Crítica/Ensayo/Poesía/Reseña

Entre árboles y piedras de Yenny León

 Yeny

Entre árboles y piedras
Yenny León
Planeta / Alcaldía de Medellín
Medellín, 2013.
Páginas 65

por Pablo Montoya

Los caminos de la difusión de la poesía son breves, anecdóticos, sencillos. A diferencia de lo que es la escritura de un poema, en ocasiones transparente e indefinible complejidad, su proyección no es más que un tejido de relaciones cómplices. Esos caminos están grabados, en principio, por el buril de la amistad. Alguien cercano nos habla de una voz nueva y esta voz empieza a propagarse. Más o menos como sucede con la inevitable y cumplida luz del amanecer o con la inevitable y cumplida tiniebla del anochecer. Alguien me habló de Yenny León hace un tiempo. Si bien recuerdo fue Luis Arturo Restrepo, y entonces pude leer su Tríptico. Simplemente quedé deslumbrado.

Usualmente cuando leemos a un joven escritor nos gusta ponernos ciertos hábitos. En primer lugar, somos tolerantes y pacientes. Nos sentamos en un escaño magistral para leer esa poesía que quiere expresarse de una manera nueva y audaz o elemental y profunda. Y si eso se nos pide, tratamos de aconsejar, de abrir espacios que el poeta novicio no conoce y que nosotros, un poco ingenuamente, pensamos que es allí por donde esa nueva percepción del mundo debería dirigirse. Como si la poesía y su amanuense no fueran el territorio de lo singular y lo arriesgado, de los solitarios abismos, de las temerarias desventuras del yo.

Por supuesto nada de esto ocurrió con Yenny León. Lo nuestro atravesó un periodo de vínculo académico en el que ella asumió investigar el esoterismo en la poesía de Olga Orozco. En ese tramo yo solamente seguí, con interés no exento de perplejidad, las señales ofrecidas por una radiante sacerdotisa joven a una oscura sacerdotisa mayor. No, debo decir que nada de lo que tiene que ver con la poesía lo he enseñado a Yenny. Y debo decir algo más, y que todos sabemos aquí: la poesía no es más que un arduo aprendizaje del dolor y la felicidad de la vida en soledad. El otro es tan solo un espectador que acompaña desde la aprobación o el repudio.

Lo que deseo afirmar entonces es que la voz poética de Yenny León está enteramente forjada en su Tríptico. Y que en su libro Entre árboles y piedras surge la constatación o la continuación de esa madurez prodigiosa. Y digo “prodigiosa” porque se trata de una poeta que apenas inicia. Con Yenny León pasa algo parecido a lo que sucede con Albert Camus y su libro Bodas. Ambos son libros de jóvenes ansiosos de luz que terminan subyugados por el ímpetu de la oscuridad de la tierra. En cierta medida, son como Ícaros que anhelan el vuelo y el sol y terminan cayendo entre las grietas de la piedra. Bodas de Camus es un abrazo entre resplandor y ruina, y Entre árboles y piedras de León es la confluencia de la rudeza mineral con el árbol sinuoso.

Generalmente, o al menos eso me ha ocurrido a mí en diferentes períodos de mi itinerario como lector, lo que más nos fascina de ese dualismo existencial es el vacío y la oquedad. Pero el otro, el de la luz ante la ruina, o el del árbol que se enfrenta al peñasco, es quizás más consolador. De esta suerte de bondad hablaré ahora, sin desconocer que roca y árbol son la doble faz de una misma circunstancia: el hombre y su condición cósmica.

En la pugna entre lo terrenal y lo aéreo que nombra la poesía de León, el árbol aparece como esperanza. De hecho, desde el principio de este libro, cuando penetramos el ámbito de la piedra, se dice: “Es en la antigüedad del árbol / en donde nace la espera”. Y se nos dice que esta espera tiene razón de ser solo en la medida en que se funde con el dolor de las piedras. La paradoja nutricia, esta simbiosis de lo aparentemente contrario, parece clarificarse al leer: “El bosque inventa un coro de caídas / para quien, cansado / vuelve a levantarse entre sus musgos”. Luego el árbol se va volviendo el supremo motivo del incendio, del insomnio y el delirio. Pero estas circunstancias no lo hacen intolerante e irascible.

El árbol de Yenny León tiene reminiscencias de objeto sagrado, no podría ser de otra manera, pero igualmente lo rodea una atmósfera de aislamiento desolador contemporáneo: “Árbol: / ceniza desesperación  / sol imaginario”. Pero pese a que el sueño del árbol es el fuego y el grito expandido, su esencia es nocturna. Yo quisiera concluir que el árbol de este libro es el oscuro vigilante de una infancia jamás vivida. Sin embargo, el árbol, este ser que bordea el cielo y nos hace recordar la evidencia de la caída, parece imponerse con su rasgo benevolente. Luego de haber transitado la realidad de la destrucción, su corazón, “por encima del agua corrompida”, termina siendo “fuego meditativo, hambre congelada”.

En los últimos versos de este libro de Yenny León se habla de una condición crepuscular, por no decir apocalíptica: la presencia de un último árbol que muere. Y con su muerte, el apagamiento irremediable del universo. El árbol como principio y fin de lo viviente es una circunstancia que remite al ayer más lejano. Desde esta perspectiva, las poemas de Yenny León se hunden en esas antiquísimas creencias paganas del árbol como pilar del universo. Como el árbol de las sagas escandinavas, el de estos poemas tienden un puente entre el universo aéreo y los abismos telúricos. Aunque este árbol primordial, prístino ser que roza el cielo con su follaje pero cuyas raíces beben de lo ignoto, estaría incompleto si no se le asocia con la piedra. Mientras esta es el símbolo de la vida estática, aquel está sometido a los ciclos de la vida y la muerte. Esta oposición que nos define es el motivo de la división del libro de Yenny León. Por un lado, “De la piedra y su incendio detenido”, y por el otro, “Del árbol su insomnio”. Incluso podría afirmarse que un libro como este está insuflado por esa convicción remota de que el ser humano está representado plenamente por la pareja árbol-roca. Esas dos almas, esos dos principios esenciales que nombran nuestra condición femenina y masculina.

Cobo Borda tiene razón cuando señala en Yenny León el trágico diálogo entre hombre y naturaleza. Diálogo sesgado por sauces que implosionan, por ramas quejumbrosas, por ríos moribundos, por un polen desvaído. Y es como si todo un pálpito de vida estuviese abocado a la desaparición o a la caída. En realidad, hay una tremenda noción de declive en estos breves poemas que intentan conjurarse en la belleza de sus imágenes y en la búsqueda de un silencio que es a la vez oscuro y luminoso. Porque en esta poesía luz y penumbra intentan el abrazo. Y nos recuerda, como bien dice Octavio Paz, que entre el árbol y la piedra no somos más que una exhalación.

 

Envigado 7 de mayo de 2015

 

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Pablo MontoyaPablo Montoya  (Barrancabermeja, Colombia, 1963) en un escritor colombiano. Obtuvo la maestría y el doctorado en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos en la Universidad de la Nueva Sorbona. Obtuvo el Primer Premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas” (1993). Ha recibido la beca para escritores extranjeros en 1999 otorgada por el Centro Nacional del Libro de Francia por su libro Viajeros; en el 2000 el premio Autores Antioqueños por su libro Habitantes; su libro Réquiem por un fantasma fue premiado por la Alcaldía de Medellín en el 2005; ganador de la beca de creación artística de la Alcaldía de Medellín en 2007 para escribir el libro El beso de la noche; en 2008 obtuvo la beca de investigación en literatura otorgada por el Ministerio de Cultura que le permitió escribir “Novela histórica en Colombia, 1988-2008: entre la pompa y el fracaso”; y en 2012 obtuvo la beca de creación literaria, en la modalidad de novela, de la Alcaldía de Medellín.

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