Poesía/Reseña

Pendientes, de Javier Valencia Galarza

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Pendientes
Javier Valencia Galarza
Colección Ópera Prima
El Ángel Editor
Ecuador, 2013

por Jennie Carrasco Molina

 PENDIENTES… Siempre hay algo pendiente en la vida. Algo que pende sobre la cabeza…

Hay poesía dura, la que arde por dentro y sale en palabras ansiosas y desbocadas. Poesía que canta a la desesperanza, que se desgarra en estructuras violentas. Casi todos estamos retratados en ella, identificados, revolcados. (Quien no lo esté, que tire la primera piedra).

Hay poesía que experimenta y juega con las frases en propuestas llamadas vanguardistas; a veces comprensibles, a veces inútiles, a veces llegando a los corazones, otras, demasiado abstractas como para tocarlos. Lejos de la humana angustia. (Algunos estudiosos la defienden haciendo tabla rasa del resto de expresiones).

Hay poesía que escoge la palabra exacta para tocar el alma del lector o del escucha. Versos que hablan de temas eternos: el amor, la vida, la tierra, el nacimiento, la muerte, la sombra, la madre… arquetipos repetidos a lo largo de la historia. Imágenes oníricas y fantasías. Originales, recién nacidos, según la piel del autor.

Los poemas de Javier Valencia se articulan a esta última descripción. Y a la primera. Una poesía que a ratos toca las cuerdas del inconsciente y nos conecta con lo colectivo, con lo que es. Y, muchas veces, con lo que no es.

Poesía que a ratos se vuelve terrenal y nos conduce por los conocidos laberintos de la ciudad, a la que el poeta critica desde sus pies de ciudadano en busca de sus propios pasos. Esa ciudad con sus muertos y sus atardeceres, la de la “indigente por el frío atomizada”, en la que “la agonía se eterniza con la vida”. Muerte y vida presentes, filosofía cotidiana.

Javier también describe la vida con sus enigmas y sus cometas. Más allá del carrete está la nube, está el hilo que no cede. Más allá de la cometa está la preocupación por la eternidad. Están la distancia, la tarde nublada, los volcanes… lo imposible.

Poeta urbano, Javier siente a la ciudad “en su fondo subterráneo, de autopista oculta, de criaturas parias feroces…” Quiere decir, y dice.

Me gusta su lluvia, su “frío que se escapa a la cumbre más lejana…” me gusta, digo, sí, me llega, porque yo también le canto a la lluvia y la convoco y me purifico bajo su manto. Como se purifica la tierra. Como se purifica la palabra de Javier al describir su fuga entre los patios, sus “lágrimas gélidas” que provocan “apagón, pandemia, soledad”, como dice en uno de sus poemas.

Se sumerge y nos sumerge en “noches de hielo y parafina”, haciéndonos sentir el frío en los huesos, metáfora de la soledad que anda por algunos de sus poemas y que habita a más de uno. Pero siempre hay una esperanza: cuando amanece, la luz disuelve el dolor. “Y la paz y la alegría, rotan y se mudan de soles, arrogante burla reída en su inefable visita, donde duele el dolor… punzante”.  Juego constante, ir y venir de la sombra a la luz, de la noche al día, de la angustia a la felicidad. Dualidad del humano desencuentro con lo divino.

Cuando la poesía de Javier Valencia adquiere un ritmo que va de lo vertiginoso a lo yacente, del verso perfecto a la música, es cuando habla del amor, de la amada, como en “Ausencia” “Leí entre líneas mis ausencias/ mis hazañas, tus enfados./ Lo que extraño se barrió/con urgencia de olvido”. O “Hada y bruja”: “espuma cobriza/ sangre en ascenso/ desborda el vino de la boca… reincido en tus pócimas de canela y sal. Mandala umbilical”. Círculo que se cierra en la alquimia de dos.

En la introducción del libro, el poeta promete “tratar de decir lo justo”, con conciencia severa. Tal vez sea mejor desbordarse, dejarse ir para volver. Luego cortar, recoger, pulir. Como el incansable escultor, como el masón: de la piedra bruta al diamante. Entonces, llegar al justo medio del que hablan los chinos, para conseguir un equilibrio que consiste en afrontar la palabra con una actitud abierta en un contexto en el que bulle la complejidad. Tarea ardua es la escritura.

Este es su primer libro, el inicio de la exploración de la palabra, del juego con la poesía. La justificación para el vuelo, para “el ritmo y el caudal –como dice la contraportada- que nos lleva hasta donde nos vemos iguales: el poeta y su receptor”.

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jennie-236x300Jennie Carrasco Molina (Ambato, 1955). Poeta, narradora y periodista. Ganadora de premios de cuento, periodismo y poesía. Ha participado en encuentros de poesía, en México, El Salvador, Venezuela, Francia y Ecuador. Ha sido jurado de varios concursos nacionales de poesía, narrativa y ensayo. Ha publicado varios libros de cuento, novela y poesía, entre ellos, “La diosa en el espejo”, cuentos, “Confesiones apocalípticas”, poesía, “Viaje a ninguna parte”, novela. Consta en  varias antologías de cuento y poesía.

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