la muerte no tiene la última palabra, porque las emociones crean su refugio “A la hora del ocaso/ finge que se apiada/ y me trae almas queridas” La autora descubre las trampas de la muerte y construye su refugio que al mismo tiempo se convierte en un castillo inexpugnable “Y ahí, ella no sabe entrar todavía”. Algunas voces de la tradición poética resuenan en versos como “Ayer/ llegue a tu casa/ y me encontre a la muerte/ enganchada a tu rostro.” Ecos de Cesare Pavese recorren el poema, con la pulsión interna de los instantes que quedan retratados en forma de revelaciones trascendentales que conducen a un solo fin “Hoy,/ inmóvil,/ espero delante del espejo,/ pero no me atrevo a mirarme.” El vínculo emocional hacia los seres queridos, hacia la feminidad que precede la autora, ese vínculo es el conector con una gran herencia identitaria “Y de nuevo dime tú, madre madrecita/ si tus huesos callados/ serán algún día/ sombra espesa/ para mis otras palabras,/ para mis otros deseos.” Temas trascendentales aparecen, como la existencia del alma, de la vida en el más allá de la muerte terrenal, también el derecho a una despedida más sostenida, más digna, a las necesidades de los sentimientos. Pero la muerte es cruel porque es abrupta y no se debe a condicionantes. Los poemas, sobrios, pero de tono elegíaco, permiten gracias a la contención emocional, algunos giros que remiten a la rumana Ana Blandiana, o a la ironía frente al absurdo de las conductas humanas que enlazan con la polaca Wislawa Szymborska, grandes autoras que comparten la actitud de resistencia frente a sistemas políticos represivos a la sombra de la antigua Unión Soviética. Corina hereda este sentido de la crítica y con habilidad trata otros temas vividos y observados de cerca, la sensibilidad de la autora hacia los migrantes con una empatía que obliga al lector a posicionarse “Aunque nadie lo sepa,/ soy el Sísifo de este siglo/ que carga cada día con/ un millón cien mil maletas/ en un plúmbeo e incesante viaje.” De los migrantes y en un plano más general de las identidades, el migrante debe adoptar idioma y costumbres diferentes a las de origen. La capacidad de adaptación humana es infinita, es interesante esta reflexión desde el ángulo de alguien que lo ha vivido en propia piel. La autora no edulcora esta situación, la ironía es que Sísifo está condenado por los dioses a llevar una gran piedra a la cima de una montaña para después despeñarla, caía una vez y otra en una suma de repeticiones que en esencia se convertían en el núcleo del castigo. El migrante va de un lado a otro empezando para volver a empezar más tarde en otro lugar. Todas las perdidas remiten a la muerte, porque la muerte de los seres queridos es un viaje al autoconocimiento, a la búsqueda de quienes somos, bajo la pátina incómoda del dolor, el dolor como toma de conciencia. Hay versos muy bellos que abarcan la soledad de quien afronta este conocimiento “Decir que es una vida muy triste,/ carecería de sentido,/ no porque no tuviese nada de poético,/ sino porque no diría nada en absoluto/ sobre cómo prendemos fuego,/ sobre como ardemos lentamente/ para volvernos cenizas hasta el final del día.” Pero hasta ahí la última frontera, no se puede hablar de nada más, no tenemos más conocimiento que el límite de la vida, por eso Corina muestra su contundencia “No sabes acabar este poema/ porque no es tuyo.” Aunque irreprimiblemente se sienta con la necesidad de lograr traspasar la línea de lo imposible. “Un poema que sube desde las entrañas de la tierra,/ desanda tiempo y espacio,/ se posa sobre tus ojos/ -efímera mariposa cegadora,/ y te pide desesperadamente que lo continúes.” ¿No es esa la demanda de la poesía? ¿Continuar aquello que no puede ser nombrado, aquello que nombramos como imposible? ¿No es ese, quizás, su primer peligro, traspasar la frontera última del conocimiento? Algo así, intuyó María Zambrano, y el poeta Antoni Marí lo comprendió y difundió esta revelación. ¿Más allá, que decir?

Corina abre otro capítulo “Letanías del vacío” con la única conexión posible, el mundo de los sueños, “cierra los ojos y busca el rostro en el recuerdo donde se borra el nombre,” la poesía de Corina asciende a otro nivel. Busca en la desintegración de la identidad, en las frecuencias sensoriales de los sentidos, “tu cuerpo, cada vez más etéreo, tu rostro, cada vez más hirsuto, ocupan el espacio que siempre queda entre el recuerdo y el olvido.” La dicción se ralentiza, los poemas adquieren la forma de la prosa y cada prosa se cierra con una especie de conjuro “antes   vacío vacío      después”, la estrategia es buscar en la extrañeza, invocarla para desentrañar alguna forma de respuesta más allá del mundo tangible “soñaste un sueño que te bastó para plasmar una isla, una isla como un abrazo fulgurante que encierra el estremecimiento de toda la tierra.” La autora bucea en el mundo incógnito “somos palabras que llenan vacíos. sin antes y sin después. hemos dejado fuera toda esperanza. nos volvemos pájaros, pájaros con alas de cristal que se desploman sobre la tierra mojada de miedo y de desesperanza,”  Sorprende esta capacidad de abstracción con que la autora resuelve el dilema del límite. La frontera es mental, la imaginación lo puede todo. “la palabra que nunca viene de la nada. La palabra que permea el vacío. La palabra que es la sangre del espíritu” y cierra el libro con el conjuro ya aprendido “antes  vacío vacío   después”.

“Mil y una muertes” es sin lugar a dudas el libro revelación de la autora Corina Oproae, y de una poética que no es muy común en lengua española. Conviene contar con una poeta que ha venido para seducirnos con sus palabras, esta vez si como Sherezade, que entre su misión, está la de abrir nuevas posibilidades en el ajado campo de la poesía contemporánea.

 

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Jordi Valls (Barcelona, 25 de enero de 1970) es un poeta en lengua catalana. Aunque nació en Barcelona, ha vivido muchos años en la cercana localidad de Santa Coloma de Gramanet. Presidió la Associació de Joves Escriptors en Llengua Catalana (Asociación de Jovenes Escritores en Lengua Catalana) entre 1994 y 1996, siendo actualmente miembro de la Associació de Escriptors en Llengua Catalana (Asociación de Escritores en Lengua Catalana). De profesión librero, toda su obra ha sido escrita en catalán y aún no ha sido traducida al castellano. Al ganar los juegos florales de poesía de Barcelona en 2006 se convirtió en el primer poeta en ostentar el título de Poeta de la Ciutat de Barcelona.

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