Crítica/Ensayo/Poesía/Posmodernidad/Reseña

Dímelo: una poesía frontal

12-dimelo

Dímelo
Kim Addonizio
Traducción de Andrea Muriel.
Valparaiso México y Círculo de Poesía
México, 2015
134 p.p.

 

Por Andrea Rivas

 

Es agosto de 2016. Siglo XXI. Busco un libro de poesía nueva que no me haga dormir, que no me haga sentir miserable por guerras que no he vivido, que no me hable de los mundos que no he conocido ―ni conoceré―, que no me haga sufrir por conflictos que no conozco, que haga real mi existencia mundana, que me enseñe versos que quiera twittear, pintar en la pared, en el reverso de las libretas, que quiera usar como epígrafe de los innumerables poemas sin publicar de mi libreta de notas. Quiero un libro que me recuerde que la poesía es cosa de todos los días, que lo elevado son los atardeceres románticos y aquellas femmes aux épaules de champagne de André Bretón. Entonces cae en mis manos Dímelo de Kim Addonizio.

La primera vez que leí algo de Addonizio fue en una clase de licenciatura, donde el profesor nos maravilló con las imágenes de su poema Intimidad. En él, la descripción de un evento en el lugar más común del mundo moderno, una cafetería, termina moviendo las fibras de la incertidumbre. ¿Qué pasa por la mente de uno al encontrarse con la ex―pareja de la pareja actual?

¿qué es lo que siento mientras ella

vierte el obscuro espresso en la leche,

y empuja la taza hacia mí, y yo le doy el dinero,

y nuestros ojos se encuentran por sólo un segundo,

y nuestros dedos se tocan?

El poema no habla de odios injustificados ni de grandes escándalos, sino de algo mucho más pequeño y peligroso: la inseguridad. Los múltiples pensamientos que ocupan la mente en una fracción de segundo mientras la duda invade el cuerpo. La voz lírica se inserta en el lector con una sinceridad que hace doler ahí donde el enunciador dice dolor.

Dímelo está dividido en cuatro partes (“El canto”, “Puerta azul”, “Última llamada” y “Niña buena”), cada una de ellas con un sello diferente que permite cierta dinámica impidiendo la monotonía. La primera parte, “El canto”, se caracteriza por una voz lírica que da cuenta de un mundo frío, hedonista en muchos casos, y ciertamente cruel. Pero no es la realidad al otro lado del mundo la que impacta en sus letras, sino aquella que se vive día tras día y que se inserta en nuestro ser de forma imparable. En el poema “Cuántica”, Addonizio toma escenarios de lo cotidiano, de nuevo, y mediante un desliz de significados que reevalúan aquello que miramos, retrata un mundo oscuro del cual es imposible escapar.

Porque después, cuando estás en casa, mirando

desde tu ventana hacia el océano, hacia la calma

en la línea del horizonte,

y la manzana que tienes en tus manos brilla en esa luz

dorada del atardecer, cubriéndote de algo

que estás seguro se parece a la paz, piensas en el niño,

empaquetando las compras […]

y sus manos, descamándose, con ronchas rojas,

que levantaban cada artículo y pasaban los dedos

dulcemente por encima de cada uno antes de colocarlo

con cuidado en la bolsa […]

y miras

hacia el inmenso y sinsentido azul y sabes que estás adentro

de eso mismo, te das cuenta

de que te lo estás comiendo, ahora.

Hay una dialéctica entre el mundo y la voz lírica, aquello que existe afuera perjudica y se adentra en aquél que habla, el círculo al cual pertenecemos se vuelve tangible gracias a las metonimias que lo hacen posible. El yo que habla por el mundo, no es un yo lírico consternado por la desgracia exterior, es un yo que no puede vivir porque todo lo que está mal afuera culmina en ella.

La segunda parte del libro “Puerta azul” sigue con una dinámica parecida, sin embargo en su mayoría, busca hablar de lugares específicos (una bahía, un rancho, la misma puerta azul), es decir que el ethos de sus poemas depende de la configuración de un objeto o sitio determinado. A partir de ello los poemas tienden más hacia lo visual que hacia un sentimiento global, sin embargo el ethos, aquello que provocan como unidad, recuerda a la primera sección: hay desolación, el sentimiento de pérdida, de inseguridad, insatisfacción. El poema “La Divorciada y Ginebra”, a partir de una transposición de significantes, logra un efecto no solo sorpresivo, sino devastador. La contraposición, la confusión planeada entre un amante y la bebida, el juego de símiles y la descripción por imágenes de una noche con alcohol ―¿o con un amante?― resultan en lo que a mí parecer, es uno de los mejores poemas del libro.

y comienzo otra mañana

con aspirinas y el dolor inútil

que proviene de amar, demasiado bien,

a aquellos que debajo de la apariencia del placer,

destruyen todo lo que tocan.

En “Última llamada”, la tercera parte del libro, encontramos a una voz lírica aún inconforme, insegura ―en esta sección encontramos al poema maravilloso “Intimidad” citado al inicio―. El personaje que habla aquí es, sin embargo, alguien que no se centra en el exterior sino que narra situaciones específicas de sí mismo; encontramos así, por ejemplo, el tema de la maternidad, maternidad que no es ya una letanía de agradecimientos a la vida y la belleza, sino un vuelco inesperado y cruento: ¿Por qué una niña de diez años que es amada por su madre querría suicidarse? ¿Por qué la madre amada por su hija pensaría, anhelante, en quitarse la vida?

Cuando mi hija me confesó que quería terminar

con su vida a los diez años―

se puso en la orilla de la venta y permaneció ahí,

al borde

 

de una decisión― nos prometimos no matarnos nunca,

nunca

abandonarnos. Y sin embargo, yo nunca le conté

sobre aquella noche

El manejo temporal en los poemas de Addonizio permite una intriga que obliga a seguir leyendo el poema pero además, da lugar a una explosión al final de los poemas, un sentimiento que luego de leer sigue latente, como debe ser cuando la literatura está bien hecha.

El poemario tiene la cualidad de reevaluar los aspectos más elementales de la vida. Una profesora de poesía que no elige serlo, que quiere la vida de vuelta, que busca desahogar con los alumnos todas las frustraciones de la poesía, la vida, de ser mujer y no ser joven o de haberlo sido y no poder serlo más. Un discurso que apela al otro, que pretende hablar un público ficticio ―los alumnos― y que termina por dirigirse al lector. O quizá, que con la misma capacidad de evolucionar e intercambiar de alocutario, de localidad y de situación, nos ubica como su interlocutor y nos dice “Voy a dejar de pensar en mis pérdidas para escuchar /ahora las tuyas”, y que al mismo tiempo que apela por sentimientos comunes y humanos, juega con el otro mediante un lenguaje capaz de tomar forma de aquello necesario para decirnos “abrázame mientras nos engañamos”; así el discurso que pretendía dar lugar al discurso del otro, termina por ser una descripción del dolor propio, una súplica. La oferta de callar para escuchar se convierte en un ruego por ser escuchada.

Finalmente en la cuarta sección “Niña buena”, Addonizio reevalúa todo aquello que ha sido enunciado con anterioridad. Aquél yo que muta y es capaz de hablar desde lo general para lamentarse de su propia pérdida, o aquél que riega sus hojas con una intimidad transparente, ahora en el poema homónimo a la sección, se vuelve sobrio:

Mírate, sentada ahí, siendo buena.

Después de dos años sigues muriendo por un cigarro.

Y no bebes entre semana, ¿a quién se le ocurriría?

Sin embargo aquél yo que vuelve la mirada hacia sí mismo, persigue el mismo ethos que los otros. Es infeliz, inconforme. En los poemas posteriores esta voz que se descubre convierte su tono en imperativo y deja de lamentarse y describir el pasado para exigir aquello que desea.

Dame el queso más fuerte, aquel que huela más;

y quiero del buen vino, el espiral en la copa

[…]

y ponerme ese pequeño vestido negro para esperarte,

sí a ti, para que vengas aquí

y te pongas de rodillas y me digas

qué jodidamente bien me veo.

Si bien la voz lírica ha dejado de lado las metonimias y la disforia, es en estos últimos poemas que se puede mirar atrás al poemario y  sentirse alivio. Addonizio es capaz de lograr euforia en sus poemas siguiendo su propio juego de decadencia. Las imágenes que crean son más bien violentas y por ello mismo efectivas. La evolución del yo permite leer el poemario sin llegar al tedio, sabiendo que en algún momento seremos sorprendidos de nuevo. Así, al llegar a “Aliens”, asombra la nueva voz, una voz que busca alejarse de todo aquello que ha sido escrito en el resto de los poemas: un yo que está alegre, en paz, y que rehúye al cáncer, a la pobreza y al mundo del que una vez se declaró parte.

Ahora que finalmente eres feliz

te das cuenta de lo tristes que están tus amigos.

Una te llama desde un teléfono público, llorando.

[…]

Tal vez un alien

ha tomado tu cuerpo

para experimentar la buena vida

aquí en la tierra. […]

Cuando tus amigos te llaman –

[…] el alien no quiere escuchar”

Escrito en tercera persona, hay una voz que discurre apuntando acciones, acciones que son vistas desde un punto de vista que permite el juicio del lector. Aquél que vive en el poema es feliz y busca la comodidad, el locutor se cuestiona si su bienestar es de otro mundo, si la manera más plausible de seguir ahí sea ignorar el exterior. Addonizio en sus últimas páginas hace que nos preguntemos si es que ese mundo de inseguridades, de pensamientos infértiles y condenados, si la inmundicia y egoísmo son dueños del mundo, si los vicios destruyen y la felicidad no se haya ni entre los que amamos, ¿la manera de ser feliz en la Tierra es no siendo parte de ella?

 

 

 

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