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Realidad vs representación: ser el tiempo

10846565_1603920573169209_1117457188_nRealidad vs representación
Ediciones del Dock
Cecilia Fresco
Buenos Aires, 2014
64 p.p.

 

Por Marcelo Gobbo

 

Amai trite parole che non uno
osava.
Umberto Saba

 

La portada juega engañosamente con mi memoria: más que remitirme al “Último round” de Julio Cortázar, me recuerda una improbable tapa de un volumen de Gillo Dorfles. Y el título evoca el de otros libros que miran lo que escribo desde los anaqueles de la biblioteca a mi espalda: “El mundo como voluntad y representación”, “Empirismo y subjetividad”, “Mito y realidad”… El enjuto lomo del ejemplar parece advertirle al lector desprevenido que no se trata de un extenso tratado filosófico o ensayístico, que está más cerca de Cernuda y “La realidad y el deseo” aunque no pase por allí la antinomia. Porque “Realidad vs representación”, de la ya patagónica Cecilia Fresco, es, sencillamente, uno de los mejores libros de poesía argentina que ha salido de una imprenta en este 2014, y en sus cuarenta y tantos poemas la realidad y la representación, más que pelearse entre sí, parecen hacer un pacto formal para enfrentarse al único enemigo que en verdad los (pre)ocupa: el tiempo. O, mejor: ambas combaten para que el tiempo encarne en un espacio, siquiera poético.

El tiempo es el protagonista absoluto de estas páginas, el paso del tiempo y aquello que sirve para recordárnoslo: un instante imperecedero de dolor, el nacimiento de los hijos, la irrupción de un amor, el regreso de las estaciones y los meses, la sumisión a un momento feliz, la enunciación de una palabra al despojarse de aquello que la invocó. La fugacidad y su estela, como una fotografía que arde apenas tomada, iluminan la dicha y la memoria para proyectar una sensibilidad que parece surcar lo tenue sin desgarrarlo.

“Todos los viajes son en el tiempo”, asegura la autora, y es capaz de llegar hasta

donde viví una cosa

que fue ni más ni menos que esa cosa:

no es fácil de entender

ahí cada caballo tenía olor y patas

y color de caballo y su carácter

y el agua del lago nos mojaba y se tomaba

y era fría

y mía

ajena al sustantivo, a descripciones

todo se sucedía en tiempo real

no había recuerdos

no veíamos signos

ni representaciones.

Y más tarde afirma que siempre se baña en el mismo lago, no tanto para refutar a Heráclito como para buscar nuestra complicidad:

El tiempo existe

no puedo atestiguarlo paso a paso, pero existe

en todas partes, todo el tiempo, menos

acá en la playa

al entrar a este lago.

Los pies que entran al agua son los mismos

que entraron hace treinta, hace diez

o cualquier año

Pero entre un poema y otro, el tiempo es tangible ya desde los títulos donde las periodicidades y los segmentos (De seis en seis, De 6 a 10, De 15 a 17) indican que

cada momento

tiene su luz, su tono

que dura y pasa

y se pierde para siempre

y se queda para siempre.

Algunas “fechas principales” y el crecimiento de los hijos son la harina recurrente con la que Cecilia Fresco amasa el manjar que alimentará a sus lectores. Los hijos como realidad y como representación; y entre ambos, la mirada que comprueba el latir de los versos. Materia y madre como marco del tiempo… ¿o viceversa? Porque

Algo anterior

ajeno

a todo pensamiento

nos da la dirección.

 

Tensamos el arco

damos a luz

para rasgar el tiempo:

en un instante

y para siempre somos

flecha lanzada.

Y por cada poema donde la felicidad atraviesa su propio destello, incluso en cada uno de esos poemas, acecha

un modo de sangrar tan invisible

y es revelador cuando final y verdaderamente caemos en la cuenta de haber leído todos los poemas en compañía de

Una ausencia todas

las ausencias.

La poesía de Fresco es la afirmación de una felicidad lúcida: es vitalista y, como tal, no reniega de la muerte.

Los que murieron tienen

el tiempo eterno

no están tan apurados

por vernos

Y, por ello, al comprender, descubrimos que hemos sido testigos de un acto de justicia irrevocable:

quiero que la felicidad trabaje:

el tiempo es tiempo

solo si deja

marcas en el cuerpo

marcas en el tiempo.

Ese tiempo, que no es bueno ni malo, como bien lo expone en “La cuestión del vaso”, también tiene su poética y Fresco sabe qué hace con ella:

La solución:

dejar hablar al cuerpo

aún así

aún hoy

y sabe que solo la felicidad nos libra del tiempo, que el entregarse a la felicidad nos vuelve, siquiera momentáneamente, atemporales; sabe que, como les sucedía a los místicos, el éxtasis nos “saca” del tiempo:

Es la felicidad, hay sol

pescado con arroz, tomates, siesta.

 

Es la felicidad, no alcanzo a percibir

que va pasando el tiempo.

Y también:

no cabe en este instante tanto tiempo

pero algo de una vida entera vive

bajo este exacto sol

Felicidad y tiempo como líneas que suben, se agitan, se ondulan, se pliegan en los ejes cartesianos de realidad y representación, para sumar o restar significado al versus del título. Hay un poema-llave: “Esta tarde”. Allí el dolor atraviesa el tiempo y el espacio y llega a la felicidad para fusionarse con ella: una epifanía. ¿Hay una pelea? ¿Existen púgiles tangibles para un combate semejante? ¿Acaso hay vencedores? Tal vez la clave esté en aceptar, como si se tratara de un satori, que

ahora vivir es esto

y mi felicidad es

necesaria y cualpable

a pesar de (o gracias a) aquello que nos acecha.

Creo que muchos filósofos, vivos y muertos, envidiarían la manera en que “Realidad vs representación” se ocupa de los temas a los que hago alusión en esta reseña: el lenguaje de Fresco es sencillo sin ser acotado y es ligero sin ser ingenuo. Su poesía es la de una lectora voraz que ha sabido digerir las fuentes hasta dejar unas pocas sobras; los epígrafes de Virgilio Piñera y Wislava Szymborska o la mención de Graciela Cros son una muestra de su apetito pero también de su discreción. Tiene muchos recursos aunque lo disimule.

Creo, también, que no debería pasarse por alto lo extraordinario de un libro de poemas que no condescienda a la queja, que no le tema a la ternura, que sea capaz de agradecer por lo bueno y lo malo; un libro que, como reza uno de sus poemas, “es mucho y es tan bello” que es capaz de concluir de esta forma:

no digo que esto sea el paraíso

pero hay el sol, la plaza

los ojos de los hijos

el aire que entra y sale

cosas

que sólo acá y ahora

para ellos es lo mismo un año

que cien

son menos exigentes

de lo que pensamos

no se apuren, todos

vengan

no es necesario irse tan rápido.

Un pensamiento en “Realidad vs representación: ser el tiempo

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