Crítica/Libros/Poesía

La sal enferma, de Rodrigo Quijano

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La sal enferma

Rodrigo Quijano

SEDECULTA

Mérida, 2015

54 p.p.

 

Por Marco Antonio Murillo

 

En “La sal enferma” hay un breve latido, una exacta lentitud de relojero que logra combinar el dinamismo de los poemas largos con el pulso de los cortos. Dada su fuerte unidad, es susceptible de leerse como un solo poema-tríptico cuyas temáticas de la aridez y el nacimiento son el leit-motiv primario. La idea de “Alborada”, título del primer poema, sirve de inicio y de final a la lectura. La primera vez que aparece, es un amanecer perpetuo que recorre el mundo y extiende su brillo, incluso en los momentos avanzados del poemario. La última es una coda a todo lo que ha sido nombrado antes; ahora la luz es hacia dentro, quema por última vez, pero no al poeta, sino a las herramientas que ha utilizado: el verbo, la lengua, la palabra, el canto…

El desierto que florece en este tríptico no es de arena, a pesar de ser un elemento reiterativo, más bien es un agua quemada, porque agua y fuego están en constante movimiento entre sí, evocando versos, ejemplo: busca el manto transparente de la luna; Prados púrpuras del cielo; Océanos labrados por el aire; La flor desprende la última pereza de sus labios.

Cada sección del poemario corresponde a una de las distintas formas que puede tomar el desierto: la primera de ellas, también denominada “La sal enferma”, recuerda que algunos desiertos fueron grandes extensiones de agua, sal que ahora es arena, arena que mide la lentitud de su tiempo en un medio día que nunca cesa: El día asciende. / Sobre los montes reina / el filo de su espada. Esta forma del desierto es la más yerma de todas. Sólo la aridez puede ser nombrada.

Por su parte, “Del polvo a las estrellas” arma sus imágenes siempre en un momento anterior al florecimiento de las cosas. Todo está en paciente equilibrio, a punto de despertar: las cosas y su luz o sus sombras aún no son, o, en el caso de las cosas de la noche, están dejando de ser. El verso que me parece más fortuito para describir este estado es el siguiente: estrellas para pobres. Como en el mar, en el desierto los hombres utilizan las estrellas para guiarse, los más aventurados saben leer su aparente inmovilidad y descubrir en ellas el tiempo del amor o de la lluvia, hablan de ello como de un oasis. Pero las estrellas que nos describe Rodrigo se están apagando: no le dicen nada al viajero ni al profeta, sólo a aquellos que sueñan sin dormir.

Finalmente, “El jardín de las tristezas” explora la aridez en el sitio en el que el verdor existe. ¡Cuánto más quisiera que esta lluvia / levantara un nuevo mundo / de mis grietas…, exclama el autor del libro, pero la lluvia que finalmente llega al desierto de este poemario sólo trae consigo la tristeza y termina de sepultar lo que la arena no puede. No ha de quedar nada en el desierto, sólo la sensación de que alguien levantó la voz, y esa voz fue sólo un rumor, un murmullo contra el sol, un estruendo que ilumina.

 

Ficha curricular

 

__________________

marcoMarco Antonio Murillo (Yucatán, 1986) es poeta. Estudió literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha publicado los libros Muerte de Catulo y La luz que no se cumple. Estudia el MFA en Creative Writing  en la University of Texas at El Paso.

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