Libros/Poesía/Reseña

De lo demás al barrio, de Antonio Preciado

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De lo demás al barrio
Antonio Preciado
El Ángel Editor
Ecuador, 2013

por Carlos Enrique Garzón

Dentro de su fructífera obra, este nuevo libro de Antonio Preciado, De lo demás al barrio, simboliza la bitácora de un viaje, de una  extraordinaria travesía en la cual el poeta, sin dejar de lado sus raíces de esmeraldeño de pura cepa y al ritmo de una mítica marimba, avanza hacia el pasado con los brazos abiertos, “cuando el tiempo era niño”, para abrazar y revivir a aquellos entrañables personajes que marcaron su vida; y recorrer de nuevo, a lo largo de sus encendidos versos, aquel sendero de poeta comprometido no solamente con su pueblo, con su añorado “Barrio Caliente” y su cancha de fútbol, sino también con los seres humanos de todo el orbe; por eso, este libro, aparte de ser un sentido homenaje a la libertad, constituye, sobretodo, un fraternal e imperecedero canto a todas esas personas maravillosas que, de una u otra manera, han permanecido como un tatuaje indeleble en su memoria y que, sin lugar a dudas, han embellecido el mundo con su existencia. Es así que, al visitar sus páginas, nos encontramos con Alonso de Illescas, con José Martí, con Sandino; pero también con la madre y sus bendiciones, con Rosita Huila y sus arrullos, con Remberto Escobar, bailador de marimba, con Rosendo Cuero y sus goles, con Jacinto Santos Verduga, poeta suicida; con sus amigos de la infancia: Ritter, Eleuterio, Luis, Pájaro, Crisanto; y, además, con otros admirados cantantes, músicos y poetas, quienes, desde el centro de la pista de un mágico tambor, “Están todos de pie,/ en actitud de una cadenciosa amenaza,/ descarados,/ dispuestos a saltarle al cuerpo a quien los vea./ Adelante,/ encubriéndolos,/ doña Omara Portuondo/ y doña Elena Burke,/ cada una/ hizo que se quedara sonriendo su voz,/ y yo, el intruso,/ me veo arrinconado/ perdido entre las dos./ Y tengo que aceptar/ que, a pesar de mis ruegos,/ el paciente fotógrafo de veras no podía/ fotografiar la música/ de guarachas,/ danzones/ y boleros,/ por mucho que estuviera/ bailándola de cerca y de recuerdo,/ solito,/ alborotado/ el corazón”.

Antonio Preciado es un poeta que siempre nos conmueve porque su poesía es verdadera; nace como un manantial desde lo más hondo de su ser y va, fecunda, hacia el encuentro con el prójimo, abandonando ese falso y estéril hermetismo en el que muchos otros poetas han caído. Preciado es un digno heredero de Pablo Neruda, de Estupiñán Bass, de Senghor, de Aimé Césaire, de Franzt Fanon, de Ernesto Cardenal, de Sabines…; y su canto, junto al de la “negra” Mercedes Sosa, es un inconmensurable agradecimiento a la vida, vida de un hombre bueno y solidario consagrado por entero a esa POESÍA que le ha dado tanto, haciendo que su voz vuele libre, sin fronteras, hacia diáfanos espacios colmados de calor humano y de solidaridad: “Qué grato me resulta/ cada intento de ir/ “del horizonte de un hombre/ al horizonte de todos”,/ con mis devotos candiles encendidos/ cuando a mis andaduras yo me llevo;/ y cuánto amo sentir/ que de mí salen, juntos,/ el poeta y el hombre/ (¿o el hombre y el poeta?)/ a andar por el camino/ del que nunca me pierdo,/ oteando,/ escudriñando,/ ansiando dar a tiempo con las huellas/ presentidas de otros/ en mi porfiada búsqueda/ de infinitos encuentros”.

La poesía de Preciado es a la vez transparente y poderosa al igual que aquella primigenia luz que irradian los tambores cuando suenan en la noche profunda; noche de caderas anchas y labios gruesos en la cual el erotismo, en muchos de los versos de este magnífico poeta, se despereza como una pantera que anhela poseer el cuerpo de la amada, transformada, ahora, gracias al ritual de su escritura, en imagen, en silencio, en (in) visible rastro: “Hace días mi piel viene diciéndome/ que hay noches en que siente que palpan mi color,/ que lo abrazan/ y abrasan./ Por algunos indicios/ como un poro que gime/ y las mismas señales de esas manos/ reinventándome,/ todavía visibles/ en mi ala de las dos de la imaginación,/ mi lado del reposo,/ los tientos,/ las cosquillas,/ los zarpazos,/ sé muy bien que eres tú,/ que un día te despediste,/ pero de veras nunca te marchaste“.

Preciado es aquel poeta que fabula con el sol bajo un torrencial aguacero en Managua y se identifica plenamente con ese hombre de la calle que pasa, que viene, que espera, que sueña, que sabe, que ignora, que ama, que vive, que muere, que nace…; en definitiva, ninguna faceta de la condición humana le puede ser ajena; porque como ya lo dijo Hölderlin: “pleno de méritos, pero es poéticamente cómo el hombre habita este planeta”. Así, al leer los versos de este vate esmeraldeño, del mismo modo que nos ocurre cuando leemos los humanos y desgarrados poemas de aquel peruano universal, César Vallejo, sentimos que trascendemos, que nos duele el corazón de tanta vida, porque  poetas así hacen que llevemos nuestra Humanidad a flor de piel, sabiendo que, “considerando en frío, imparcialmente”, somos “ese hombre/ que tiene un amor mundial/ que a diario esparce y el viento se lo lleva,/ las lluvias lo recogen,/ cae,/ moja,/ se encharca,/ pero el sol lo calienta,/ lo eleva/ y cae en nuevas lluvias,/ y si las lluvias cesan,/ el obstinado amor/ no escampa y sigue amando”.

Cabe resaltar que Antonio Preciado ha nacido de la entraña de su pueblo y ese amor a sus orígenes siempre ha sido y será correspondido. Así, un verdadero poeta, en cualquier lugar del mundo en que se encuentre, siempre volverá a su patria chica, a esas palabras urgentes, “sencillas”, que tampoco lo han olvidado a pesar de los años y de los viajes, porque en ese habla popular están las costumbres de su gente, sus alegrías y tristezas, sus sueños y desventuras, sus deseos y frustraciones, como cuando en un “bochinche barriocalenteño” “Al frequi de Euladislao,/ cambímbora,/ salido,/ puñetero,/ se le había metido un facufacu de cosario/ por la coquimba de la María Luisa/ (que era una volantusa,/ prespresuda/ que andaba por el barrio/ candongueando/ su conqué, su alefrí)…”

En conclusión, el canto de Antonio Preciado vuela alto, muy alto, junto a aquella paloma picassiana de vuelo popular de ese grande de las letras latinoamericanas, Nicolás Guillén, quien pregonaba, también, a los cuatro vientos: “Haz que tu vida sea/ campana que repique/ o surco en que florezca y fructifique/ el árbol luminoso de la idea./Alza tu voz sobre la voz sin nombre/ de todos los demás y haz que se vea/ junto al poeta/ el hombre”. Así que, después de leer esta nueva obra de Preciado, De lo demás al barrio, nos queda la certeza de que en estos tiempos, más que nunca, la Humanidad necesita reconocerse en la Poesía para que seamos con ella “uña y carne en las dichas, las desdichas y en esas largas sequías en que hemos sido náufragos”; porque sólo de este modo aún seguirá viva la esperanza de un mundo mejor. Gracias, poeta; gracias, amigo.

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CARLOS GARZÓN NOBOA (Quito, 1972) Poeta y pintor. Autor de los poemarios Erial y Mínima Antología Personal, es coautor de La Voz Habitada: siete poetas ecuatorianos frente a un nuevo siglo. Ha sido incluido en la antología Aldea Poética de la editorial Ópera Prima de Madrid-España y en la antología Ciudad en Verso. Sus textos también constan en revistas como Taller de la Hoja de Bogotá y en revistas del Ecuador como Línea Imaginaria, Ourovourus, Eskeletra, La Casa y Letras del Ecuador. Editor del Periódico de Poesía del Municipio de Quito. Ha participado en varios encuentros literarios dentro y fuera del país.

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