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Mirarse en ella, sobre Vasija de Diana del Ángel

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Vasija
Diana del Ángel
Instituto de Cultura de Morelos
Colección La Hogaza, Trazos/7
México, 2013

por Nayeli García Sánchez

Vasija (Cuernavaca: Instituto de Cultura de Morelos, colección La Hogaza, Trazos / 7), publicado en octubre de 2012, de Diana del Ángel (México, 1982) está conformado por dos poemas largos que abordan sendas metamorfosis femeninas.

“Cuatro espejos”, la primera parte, persigue la formación de una mariposa blanca desde el desove hasta el vuelo inicial; al mismo tiempo se celebra un rito por la transformación de una niña que descubre la nueva fertilidad de su cuerpo. Por medio de dos formas básicas: el verso y la prosa, el poema se va construyendo como una suerte de mapa o guía de viaje; se alternan varias voces: una con afán descriptivo que lleva una bitácora de cambios en la mariposa sin seguir la estructura del verso pero con un ritmo que no deja de alcanzar altos vuelos líricos: “De pronto comienza a moverse para romper la noche que le dio forma”; otra que recoge las memorias de los ancestros, enseñanzas del pasado: “recordé a la madre de mi abuela/ que también caminó en el monte salvaje/ solitaria y fuerte como un coyote”; una más, palabra colectiva que canta cierta tradición, siguiendo formas bañadas por el hálito oral de las canciones populares: “Un misterioso baile/ hay en el mundo/ de lo que nace y muere/ ¡ay! tan profundo”.

La escritura muestra que no sólo la superficie azogada del cristal reproduce el mundo: cuatro espejos, uno por cada elemento natural (tierra, agua, fuego y aire), resuenan con la historia de la  niña/mariposa alrededor de “Vena de luz”, la sección eje.

El punto de fuga que se crea con la visión de un espejo frente a otro es la conciencia lírica que organiza su universo mínimo y frágil por partes que se corresponden y completan un ciclo vital:

  1. “Obvo”, el espejo de tierra. El momento de fertilización, la mariposa blanca se prepara para reproducirse en el mundo: “Su ser está contenido / en esa semilla color ámbar”. La aparición de la mariposa resuena con el crecimiento de una adolescente “Despierta niña de jade / llegó el tiempo de nacer”.
  2. “Larva”, el espejo de agua. “Al nacer las orugas miden uno o dos centímetros, su primer alimento es el cascarón de su huevo”. El insecto va tomando forma conforme avanzan las palabras; del otro lado del cristal, la niña celebra su entrada en la madurez inicial: “La semilla en mi seno/ muere y renace/ cada veintiocho días/ vuelve la sangre”.
  3. “Crisálida”, el espejo de fuego. Espacio para la quietud y la noche que permite nacer el día. “Por momentos me imagino dentro de la oscuridad de su reposo, y entre sombras me veo como la otra que despierta en mí”.
  4. “Imago”, el espejo de aire. La mariposa sale del nido. La muchacha conoce un hombre. “Pájaro Zurdo miró sus manos/ se acercó a mí/ su cuello olía a madera tierna/ sabía a pulpa de maíz/ nuestros rostros/ se llenaron de flores”.

Los estadios del insecto confluyen en un tiempo suspendido. El poema central es el momento de transición en el que se consuma el tránsito por el umbral: “A través de la fisura/ pude ver un campo abierto/ del otro lado del mundo/ del otro lado del sueño”. El poema mismo tiene la forma de una mariposa cuatro veces alada.

Una alquimia del cambio recorre las páginas de este libro. La alternancia entre observador y sujeto de estudio logra una empatía singular con el lector. El poema satisface la curiosidad risueña de quien guarda los huevos recién sembrados en las coles y participa, con una maternidad voluntaria y amorosa, en el crecimiento del insecto. Estas ventanas a la bitácora minuciosa de la que registra se siguen de una primera persona que se concreta nombrando varias partes de su cuerpo; la conciencia física, así como el existir material de la mariposa, se configura a partir de la dicotomía entre lo público y lo privado, la soledad y la unión. La poeta parte de la experiencia del quiebre íntimo entre ser niña y entrar a la vida adulta, con la imagen de la mariposa se dibujan la vulnerabilidad y la ligereza de la transformación. Poema iniciático donde la viajera se recoge en un abrazo hacia adentro mientras se gestan sus alas y toma la forma bella del cuerpo volátil.

La segunda parte del libro, “Vasija Fragmentos”, de donde sale el título de la obra, ocupa un espacio mucho menor que el devenir mariposa del principio; sin embargo, la complejidad y la riqueza de sus letras no se corresponde proporcionalmente con su tamaño. Aquí Diana experimenta con al menos cuatro juegos tipográficos y un orden que tiene la fragmentariedad como guía. La disposición del texto, justificado a veces a la izquierda, a veces a la derecha, marcado por unas cuantas acotaciones al margen, recuerda un momento de ruptura que se adivina violenta y remota: “en una noche de mi infancia/ mi carne se quebró”.

Toda la armonía de “Cuatro espejos”, su equilibrio en formas, voces y tonos, no aparece en la segunda parte del poemario. Existe una voluntad que acomoda la materia poética pero el patrón a seguir no es tan claro. Acaso de manera más riesgosa, la voz lírica fluye por una conciencia tortuosa que rememora un extravío: “Navegaba sin complicaciones/ aunque sin destino/ cuando de pronto la tormenta/ arrastró mi embarcación”. El cambio de rumbo destruyó algo que permanece insinuado pero jamás se nombra: “en una noche de mi infancia/ mi carne se quebró/ viví desde entonces el mundo al revés/ enterrada en un momento que no olvido”.

La palabra sugiere desde algunos giros léxicos inesperados: “trazan mi calle/ pasos cautivos/ que no me llevan/ cada una dobla/ todas las niñas/ en otra esquina”. El traste que nombra el poema guarda en su sentido la función de preservar ‘líquidos o cosas destinadas a la alimentación’, ¿cuál es esa comida que ha salido de la vasija?: “Ten cuidado cuando vayas de aquí para allá/ pues llevas en tus manos el embrión del universo”. La insinuación del cosmos aparece también en la construcción de un cuerpo extraño al de la voz que habla “UNA ENCARNADA CONSTELACIÓN ILUMINABA SU PIEL TENSA”.

De esta manera, mientras en “Cuatro espejos” fuimos arquitectos del universo minúsculo de la mariposa, la inmensidad vasta de lo inabarcable y difuso se cuela por las paredes del segundo poema.

Vasija es un libro donde la autora ha logrado cierta madurez poética, se nota en la filigrana vocal una cantidad importante de lecturas, visuales o auditivas, de poesía popular, de biología y de cosmovisión prehispánica: los epígrafes que alumbran el recorrido han sido tomados de textos como el Poema de Chalco o el código matritense.

El mundo creado, donde aparecen la luna, el agua, alguna vegetación, la tierra, escapa del contexto urbano y recrea el campo; propone un tiempo que no se localiza con facilidad en el calendario, parece estar situado más allá, bajo el manto ilógico de la magia que ocurre en el inicio y se repite cíclicamente para sostener el mundo. La palabra de Diana reproduce una canción para ordenar el universo y otra para vivir el caos.

Dos momentos de la conciencia lírica, con voz femenina, nos llevan de la mano por un cosmos y logran la impresión de estar frente a todas las cosas creadas.

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1001651_10201445917015578_1427236810_nNayeli García Sánchez (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha impartido varios talleres de español y redacción en esa misma universidad. Trabajó como consultora lingüística en la Academia Mexicana de la Lengua. Actualmente colabora como becaria de investigación en la Enciclopedia de la Literatura en México en la Fundación para las Letras Mexicanas.

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