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Un árbol donde el sueño: canto inaugural

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Un árbol donde el sueño
Luis David Palacios
Valparaiso México y Círculo de Poesía
México, 2016

por Raúl Durán

 

“Un árbol donde el sueño” es el potente despliegue de Luis David Palacios (Los Mochis, Sinaloa, 1983). Ésta, su opera prima, ganadora de los XXXIII Juegos Florales Nacionales Universitarios 2015 de la Universidad Autónoma de Campeche y libro más reciente en la colección de poesía de Valparaíso México, viene a situarlo como un referente importante en la poesía mexicana actual.

Compaginando su labor de músico con la de poeta, Luis David Palacios nutre su obra de referencias musicales; términos, piezas a partir de las cuales nace y se alimenta la palabra. Todo embebido con el talante apocalíptico del Dies Irae o la Lux Aeterna, que como la poesía misma alumbra ya desde su anunciamiento: “Si mi voz se levanta / es porque reconoce en ti todos los cauces”.

En la primera de las cuatro partes por las que se conforma el libro (“Dies irae”) el poeta, vuelto sobre sí, acude a la memoria: la cálida atmósfera familiar, el triste paso de la abuela, una herencia cultural milenaria taladrando con su “lengua lenta”, la dulce infancia en su “ir dejando risas”, la experiencia de la muerte mediante la pérdida del ser amado, son evocados con nostalgia, y vida y muerte se alternan: “Es ahora la vida / y suena y se pervierte… / Es ahora la muerte; / su trémolo escupe el eco interminable…”

Cabe decir respecto a la muerte (“lo único inmortal”) que su presencia es constante. En su dicha, “cuando las velas eran velas”, el infante la ignora, y todos los ritos en torno a ella le son ajenos, pretexto para el juego. Después viene su manifestación desde los otros, se va adquiriendo conciencia de que está siempre allí, tanto la ajena como la contenida en sí se agolpan, y ya no es el poeta sino la calavera, “el hueso con su lengua” que dicta: “Porque viven los muertos escuchan esta voz”.

Tomando en cuenta la labor Luis David Palacios como músico, no es de sorprender que ello haya aguzado su oído, permitiendo que el cauce del verso, es decir, su fuerza musical, fluya y se ajuste con naturalidad a la puntuación exacta más allá de la versificación: “Innumerables clavos afuera / fijan el espejo que  la lluvia ha quebrado. Adentro / mi corazón gorjea…”, o bien se ciña a las formas tradicionales de la lírica castellana. Alejandrinos y endecasílabos, versos de fuerte presencia en la poesía hispánica, se alternan constantemente: “La sombra es una línea marcando indescifrable / el límite abisal de las ventanas”. O bien se opta por metros populares –como en “romance fúnebre”- que dan fe de la versatilidad del poeta y su familiarización con las distintas formas en las que se mide el aliento: “Sobre la piel de mi casa / hay una mujer dormida. / Niña, que te vea vestida / cuando la luz no sea escasa”.

A este respecto hay que resaltar la mirada atenta del poeta en su tradición y, por supuesto, como toda gran obra, el diálogo que establece con otras tradiciones (aspecto al que indudablemente ha contribuido su labor como traductor del portugués y el inglés). Los epígrafes, claro está, son un indicio de eso, y entre estas páginas se entrevén grandes voces de la lírica portuguesa como Manuel Bandeira y Lêdo Ivo, o bien poetas ya plenamente insertos en nuestra tradición como Borges, Bonifaz Nuño y José Carlos Becerra.

Pero no todo es intimismo en los poemas que conforman este libro. En “Lux aeterna”, segunda parte, se despliega lo bíblico con Adán contemplando a Eva ceñida por la luz, la realidad onírica que con sus imágenes vívidas se abre paso y se instala a lo largo de la noche.

En “Antiphona amant” el poeta, asemejándose al músico que compone su sinfonía, dispone el día y la noche, sus múltiples etapas (matutina, diurna, vespertina y nocturna) a manera de coros que se suceden y conforman la amplitud del presente estableciendo una concordancia entre música e imagen: “Cuando la oscuridad es sólo luz / Y sólo luz la luz mientras tú duermes” (Crepúsculo vespertino).

Por último, en “Agnus dei” se hace presente de nuevo la ausencia, la palabra nutrida otra vez de la muerte. Está, por mencionar un ejemplo, la “Elegía para tres poetas”, donde la poesía se alcanza mediante un enlistamiento de lo que no es y lo que es: “y no es dolor es tiempo, inmóvil punto donde cabe apretado el infinito” y, al morir el poeta, se escurre de sus dedos.

De esta manera se conforma esta gran opera prima, un canto inicial pero poderoso, colmado de muerte pero también de vida, de uno de los poetas más interesantes en la actualidad sinaloense y mexicana.

Con esta obra, Luis David Palacios se acreedor no sólo de un premio, sino de un lugar en la poesía mexicana contemporánea. De esta forma, ha pasado a nutrir el amplio catálogo de Valparaíso México, editorial fundamental para cualquiera que busque adentrarse en la poesía contemporánea tanto del mundo hispánico como de otras tradiciones.

Sirva ésta como una invitación al lector a que juzgue por su cuenta, a que se adentre en este libro para que le sea dado “un árbol donde el sueño / pueda volar sus pájaros”.

 

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raul_duranRaúl Durán Hernández (Mazatlán, 1995). Ha colaborado en revistas literarias como Círculo de Poesía e Himen, fue becario INTERFAZ 2015 en la zona Noroeste, actualmente reside en Culiacán, Sinaloa y estudia la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa.

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