Crítica/Ensayo/Novela/Reseña

Sobre Fierros bajo el agua de Guillermo Arreola

Fierros-Bajo-el-agua

Fierros bajo el agua
Guillermo Arreola
Joaquín Mortiz
México, 2014

por Gabriel Osuna

La representación ficcional de la ciudad de Tijuana en Fierros bajo el agua (Joaquín Mortiz, 2014) funciona como un eje que concentra las múltiples historias que forman un complejo entramado literario. La ciudad como símbolo establece relaciones profundamente significativas con las historias narradas de manera fragmentada y otorga una estructura específica al texto artístico. El resultado es un poderoso ejercicio de enunciación literaria que propone un orden narrativo distinto que trasciende los límites de los géneros literarios tradicionales. En este sentido, la voz narrativa del protagonista, Leonardo, construye un mundo caracterizado por la recuperación de la memoria y la reconstrucción de los hechos violentos del pasado: el asesinato de su amante y amigo, Cas Medina, y la recuperación de fragmentos de la biografía la pintora Danielle Gallois, además de otros asuntos que funcionan como nudos narrativos que proporcionan unidad a las historias. Lo anterior se construye mediante un estilo híbrido entre el periodismo de nota roja, la viñeta del recuerdo y el traspaso de la voz en primera persona a un conjunto de personajes que narran sus experiencias con el mundo de un pasado perdido: por ejemplo, los asesinatos por homofobia en la década de los ochenta, y la violencia que transformó la lógica de la existencia de los individuos en constantes enfrentamientos con la muerte.

Como relato, Fierros bajo el agua propone una transformación del género literario llamado novela en un conjunto de imágenes subsecuentes que dan cuenta de una realidad compleja. La explicación racional y lineal del mundo ya no es suficiente para comprender qué es aquello que narra la literatura en el siglo XXI. Si bien lo anterior se puede observar en los cambios de paradigma que conllevan la transformación del lenguaje en diferentes etapas de la historia literaria, en esta nueva narrativa parece haber un énfasis en la idea de que la aprehensión de la realidad (y de una historia) se puede dar de manera contundente a través de momentos, escenas, fragmentos poéticos de mundos posibles que, al final, imprimen una profunda vivencia en quien los reconstruye mediante los actos de lectura y relectura.

“¿Quién querría recordar lo que nadie vio?” “¿Has visto la sombra del humo?”, parece insistirnos Leonardo. Debido a la complejidad de su enunciación la literatura representa lo que no se ve ni se comprende a primera vista. Esta aventura a través del lenguaje artístico resulta en una inmersión hacia las capas profundas de los misterios de la existencia. Es probable que la mayoría no quiera que le digan esas grandes verdades en la cara, pero siempre quedará la curiosidad por saber qué hay más allá de la denotación y de lo inmediato. Por eso esta literatura no responde ni a modas ni a determinados intereses paralelos al fenómeno artístico. ¿De dónde vendrá la necesidad de asomarse a los abismos para percatarse de los grandes asuntos de la humanidad? ¿Acaso Raskólnikov era un personaje que convenía a los fines políticos de la Rusia zarista? ¿Acaso Emma Bovary era un personaje que satisfacía las agencialidades de la corrección política de sus tiempos? ¿Acaso no eran personajes que encarnaban la displicencia, la incomodidad en muchas conciencias? Pensemos, por otra parte, cómo Juan Preciado desestabiliza y transforma la realidad del mundo dominado por Pedro Páramo. La mayoría de los grandes artistas sí quieren ver lo que las mayorías no quieren ver. El protagonista de Fierros bajo el agua también muestra esa necesidad vital de recordar y reconstruir a través del relato “lo que nadie vio”, la tortura, destino y muerte de Cas Medina: “Cuando supe la noticia aquella mañana, así imaginé tu cara: la mirada congelada en tránsito hacia lo insondable, la boca estropeada, la nariz rota, la frente aplastada con sabrá nadie qué instrumento. Ante la figuración de tu cuerpo se clausuró mi imaginación” (7).

La contundencia y la revelación (finalmente la claridad) de una verdad filosófica se alcanza con la ayuda de la experimentación en las formas artísticas: no se llega a la complejidad de las realidades siguiendo las fórmulas preestablecidas. Por eso los fierros bajo el agua adquieren ese carácter simbólico en el texto. Las reglas del juego son distintas: es necesario trascender las formas narrativas instituidas para, mediante las formas iconoclastas, llegar a la complejidad en la representación artística de la realidad, en este caso mediante la estructura literaria y sus nudos constructivos. Esta es una literatura en donde el caos encuentra un orden mediante la complejidad de los mundos posibles que se construyen dentro del espacio de la narración: ese orden se encuentra en la representación de una Tijuana que no tuvo lugar en el espacio de la memoria histórica, pero que insiste en ocupar un espacio nuevo que sólo puede existir en la enunciación artística.

Si la pintura es la representación del caos de la existencia (la pintura de Guillermo Arreola también lo demuestra), el carácter espacio temporal del lenguaje literario intenta darle un orden específico. A través de los dos lenguajes, por diferentes medios, logramos asomarnos a ese ápice de la realidad que ayuda a constatar lo que sólo habíamos presentido o vislumbrado. La enunciación poética en la escritura de Guillermo Arreola conduce a verdades que, por su fuerza narrativa y por su contundencia, hacen soportable los oscuros caminos de la comprensión de los asuntos fundamentales de la existencia. El entendimiento de la vida dice que triste es el oficio del filósofo, que ve más allá de lo inmediato; lo es también la comprensión del mundo, que se transforma en otro algo. El gran equilibrio se logra cuando se percata uno que el ser humano puede llegar hasta los intersticios más macabros del mal. El creador sabe que sólo mediante los actos constitutivos de la enunciación y la representación se llega a un orden específico. Sólo el arte es el único que es capaz de hacernos soportable y bella la comprensión de los grandes caminos de la existencia, de lo que llamamos vida. Sólo el poder de la creación, de la invención, son capaces de sugerirnos, o a veces de decírnoslo sin miramientos, aquello que incluso nos negamos a ver, quizá por un instinto de sobrevivencia, que sólo puede hacerse soportable a través de la literatura, el arte y la filosofía.

El arte contemporáneo vuelve, por otra parte, a proponer lo que Cervantes ya decía hacia el final del Quijote: la vida era sin duda más bella dentro de los mundos (locos, sí, desquiciados si quieren) construidos por la imaginación y su representación en imágenes.  Finalmente valió la pena vivir en ese mundo de fantasía. ¿Para qué queremos tanto realismo? Por eso Blanche Dubois, en medio de su locura en esa inolvidable obra dramática de Tennessee Williams, dice con desesperación: “I don’t want realism… I want magic”. En algo se parece a todo esto la necesidad de Leonardo de reencontrarse con la vida y obra de Danielle Gallois, perdida también en los momento de aquella ciudad olvidada.

Si de esto se trata también la literatura, ¿qué es lo que busca Leonardo desde el principio de la novela? ¿Por qué regresa a Tijuana para iniciar una investigación del asesinato de Cas Medina, ocurrido en los años ochenta? ¿Qué era aquella Tijuana? ¿Cómo la vivíamos? ¿Por qué en esta realidad, la realidad ficcional, Tijuana ya era lo que sería en el futuro? Sólo los lectores, con el tiempo, podrán responder a estas preguntas.

El fragmento es un asomo a un mundo sugerido y presenciado por el poder del lenguaje… Se crea una realidad contundente pero que deja pinceladas de realidad que son permanentes, y que pueden tener muchos niveles de interpretación. El trastrocamiento del lenguaje (un lenguaje que pertenece a otro orden) trasladado a lo literario, le otorga la estructura literaria a esta novela. Para armar la historia o las historias es muy importante un lector que no se conforme con recetas ni con fórmulas acerca de cómo debe ser representada la realidad en la ficción literaria. Por eso el final de la novela, ante la predominancia del caos, queda esa frase definitiva, el testimonio de su existencia, del por qué empezó a vivir después de haber transformado el recuerdo en una memoria que, como herencia, lo hace pasar a un nivel nuevo, al comienzo de la vida después de haber exorcizado el pasado.

La memoria, una vez constituida mediante la construcción y ejecución del relato, cumple con su ciclo y, en efecto, después se tiene que empezar a vivir, seguir adelante y dejar testimonio de cómo fue el pasado, y que el deber de quien ha vivido la epifanía de la experiencia literaria es, de nuevo, seguir adelante, volver a vivir para seguir viviendo y que la vida no se constituya sólo en una extensión del pasado… Y seguir adelante.

Después de leer Fierros bajo el agua, Tijuana ya no será la misma. ¿No concebimos, acaso, la ciudad desde un conjunto de relatos, mitos incluso, que terminan imponiendo una visión intencionada de la realidad? ¿No terminamos viendo esta ciudad desde una ingeniería ideológica lentamente preconcebida desde un conjunto de relatos históricos, dominantes? Para algunos aquellos discursos se convierten en una camisa de fuerza que impide que observemos el mundo desde su propia complejidad: pensemos simplemente en el optimismo como discurso que nos convierte en seres productivos, aquello de la tierra de la superación y todo aquello que aprendimos en algún momento.

Basta ya de mitos. Quedémonos con sus representaciones más poderosas y trascendentales: aquella imágenes que desarrollan conceptos y que a través del arte podemos llegar a comprender. Tu ciudad, después de esta lectura… Ya no será la misma. Supera la historia propia, la mentira que inventaste para ti mismo… deja de verte el ombligo, son muchos los que habitan esta ciudad, con una historia, quizás, muy distinta a la tuya. Aliméntate de las historias que aparecen aquí, también te harán comprender mejor que el arte hace única e inolvidable a esta ciudad. Prepárate, será un balde de agua fría, de esa agua helada que rodea e inunda los fierros bajo el agua. No seas inocente, parece decirnos el texto: tienes una obligación con el mundo en el que vives, estás en el siglo XXI, deshazte de esa máscara, arráncatela de una vez, y observa con ojos nuevos esta ciudad, que pertenece al reino de este mundo… Un reino, quizás, entero, profundo, verdadero y por lo tanto, trascendente. De verdad, es urgente encontrar esos mundos que nuestro propio arte puede ayudar a descubrir. ¿No pertenece, al mundo de los vivos, el deseo por el descubrimiento, por la aventura del pensamiento? No nos hagamos, el arte sí transforma nuestras vidas… Démosle el verdadero lugar que ocupa en este mundo.

Algunas personas que existieron y otras que siguen deambulando por esta ciudad están aquí representadas como personajes. Sin embargo, la persona trasladada a la realidad de un personaje literario se escapa de las manos y pertenece a otro orden; toman su propio camino y su propio comportamiento. Aquí ya son personajes literarios. Su destino está en sus manos, lectores, y ¿qué no, lo que nos salva, finalmente es, el gran poder de la imaginación? ¿Acaso no tenemos pocos consuelos en la existencia, como aquellos en los cuales vislumbramos una profunda verdad filosófica? El de Leonardo es que tiene, debe reconstruir su memoria a través del conglomerado de relatos que, por sus nudos que forman un encadenamiento, reconstruye a través del recuerdo, de la voz de los personas, del relato periodístico, etc. Leonardo le da sepultura a los recuerdos que atormentan, los más claros demonios, para poder ocultar con la verdad las mentiras que guiaron los recuerdos; para poder darles un tiro de gracia y descubrir la verdad con la que se puede empezar a vivir plenamente. A unos les cuesta toda la vida llegar a esas verdades; otros, nunca llegan a ella. Intentemos vivirlo a través de los protagonistas de nuestra literatura. ¿Qué acaso el arte no imita a la vida? ¿Acaso no es la experiencia artística, en cualquiera de las formas de creación, incluyéndonos los lectores (la lectura es un acto de creación), un acto esencial que permite darle mayor significación a nuestra existencia? Todos los textos literarios paradigmáticos reescribieron el mundo: es el testimonio de una generación que vio a sus amigos morir de sida, los jóvenes de la crisis que envejecimos junto con la crisis que nunca nos abadonó. La vida no es lo que ya no fue. La literatura contemporánea da cuenta de su propia realidad con sus propios recursos retóricos: sean fragmentarios, divididos, escindidos. Aprehender la totalidad en una novela ya es asunto de las inquietudes del siglo pasado.

Hoy solamente sabemos que podemos asomarnos, a través de algunos resquicios, a través de nuestras propias herramientas discursivas (artísticas y literarias), al insoportable infierno de la realidad. Como un aleph, el arte nos ayuda a comprender mediante las limitaciones de su propia enunciación. Leonardo crea un testimonio en donde lo efímero deja de serlo; sobre todo un testimonio que da cuenta de la terrible cercanía que en este país tenemos con la muerte, de lo tremendo que significa que nuestra tortura y muerte sólo sea un número (si acaso) para los medios. Sin embargo, Leonardo es un sobreviviente, un sobreviviente que vive y palpita a través de su propia humanidad, de su propio relato de lo que es, fue y nunca llegó a ser en esta ciudad. Esto es un grito, un soplo de vida hecho arte que surge desesperadamente de aquellos que quisieron borrarlos (y lo hicieron) literalmente de la faz de la tierra, y que sólo existen allá abajo, en aquel mundo que tiene tanto por revelar, el mundo de aquellos que están esperando existir nuevamente mediante el relato. Allá están, en los fierros bajo el agua sumergidos en la esquina, en la punta de este país que todos ustedes conocen. Están, también, debajo de toda la ciudad, y son una metáfora de todo lo que tenemos que contar y convertir en literatura.

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osunaletras-02Gabriel Osuna Osuna (Ph. D., Arizona State University). Profesor de tiempo completo en el Departamento de Letras y Lingüística de la Universidad de Sonora. Ha publicado artículos en diferentes libros y revistas de México y coordinó las ediciones XVI y XVII  de la Memoria del Coloquio Internacional de las Literaturas Mexicanas (Hermosillo: Universidad de Sonora). Es miembro del Consejo Editorial de ConNotas. Revista de Crítica y Teoría Literarias. Publicó Literatura e Historia en la novela mexicana de fin de siglo (Madrid: Pliegos, 2008). En 2011 publicó “Narrador autobiográfico y discurso testimonial en Contrabando de Víctor Hugo Rascón Banda”, en El Norte y el Sur de México en la diversidad de su literatura (coord y ed. Norma Angélica Cuevas Velasco y Raquel Velasco González. México: Plaza y Valdés). Publicó “Metáforas de la locura y la muerte en ´Río subterráneo´de Inés Arredondo”, ConNotas: Revista de Crítica y Teoría Literarias.

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