Libros/Poesía/Reseña

LA REBELIÓN DE LA PALABRA

manzanoEspalda mordida por el humo
Sonia Manzano
El Ángel Editor
Colección Entre nubes
Quito, Ecuador 2014

por Marco Antonio Rodríguez

No quiero interrupciones
ahora que taño mi lira como nunca
frente a esta ciudad que arde

Sonia Manzano es una de las escritoras más prolíficas de su generación. Ha incursionado en varios géneros literarios: poesía, cuento, novela, ensayo, pero, sobre todo, poesía. Y la obra lírica de Sonia está sobrehilada por un desaforado intento de desacralizar todo, a través de un estilo que rompe con el tradicionalismo para acudir, con energía y esencias propias, al uso de imágenes mordaces o emplazándolas en perspectiva: juego de espejos con signos autónomos, extravagantes, perturbadores, llegando incluso a la incongruencia, asumida esta como la delirante búsqueda de una originalidad que devele su vigorosa nervadura humana. Ejercicios lúdicos, extraños y hasta insólitos, en el sentido y el sonido; lenguaje en perpetua metamorfosis; palabras en traslación; continuos giros de la razón y lo sensorial: “del violín parapetado tras mis cuerdas vocales/ sale un sonido que triza/ la copa de mis vinos ancestrales”.

La propia poeta observa que, en sus tramos inaugurales, procuró escribir a su “imagen y semejanza”. Intento valioso pero que se le escapó de sus manos, trascendiendo a su particular sustancia: la impronta de Manzano, de a poco, se fue tornando suya, incontaminada de influencias excesivas, en la cual el humor aparece como un ácido, corrugando los poemas, como si se tratase de un experimento de alquimista que ha usado ingredientes raros sobre diversos materiales para dar con el oro anhelado. Así, Sonia es una suerte de ángel caído que ha tratado siempre de transustanciar el mundo con sus asechanzas: mordacidad, revueltas, exasperaciones, clamores: “Miradme/ pero miradme bien/ yo soy la culpa/ completamente embebida de inocencia”.

Sonia es una mujer que no se detiene en su oficio —prisa y vértigo, la poeta va en impenitente exploración, quizás por eso ha publicado textos que bien pudieron someterse a esa “soba final” de la cual hablaba Ortega y Gasset—; pero también por esta efusión, ha llegado a convertirse en una de las poetas de mayor significación en nuestra historia literaria. “No he podido sobornar a mi poesía/ le he ofrecido mi reino/ a cambio de un solo verso preñado de ternura”.

Sí, Sonia es una mujer de excepcional talento creador, delicada como un hálito, a pesar de sus rigores, no obstante su inquebrantable arcilla humana. Si no está leyendo o escribiendo, está enseñando o interpretando el piano —otra de sus pasiones—. Nunca pasiva. Ojos y manos siempre inquietos —muy lejos de Sonia eso de que la poesía se represa en tal o cual temática—, yendo de un lado a otro por los infinitos de la creación literaria. ¿Lo que llamamos “perfección” no será sinónimo de realidades consumadas y, por tanto, afianzadas para siempre en un ser humano?: este es el caso de Manzano. “Ahí está la que se atribuye el rol de sanadora de males/ cuando no es capaz ni de sanar/ la llaga que supura en su costado”.

Mujer de múltiples lecturas y de un contumaz, admirable desdeño con lo establecido y con la razón misma de la poesía, juega y delira, devasta y experimenta. Escritura aconceptual, ¿anticonceptual?, que trata, en suma, de suprimir las líneas divisorias entre filosofía y literatura. Le apasiona hostigar, hurgar, seducir, convocar personajes y sentimientos disímiles. Más que crítica de nuestros “valores”, creencias, prejuicios, pacaterías, moralismos, la poética de Sonia exhala subversión, exasperación, desafío y a ratos repulsión por lo que nos rodea. Relámpagos engendrados por su ardorosa palabra y que caen sobre todo aquello que hemos ido acumulando en nombre de la vida. “Nada es sin razón de ser”, dijo Leibniz. “No soy la mejor/ ni la peor de todas/ simplemente estoy fuera/ de toda competencia”.

En el mundo poético de Sonia Manzano se aloja una criatura dura y tierna, sabia, traviesa y herida, por siempre insatisfecha y discrepante; esta, la que ha logrado una de las obras líricas más consistentes y controversiales de los últimos decenios no solo en Ecuador sino en América. “Una mancha de hollín/ me está llegando al cuello/ solo queda ocultarla con dos vueltas/ de culebra suicida”.

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vye03ww230712-photo01_456_336Marco Antonio Rodríguez es doctor en Jurisprudencia, tiene un doctorado en Filosofía y Letras y es máster en Ciencias Políticas. Fue Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y es miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Ha publicado varios cuentos: Cuentos del Rincón; Historia de un intruso, Premio al mejor libro de habla hispana en la Feria Internacional del Libro de Leipzig de 1977; Un delfín y la luna, Premio Podestá, México, 1986, y Jaula, 1992. En ensayo sus obras más importantes son Palabra e Imagen, cuatro volúmenes sobre artistas plásticos ecuatorianos; Grandes del siglo XX; Poetas nuestros de cada vida, doce ensayos sobre poetas ecuatorianos; Palabra de pintores Artistas de América; Palabra de Pintores Artistas del Ecuador; entre otras.

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