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Embosque, o el mundo transfigurado

embosque

Embosque
Iliana Rodríguez
UACM,
México, 2013
82 p.p.

por Blanca Luz Pulido

En tierra adentro,
soñar con el sueño de los mares.
—–
Me miran desde el huerto en sombras:
han venido al conjuro de mis voces.

ILIANA RODRÍGUEZ

Tiene el lector en sus manos el más reciente poemario de Iliana Rodríguez, poeta que se encuentra en la búsqueda de formas, temas y paisajes propios, que no se insertan en ninguna corriente, grupo ni tendencia dominante en el panorama actual de la poesía que se escribe hoy entre nosotros. Desde su poemario anterior, Lapidario, construido con la paciencia y el tono de un miniaturista medieval, pero escrito con el mundo actual como trasfondo, podemos notar que las propuestas de esta autora no se encuentran en la línea de las corrientes pasajeras de escritura supuestamente a la moda (intelectualismo, antiintelectualismo, spoken poetry, etc.): muestran, por lo contrario, una atención profunda hacia los demonios, los placeres y los interrogantes que sus propias inquietudes van transformando en poemas, con el rigor y los riesgos que toda búsqueda auténtica acarrea. Esto no quiere decir que en los textos que configuran Embosque no encontremos, asimismo, signos reales que nos muestran que sus poemas se escribieron hoy, aquí; no desde un mundo ideal de figuraciones lingüísticas abstractas, sino a brazo partido con obsesiones, temas y formas de decir que concretan a través de sus poemas un mundo expresivo, algunas de cuyas notas específicas trataré de señalar en estas páginas.

Los cotos de una vegetación poética

Iliana Rodríguez divide su libro en seis partes, que son como seis estancias de un imaginario paseo por un bosque, el bosque original, un bosque de símbolos que desde el principio del libro se asoma en sus páginas: el ciervo, el laberinto, el prado, las piedras, el mar, las torres, las sombras, el obelisco, el ciprés. Hay una especie de progresión, un orden cifrado en las andanzas de la voz poética en el libro, que la van llevando de un paisaje a otro, siempre dentro de la alegoría del bosque, ciñéndose de manera voluntaria a sus límites y sus configuraciones, ya sean éstas referidas a lo real (el espacio físico del bosque, sus árboles, sus senderos, laberintos, lagos, etc.) o a sus reverberaciones simbólicas, alrededor de las cuales giran gran parte de estos poemas. Desde el título mismo de la obra el lector queda advertido: Embosque: en el bosque, dentro del bosque, en las profundidades del bosque. A la manera de Iliana, que gusta de acudir en sus libros al origen de las palabras, busqué el sentido simbólico de bosque en el Diccionario de símbolos de Juan-Eduardo Cirlot. Esto es lo que encontré:

Su complejidad, como la de otros símbolos, redunda en los diversos planos de significado, que parecen todos ellos corresponder al principio materno y femenino. Como lugar donde florece abundante la vida vegetal, no dominada ni cultivada, y que oculta la luz del sol, resulta potencia contrapuesta a la de éste y símbolo de la tierra. La selva fue dada como esposa al sol por los druidas […] Dada la asimilación del principio femenino y el inconsciente, obvio es que el bosque tiene un sentido correlativo. Por ello, puede afirmar Jung que los terrores del bosque, tan frecuentes en los cuentos infantiles, simbolizan el aspecto peligroso del inconsciente, es decir, su naturaleza devoradora y ocultante (de la razón) […] por contraste a las zonas seguras de la ciudad, la casa y el campo de cultivo, el bosque contiene toda suerte de peligros y demonios, de enemigos y enfermedades […] lo cual explica que los bosques fueran de los primeros lugares consagrados al culto de los dioses, suspendiéndose en los árboles las ofrendas.2

Varios de estos sentidos del bosque pueden encontrarse en los poemas del libro; sobre todo, el del bosque como una entidad llena de misterios, laberíntica, que tiene dentro de sí mundos oscuros pero también luminosos, revelaciones que se van entregando al lector a medida que se adentra en los poemas: en este sentido, me parece ver en la misma organización de Embosque una veta profundamente romántica, en el sentido histórico-literario de la palabra: las revelaciones son para aquel que sabe sumergirse en la realidad, o sea, en este caso, en el mundo o los mundos creados en los poemas.

Siguiendo esta mi hipótesis, según la cual desde que abrimos el libro nos adentramos en un bosque, sí, pero un bosque literario, que además va creando sus propias coordenadas, me llama la atención, desde luego, la profunda interrelación que los poemas tienen entre sí, puesto que cada poema constituye un momento o una mirada dentro de un conjunto orgánico que se va conformando al interior de un espacio específico, que el libro convierte en un gran símbolo a su propia manera. Así, las repeticiones en varios poemas de ciertos elementos, conceptos u objetos (los sueños, el mar, el obelisco, la torre, el agua, etc.) confirman en el lector la impresión de encontrarse en una especie de viaje poético-místico que tiene algo de conjuro, donde la palabra recupera sus poderes de encantamiento, de ensalmo, casi de oración, de creación de imágenes que pueden crear mundos, o dispersarlos. Véase, por ejemplo, el poema “Desiderata”:

Para las luces negras de tu sol herido
y mi quebranto con indemnes lunas;
para las sombras escultoras y los polvos
plañideros de estas calles;
para el perro ubicuo y las moscas adversarias;
en fin, para la rosa
–obligatoria en el jardín del mundo–
y aun para el espejo
de los ciegos voluntarios,

pido un verso que los nombre,
que los cure y que nos salve. (p. 76)

Como puede verse aquí, la visión del mundo de la autora está lejos de plantear a éste como un edén fuera del tiempo, lleno de realidades etéreas. Las moscas, el perro, la guerra, el odio, son también personajes de estos poemas, no solamente las sombras del bosque, sus estanques, los reflejos de sus aguas y su “luz que flota sobre abismos” (p. 47)

A grandes rasgos, me gustaría señalar el derrotero que siento dibujarse en las seis partes en que se divide Embosque.

Primera parte: Ciervo herido

Se sitúa a la voz poética como buscando respuestas a preguntas esenciales. Las sombras la rodean: “De lo oscuro/ las raíces./A lo oscuro/ los follajes.” (p. 15) Como un ciervo, hay que sujetarse a las sombras para alcanzar algún refugio donde poder después, quizás, acercarse de nuevo a la luz. Hay que acechar, que esperar y encontrar “Un rincón para asentar despojos, / una pared en que atisbar designios. / […] Codiciamos la salida / sin saber si fuera es otra casa / con los mismos ventanales. // Acechamos: / nos quedamos acechando.” (p. 14)

Segunda parte: Bosque en laberinto
 
Se trata de una de las secciones más complejas, largas y elaboradas del libro. El yo lírico está perdido en el bosque, transformado ahora en un laberinto, el cual adquiere una multiplicidad de sentidos: la conducta humana más incomprensible, la furia sin voz de los deseos, la catástrofe de las guerras. Sin embargo el bosque, aquí, también representa una oscuridad que va más allá de las circunstancias, algo como la aspiración a un ascenso, una elevación sobre lo contingente o lo pasajero, simbolizada por el ciprés, árbol que aparece en varios poemas de esta sección de Embosque:

Cipreses

Como oscuros pilares
en casa de los vientos.
No sé qué voces
buscan
sus troncos silenciosos.
Se yerguen a imposibles.
Se abrasan en la noche.
Como torres vivientes
del anhelo inmaculado.
(p. 29)

El yo lírico, desde su pequeñez, andando a tumbos en el laberinto del bosque (de la vida), mira a los cipreses, erguidos en el sueño de la altura, mientras él se debate en el incendio, en las diversas formas que la muerte le impone, aun en medio de la existencia, en uno de los poemas que, desde mi punto de vista, resume la visión de la autora sobre nuestro mundo: “Testimonio de las ruinas”, del que a continuación transcribo un fragmento:

Testimonio de las ruinas

Hoy he de ignorar al ángel del silencio,
hoy no me batiré con él por ver el rostro.
Aquí, entre las puertas blancas,
me vuelvo al mundo.
Me entrego desde luego a mi derrota.
[…] Y digo:
[…] ¿Qué clase
de albedrío nos predestinaba a tal miseria?
[…] Las torres se derrumban, ciertamente,
y no queda iniquidad sin uso.
En todo tiempo, en todo el orbe,
flechados, alanceados, crucificados, decapitados, mutilados, desollados, abrasados, desmembrados, aperreados, guillotinados, empalados, fusilados,  colgados, gaseados, ejecutados, bombardeados, ultrajados.
Al final, sólo
vencidos.
Y en las fauces de tus hienas, risa oscura.
¿No oyes cómo suben
esas burlas a los cielos?
(pp. 24-25)

El poema traza un reclamo a alguna deidad, ciertamente ausente, sin retirar, desde luego, al ser humano la responsabilidad por haber convertido al siglo XX en un desfile de iniquidades del hombre contra el hombre. Dentro del bosque-mundo, no podría faltar una mirada de largo alcance sobre el ser humano, como la de este poema, “Testimonio de las ruinas”, citado aquí sólo en fragmentos.

Tercera parte: Espejos de agua en los senderos

Esta parte es de transición hacia las últimas dos del libro, y consta sólo de tres poemas: “Reflejos”, “Destinos” y “Extravío”, que reflejan un estado contemplativo y más sereno del yo poético. Son como un alto en el camino, un lugar donde mirarse “en el lienzo del agua” (p. 41) y proseguir la ruta, por más incierta que ésta sea: “no voy a cometer el crimen de volverme” (p. 40).

Cuarta parte: Piedra fecunda para un sueño

Esta sección, que se acoge nada menos que a la voz tutelar de Shakespeare desde el primero de los poemas en ella incluidos, “Desde el valle”, me parece que constituye el alma, el centro, del libro todo. ¿No es acaso el valle, en los poemas místicos, el sitio al que se aspira a llegar, un lugar desde el que se domina la vista de las montañas, donde el paisaje adquiere hondura, altura y profundidad? “Aquí yacemos, en el valle. / –Muéstranos la piedra ahora, esa almohada fecunda de otro sueño.” (p. 45)

Y de eso constan los poemas que encontramos aquí: son sueños fecundos, como destilados de seres que, al encontrarse ya en el lugar de sus desvelos, en su Meca, su Santiago de Compostela, su meta ideal (el valle), pudieran lanzar sus sueños al aire y mirar su resplandor, su sentido, sus enigmas desplegados de manera total y simultánea. Los poemas de esta sección, larga y rica en símbolos propios, relacionados con los sueños, tanto los que se alcanzan como los que apenas se comprenden, culminan con este que es, para mí, uno de los más bellos del libro, el más reconciliado tal vez con la existencia: el poema “Esta carne”: “Hoy quiero agradecerte toda gracia. /Las áureas armonías de los mares,/ la nieve en los volcanes afiebrados, / la altura en que los árboles te buscan, / la pureza del perfume en blancas flores. / […] La lluvia que redime al rostro exhausto, / el brillo en la mirada de los justos. “ (p. 63)

Quinta parte: Nombres en el bosque
 
La densidad de las sombras, su contraste con la luz terrible del claro del bosque, la confusión, la ambición, la complejidad misma del deseo aparecen en los poemas de esta sección de Embosque. Si recordamos ahora el sentido de la palabra bosque, su carácter sagrado, las ofrendas que en él se realizaban a los dioses en la Antigüedad, no nos extrañará encontrar aquí poemas de un carácter místico más acusado. Pero cuidado, por místico no quiero decir religioso simplemente, sino de cuestionamiento espiritual, de búsqueda. Los ángeles que aparecen en algunos poemas de esta sección tienen un sentido que va más allá del que tienen en el devocionario cristiano. El poema que condensa la esencia de esta parte del libro es el “Ensayo sobre la elación”, vale decir, sobre la ambición, o la hybris, en su sentido griego; esa ansia de remontarnos que también puede, como a nuevos Ícaros, hacernos caer. El obelisco, al igual que el ciprés, simboliza este anhelo de elevación. Y la elevación es también, me parece, un ansia de conocimiento, y no exclusivamente un deseo de poder o de gloria: “Como un anhelo se alza el obelisco. / Sueña en el momento en que las luces / se reflejen en el oro de su altura. / Abismal, indescifrable él mismo, / sueña bajo el sol que desentraña los enigmas.” (p. 73)

Sexta parte: Vendaval que arrancará las hojas

Llegamos así a la sexta y última parte del libro. Después de situarse, de confundirse, de interrogarse, de avanzar, de llegar al claro del bosque, de nombrar lo que en él se encuentra, de caer y levantarse, toca el turno ahora, en los cuatro poemas que constituyen esta breve última parte, de nombrar el fin del viaje emprendido. Un final que, a fin de cuentas, no es más que un nuevo principio. Así, el primer poema de la serie, “Naturaleza en vivo” es, a mi parecer, una poética de la autora, una especie de conclusión lírica, en los mismos términos trazados a lo largo de su obra, del papel que el poeta desempeña en medio de la confusión y los enigmas del bosque-mundo: renombrar las cosas. En el lienzo del mundo, con todas las imágenes ya rotas, lo único posible es reconstruir, alzarse contra la muerte. Así lo afirma Iliana Rodríguez: “Mejor el vendaval que arrastre. / Que se entreguen los claveles, /que vibren las manzanas, / que en el mantel las uvas se derramen. / […] No haya más naturaleza muerta.” (p. 79) “Me entrego ahora al vendaval que apura”, afirma la voz lírica en el poema “Vendaval”. Pero ese viento no es el del torrente ni el de la tempestad, sino aire que purifica, que salva, que trae consigo la algarabía del ser, que permite escuchar de nuevo a las aves, a los ríos, al mundo.

Hemos llegado al fin del viaje al que nos invita la poeta en estas páginas. Los invito a emprenderlo, porque muchos paisajes sorprendentes esperan a quien se aventure en estas páginas.

Notas

  1. Iliana Rodríguez, Embosque, UACM, México, 2013.
  2. Juan-Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Nueva Colección Labor, Editorial Labor, Barcelona, 1979, pp. 102-103.

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BLPBlanca Luz Pulido (Estado de México, 1956). Poeta, ensayista y traductora. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, y la Maestría en Literatura Mexicana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Fue miembro del Tercer Programa para la Formación de Traductores de El Colegio de México, y becaria del Sistema Nacional de Creadores de 2001 a 2006. Ha publicado once títulos de poesía, entre los que se encuentran: Raíz de sombras (Fondo de Cultura Económica, 1988), Reino del sueño (Aldus, 1996), Cambiar de cielo (UAM/Verdehalago, 1998), Los días (Colibrí/Secretaría de Cultura de Puebla, 2003), Pájaros (Lunarena, 2005), Al vuelo (Ediciones de Educación y Cultura, 2006) y Libreta de direcciones (Universidad de Costa Rica, 2010).

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