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En el centro del año, poema de Jaime Labastida

En el centro del año_Labastida

En el centro del año
Jaime Labastida
Siglo XXI editores,
México, 2012.

por Acaxóchilt Blanco

En el año de 1975 Jaime Labastida publicó un poema llamado En el centro del año, el cual fue incluido en el poemario Obsesiones con un tema obligado. Aunque el título es homónimo de la obra que le valió el premio Mazatlán 2013, la temática es distinta, ya que el último es una conjunción de las obsesiones y de los conceptos desarrollados por el autor a lo largo de su obra poética y filosófica.

En el centro del año es un poema sin divisiones estróficas, ya que este recurso provocaría la limitación del poema y éste es en sí mismo una provocación, un cuestionamiento a la contención, no sólo de la poesía, también de los símbolos, del orden de la naturaleza y de la justicia creada por el hombre. La obra se encuentra dividida en cinco cantos, cuatro de ellos dedicados a las estaciones del año y el último En el centro del año, el que da nombre a este poemario, desemboca en un algo de esperanza para el hombre.

El poema de Jaime Labastida es un homenaje a la palabra lucida, consciente, a los autores que han enriquecido el mundo de las letras, a lo largo de la obra se hacen alusiones a fragmentos de poemas, escritos o a hechos míticos, que dan pauta y secuencia al mundo de palabras de Jaime Labastida. En el inicio de cada canto se encuentran epígrafes que funcionan como detonador a las palabras que explotan del centro del escritor. Este tipo de recurso es definido por el poeta Eduardo Casar como la técnica del collage, “elaborando un montaje entre textos ajenos y propios”.[1]

La base del poema es el tiempo de las estaciones del año cuyas condiciones climáticas se encuentran, inevitablemente, en constante cambio y en apariencia podría parecer un tiempo completamente diferente, independiente del anterior; sin embargo, siempre existen remembranzas, resquicios de un pasado, un algo, una materia que queda y que se regenera en cada una de las estaciones.

El poema comienza En el solsticio de invierno, que a su vez guarda algo del otoño.

Cuando el otoño entra en reposo, algo
brusco, moribundo tal vez, guarda, avaro,
el invierno: la fragancia ya helada de las hojas,

En una entrevista hecha con motivo de la presentación de su libro El edificio del a razón, se le cuestiona a Jaime Labastida sobre la construcción del “sujeto científico”, a lo que el autor responde: Lo que pretendo mostrar es que hay un proceso, que lleva muchos siglos, a través del cual se crea una figura ficticia, llamada “sujeto científico”, que se somete a la razón e intenta despojarse de sus atributos individuales: la edad, el sexo, el color, la nacionalidad y hasta el carácter de su lengua, para asumirse como otro, el Gran Otro, el Sujeto que es portavoz de la Razón, con mayúsculas.[2] Es esta figura ficticia la que se convierte en la voz poética de la obra, por medio de interrogaciones retóricas insertas en el poema, la razón cuestiona el orden y la perfección de la naturaleza, así como los conceptos creados por el ser humano para mantener un aparente orden que en realidad llega a desbordarse en caos. Es una voz neutra, que puede dilucidar el universo, no hace descripciones de forma lineal, ya que cada una de las estaciones depende de la predecesora, así es que no se convierte en un discurso sistematizado.

¿Quién habla con razón, oh dioses? El mundo, ¿está
bien hecho?¿Vivimos, y morimos también, faltaba
más, en el mejor de todos los mundos posibles?
¿Nada hay que hacer? ¿Debe el universo mantener
el sentido de sus leyes? ¿Podremos alterarlas?

Y sin embargo, así como el hombre utiliza la palabra para hacer cuestionamientos, también el hombre se convierte en verdugo y juzga por medio de la palabra, en ocasiones el hombre la utiliza y perpetúa la muerte del otro, incluso aunque no existan sentimientos de odio. Y de verdad todo lo establecido puede dar un giro, ¿no podemos cambiar el orden geométrico del universo?, ¿podemos acaso escapar a un destino voraz que nos acecha y del cual es imposible desertar? Y el poeta se pregunta: ¿sólo cabe el silencio? La palabra no encuentra quién le de respuestas.

Las distintas sociedades poderosas, los imperios, en general, han recurrido a las matanzas y al caos para sustentar un orden social que justifica los medios utilizados para establecer su esplendor. La justicia que se quebranta también es tratada en el poema. En unos versos se evoca a Antígona, la más celeste criatura que jamás haya pisado la Tierra, personaje que quebranta la ley al esparcir un poco de tierra en el cadáver de su hermano, lo dicta su corazón y a la justicia no le preocupa la humanidad. La justicia (este es uno de los constantes cuestionamientos del poeta) siempre tiene un carácter ambiguo, se aplica a algunos, se cometen genocidios para mantener el orden sin sentido. No sólo se ha creado el concepto de sociedad, los mitos de creación, los símbolos que fortalecen los mismos aparecen para ser cuestionados en imágenes que caen, que se encuentran en un punto elevado y que poco a poco como una pluma de un pájaro descienden para dejar vacío al ser humano en general, quien puede llegar a ser un antropófago o un teófago, en busca del ser, del misticismo que de cabida a su corporeidad  y de pronto el poeta habla en pasado para cuestionar lo que el hombre creía, para comenzar a desmitificar y destrozar todo el sistema de creencias que ha sustentado a la humanidad y a su sentido de civilización.

[…]Y creímos también que una pluma blanca,
al descender, había preñado al mundo entero
y que de esa manera habían nacido las aves

El tiempo enmarcado del poema transcurre de forma cíclica, y del invierno, del cual se conserva algo del otoño se da nos encontramos En el equinoccio de marzo y la inspiración son unos versos de Neruda, un grano de trigo, que en apariencia es nada y que a pesar de ser tan diminuto puede tener distintos destinos, enmarcados por el silencio o por los estruendos y quizás su fin más vívido será en forma de poema, ya que la realidad es completamente avasalladora.

Con un tiempo medido llega En el solsticio de junio, el verano, y algo quedará de él en el invierno, quizás algo lleno de furor, mas bien de vida interna, que el ojo no percibe pero que se intensifica en el interior y que mutará en el deterioro. Y con certeza el poeta nos dice:

Se equivocó, sin duda, porque si hay algo eterno
es sólo este lento caminar angosto de la muerte.

Y por contradictorio que parezca es la muerte la que nos hace apreciar la vida. Y la vida misma pide que nos conozcamos, que vayamos al centro y de pronto el cuerpo es visto como un microcosmos que se expande en el universo y se cuestiona todo, de esta forma la conciencia hace un desencadenamiento de formulaciones que desestigmatizan todo. Y a pesar del caos el poeta invita a la vida y a encontrar las razones que pueden significar un sólo instante ya sea de amor o de hermosura, porque la naturaleza puede romper sus límites y tornar un algo en una catástrofe avasalladora que quebranta la vida tan sutil, los vientos cuando se convierten en eufóricos, lanzan a la nada a la vida, las aguas cuando se congelan, matan a los seres diminutos.

[…] ¿Y el viento? ¿Qué sucede
con el suave, tranquilo, dulce viento? ¿Qué pasa
con el viento, cuando en febrero y marzo se encabrita?
Su dulzura se vuelve un odio incontenible
que arroja pájaros inútiles en las calles vacías,
levanta tristes árboles, iza columnas inhóspitas
de polvo y golpea, con manos transparentes,
las rendijas del día. ¿Y el agua? […]

Y nuevamente el poeta abre una interrogante, ¿qué pasaría si se rompe con el orden, si de pronto nada quisiera permanecer en su lugar? Es el orden, ya sea el de la sociedad, el de la justicia el que puede sustentar al ser humano, o por el contrario es este orden el que implica que todo esta putrefacto,  y hace el autor alusión a Hamlet, para ejemplificar la ambigüedad del estado de derecho y la contrariedad entre ser y no ser. Y el poema en su infinito cuestionamiento también provoca la temporalidad de todo, todo es perecedero, todo se rompe, se desmitifica, pierde significado, incluso las palabras, las cuales merecen un sepulcro. Algo de furor conserva el otoño, lo que se muere puede regenerar en vida. El espacio y el tiempo, surgen como los elementos primigenios, ¿qué fue primero? El espacio y el tiempo sucumben en la nada en el vacío y el poeta hace otro cuestionamiento, esta vez con relación al conocimiento, le sirve de algo al ser humano todo tipo de abstracciones, y nos da una respuesta, NO. El único conocimiento posible es saber que moriremos, porque tampoco nos sirve saber que somos animales políticos, porque sólo existe esa verdad de la cual es imposible escapar, la muerte, los tiempos de la sociedad pueden modificarse y el hombre puede seguir respetando sus instituciones y producir dinero para mantener el bienestar de la sociedad, generar violencia y asesinar en minutos por medio de bombas. Ante la descripción de un aparente mundo de desolación y caos  es cuando el autor, Jaime Labastida, evoca  a otro artista, el Arcipreste de Hita y él nos dice que importan los factores que ensombrezcan la existencia: mi corazón de trovar no se quita.

En el equinoccio de otoño surge la esperanza  plena del ser humano y aparece Heracles quien se convirtió  en golondrina a pesar de toda la sinuosidad, a pesar de limpiar estiércol, se convirtió en algo grandioso.

En el centro del año aparece un fragmento de un poema de Rimbaud, en el cual evoca como sentó a la belleza en las rodillas y la encontró amarga, ¿se debe injuriar a la belleza? ¿Es acaso esa la clave para romper el orden? La naturaleza es inocente, sin embargo, el hombre nace con culpa, es un ser que desde que nace ya lleva un estigma en sus espaldas, sin  embargo, distintas palabras han surgido a lo largo de los siglos para darle al hombre un halito de esperanza, conocer los limites es imposible, no existen, el tiempo de una estación se expande en otro y se convierte en algo circular que contiene un centro y no se encuentra delimitado por barreras, así es que siempre nos encontraremos En el centro del año y cuando el caos que subleva y avasalla rompe con todo, la única certeza es la palabra que refleja una esperanza.

¿cuántas veces habré de repetirlo?, ¿cuántas veces habré
de alzar mi voz contra la muerte misma?, el inútil,
el imposible, pero hermoso y terrible, anhelo de vivir.


[1] CASAR, Eduardo, Selección y nota introductora en Jaime Labastida La vida entera, p. 3.

[2] LABASTIDA, Jaime, La construcción del edificio de la razón en Boletín informativo de la Coordinación de la Investigación Científica, p. 4.

_________________________________
1011156_10201571647916205_92093823_nAcaxóchilt Blanco Nació en Coxcatlán Puebla. Cursó la carrera de Ingeniero Arquitecto en el IPN. En la actualidad estudia la licenciatura de Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Un pensamiento en “En el centro del año, poema de Jaime Labastida

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