Crítica/Ensayo/Poesía/Reseña

El habla de los muertos

Las visitas de siempre

Las visitas de siempre, poesía reunida
Carlos Aldazábal
El Ángel Editor
Quito, 2015

Los libros iniciales de Carlos Aldazábal, ahora reunidos en Las visitas de siempre, parecen responder –por los caminos sinuosos de la poesía– a un mismo interrogante: ¿quién habla en el poema? Uno de sus méritos es reenviarnos obsesivamente a él, con aguda autoconciencia, a fuerza de lirismo e ironía: “no está tan mal mi queja de signos ladrillados,/ de angustias, de desaires,/ de gritos apretados que exorcizan mis mundos./ Por eso es que te insisto”, enuncia un sujeto poético que se dirige a “una pared inconmovible”. Dichos rasgos, encarnados en un fraseo coloquial y arriesgadamente imaginativo, desbaratan algunos rótulos (líricos, realistas, etc.) frecuentes a la hora de identificar la poesía argentina de los últimos años. Los buenos poetas, podríamos arriesgar, no encajan –sin inocultable arbitrariedad– en los esquemas reductores de quienes se malhumoran con lo diverso.

La inquietud autorreferencial del salteño no desemboca sin embargo en largas enumeraciones de sustantivos propios que nada le dicen a quien está fuera de ese fervor comunitario y amistoso. Más bien se trata de que el lector común comparta los efectos de la lectura de sus textos, que se experimentan en el lenguaje mismo y en el modo con que éste modela el mundo. Por eso Las visitas de siempre titula el compilado y una de sus partes, el corpúsculo que reúne poemas dedicados a poetas extintos –tematizan su desaparición física o su presencia fantasmal–, en una suerte de tributo: Olga Orozco (“Ella se preocupó por explicarme/ (esta vez sin rodeos)/ cómo la muerte juega en los jardines”), Amelia Biagioni (“Hoy no hay alfombras para Amelia./ Pero su voz me visitó de pronto/ aletargando el sueño”) y Juan Carlos Bustriazo Ortiz (“Nada convencerá de tu partida”) se vuelven voces míticas para el poeta, que apela al registro de ciertas situaciones vitales para constituir una familiaridad extrema que provoca un efecto de lectura inverso: un íntimo distanciamiento.

Todo el compilado indaga esa paradójica tensión. La arqueología de la infancia que practica Por qué queremos ser Quevedo, el segundo de sus libros, no hace sino rastrear ese largo proceso de demolición en el que el yo se reafirma: “de los que estábamos tomando las consignas/ para nacer/ en la corrosión/ al comienzo del mundo”. Y lo mismo podríamos afirmar de El caserío, el tercer poemario reeditado, en la fundación catastrófica de herencias y linajes de un sujeto para el que el texto, bajo un singular tono miserabilista, se vuelve correlato del cuerpo enfermo. Acecha la muerte, un umbral que no puede franquearse para llegar a la significación total, a la piedra de toque del sentido. Como sugiere uno de los epígrafes, solo los animales, atrapados en el círculo de la supervivencia de la especie (“el sentido” de su vida), están fuera del miedo y la esperanza: “Es un instante,/ un momento cualquiera de la infancia/ en el que decidimos/ desafiar el reinado de la muerte (…) Urdida la estrategia/ delineamos un modo de ataque,/ planeamos un futuro de eternidad/ y ejercitamos el arte de la guerra (…) en tanto practicamos la esperanza/ de volvernos Quevedo/ antes de que la muerte/ nos anule del todo.” Los poemas se impregnan de ese carácter testamentario, una secreta apuesta a una continuidad en el futuro que comienza a perderse porque el futuro no tiene lugar o, más bien, solo tiene lugar en el lenguaje: “Los muertos más queridos.// Los muertos que escribieron epitafios.// Las visitas de siempre”.

TBvisitAs

Edición argentina del 2014

Según el arte poética de Aldazábal, se puede escribir cuando se es dueño de sí ante la muerte. Si el temor hace perder la compostura, el escritor cae en la expresión torpe y confusa: “A veces me equivoco/ y en vez de poner tinta/ descargo el contenido de mi pulso/ y el frasco se ennegrece/ como el corazón de dos amantes muertos/ a la hora de amar.// Tengo un frasco de tinta./ Me da pánico que el miedo se lo robe”. Solo cuando se es soberano ante la muerte se puede reafirmar una experiencia posible de libertad, aunque la ironía suavice las apetencias de absoluto del sujeto: “y amando tu silencio/ el yunque de la lengua/ me pego al grito del que muere;/ y haciéndome adjetivo/ me compadezco tanto/ que el filo del paréntesis/ me anula el alma”. Frente a la muerte, el lenguaje revela su carácter ficticio. Porque no hay una manera humana de abandonar la primera persona gramatical –aunque el sujeto se enmascare en la tercera persona– o, lo que es lo mismo, no hay una manera humana de no morir. En todo caso, el poema retarda, con la escansión del verso y el sentido, lo que se está por terminar.

En Aldazábal toda conciencia de sí es una conciencia carnal (“no ignores mis despojos”), una conciencia concreta de la propia materia: “Y es que para crear/ hay que llevar un cuerpo donde asirse,/ un par de piernas, largas como cintas,/ un vientre de papel garabateado,/ un ojo en el terror, bocas distintas”. Como un reflejo que no halla su espejo (“Solemos charlar con mi sombra,/ dar un paseo, comer manzanas”), alguien canta (las anáforas, las aliteraciones, el uso desenvuelto de algunos metros tradicionales son algunos de sus recursos) e indaga a un tiempo esta paradoja que anida en la génesis de la subjetividad: el yo se dimensiona frente a un fondo común de mortalidad. El lenguaje hace de nosotros un fantasma: “Las vocales me aplastan en su piel/ hasta tatuarme.// Pasado este suplicio/ supongo que ya he muerto.// Estoy imaginando poemas/ para los que habitan en las tumbas”.

En el habla de las correspondencias, el mundo se torna un lenguaje en el que prevalecen las semejanzas y es el poeta quien las interpreta: “Como un cabalista/ desnudo el símbolo del habla”. La interpretación como tal sería la medida misma de lo humano, el modo en que el ser en el tiempo hace suyo el mundo a través del pensamiento. Pero si en el mundo todo se corresponde, el sujeto que siente y actúa también debe ser parte de esa profunda unidad: “imagen de animal que espera agazapado/ a que la comunión se haga presente”. Pero hay un hiato temporal, mortal, que lo impide: aun cuando todo se corresponde, el yo es lo que falta: “Después ellas se van/ y yo, a las once,/ acudo a la lectura/ cuando la soledad ya se ha firmado/ al pie de mi destino”. Hay un término en la cadena de las correspondencias, una falta que es justamente la que posibilita el espacio del poema.

En ese sentido el lenguaje resulta testamentario y la poesía, el habla de los muertos, “un testamento inútil”. De alguna manera el tiempo y la muerte hablan en la lengua por esa misma boca, carnal y sensual: “He conocido al monstruo.//  Era gentil,/ hablaba sobre el hombre,/ sobre el sagaz ladrón,/ sobre el perverso aliento de las hadas.// He desafiado al monstruo.// Ahora me mastica cortésmente/ y descuartiza al que fui/ en épocas remotas,/ en el minuto previo al desafío”. El fantasma que seremos habla: “En el escaparate/ el libro bosteza su nostalgia de polvo./ Un fantasma estornuda. Yo escribo”. Y no sólo el sujeto que se nombra a sí mismo vacila como tal, sino también el tú que lo constituye. Solo puede sostenerse volviéndose intrínsecamente el otro: “cuando los ecos de mi muerte/ te hacen cosquillas porque/ no es/ la muerte/ el arte”. En esta ambigüedad, en esta irremediable separación, la poesía de Aldazábal nombra la radical alteridad de lo humano. Nos sugiere, con resonancias éticas y por qué no políticas, que el poeta es el otro.

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foto-solapa-diego-colombaDiego Colomba nació en San Nicolás (Buenos Aires) en 1972 y vive en Rosario desde 1990. Es profesor y licenciado en Letras, y doctor en Humanidades y Artes, con mención en Literatura. Dirigió el sitio web de prensa literaria Letracosmos. Es uno de los responsables de Salón de Lectura, sección de escritores del banco sonoro Sonidos de Rosario (http://www.sonidosderosario.com.ar). Publicó Letras de Rock Argentino (Editorial Académica Española, 2011), Baja tensión (Rosario, Editorial Municipal de Rosario, 2012, mención en el Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana 2011), Mesa de novedades. Poesía y narrativa del presente (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2013, premio obra inédita del Concurso Provincial de Ensayo Juan Álvarez 2012), Desaire (Buenos Aires, En Danza, 2014) e Inmemorial (Rosario, Baltasara Editora, 2015).

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