Libros/Poesía/Reseña

Receloso corazón animal

PORTADA CamilaOtros Ojos
Camila Charry Noriega
El Angel Editor
Colección El otro Angel
Quito, Ecuador 2014

Por Adalber Salas Hernández

 

Hay amplias zonas de nuestra anatomía que han sido profundamente dañadas por el quehacer poético. El cabello, los ojos, la boca, las manos, la piel entera: todos ellos dañados por la erosión que producen siglos y siglos de palabras, tallados a la fuerza hasta volverse irreconocibles. Cuesta pronunciar sus nombres, escuchar eso que vemos en el espejo. Se han vuelto eso que llaman lugares comunes, espacios de nuestro imaginario que se han calcificado, endurecido, hastiado.

Sin embargo, se trata de nuestro cuerpo, permanentemente dedicado al cambio, resistente a estas formas de osificación simbólica. La práctica de observarnos con atención, haciendo un esfuerzo consciente por renunciar al modo en que concebimos nuestros miembros, puede regalarnos la oportunidad de abandonar esos lugares comunes para restituir algo de movilidad a nuestra figura. Toda anatomía es irremediablemente imaginaria; empero, no por ello debe ser fija, inamovible. Al contrario: el cuerpo nos proporciona constantemente materia para remover y renovar nuestro universo simbólico. Su topografía, ese mapa íntimo que traza los límites de nuestra vida, está repleto de caminos que nos reclaman.

No sería exagerado afirmar que el órgano que más ha sufrido por este proceso de solidificación es el corazón. Lo cual no debería sorprendernos: es ruidoso, tiende a cambiar de comportamiento y resulta evidentemente importante para el funcionamiento del organismo. Aun así, es una víctima innegable del lenguaje. Se lo ha fijado de manera casi irremediable, haciéndolo el signo unívoco de la pasión amorosa. Gracias al marketing, a la publicidad, a la televisión, a cierto cine y a la literatura barata y floja, el corazón se ha vuelto incapaz de significar otra cosa. Uno de nuestros órganos fundamentales pareciera condenado a una mezquina vida imaginaria.

No obstante, hay excepciones, espacios donde la poesía misma, responsable de este abuso, otorga al corazón un nuevo modo de ser. Tal es el caso del poemario Otros ojos, de Camila Charry Noriega. En él, nuestro órgano apenas es nombrado, pero cuando aparece, el lector de golpe comprende: desde mi lectura, es la imagen clave de todo el libro. Se trata del verso que también da título a este ensayo, receloso corazón animal, perteneciente al poema 4 del conjunto. Todos los textos que conforman el libro están entregados a la tarea de dibujar los límites del sujeto que los escribe, comparándolo con figuras animales, poniéndolo a prueba en escenarios de profundo erotismo, examinando y reformulando su humanidad.

Este corazón, suerte de cifra secreta del poemario, es animal, hecho biológico craso, con medidas, volumen, pulsaciones por minuto. Un órgano que no posee un sentido, sino una función. Que sirve para algo, pero no dice nada. Que bombea sangre, marca un ritmo, pero no cuenta el tiempo ni se preocupa por los relojes. Este corazón animal nos permite entender la tarea que Charry Noriega emprende en Otros ojos, y que ya el título insinúa: observarse con una mirada ajena, extrañada, que le permita entender su calidad de ser humano desde lo animal –no por oposición, sino hallando un común acuerdo, una especie de tierra común. Así, por ejemplo, las vacas que pastan en el poema 2 se tornan reflejo íntimo de la relación de cualquier individuo con el trabajo:

Miran todas hacia el mismo rincón de la mañana;

inocentes creen

mientras rumian

estar destejiendo su destino.

Vacas como hombres y mujeres, tejiendo y destejiendo la trama interminable de la labor, creyendo en un telos que no puede ser alcanzado. Hombres y mujeres como perros, que en el poema 8 comparten el saber amargo de no pertenecer a ningún lugar:

Lamerán el polvo de los días

desde su tierno sueño

ansiarán el hogar;

su nunca tierra prometida.

En los animales que recorren estas páginas nada recuerda a las fábulas. Los textos de Charry Noriega no poseen moraleja, no tienen afán pedagógico. Se esfuerzan por crear, en el texto poético, una zona de indistinción entre lo humano y aquello que no lo es, poniendo con ello en tela de juicio nuestra noción misma de naturaleza. No es fortuito que para realizar esta operación escoja el poema: de todas las modalidades –y modulaciones– de la lengua, esta es la que se sostiene en sus propios límites, en la reelaboración constante de sus fronteras, colindando con lo inexpresable. Así, esta inquisición en la existencia humana es también, forzosamente, la formulación de una pregunta en torno a las capacidades del lenguaje para representar a quien lo habla.

“El animal traduce su presencia a la forma humana por medio del despliegue vocal. Lírica, cantar, melodía, poema.”: esto anota James Hillman en La cultura y el alma animal. Como sujeto, quien habla en estos poemas no puede dar lugar a lo animal sino a través de su propio decir. Allí descubre, entonces, la fraternidad subterránea que los une, el hecho irrefutable que declaran los versos del poema 14:

todo sigue siendo la vida

bajo la lengua fría del hambre.

II

Pero esta indagación en la animalidad exige que se la prolongue en otros ámbitos. Es por ello que los recelosos ojos animales de la autora se dedican a explorar otras formas de lo no-humano. Su particular dicción poética, descarnada, contenida, realiza una suerte de recorrido que la lleva desde un lugar que podríamos llamar mundo, pasando luego por el espacio doméstico, para alcanzar finalmente el propio cuerpo, encontrando también en él un reducto de opacidad, una extranjería inexpugnable.

Su aproximación al entorno está radicalmente deslastrada de paisajismo: como lo animal o el hogar, el mundo exterior está reducido a su calidad netamente material –lo que es más, es visto a través de la carne de quien habla:

Es el mar

que con su lentitud de párpado va cubriendo la tierra.

Es el mar que recuerda todos los abismos

y nos ata a su rumor de rocas

que nos crecen en el centro.

Este mar del poema 26 no es el de los cuadros que estamos habituados a ver, ni el de las películas. Este mar es todo menos una postal: es un agua memoriosa que también es corporeidad, que reniega de las abstracciones, que se vincula a nosotros, desde su otredad, gracias a su materialidad. Entre él y nosotros se crea un lazo de complicidad, de reconocimiento.

Tampoco el hogar que nos vio crecer, es perfectamente homogéneo: hay zonas de extrañeza en él, habitaciones inconfesables. Charry Noriega, en el texto 22, al mirarse con estos otros ojos, se descubre como uno de esos puntos ciegos del espacio doméstico. Se mira en toda su singularidad, incapaz de uniformarse. Es el elemento que se sale de la norma, ineludible:

La casa se desploma a las seis de la tarde.

Bajo una luz rojiza recogemos la mesa;

no iré a misa

no me casaré.

No saldrán de mi vientre

nada más que culpas.

El eje de esta alteridad es el cuerpo, pero no visto desde aquellos lugares comunes a los que me refería al principio, formaciones imaginarias que lo fijan, que lo vuelven seguro, transitable. La voz de estos poemas nos presenta un cuerpo fundado por su negatividad, incapaz de plegarse a la norma. De ahí, claro, la culpa –y de ahí, también, el desplome de la casa, la demolición del espacio doméstico, insostenible sin un sujeto miope que obedezca incondicionalmente a la ley.

Una vez que ha ingresado explícitamente en los dominios del cuerpo, la autora no se detiene: con cada verso va inspeccionando sus bordes, intentando redescubrirlo, sorprender sus zonas inexploradas, fijar –aunque sólo sea por un poema– esta suerte de anatomía negativa:

Retener -en cuerpo- la infancia,

su umbral hasta esta carne

presente y cierta que ahora vivo.

He aquí otra manera en que lo negativo, lo que sencillamente ya no es, conforma nuestro cuerpo: somos la suma de los momentos pasados, que no podemos reproducir ni recrear, que ya no podemos mirar o palpar, pero que sin embargo nos determinan. Esta repetición de gestos y palabras es lo que podríamos llamar nuestra propia, mínima historia natural. Retener ese pasado casi mudo del sujeto hablante que llamamos infancia es otra forma de inscribir, pero en un registro distinto, nuestra calidad de seres humanos.

Peter Sloterdijk dijo en una entrevista, cuando le preguntaron sobre su expresión zoológico humano temático para definir el hábitat que nos hemos construido: “el hábitat del ser humano no es la naturaleza en estado puro ni la casa en estado puro. Es una organización intermedia, que se parece a un zoológico. Una ciudad que fuera sólo una ciudad sería una suerte de prisión. Las ciudades vivibles son como zoológicos. Y un zoológico humano es simplemente una metáfora que remite a la calidad urbana del estar humano.” Luego añadió: “Esa es mi definición de la humanidad: la incapacidad adquirida de quedar en el terreno de la animalidad.” En Otros ojos se puede leer una tentativa por deshacer esa “incapacidad adquirida” para replantearla como una capacidad activa, una mirada que saca provecho de ese estado intermedio del ser humano, situado justo a medio camino entre la naturaleza y la casa –es decir, en la posición idónea para sorprender, o incluso inventar, lazos consanguíneos e insólitos con el mundo que lo rodea.

Así, por ejemplo, el poema 51, que parte de una escenificación del encuentro erótico para llevar al sujeto a una suerte de estado primordial, a su prehistoria, donde todas las distinciones que lo esculpen quedan fugazmente suspendidas:

Soy menos humana desnuda

y el salto animal de mi lengua en tu sexo

es el encuentro de dos creaturas acuosas

que pelean a muerte un invisible territorio.

Charry Noriega abandona las capas superficiales de las leyes que nos regulan para alcanzar nuestros estratos más profundos, menos visitados, usualmente ocultos. Aquel receloso corazón animal que mencioné sostiene allí su pulso, persiste en su latido, recordándonos que no tenemos que conformarnos con lo que se nos ha enseñado que somos, que existe una complicidad con el mundo que nos rodea, animado o inanimado, animal, vegetal o mineral, que nos permite reimaginarnos, devenir –para usar una palabra cara a Deleuze– una criatura ajena, distinta: dar una nueva configuración a nuestro universo simbólico. Movilizar los límites de lo humano, hacerlos difusos, transformarlos en puertas hacia lo ignoto. Ser, en fin, eso que dicen los versos del poema 38:

el animal desterrado 

que cubre todos nuestros huesos.

 ___________________________

adalber-salas-hernandezAdalber Salas Hernández (Caracas, 1987). Licenciado en Letras de la Universidad Católica Andrés Bello. Ganador del II Premio Nacional Universitario de Literatura con el poemario La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos (Caracas, Editorial Equinoccio, 2008); así como autor de los poemarios Extranjero (Caracas, bid&co. editor, 2010; Bogotá, Común Presencia, 2012) y Suturas (Caracas, bid&co. editor, 2011). Asimismo, ha publicado el libro de ensayos sobre poesía venezolana: Insomnios (Caracas, bid&co. editor, 2013). Ha sido incluido en las antologías: La imagen, el verbo (Caracas, UCAB, 2006) y Antología de poesía joven venezolana (bilingüe árabe-español, Universidad Internacional Libanesa, 2009). Textos suyos, tanto poesía como ensayo, han sido publicados en: Papel Literario, Literales, la revista Fahrenheit 451, El Cautivo y los portales Letralia, Prodavinci, Con-Fabulación y Río Grande Review. Actualmente se desempeña como director de la colección Voces Iniciales, en bid&co. editor.

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