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Liturgias del azar, de Leonardo Varela

Liturgias del azar

Liturgias del azar
Leonardo Varela
Ayuntamiento de Toluca
Toluca, 2014
86 p.p.

Por Roberto Amézquita

«La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre»
Luis Cardoza y Aragón

 

En Liturgias del azar, la primera incitación es a participar de un rito de fijación de las imágenes, el poeta nos extiende un patio en el que oficia su ceremonial de memoria y olvido entre los jardines de la luz. Así se abre el canto, con árboles que se transforman en vigías, en ídolos y sombra de mirlos que el día desvanece. El combate de las palabras es paradójico, al mismo tiempo que luchan por avivar el fuego de los recuerdos, blanden el hierro de lo efímero. El lector asiste a dicha liturgia en que el azar hace las veces de conducción de la mirada (y del escucha) por imágenes que se desvanecen ante los ojos.

A modo de bucle, esta reseña inicia en realidad apenas atravesar su primera mitad. Pero tal como el libro del poeta Varela, no es hasta la segunda sección que aparece el planteamiento principal que hará resignificar incluso el primer capítulo. Esto es, la idea de la memoria y selección de recuerdos-imágenes de Wim Wenders en su película, Lisbon Story (1994), pero llegaremos (volveremos) ahí dentro de algunas líneas.

Como hemos adelantado, el pensamiento poético del libro nos conduce por los caminos de la memoria y del olvido pero, ¿qué debemos rescatar de entre lo que recordamos? ¿Somos, verdaderamente, sólo aquello que alcanzamos a evocar? Y, de ser así, ¿cuáles son las imágenes auténticas, las verdaderamente nuestras, en el vasto territorio de la memoria? ¿No es, además, la memoria, un reducto de la imaginación, plagada entonces de invenciones azarosas?

En el discurso de Leonardo Varela (Ciudad de México, 1970) cobra vida la evocación del pasado, pero como una forma de presagio. Esto es,  a partir de la arboleda de azar antes mencionada, el poeta plantea la posibilidad de reinterpretar los momentos vividos y fijarlos de otro modo con sus versos:

 

«Pues la sombra del mirlo pronto estará vacía y en

su ausencia la tarde escribirá otra historia.

Rodarán estas piedras verticales hacia el cóncavo

filo del océano. No hay hondura en el surco, sólo

nubes, efímeros pendones, desgarramiento, voces

que han extraviado el cielo»

 

Durante el inicio del rito, los árboles danzan y reciben la luz y la sombra junto al vuelo y canto de los pájaros; desde las ventanas que aparecen en los primeros poemas, el lector se asoma junto con el poeta a la cartografía de la infancia para re-seleccionar las imágenes que rescatar de las llamas de lo perdido. Pero, entre el esfuerzo que va extendiendo el libro para combatir el olvido, la voz destruye desde la evocación misma los recuerdos. Una vez fijada la imagen por el verso, Varela recuerda constantemente y mediante técnicas diversas, que lo que nombra es rescatado del olvido, al tiempo que, frágil humo de la memoria:

 

«Ventanas que se abren a la palabra océano.

El mapa de mi infancia tiene ritmos, rumores.

Hoy llueve en esta vida y en otros cielos se alza

un porvenir de voces: lo que ha dicho mi mano,

lo que escribió mi sombra

cuando mi mente construía esta palabra: océano.

El acto secreto de mirar, suscribir un paisaje

desde la altura que nos brinda su lesa majestad»

 

Cuando miramos el libro como un todo, nos conduce por un reducto extraño del tiempo, nos lleva por una suerte de bucle de presente continuo en el que las imágenes se van quemando durante la enunciación, las sombras se persiguen, el pasado es, por un momento, cantado pero, apenas terminar el verso, atraviesa un fuego de renovación que nos lo devuelve otro, el juego del azar lo indetermina y nos entrega el verso y la imagen en rumores, sólo palabras que se desvanecen y que, precisamente en esa tensión, procuran no envanecerse con su suceder efímero. Es una paradoja, a fin de cuentas conseguida por el poeta, revelar-se momentos «indispensables» y combatir el olvido.

El poemario tensa las cuerdas de la divagación, pero alcanza el equilibrio por su planteamiento de azar. Esa tensión existe siempre, porque hay momentos en que las imágenes parecieran ser continuos inconexos en que el hilo se guarda sólo mientras Varela consigue entrometer el azar en la selección de memorias.

En distintos momentos el poeta duda y confía en las palabras; en lo auténtico del enunciar como posibilidad de asir-experimentar la vida pasada y pasante. Confía en las palabras desde la duda, por ejemplo cuando dice: «El nombre de esta casa es lo de menos (sin embargo, resulta lo único habitable)», o «Una canción cantada a contrapelo / de sus propias palabras», «y desertar de la escritura para poder decirlo todo».

A la par de la confianza-duda en las palabras, aparece la confianza en la memoria; el juego de lo verdadero y su reconstrucción, trazando fantasmas «fijados» por cada verso. Pero, ¿sabemos si el mundo existe fuera de esas imágenes? o ¿sabemos si el verso es una prueba de la existencia, como definiría la poesía Luis Cardoza y Aragón: «la única prueba concreta de la existencia del hombre»?

En la segunda sección del libro se congrega el planteamiento del ritual todo, ahí es que inicia (y resignifica la primera parte del libro, es decir: reinicia) Por fin aparece, el mencionado planteamiento o la reelaboración de la idea de Lisbon Story de Wim Wenders.

Lisbon Story es solamente uno de los poemas de Liturgias del azar, pero es también su símbolo, la raíz del planteamiento global del poemario; una muestra de su esencia, un portal a su plantear.

En la segunda «hora» del rito, aparece también Pessoa, entre su multiplicación de sombras y su reflejo en el Tajo. El libro comienza a marcar su signo en aires lusitanos y apunta hacia su visión central con los versos de Ricardo Reis (que abren el poema Lisbon Story): «Leis feitas, státuas vistas, odes findas».

Un punto medular para entrar en el pensamiento poético de Liturgias del azar es todo lo que recrea en torno a Lisbon Story  de Wim Wenders. En especial la escena en que la leyenda del cine portugués, el director, Manoel de Oliveira, aporta en un breve monólogo sobre los sucesos que se «fijan» en nuestra vida y su relación con la confianza en la memoria y el arte. Dice Oliveira sobre los artistas:

«… hacen una serie… una reflexión constante acerca de la historia, de la vida, de lo que transcurra en el mundo, lo que creemos haya sucedido, sólo porque lo creemos. Sí, porque al fin y al cabo creemos en la memoria. Porque ya pasó. ¿Cómo podemos estar seguros de que lo que imaginamos sucedió? ¿Ocurrió realmente? ¿A quién preguntarlo? Este mundo, esta suposición, pues, es una ilusión. La única verdad sería la memoria, pero la memoria es un invento, la memoria, realmente… Quiero decir, en cine… En el cine la cámara captura cada momento, pero ese momento ya fue. Lo que hace el cine es traer una fantasía de aquel momento. Ya no podemos estar seguros de la existencia de ese momento fuera del celuloide. ¿O será el celuloide un garante de la existencia de ese momento? No lo sé. O lo sé cada vez menos. Vivimos en una duda perpetua. Sin embargo, quedamos con los pies sobre la tierra. Comemos, disfrutamos de la vida»

Entre estas reflexiones, uno de los protagonistas de la película, sostiene que si la imagen no es visible permanece auténtica; es representación sagrada. Apela por una «librería de imágenes no vistas» (ni visibles del todo). ¿Cómo lograr esto? En el filme de Wenders un director de cine ata a su espalda una cámara que programa para grabar sus paseos aleatorios por Lisboa sin que pueda controlar la selección de cuadros… Regresando a cómo se resuelve en Liturgias del azar, diríamos que:

«Fijar» lo que se quiere decir sobre el pasado es seleccionar las imágenes, conducir la mirada (por parte del director), así el poeta selecciona desde lo que dice y lo que calla en el verso; es su selección de imágenes y «sonidos» o rumores y, con ello, fija el pasado. La búsqueda de Liturgias del azar es «escapar» de eso, al mismo tiempo que hacerlo, su paradoja consiste en fijar lo que pretende la voz poética con suficiente apertura, posibilidad, simultaneidad y azar. El lector juzgará si lo consigue.

El poema que cierra el libro plantea una posibilidad de resolución:

 

«¿Es

sólo

lo que veo

lo que oigo

lo que presiento

lo que sospecho

lo que será, es sólo

eso de lo que se trata?»

 

Lo que recordamos, aún reinventado, es nuestro. El poemario de Leonardo Varela retoma esa confianza y con ella es que combate contra algunos páramos del olvido:

 

«…, me detuve a mirar

el temblor de las ramas

quebradas tras de mí, oscuros

testimonios del movimiento

vivo y entonces natural, aunque

de algún modo sombrío

retorno en espiral desde ramas palpadas

hasta volverse ofrendas

por su vulneración, heridas

gratuita, trágicamente mías

perennemente negadas».

 

____________________
Roberto_Amézquita_1985Roberto Amézquita Arriola (Ciudad de México, 1985) Poeta y ensayista. Ha publicado los libros de poesía: Notas de cata (2010) y, Orfebrería de la penumbra |Suites líricas (2013). Además, las series poéticas: Ritual de gestación |canto en nueve meses (2012) y, Donde la nieve (2014). Fue becario en el Encuentro de Literatura «Los Signos en Rotación» del Festival Interfaz-Issste, Acapulco 2014. Su libro, Notas de cata, mereció el Premio Nacional de Poesía «Luis Pavia 2010» en los Juegos Florales de Ensenada, B.C. Algunos de sus ensayos, publicados recientemente por la revista Ágora Mexiquense, son: El dharma forjador de cantos [Budismo y poesía náhuatl], Gestación del significado en Música y Literatura y, Epicuro y la Teoría Unificada.Su obra, Tarantella [poema para 4 voces] está programado para estrenarse durante el III Encuentro Internacional de Escritores del Nevado (octubre de 2014).

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