Crítica/Ensayo/Poesía/Reseña

La calle como el lugar de la memoria

Lo lejano

Lo lejano
Santiago Espinosa
El ángel editor
Quito, 2015
84 p.p.

por Marco Antonio Murillo

Memorándum de Rodolfo Hinostroza es uno de los cuentos que, sin quererlo, logra englobar acertadamente cómo se manifiesta la mente de un escritor en su propia obra. La trama contiene a un asesino en serie que mata a personas relacionadas con el lugar de la memoria que ha construido en su mente. Dicho término, supuestamente perfeccionado por Giordano Bruno, refiere a un lugar específico, por ejemplo una sala bien amueblada, que sólo existe en la memoria del sujeto, donde cada cosa en él contiene recuerdos o significaciones importantes. Si trasladamos este término al de la poesía, encontraríamos que el lugar de la memoria de los poetas está comprendido en su propia obra, es decir, elementos recurrentes se repiten en algunos poemas, e intentan formarnos en nuestra mente la forma que podría tener ese lugar de la memoria.

En el libro Lo lejano de Santiago Espinosa, el lugar de la memoria es una calle de Bogotá, la cual puede ser todas las del mundo o ninguna, por ello en su poema La cama del trapecista le resulta válido decir: “la cama sin patria del trapecista”, como si el lector fuese un trotamundos y su cama una banca en la acera. Dicha calle está comprendida por tres secciones. Cada una ofrece una perspectiva diferente para mirarla, o lo que podría haber más allá de ella. Así, la primera parte, que es la más personal de todas, pinta los paisajes citadinos, siempre enmarcados por el término altura: “¿No oyes la música que envuelve / las montañas en su ascenso”, se pregunta el caminante, en otro poema la altura ya no refiere a la topografía montañosa, se traslada al ambiente citadino: “El edificio que señala / una fisura del silencio.” Antes de esta imagen, ya había sentido el frío que baja de las montañas e invade la ciudad: “Callamos largamente, la calle y la nieve / los golpes de hielo sobre el lago”.

En todo momento nos encontramos en la intemperie para conversar con los elementos externos que componen esta perspectiva de la calle: “detrás de lo que escribo / siempre hay una lluvia”. Conversación del hombre con el paisaje. Lo lejano al alcance de nuestras palabras; lo lejano, no los objetos que no poseemos en este momento, sino aquello que está fuera de nuestra vista, lo que se encuentra lejos de Bogotá, pero que el poeta mira desde su lugar de la memoria: Altamira, los paisajes de Illinois, el invierno de Chicago, convergen en una sola calle que tiene el tamaño de la memoria del poeta. Quien escribe, y posteriormente quien lee, sabe que una calle cualquiera es susceptible a ser todas las calles del mundo.

La segunda parte es la calle y los objetos o personas que en ella se encuentran. El lugar de la memoria comienza a ser paseado por el lector, entra a una casa, sale, descansa en un colchón abandonado junto a un trapecista, encuentra un caballo muerto, mira las plantas, dialoga con un trotamundos, se une a una marcha, etc.  Si el lugar de la memoria del cuento de Hinostroza estaba repleto de objetos cuyas significaciones eran disparadores hacia la realidad, el lugar de la memoria de Santiago Espinosa está lleno de poemas que hablan sobre elementos que, dependiendo de cada lector, muestran determinada realidad. Los poemas que prefiero en esta sección son La cama del trapecista, Caballo Muerto y Catatumbo. El primero de ellos, es un poema en el que destaca el tono de abandono. A través de él accedemos al universo objetual que llenan los huecos de memoria de la calle. Su inicio conviene en una de las momentos más álgidos del poemario:

Al fondo, bajo la luz glaciar de una bombilla,

la cama sin patria del trapecista.

A su lado una banca para cuatro

donde se come en la sombra,

precario remedo de una estación fantasma.

Destaca la imagen hecha por claroscuros. Las figuras que intiman en estos versos son tiernas opacidades, no pueden verse fijamente solo nombrarse a contraluz de las palabras. La bombilla se encuentra sobre el trapecista, su luz alcanza a relevar unas sombras que comparten alimento en una banca.

Caballo muerto, por su parte, recuerda el poema Aparición urbana de Oliverio Girondo. Se retoma únicamente la temática, pues, a diferencia del texto del argentino, el de Espinosa es mucho más sobrio y no busca la impresión de la escena, sino la fusión del paisaje con el animal muerto a mitad del camino. Por eso el caballo está “muriendo  nuevamente / en el reflujo de las aguas”. El poema Catatumbo, sin llegar al tremendismo de algunos poemas sociales, es una pintura patética en la que un niño, enfilado entre la multitud, sostiene un fusil. El poema es acaso el más breve de toda la colección, y al mismo tiempo el más preciso de todos. Recupera la inocencia de la imagen infantil, y la armoniza con la dureza de una historia que el lector puede armar en su mente: El niño ¿Ha matado?, ¿ha participado en asaltos a poblados?, o bien ¿será que el niño se ha convertido en huérfano y ahora toma el lugar de sus padres? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, y es que, en su libro Cómo leer un poema Terry Eagleton dice que “la poesía no es un simple testimonio de una experiencia (…) de ella se espera que se obtenga más profundas o más amplias conclusiones de lo que observa”. El lugar de la memoria que ha dibujado Santiago Espinosa en sus poemas, repito, no es un sitio tangible sino un imaginario que sugiere ciertas formas, texturas y significaciones. Es una calle, sí, pero a media noche y opacamente iluminada por la luz de las farolas.

La tercera parte de Lo lejano versa sobre el pasado del lugar de la memoria, el pasado de una calle que llega a todas partes, principalmente de Bogotá. Lo lejano, esta vez se refiere a acontecimientos históricos o personales que han sucedido tiempo atrás, pero cuyas huellas aún están presentes en la calle. En el poema A medio día, ubicado en la primera parte, ya habíamos accedido a una pequeña visión de esta nueva perspectiva de la calle, nos hallábamos en el denominado Bogotazo, acontecido el 9 de abril de 1948. En la escena que presenta Santiago Espinosa está lloviendo, la lluvia deja en caos la ciudad, y ensombrece a las personas. Sólo la música de esa lluvia es lo único que ha logrado sobrevivir:

La música que se abre por la

calle hacia la médula del siglo,

a medio día.

Regresando a la tercera parte, hallamos dos poemas importantes: aquel que le da nombre al libro, y el largo poema Las estaciones perdidas. En el poema Lo lejano, el poeta le habla a su yo lejano, el tú que habría existido en la infancia:

y oyes tus pasos de niño

en las baldosas, las campanitas

enanas de los muertos

yendo por agua a las cocinas.

Ese niño cuya vida dio origen a la voz presente. En Las estaciones perdidas, el lector vuelve a la estación antigua, cercana al lugar de descanso del trapecista, aborda el tren y da un paseo por toda Colombia; pero también el viaje es histórico, nos recuerda La masacre de las bananeras, y la inmigración de los judíos. Estas referencias, sin embargo, están sugeridas, prevaleciendo siempre un tono intimista, interior y narrativo, que es la tendencia general de todo el libro:

Pero en aquella estación de trenes,

pasajeros de otro día,

se consumaba el breviario

de mis naufragios personales.

Octavio Paz, al hablar de Fernando Pessoa, decía que “los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”. En las más de setenta páginas que comprenden Lo lejano, Santiago Espinosa regala a su lector poemas que constituyen su lugar de la memoria, un sitio hecho de retazos autobiográficos (su infancia, los lugares que ha visitado, su versión de la ciudad), y los restos de un pasado histórico urbano; en otras palabras, el lector tiene en sus manos la radiografía poética de una calle de Bogotá.

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marcoMarco Antonio Murillo (Yucatán, 1986) es poeta. Estudió literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha publicado los libros Muerte de Catulo y La luz que no se cumple. Estudia el MFA en Creative Writing  en la University of Texas at El Paso.

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