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Poesía para habitar el mundo

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Las prisas del instante
Federico Díaz Granados
Editorial Visor
Madrid, 2015
82 páginas

 

por Marco Antonio Murillo

 

La poesía del colombiano Federico Díaz-Granados es actualmente una de mejores propuestas en lengua castellana. Por medio de ella busca hacer más digno y habitable nuestro mundo, hoy construido a partir de discursos político-sociales cuyos valores se encuentran deshumanizados. Así, en su libro “Las prisas del instante” (Visor, 2015) que será mi objeto de reflexión, reivindica el valor que le tenemos dado al lugar, la poesía que escribimos, los oficios, el ámbito privado y el amor, elementos que conviven diariamente con nosotros. Estos elementos son tratados en cada uno de los cinco apartados en que se divide el libro. En el presente trabajo ahondaré en ellos por separado.

Uno: De la nostalgia que dejan algunos lugares

 

Uno de los poemas relevantes del siglo XX se llama “Cuento de dos jardines”, y lo escribió Octavio Paz. La fuerza de su hechura no radica en la ejecución minuciosa de cada verso, sino en el tema: la relación que tenemos con los lugares. A pesar de que tienen un corto ciclo de vida, nos enseña el poeta mexicano, los habitamos siempre en el discurrir de nuestra memoria. Traigo a colación la imagen que tengo de este poema, porque “Las prisas del instante” se abre con una temática similar a la que Paz soñara en Oriente. Para Díaz-Granados los lugares son sitios de paso a los que siempre volvemos cuando el alma está cansada, y llena por el oro de la nostalgia. Al igual que Paz, para él, no existen los llamados “no-lugares”, pues aún estos, a pesar de efímeros, de tener prisa por transcurrir, dejan su numen en la mirada de aquel que los ha habitado:

 

Es esta mi calle, la misma que veo alejarse por el retrovisor del auto

cada vez que me despido

y que se empaña

cuando tus ojos cambian de música.

 

Si pudiera escoger la calle de mi muerte

escogería la calle que me regaló la mujer

que inventaba las palabras

y el color de ese fugaz instante.

En este poema titulado “Mi calle”, el no-lugar, diariamente recorrido por cientos de personas y carros, funciona como catalizador de valiosos momentos. El yo poético habita la calle apenas unos instantes (acaso menos tiempo del que dura la lectura del poema), y no la concibe fuera de construcciones que denotan su inminente desaparición: alfabeto extraviado, ropa de los muertos,  las ruinas son andamios, alejarse por el retrovisor, fugaz instante, entre otras. La calle puede ser habitable para el poeta, porque está relacionada con el recuerdo, en este caso el de una mujer, quien es a su vez el lugar donde está toda la nostalgia humana.

En otros poemas, el no-lugar hace apariciones cortas, significativas: en “Pasatiempo” el yo lírico afirma que en las estaciones lee los horarios de los trenes para saber más sobre despedidas; en “Para mirar el mundo” dice que no sabe nada  aparte de las despedidas en los aeropuertos; mientras que en “Noticias de este tiempo” confiesa que:

 

No hay a quién darle cuenta de un tiempo envejecido

y a quién narrarle los adioses

o las preguntas que nos hacen fugaces.

Al final de nuestras vidas no importará cuantos atardeceres hallamos visto, todos los recordaremos como uno solo y total. Dentro de esta idea transcurren los primeros doce poemas del libro de Díaz-Granados, los cuales forman la primera sección, llamada “Los motivos del tiempo”. Todos los lugares, todas las acciones ocurridas, son uno mismo, porque están embellecidos por una atmósfera de nostalgia, y por una sensación de fugacidad. El lector, pactado con el yo lírico, siempre se está despidiendo de los lugares que visita; detrás suyo el mismo sol cayendo, un mismo atardecer que se desencadena en la memoria.

Dos: De la poesía

 

En la primera parte de “Las prisas del instante”, Federico Díaz Granados escribe: La luz como la belleza no se puede mirar de frente. No es la primera vez que se dice una aseveración de ese peso. Su origen proviene del mito de Eros y Psique, es ensayado posteriormente por Dante en el momento justo en el que está ante Dios, para, finalmente, ser retomado por Rilke en la figura del ángel, que aparece en las Elegías del Duino. De ahí, como si de una herencia genética se tratara, se ha transmitido de poeta en poeta. En México tenemos el ejemplo de Alí Chumacero. En “Responso del peregrino” escribe de su propio ángel: y no podré invocarte, no podré/ ni contemplar el duelo de tu rostro. Aquella idea, que ya dentro de sí misma es un arte poética, reconoce lo bello como algo inasible para el ser humano. No se puede tocar, ni siquiera mirar, por lo menos puede ser nombrado. Asir el peso de todo lo que vengo diciendo, es muestra de que ya se es poeta, o por lo menos de que se es consciente sobre de qué va la poesía, y cuál es su relación con la historia.

La luz como la belleza no se puede mirar de frente. Es, sin lugar a duda, parte importante de la poética de Díaz-Grandos, por ello una de las contantes del poemario es la nostalgia de no poder asir o retornar a ciertos lugares, tiempos y personas. Si definiéramos esta como toda su poética, estaríamos siendo injustos, pues en la segunda sección llamada Arte poética, busca definirnos, precisamente, qué es la poesía. La sección cuenta con cinco poemas, e inicia con “Borrador de una poética”. El mencionado título discute tres puntos importantes contenidos en la poesía de Díaz-Granados:

1)La poesía es una forma de intimidad, y por tanto es una cápsula susceptible de llenarse de imágenes muy cercanas a la vida del poeta:

 

Acaso estos poemas son fragmentos de una vida que nunca debió ser contada

o quedar impresa en la indeleble gramática de amores perdidos y de riñas inconclusas.

 

Este tema será desarrollado con mayor amplitud en las secciones cuatro y cinco del libro, cuyos poemas hablan sobre la familia, la infancia y el amor.

2) La poesía es un mirador del tiempo. A través de ella podemos acceder al pasado, con Don Quijote, el esplendor de Troya, / de Don Rodrigo de Bastidas y Dylan Thomas; pero también al futuro. Es en este punto donde aparece una de las metáforas más interesantes de este poemario, el De Lorean, el cual regresó para siempre del futuro. El autor concuerda con Gabriel Celaya, quien dijo: La poesía es un arma cargada de futuro; también con Heidegger. En su libro “Hölderlin y la esencia de la poesía”, aseguraba que el decir de la poesía es donde se gestan primeramente las ideas que después serán parte del lenguaje cotidiano.

3) El poema nunca se termina de escribir: Porqué tanto poema inconcluso… / porqué tantas tachaduras y borradores, escribe el autor. Una discusión emprendida por Valery, que a mi juicio tiene el siguiente rostro. Ya “finalizada” la obra, siempre habrá una palabra nueva que se acercará a la imagen deseada. Si en dado caso llegásemos a ella, ya no nos obsesionaría el poseerla, y por tanto, no habría necesidad de escribir un nuevo poema.

Las tres anteriores ideas son las que aparecen en “Borrador para una poética”. En los poemas siguientes, existen nuevas concepciones sobre la poesía. En “Alfabeto que llega”, la amada se convierte en autora del poema junto al poeta. Aquel lanza en la hoja en blanco las palabras, aquella es quien les da sentido, su ancla a tierra:

 

Entras y sales a mis palabras

y las organizas en orden exacto de estatura y dignidad.

Entras en mi canción invicta

y escarbas para encontrar el signo o el alfabeto que te definan.

En estos cuatro versos Díaz-Granados nos recuerda que seguramente no hubiera habido Catulo sin Lesbia, o Dante sin Beatriz. Poeta y sujeto poético se necesitan mutuamente para crear la sensación de que estamos ante la poesía. Mientras tanto, en “La otra orilla”, las propuestas anteriores se miran desde otra perspectiva: al escribir poesía coexisten dos lados, el del hombre a la intemperie, y el de los objetos. Estos últimos siempre están esperando que los encontremos, para hacerlo es necesario descifrar su secreta gramática, lo que los hace ser particulares en el mundo.

 

Es de este lado de la palabra que arde aún por los recuerdos

donde se respira al hombre y sus asuntos olvidados,

sus ángeles del hambre, sus ropas de posguerra.

(…)

Allá están las gramáticas y las hogueras

que nos aguardan con paciencia

para reiniciar, de una vez y para siempre,

la fiesta.

Tres: De oficios y poesía

Si el apartado anterior definía la poesía, éste nuevo, llamado “Los oficios de vivir”, busca mostrarnos a través de once poemas cómo esta se relaciona con el mundo. La poesía de Federico Díaz Granados está pensada para la gente media, no una clase social, sino aquella gente atravesada por tristezas y felicidades; que va al supermercado, se enamora a la salida del cine, y abandona sus mejores días en una oficina. Hablo del hombre del siglo XXI, sentimental y nostálgico, que ya ha abandonado las grandes utopías de un siglo XX que fue grande:

 

No fuimos los favoritos del gran público,

ni los amados por los dioses.

Llenamos la vida de supersticiones y de santos para cada ocasión

pese a lo cual no fuimos los elegidos por las hermosas mujeres

ni acertamos al premio mayor de la lotería,

ni ganamos el Gran Premio de Montecarlo.

 

La dignidad de este hombre nuevo no está dada por la fama, por la aceptación de una comunidad, ni siquiera por la fortuna, sino por algo natural e individual, algo que lo enfrenta a su yo cotidiano; esto es, la simple acción de vivir la vida, de amar sinceramente dentro de ella. No importa que alguien diga: Por qué no se oye el estruendoso aplauso del mundo / ni se ven los variados reflectores sobre el escenario. No importa porque en esta noche sola (…) triunfó el amor. En los poemas de Díaz-Granados vivir es triunfar, y amar es una forma plena de vivir; es un contacto honesto que tenemos con la poesía, ya que acepta la belleza que a veces hay en la nostalgia, nos retorna a la infancia, nos reconcilia, y puede:

 

prologar apenas unos segundos

el milagro de sortear con la muerte

cada color de mis fantasmas

En los “Oficios de vivir” el yo lírico transita por un variado universo de ocupaciones, no importando la índole de estas. En el poema “Preguntas” Díaz-Granados va al mercado de la muerte en busca de usureros que le puedan cambiar sus tristezas por baratijas. En “Oficios” confiesa que sus ojos no conocen otro oficio / sino contemplar las cosas destruidas y los rostros perdidos… Todo podría ser diferente: otra vida, otra forma de amar hubiera resultado si esos ojos tal vez conocieran los oficios de asesino, / trashumante, hombre de circo. Pero el poeta recuerda que ha nacido bajo la estrella del oficio lírico, y reconoce que no puede ser otra cosa que lo que le marca este destino:

 

No fuimos asesinos, ni notarios ni carteros,

y no hicimos pactos entre el decir y el callar.

Volvimos a extraviarnos en el amargo olor de la cocina,

y a perder el amor en un mal golpe de dados.

Me llama la atención la metáfora que se desarrolla en el tercer verso. A través del sentido del olfato, con el que llevamos al interior de nuestro cuerpo las esencias de las cosas, se logra captar el pacto de privacidad que uno adquiere consigo mismo a la hora de ejercer el oficio poético. Sólo yo puedo oler de esta forma particular lo que se está cocinando, como solo yo puedo entender lo que veo y luego escribo de este modo tan íntimo. Tenía razón Alberto Caeiro cuando escribió: Ser poeta no es una ambición mía. / Es mi manera de estar solo. Olfato y poesía, entonces, nos hacen únicos ante los demás a la hora de habitar el mundo.

En los poemas  “Talismán permanente” y “Música para un deseo” se reflexiona sobre la cábala de una forma muy particular. En el primero de ellos, el poeta siente la necesidad de realizar acciones y rodearse de amuletos para hacer su vida llevadera contra las supersticiones, sin embargo, estos no funcionan. En el segundo poema, el oficio de la adivinación no basta para conocer lo que nos depara el futuro:

La señora que leyó mi mano dijo que viviría largos años.

¿Qué diría ahora después de que mis manos han visitado tu cuerpo

y han conocido el exilio y el naufragio?

 

El mundo al que se refiere “Las prisas del instante” es demasiado extenso y versátil para que los talismanes y las artes mánticas funcionen. Si esto fuera así, estaríamos hablando de un mundo reducido a una sola visión, no uno múltiple cuyo modo de acercarse a él es mediante  los sentidos e interpretaciones provocados por la poesía en el cerebro de su lector. Tanto los amuletos como las lecturas de mano intentan ser un manual preciso de cómo leernos; la poesía, por su parte, que sí protege y da un nuevo espíritu a quien la ha descubierto, nos regala el oficio diario de ir descubriéndonos y cuál nuestro papel ante la sociedad.

Cuatro: De lo privado

 

Uno de los poemas más frecuentes en poesía es aquel cuya temática abunda en la fotografía familiar como recuperación de la memoria del hablante lírico. Quien quiera reproducir en el poema una fotografía, debe considerar que esta, a comparación de la pintura ( tiempo detenido en formas y colores) es movimiento captado por una lente, y luego copiado en una hoja en blanco. En “Portarretrato”, primero de los siete poemas que componen el cuarto capítulo, “Asuntos de entre casa”, la generación de movimiento está trazada en los siguientes versos:

 

Todos quedan con gestos de dureza o alegría en sus rostros

sin las voces que apaciguaron fiebres o castigos en las noches.

Algo de rencor y de bronca  se ven aquella foto

cuando en coro gritaron “Whisky”

El poeta mira la foto, reconoce en ella a sus familiares y amigos, y el tiempo lejano. La foto revela algo importante: el mundo interior habitado en los rostros de aquellas personas. Esto es el movimiento. Entonces, una historia de familia se entreteje por cada centímetro, por cada espacio de tiempo que ocupa la foto. ¿La madre había tenido roces con la abuela? ¿El padre oculta algo a su hijo? Nunca lo sabremos, porque no es tarea del poema contarlo, sólo generar la atmósfera de tensión que el poeta percibe en la vieja fotografía; atmósfera que, al fin, se termina disipando ante nuestra vista:

 

Y la luz que titilaba en sus miradas

ante el ademán de despedida del abuelo

y el largo adiós del almendro.

El cuarto capítulo es un álbum familiar, y, si se quiere, una extensión del poema anterior: Allá, los personajes aparecían completamente anónimos; en los siguientes poemas estos comienzan a descubrir sus rostros y esos mundos interiores que parecían mostrar en la foto: El padre y su parecido con el hijo, porque los colores de la ropa no combinan / con el estado del corazón y de la mirada.  La abuela Margot y su habituación a guardar en un escaparte una pequeña estatuilla de San Antonio / que siempre hacía aparecer las cosas perdidas en la casa. El hijo y el final de su infancia, en aquella moche en que mi madre me daba las buenas noches / en voz baja para no despertar a toda la casa.

Por mi parte, destaco los poemas “Good bye Lennin” y “Días de radio”. Son una crónica del paso del tiempo para aquellos nacidos en las décadas de los años setenta y ochenta. Mientras el poeta transita hacia una edad madura, mira transcurrir el mundo hacia una etapa totalmente diferente, en la cual Cambiaron los coros del ejército rojo por canciones de U2 / relatos de pioneros por un incendio en Chernóbil. Es el mundo con nuevos intereses, poco acercados a un siglo XXI, nostálgico, fundado en el lema “todo pasado fue mejor”. Y así lo cree Díaz-Granados en los mejores momentos de “Asuntos de entre casa”:

 

Ya no hay emisoras ni acetatos

que convoquen la nostalgia

y mi madre ya no llora con esos discos rayados.

 

Lo acontecido en el contexto global repercute seriamente en el nicho familiar. El infante crece, y ello conlleva a un entendimiento y asimilación de su entorno social. La madre, por su parte, ve crecer al hijo en tan solo una noche de terribles noticias por la TV, luego abandona sus viejos hábitos. Las emisoras de radio y los discos de acetato pasan de moda ante las nuevas generaciones. Madre e hijo pertenecen casi a siglos distintos, el poeta lo sabe, cada uno tiene su forma muy personal de convocar y vivir la nostalgia.

Cinco: Del amor

 

“Las prisas del instante” también puede ser leído como un viaje órfico hacia las profundidades del ser, atravesado en todo momento por intereses y vivencias personales del autor. Un viaje órfico que va de lo general a lo particular. En un nivel superior tenemos un recuento de lugares, y su duración de la memoria; en el miedo está la poesía y cómo esta se relaciona con el mundo; mientras  en el nivel inferior habita la forma en que el hombre se relaciona “poéticamente” con sus seres queridos. Si esto es así, el apartado quinto, “Del amor y sus estaciones”, sería el nivel más profundo y personal para Díaz-Granados. Estaría habitado, como en el verso: La luz como la belleza no se puede mirar de frente, por su propia Eurídice. De hecho, al final de “La nueva casa”, el autor recrea a su modo la escena final del triste mito de Orfeo:

 

Porque en el amor como en la casa

si enciendo la luz o abro las cortinas

se deshace el barro del que estamos hechos.

 

En asuntos amorosos el poeta de “Las prisas del instante” es Orfeo. La consumación de su amor termina fracasando, porque nunca se queda con la chica. Y la energía amatoria acumulada se prolonga y está lista para acontecer, volver a intentarse, en un nuevo poema. Este amor pertenece a una estación perpetua, escribe el autor en el último poema del libro. Si Orfeo hubiese salido a la luz del día tomado de la mano de Eurídice, muy probablemente no sabríamos de él. Lo mismo ocurre con buena parte de la poesía amorosa, y particularmente con la de Díaz-Granados: si ese amor se consumara en su totalidad, ¿Qué caso tendría hablar de él?

Para comprobar lo dicho anteriormente, es justo ahondar en algunos de los ocho poemas de “Del amor y sus estaciones”. En todos, el poeta ama intensamente, si no fuera así no creeríamos estar frente a la poesía; a su vez, en todos ellos el desamor ocurre de una forma distinta. Esta condición es el elemento central en estos poemas, evitan al autor repetir el mismo poema, y le dan un giro nuevo a esta temática que puede llegar a ser potente o desgastada en nuestro idioma.

Los primeros poemas que llaman mi atención son “Deshielo” y “Los adioses”. En ellos el yo lírico le habla a su amada desde un tiempo en que el amor se ha transformado en nostalgia: Aún hay vestigios / escombros de cuando fui un día entre tus manos. Dice en el primero. Y puse el cielo sobre tu cuerpo y lo volviste viento / y puse el viento sobre tus ojos y lo volviste sueño. Remata en el segundo. La nostalgia, pues, es lo que habita el mundo concebido alrededor de estos dos poemas, en que el amor fue parte de un tiempo favorable.

La siguiente pareja que propongo es “Retornos” y  “Un amor sin puntos finales”. En ellos el poeta da cuenta de un tiempo que está en eterno retorno, que ha sucedido, está ocurriendo y que pasará en el futuro. Es la no consumación del amor, el fracaso del amante, que volverá a intentarlo otra vez, en otro poema: y se regresa a escribir un poema que trate de una muchacha / en un aeropuerto / que espera un avión de quién sabe dónde, escribe en “Retornos”. La virtud de este poema es su ironía: mientras el autor nos va diciendo en cada una de las cuatro estrofas del poema que no cree en el retorno de las situaciones, en realidad va dando cuenta de los muchos intentos para no perder el camino de regreso a tu cuerpo.

En “Un amor sin puntos finales” el autor reconoce: Este amor no tiene puntos finales / porque está hecho a semejanza / de las canciones repetidas. La imagen del tercer verso tiene una fuerte connotación, por un lado se relaciona con ese ciclo unión-separación que es el motor en los poemas amorosos de este volumen; por otro, da cuenta de la tradición que le antecede: casi cualquier poeta del idioma ha esbozado por lo menos un poema de amor. Lo que vive el yo lírico ya ha sido vivido y cantado innumerables veces. Como otros antes que él ha fracasado ante su amada, pero vencido ante la poesía. Para Díaz-Granados poetizar estos momentos de fracaso es una forma de hacer habitable el mundo; se fracasa sí; el fracaso se vuelve digno a la hora de pensarlo como tema feliz (por asible) para la poesía.

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marcoMarco Antonio Murillo (Yucatán, 1986) es poeta. Estudió literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán. Ha publicado los libros Muerte de Catulo y La luz que no se cumple. Estudia el MFA en Creative Writing  en la University of Texas at El Paso.

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