Crítica

Lejos del paraíso

Tapa1

Lo levemente ajeno
Diego Reis
El Suri Porfiado Ediciones
Argentina, 2013.
80 páginas
ISBN 978-987-1541-43-0

por Marcelo Gobbo

Para que mis laderas cesen
de traspirar recuerdos
Destierro

Dividido en dos partes, Lo levemente ajeno es un libro que versa, como el mismo autor enumera en el poema homónimo, sobre El tiempo, / el sueño, / las palabras. En la primera, Diego Reis traza y reconoce el itinerario poético de la pérdida del Reino y su ulterior desarraigo: tras la expulsión del Paraíso al vate solo le queda recordar el nombre de las cosas pero habrá de olvidar que fue él quien las nombró por vez primera; cargará por ese exilio con la imposibilidad de reconocerse o con la intuición de que su drama se repite en él y en todos los seres. En la segunda, lo adánico se ha sumido y se ha asumido en lo mundano y lo nominal cede ante lo sensorial; no hay conflicto con lo eternamente perdido sino con lo inmediatamente perdible: su razón de ser se vuelve su razón de estar y de decir.

Que esta universal, cósmica tensión entre la metáfora y lo sagrado o entre voluntad y representación, leído ya en clave mureniana o schopenahueriana, adopte, en realidad, la forma de medio centenar de poemas de un escritor entre sus veinte y sus treinta años de edad, con un tono que va de lo confesional a lo retórico, sin desdeñar el humor, la ternura o el desencanto que emanan naturalmente de su joven humanidad, indica que estamos ante un libro y un autor al que cualquier lector de poesía debería, por lo menos, prestar atención.

A cada cual su parte

Un hombre nace
con todas las puertas abiertas
y hace todo lo que hace,
llora, mira y quiere,
con el corazón descalzo.

Así abre la primera parte del volumen, que lleva el mismo título del libro. Hay una curiosa inversión en el primer poema de cada parte con respecto a las claves para adentrarse en cada una de ellas: “Biografía” parecería el título y poema perfecto para iniciar la segunda parte, Colecciones locales, mientras que “Crónicas adánicas” parecería serlo para la primera. Pero Reis parece advertir(nos) de inmediato, ya que “Génesis” y “Eterno retorno” son los poemas que siguen, que No existe el principio. / El final no tiene fronteras, como indica en “Maderas sueltas”. “Eterno retorno” refuerza esa idea:

Caen las hojas,
los vestidos vuelan,
el sol apenas entibia.
Vuelven a componerse
los viejos
poemas del otoño.

Como señala el mismo Reis, con su heteronómico apellido pessoaniano, la repetición y el inocente apropiarse de lo ajeno son cualidades íntimas de la existencia humana, forman parte del ritual de todos los expulsados del Paraíso, y de la conciencia de ello surge la creación poética:

La sombra de la parra proyectada contra la ventana,
las horas pendientes que me alcanzan
y la fidelidad del crepúsculo:
nada de esto es mío, nada
me pertenece y soy
un extraño con todo

Y también:

Escribiendo biografías
repetidas sin siquiera sospecharlo.

Así, existir es adeudar tanto como recordar o reconocer. El recuerdo, entonces, trae palabras ya enunciadas. Peor aún: trae todas las palabras y todas las imágenes, excesivas, lacerantes. El recuerdo, entonces, o mejor, la memoria, es percibida por el poeta como una suerte de infierno:

Si yo viviera cien años
andaría por las tardes
oprimido por los recuerdos,
ciego de tanta luz,
con los movimientos vagos
e imprecisos
de un sonámbulo.

Ante la imposibilidad de volver a nombrar todo por primera vez, es decir, ante la imposibilidad de volver a ser aquel Adán, Reis opta por el olvido y comprende que la máxima pureza de un poema reside en sus silencios:

Somnoliento
silbo y bailo
melodías sagradas en compases herejes.
Cuando me resiento
de discutir con mis pasos
me detengo,
despienso,
deshago páginas
y escribo
silencios claros.

Es en ese silencio, percibido como el sonido más anhelado, donde la palabra halla su novedad y el ser da con su absoluto presente:

Cuando me acuerdo,
cuando pierdo el tiempo
y junto barro,
cuando me descubro
extrañado
entre montones de memoria
entonces
falto a mi palabra,
desciendo
y vuelvo al silencio
despacio,
como quien vuelve a casa.

De allí la supremacía del gerundio en esta primera parte: todo está siendo, haciéndose, diciéndose, queriendo evitar el mortal enfrentamiento con el pasado y el futuro, eludiéndolo en la plenitud del instante perpetuo. Más allá del acierto conceptual, el exceso del recurso pone en riesgo la eficacia de algunos poemas a medida que avanzamos en la lectura y el tiempo verbal se torna omnipresente, valga la redundancia. Pero de ese exceso de gerundios vendrán al rescate del lector las Colecciones locales y con ellas lo carnal irrumpirá como balance, como meta y como regreso.

El ser y el tiempo

He erigido
espejos en la extensión
y relojes en el pensamiento.
He intentado el íntimo,
minucioso, fervoroso orden
y he fallado.

Así comienza la segunda parte del volumen, con “Crónicas adánicas”. Así Reis se asume en toda su condición de exiliado: si para poder nominar debió volver a enmudecer, para volver a ser debió vaciarse de sí. O, como dice en “Notas al Tao Te Ching”, Hay tantas formas de no ser / que ser es casi un milagro.

Ahora camino solo mi paraíso
y soy feliz.

Esa soledad, esa presencia de sí, es aquello que le permite enunciar y, de tal modo, le confiere identidad al poeta:

El mundo
un inmenso patio
ajeno, blando
y arriba arriba bien arriba
el sol.
Desenredar mi piel
para salir, salir,
ansiar y beber la luz,
ansiar salir,
desenredar la luz.

Y, por ello, ahora sí sin necesidad de gerundios, la súbita noción de ser encarnado lo encandila y solo le resta dejarse cegar por el presente, entregarse a su fluir:

No conozco mi origen ni mi destino
pero es un día tan claro
que apenas puedo pensar en eso.

A Reis esa entrega le permite que el tiempo también se palpe materialmente:

la espalda doblada por el tiempo
(lo que más pesa
es lo ausente)…

Y a esa materialidad acudirá, sin reservas, el reconocimiento de la base de toda literatura: aquello que se enuncia es más libre que su enunciación, porque el lenguaje limita, en su representación, a aquello que no necesita ser enunciado para ser. Como indica al final del poema dedicado a su abuela, “Chuchu”:

No pretendo
alcanzarla con palabras.
Ella era ella.

He aquí el nuevo reconocimiento; el anterior, el de la primera parte, el del límite del ser en el estar, es superado en la segunda por el límite del ser en el decir. Y de esta nueva limitación y posterior superación, que nace de aceptar el haberse vuelto carne, surgirá también el problema de ser y enunciar en los ejes cartesianos del amor y el deseo: ¿cómo comunicar, cómo reflexionar, cómo sentir amor y desear si esto no se produce dentro del límite impuesto por el tiempo y el espacio? Y más aún: ¿cómo traducir esas experiencias al lenguaje, cómo rescatarlas o representarlas poéticamente? Reis parece decir: solo somos capaces de amar y desear cuando renunciamos a lo paradisíaco entendido como afán de algo ilimitado y eterno, cuando nos sabemos dentro del marco de un cuerpo y un lugar, cuando adoptamos el riesgo de decir y recordar y caminar por esta tierra; en síntesis: cuando nos volvemos conscientes de la destellante intermitencia de lo paradisíaco en el devenir cotidiano. Despertar a esta noción es, también, aceptar la impronta de la memoria tanto como la ansiedad por el futuro, alejado del ideal del Tao Te Ching, qué duda cabe, pero con gozosa y sufriente capacidad de amar y ser amado en absoluta falibilidad, advertido por el silencio acerca de la precariedad de las palabras pero también de la necesidad de ellas.

Encarnar, entonces, es recordar; en sueño, primero; luego, ya despiertos, recordar los restos de ese sueño. Recordar es volver a pasar por el corazón (re-cordis). Y la poesía es encarnar ese recuerdo al capturarlo en lenguaje para, a su vez, liberar y librarlo al hecho poético.

Lo rotundamente propio

Es muy probable que la voz poética de Diego Reis cambie, como cambiaron y cambian las de (casi) todos los poetas con el transcurrir del tiempo, y que los “cambios en la letra manuscrita”, como define Renzi-Piglia al estilo, nos deparen, en un futuro no muy lejano, otro Reis. Quizás el de mañana no tropiece con poemas como “Árbol” o “Carrousell, II”, ni necesite exhibir la versión más antigua y pobre del atinado “Sesenta palabras sobre Salomé”. Esperemos, sí, que repita esas bellísimas cimas tituladas “Chuchu” y “Perdida”, ambos poemas ejemplares en su manera de sentir y estar en el mundo, u otras joyas como “Euclides”, “Espacio”, “No figuración” o el borgeano “Informe general del tiempo”. Que repita versos como La llovizna / es un énfasis delicado o Soy muchos hombres / pero la máscara que uso / es siempre la misma.

Porque si bien en “Maderas sueltas” Reis nos anticipa que:

No habrá soles
en estas palabras
ni novedades.
Ni nada original
en cuanto a forma o contenido.
 
No habrá soles ni satélites ni estrellas.
 
Estas palabras
quizá ya han sido escritas.
Estas palabras
podrían haber sido escritas
por cualquier hombre.

estos versos han sido escritos por él, por Diego Reis, para finalmente compartirlos con nosotros. Y lo suyo es un acto de reafirmación de su poético estar en la tierra tanto como un documento, capaz de capturar el juvenil instante en que el autor pasó de la promesa al acto y de allí en más se transformó en una expectativa que habrá de enfrentarse consigo misma en sucesivos mañanas no muy lejanos, como le sucede a todo hombre capaz de cargar con sus sueños hasta despertarlos en esta magnífica pesadilla llamada literatura.

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Marcelo GobboMarcelo Gobbo es escritor, realizador televisivo y cinematográfico, músico y docente. Ha escrito ensayos, poemas y relatos, algunos de los cuales han aparecido en diversas publicaciones de Buenos Aires y del interior de la Argentina, en un libro editado por la Universidad de Pittsburg (sobre Ricardo Piglia) y en diversos sitios de internet, además de tener dos novelas rigurosamente inéditas. Creó una publicación sobre literatura, cine y música, fue coordinador y docente en la escuela de cine Aquilea, trabajó como editor, libretista y realizador en varios canales por cable dedicados a la educación y compuso música para comerciales, videos y teatro. El Camarote Ediciones publicó su libro de relatos Barbarie y civilización y Ediciones De La Grieta el volumen Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas, ambos en 2012.

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