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El paisaje eterno

Dejar_Africa_PalomaSerra

Dejar África
Paloma Serra Robles
Cuadernos del Laberinto
86 p.p.
Madrid, 2014

El paisaje eterno

Por Nadia Contreras

La poesía de Paloma Serra Robles (Figueras, España, 20 de enero de 1976), tiene como escenario el paisaje. En éste, la poeta concentra el lenguaje y lo vuelve búsqueda, emoción, luz. El paisaje es asidero de imágenes, impulso del ser sensible. Esto me hace pensar en los poetas que nutren su escritura de paisajes. Son poetas-pintores. Para Xavier Villaurrutia el objeto de la pintura era hacer ver lo invisible. Esto es, la palabra transformada en color, densidad, profundidad, perspectiva, textura; la intención plena de “leer en el paisaje”. En la poesía mexicana, además de Villaurrutia, hablamos de Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Ramón López Velarde, entre otros. Y Efraín Bartolomé, Coral Bracho, Elsa Cross, Blanca Luz Pulido, Víctor Manuel Cárdenas, una poesía de Ángel Ortuño y Álvaro Solís, por citar generaciones más recientes.

Paloma Serra Robles ha vivido en Francia, Costa de Marfil, Cabo Verde y Nueva Delhi (India) y actualmente reside en Madrid. Su poesía se une a la larga lista de poetas viajeros dentro de su patria u otras latitudes: Luis de Góngora (1561-1627), Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Gerardo Diego (1896-1987) Jorge Guillén (1893-1984), Federico García Lorca (1898-1936), entre otros, fundamentales para la poesía española.

Dejar África (Cuadernos del Laberinto, 2014) conjuga la poesía, la pintura y los viajes. La poesía es un cuadro, una revelación que aunque inmóvil, ilumina. El poemario está divido en tres apartados: “De aves y caminos: continente”, “Debajo del agua: islas” y “Tiempo de funerales: despedidas”. En estos tres, atestiguamos la captura de los momentos fugaces, la luz, el olor de la sal, el propósito de eternizar el paisaje.

Siempre hay algo de curiosidad por los momentos que gestan la construcción de un libro ¿qué lo motiva? ¿Cómo es ese momento íntimo entre autor y página? ¿Cuál es la pócima para inspirarse? Entorno a lo morboso también los antropólogos se hacen este tipo de preguntas: ¿De dónde le viene al hombre esta atracción por lo morboso? ¿Cuál es el fundamento antropológico de la fascinación que suscita lo morboso en la persona? No hablo del morbo invasivo que comercializa lo privado, que salta todas las normas y valores morales. Este tipo de “morbo” en cambio es fascinante. ¿A quién no le gusta leer los diarios de Anaïs Nin, Susan Sontag, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik? Saber de aquello que genera la vocación poética. Mi intención fue entonces entablar una conversación con Paloma. La editorial me pidió el cuestionario de la entrevista que envié y recibí casi de manera inmediata. A través de Cuadernos del laberinto, no hubo conversación directa con la autora, me llegaron sus respuestas lacónicas. No hay mucho que resulte útil para satisfacer esa “morbosidad buena” de la que hablo. La apuesta de Paloma, lo veo así, es dejar al lector que descubra por su propia cuenta, sin pistas, sin vislumbres. Que sea la mirada, como la de ella, cayendo sobre el agua centelleante de la revelación.

Dejar África es su segundo libro de poesía. El primero, Farol Fundo (poemas de Cabo Verde) fue una edición bilingüe español-portugués y lo publicó Chiado Editorial en febrero de 2014. Dejar África parte, como Paloma afirma, de la intención de “tener un recuerdo escrito de lo vivido allí”. Y agrega: “Yo me dejé llevar y escribí lo que sentí; esto es importante que se refleje en el poema”.

En este libro predomina la construcción de metáforas que contienen el paso del tiempo, lo eternizan. Los viajes, esos recuerdos, se fijan en la página y la memoria del lector. Nada es efímero. Lo que trascurre, lo que se mueve, queda sujeto al poema. Dejar África, fija este universo que segundo a segundo se desgaja. El poemario se abre con un epígrafe del poeta Pedro Salinas: “…la forma posible de estar juntos / es una despedida larga, clara, / y que lo más seguro es el adiós”. Paloma, por ello, nos ubica precisamente en la despedida. Los poemas parecen haber sido escritos una vez que se ha marchado de esa patria, no antes. Para Jordi Esteva, prologuista del libro, “la lectura de estos poemas sobre  África logra transmitir, para quienes jamás la hayan visitado, el pulso de un continente vivo en el que convive la herencia de la tradición animista con la ceremoniosidad colonial”.

La metáfora, su logro, es incisivo. La observación es un recurso fundamental. Más que la reflexión, por supuesto vendrá después, la mirada se acerca a la realidad y, en el acercamiento, el lector también está frente a ella y la toca. No hay lugar para lo superficial:

La tarde se hace poema,
mientras
cruza la garza mi paisaje de árboles templados,
de palomas en los cables de la luz,
y de un blauet arribista… (p, 17)

Desde niña escribió y leyó poesía; su padre, comenta, le proveía libros. De ahí la fuerza que la arroja a las palabras. Todos los seres humanos buscan, es una necesidad básica, esencial. Algunos indagan en la poesía, en la música, en la pintura; otros bajo las sombras lo que desemboca en vicio, corrupción, crimen, etc. Si le preguntáramos a Paloma ¿qué vale la pena buscar?, no dudo en su respuesta: las cosas pequeñas, un haikú, por ejemplo:

Lucha siempre,
no dejes que el dolor
gane. (p. 18)

El apartado “Debajo del agua: Islas”, condensa una poesía poderosa, intensamente rítmica. Los poemas de corte amoroso, que ocupan la primera parte, carecen en su mayoría de intensidad, la imagen se vuelve difusa y algunos versos son lugar común: “Amarte hoy parece imposible”, “Un beso cautivo”. “Escribir(te) / para no pensar(te)”.

¿Qué hay debajo del agua? es una pregunta constante en este apartado. El agua, representada como un mundo aparte, limpio, transparente, amigable. El poema eterniza también el océano de vida, que aunque inmenso, no deja de ser igualmente efímero:

Se dibujan los paisajes en el aire, en la tierra,
el reto es hacerlo ahora bajo el agua,
aprovechando la luz que cae,
desnuda,
cada tarde.

El agua salada, que borrará la marca de las cosas,
los pronombres,
la fina arena que crea rocas esculpidas,
refugios de escórporas furtivas,
ondas con formas no geométricas,
igualmente bellas,
configurando lo que luego
solo quedará para mi memoria…
Vivo. Insoluble. (p. 45)

Nos internamos en esa agua, que si se ve desde otro ángulo, puede ser el sueño profundo. Es un agua, como dije, amigable, no empuja, no crece remolinos; antes bien, permite ver sus raíces, su fondo, sus islas:

Las islas, estas islas,
son mar adoquinado,
niebla que cae en la tarde de Serra Malagueta… (p. 46)

La mirada de la poeta está dentro del agua y allí, cada pueblo, cada aldea. Desde ese espacio donde al agua lentamente fluye y abraza, la concepción de lo que existe. El mundo no se desmorona. Las mujeres son fuertes, tienen costumbres, hábitos, participan de su sociedad. Debemos ver la otra cara de estos pueblos. Paloma se resiste, pero basta una mirada más allá de lo que es luz, para ver su fractura y la fractura del mundo:

Cada pueblo, cada aldea,
tiene alguna de estas mujeres dueñas del tiempo
que hacen prácticas al atardecer bajo las acacias
trasplantadas (p.47)

Los poemas de este segundo apartado transmiten lo esencial. En esto podría hacer una relación directa con Antonio Machado, que insiste en dejar ver lo verdadero, “la verdad instantánea”. Alejados de toda profusión, estos poemas crean su universo de pincelazos breves. Cada uno remite a la pintura de los impresionistas donde los trazos parecen difuminados; una vez que se ubica lo revelado, son precisos, exactos.

Hay anémonas rasgadas,
como flores, como jarrones decorados por corales
marchitos, por estrellas saladas que no brillan,
que permanecen. (p.56)

La tercera parte del poemario: “Tiempo de funerales: despedidas”, es la consumación de este cuaderno de viajes; nos lleva hacia atrás en los recuerdos, el bosque que son los recuerdos. Lo efímero es palpable, eterno. La experiencia del viaje queda enmarcada en un cuadro, metáfora de lo eterno.

Entonces una canoa cruza el río y sólo se oye nada.

El milagro acontece:
porque revivo en una imagen.

Indeleblemente erguida estoy dentro del bosque. (p. 73)

___________________________

nadia contrerasNadia Contreras (Quesería, Colima, 1976). Escritora y maestra. Sus últimos libros publicados son: Cuando el cielo se derrumbe, Pulso de la memoria, Presencias, El andar sin ventanas, Caleidoscopio y Visiones de la patria muerta. Twitter: @contreras_nadia

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