Crítica/Ensayo/Libros/Poesía

Pero a contracorriente: Sobre Dalton, de Raúl Vázquez Espinosa

DALTON

Dalton 
Raúl Vázquez Espinosa
Public Pervert
México, 2014

 

por Mario Alberto Bautista

 

Hay diversas lecturas de Dalton, el notable libro de Raúl Vázquez Espinosa (Chiapas, México, 1981) inspirado en el poeta salvadoreño asesinado por sus correligionarios guerrilleros, una herida aún sangrante de la historia centroamericana reciente. A propósito de una de sus varias derivas, la de su posible filiación vanguardista (ésta es, después de todo, una intuición provisional que me interesa sugerir más que imponer: una deriva incierta) o, mejor, posvanguardista (léase, digamos, neobarrosa o, mucho mejor, neoconcreta), resulta pertinente recordar al crítico y poeta de origen uruguayo Eduardo Milán cuando señala en la canónica antología Prístina y última piedra, de 1999, que “una belleza que se sacrifica es un eco tardío del estallido de la vanguardia” (“Visión de la poesía latinoamericana actual”, en Eduardo Milán y Ernesto Lumbreras, compiladores, Prístina y última piedra. Antología de poesía hispanoamericana presente, México, Aldus, 1999, p. XVI).

En efecto, no se hallan en Dalton los que convencionalmente podrían llamarse versos bellos o adscritos al influjo de las bellas letras. La afinidad vanguardista es más profunda que la que sugiere usar un epígrafe de Haroldo de Campos que abre la sección titulada “Roque Dalton —mayo, 10, 1975” (curiosa ironía que para homenajear a uno de los grandes poetas del antiimperialismo estadounidense se utilize su sistema de notación de fecha: mayo 10, 1975… Por lo demás, también hay epígrafes de Calímaco…). La filiación vanguardista de Dalton va más allá de las estrategias formales más visibles de la vanguardia, como la ausencia de signos de puntuación o la decisión de no usar mayúsculas al momento de escribir nombres propios. El espíritu de este libro es vanguardista en tanto no se adhiere a las certezas de una realidad dada. Se trata de “una / escritura bufa / de una escritura / que es mirada / y canto tal vez / pero a contracorriente / una piedra / que lo cuestiona todo” (p. 26). Uno dice vanguardia y de repente invade el ambiente un olor como a enmohecido, a cosa rancia, un olor a gabinete de curiosidades. También: a derrota. Pero hay derrotas relativas, pues las llamadas vanguardias históricas, nos recuerda el crítico inglés Terry Eagleton, fueron derrotadas en lo político, no en lo artístico (Guillermo Núñez Jaúregui, “Una sociedad sin creencias. Entrevista a Terry Eagleton”, La Tempestad, vol. 15, núm. 90, mayo-junio de 2013, p. 94), y a pesar de esto su influencia (sus ecos tardíos), como en este libro, persiste.

Otra deriva a seguir, también notoria, en la escritura de este libro: el uso de la máscara. De algún tiempo para acá se percibe en la escritura de algunos de los poetas chiapanecos nacidos en la década de 1980 cierto enmascaramiento.[1] Se usa el rostro del Otro, del marginado, del errante, del paria, del maniático. Es un fenómeno reciente, quizá sea una coincidencia.[2] En todo caso, coincidencia o no, ahí está: se toma la palabra de ese Otro. La pregunta es: ¿por qué? ¿Para qué? Philippe Ollé-Laprune, el escritor francés afincado en nuestro país, ha escrito en México: visitar el sueño que “la literatura mexicana tiene el sentido de la elegancia, el estilo y la estructura. A falta de estar habitada por la ira, está llevada por el deseo de decir los problemas sin violencia” (Philippe Ollé-Laprune, México: visitar el sueño, trad. de Mónica Mansour, FCE, 2011, p. 76). Somos, pues, pudorosos. Si la escritura es una paradójica máscara, una máscara transparente, se le superpone una más. Es fácil caer en la trampa de que toda escritura enmascarada (o doblemente enmascarada) es escritura fallida en tanto que actúa de forma pudorosa: se enmascara a sí misma, adultera sus intenciones. Pero también es fácil disculpar a esta escritura en bloque, pensar que es la consecuencia de una necesidad, de una necesidad expresiva. Después de todo, nos justificamos, uno es libre de escribir como le plazca. Lo que caracteriza este libro no es la elección deliberada o calculada de una “máscara”, gesto que cualquiera podría replicar con la misma dosis de facilidad y pirotecnia. Siguiendo a Ollé-Laprune, lo que define a una obra es su posición frente al lenguaje. O, en casos extremos, su voluntario silencio ante éste, su extrañeza (Beckett). Habitado por una sintaxis violentada, por un “aullido milenario que se repite / callado en la escritura en la bajada escritura de la derrota” (p. 19), en Dalton no hay un lenguaje que impere: hay un núcleo en tensión perpetua, un habla transitoria, lacerada, lenguajes que tratan de anularse, que pasan del informe burocrático de los asesinos a la cita directa, al guiño, y de ahí a la fuga, como si lo que se dice en esa fuga no tuviera nada que ver con lo que le antecede. Deleuze: “escribir es trazar líneas de fuga, que no son imaginarias, y que estamos obligados a seguir, porque la escritura nos inscribe en ellas, en realidad nos embarca en ellas” (citado por Phillipe Ollé-Laprune, op. cit., p. 91).

Finalmente, me gustaría sugerir otra lectura de este libro, que se refiere a su compromiso, si hay tal o si busca tal. Es una cuestión espinosa en la que más de uno, incluyendo al propio Dalton, perdió el pellejo.

Hay opiniones sombrías según las cuales el escritor no debería tratar los asuntos políticos, no porque no sean relevantes, sino porque éste, el artista, resulta irrelevante para la política. Significaría un desperdicio de energía. “¿Cuál debe ser, en su opinión, la acción política del escritor?”, le preguntaron a Salvador Elizondo. “Creo que la actitud política del escritor debe ser la indiferencia”, contestó (Fernando García Ramírez, “Salvador Elizondo, the lonely crab. Entrevista”, Letras Libres, año 6, núm. 67, julio de 2004, p. 71).

En “Colegas enemigos, una lectura de la tragedia salvadoreña”, artículo publicado en 1981, Gabriel Zaid señala: “terrible camino: ser asesinado por un compañero de armas para que éste prospere y pueda declarar: ‘el fruto de la semilla que han sembrado nuestros hermanos nos ha tocado en suerte cosecharlos’” (Gabriel Zaid, “Colegas enemigos, una lectura de la tragedia salvadoreña”, en Crítica del mundo cultural. Obras, vol. 3, México, El Colegio Nacional, 1999, p. 544). Terrible camino, sí, pero camino tomado. Quien regatea la decisión de tomar un camino a menudo se convierte en el administrador de su indiferencia o de su miedo. No todos los caminos son los correctos, pero sólo hay una manera de averiguarlo, y es recorriéndolos y, si es dado, desandándolos.

Este libro importante, Dalton, es una elección estética. Ignoro si el futuro nos depara otro libro como éste a manos del mismo autor. Tal vez más adelante sus preocupaciones, sus temas, sean otros. Tal vez la escritura mude. En todo caso, y esto es una certeza, éste es un primer paso lleno de riesgo y valentía.

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[1]   En diversas lecturas públicas, los poetas Fernando Trejo (1985) y René Morales (1981) han ofrecido muestras de libros en proceso, sobre asesinos seriales “célebres” y sobre inmigrantes de camino a Estados Unidos, respectivamente, con poemas escritos en su mayoría en primera persona.

[2] Este fenómeno, desde luego, no es exclusivo de la poesía chiapaneca. Recientemente, Jorge Ortega ha observado, en una reseña de Trevas. Canción del navegante de sí mismo, de Mijail Lamas, que “hay en la poesía mexicana reciente una carpeta temática que es hasta determinado punto un procedimiento, consistente en convertir la biografía o la obra, o un cruce de ambas, de algunos autores o artistas de renombre en el objeto de un libro de poemas. He ahí el Georg Trakl de Francisco Hernández, el Dylan Thomas de María Baranda y el Malcolm Lowry de Jeremías Marquines, por mencionar ejemplos de tres diferentes generaciones. El ejercicio podría tener varias aristas: servir como un modelo de exploración del temperamento poético o como un motivo para indagar en uno mismo, aprovechando la dimensión simuladora del personaje dramático en que se desdobla eventualmente la figura en torno a la cual se discurre para codificar nuestra humanidad con la suya” (Jorge Ortega, “Jorge Ortega reseña Trevas, de Mijail Lamas”, Círculo de Poesía, 4 de septiembre de 2014, en la web). Vázquez Espinosa, por su parte, ha declarado que su libro tiene bases en la llamada poesía investigativa (Karla Gómez, “Dalton en el Museo de la Ciudad”, Diario de Chiapas, 23 de septiembre de 2014, en la web).

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Mario Alberto Bautista (Chiapas, México, 1984). Estudió literatura en la Universidad Autónoma de Chiapas.

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