Crítica

[teclados]: El virtuosismo de Artola

TecladosTapa

[teclados]
Raúl O. Artola
EL SURI PORFIADO
Argentina,2010
64 p.p.

por Marcelo Gobbo

Que te rija sólo la belleza, los días pares.
Raúl O. Artola, en Instrucciones para organizar un baile y cortejo fúnebre

En Argentina en general y en la Patagonia en particular, suele asociarse a Raúl Artola fundamentalmente con El Camarote, tanto por la editorial que todavía existe como por la revista-libro homónima que en sus páginas presentó lo más destacable de la ensayística, la prosa y la poesía de ese vasto territorio al sur del planeta (desde hace un año, con La Mojarra Desnuda, un sitio web bellamente diseñado, Artola halló una nueva manera de continuar con esa misma tarea). Pero más allá (y podríamos decir por encima) de su labor como editor, es necesario destacar su rol como escritor; sus dos últimos libros publicados son “El candidato y otros cuentos”, de 2006, y el que aquí nos ocupa, [teclados].

[teclados] es uno de esos pequeños grandes libros que exudan verso a verso una forma muy clara de ver y sentir la poesía: su coherencia y su precisión se imponen y poema tras poema accedemos a ese “estar en la poesía” de Artola con categórica amabilidad, como si el poeta estuviera diciéndonos lo poético pasa por acá, la poesía es esto, pero sin adoctrinarnos, sin subirse al púlpito, solo con su acción, con su decir, con la encarnada gracia de su ejecución.

Es evidente que en [teclados] Artola hizo un minucioso trabajo de depuración: en sus versos no hay una sola palabra impuesta por capricho o en busca de una fútil sonoridad; tampoco tropezaremos con esos adjetivos cuya única función es adornar. Y, sin embargo, su poesía no es seca en absoluto; hay en ella una fluidez transparente, un sosegado pero brillante discurrir que con su elegante austeridad celebra la belleza ante todo. Y lo hace con humor, con fina ironía, con erotismo, con ajustadas descripciones, con sorpresas. También con tristeza y dolor, cuando es necesario. El lirismo de Artola nada tiene que ver con aquel que se debate entre lo rancio y lo cursi, escrito por aquellos que parecen ignorar todo lo publicado de poesía posterior a la década del ’40; tampoco se encuadra en el objetivismo de la mayor parte de la poesía argentina de las últimas décadas, ya que Artola no reniega del poema reflexivo ni se autoimpone la acidez o la provocación.

En sus versos se cuelan el cine y la música, se integra lo narrativo, se conversa con otros poetas. Basta leer Salón de té, que parece charlar con aquel otro salón de Ezra Pound y con el mismísimo Ezra, dejando de lado a la camarera. O La Habana, 1958, donde Artola mezcla lo biográfico y lo apócrifo para lograr una fantasía en torno a Chucho Valdés. O Insomnio, donde Yourcenar abre el telón para que el poeta dé con la forma de representar la verdad bajo la máscara. Y es capaz de dar, en Versiones una múltiple lección de lucidez y belleza: como si expusiera la composición del poema en una vidriera, muestra las posibilidades poéticas de un tema pero decide acotarlas al exigente marco de la poesía oriental; de tal modo, mientras demuestra, guía, y, mientras tanto, además, dice. Y lo hace con humildad, compleja sencillez y sensibilidad.

Pero si algo subyace en todos los poemas de [teclados] es el misterio. Hasta en los poemas aparentemente más directos y sencillos, un velo se interpone y nos obliga a re-enfocar lo leído, a redimensionar lo intuido y a cuestionarnos lo interpretado. Ese misterio emerge con inquietante potencia en la serie de poemas breves que carecen de título, con esas imágenes y reflexiones que se resisten a la interpretación unívoca o al encasillamiento, pero borda el entramado del libro con sutil y puntillosa intencionalidad, permitiendo que todos los poemas se abran a una polivalente interpretación última sin perder ni un ápice de su terrenal, tangible inmanencia.

Esta magistral maniobra logra su cima y, paradójicamente, también su antídoto, en la genial última parte de [teclados]: Instrucciones para organizar un baile y cortejo fúnebre. Allí, la prosa poética de Artola, más cercana al estilo aforístico del Bioy Casares de “Guirnalda con amores” que del corrosivo de Karl Kraus (aunque sin desestimar la incorrección de, por ejemplo, Oscar Wilde), amenaza con opacar al resto del volumen: las ocurrencias se suceden una tras otra, su ingenio nos sorprende sin darnos pausa, las evocaciones y las preferencias íntimas del autor se vuelven también nuestras y acabamos por aplaudir cada “instrucción” como si de nuestro baile y cortejo fúnebre se tratara.

Que este cierre no nos lleve olvidar todo lo previo nos indica tres cosas. La primera, que esto no sucede porque todo lo escrito hasta la página 51 tiene calidad suficiente como para darle combate a esas últimas siete carillas y lograr, al menos, un empate. La segunda, que ambas partes son prácticamente inseparables en cuanto a la totalidad de [teclados]: señalan de forma puntual y cabal lo apolíneo y lo dionisíaco en el arte poético de Artola.

Y, last but not least, la tercera nos indica, lisa y llanamente, la maestría de Raúl Orlando Artola, poeta.

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Marcelo GobboMarcelo Gobbo es escritor, realizador televisivo y cinematográfico, músico y docente. Ha escrito ensayos, poemas y relatos, algunos de los cuales han aparecido en diversas publicaciones de Buenos Aires y del interior de la Argentina, en un libro editado por la Universidad de Pittsburg (sobre Ricardo Piglia) y en diversos sitios de internet, además de tener dos novelas rigurosamente inéditas. Creó una publicación sobre literatura, cine y música, fue coordinador y docente en la escuela de cine Aquilea, trabajó como editor, libretista y realizador en varios canales por cable dedicados a la educación y compuso música para comerciales, videos y teatro. El Camarote Ediciones publicó su libro de relatos Barbarie y civilización y Ediciones De La Grieta el volumen Contra la fatiga del arte. Notas sobre cine, literatura y otras yerbas, ambos en 2012.

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