Poesía/Reseña

Los animales invisibles, de Luis Jorge Boone

Los animales

Los animales invisibles
Luis Jorge Boone
Colección Práctica Mortal / CONACULTA
México, 2012

por Ismael Lares

Es necesario decir que la poesía no necesita testigos, pero sí requiere de cómplices. Los animales invisibles (CONACULTA, 2012) es un claro ejemplo de la anterior aseveración. Después de haber leído y releído sus páginas descubro el rostro de Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) convertido en varios personajes, en distintas escenas. Leo acerca de las citas y referencias que ha utilizado con alevosía en este sampleo poético.

En este libro, Luis Jorge plantea una tesis con rumbo definido. Dispara los dardos del poema y se echa a correr tras ellos, y cuando están a punto de dar en el blanco, los atrapa con pose triunfal en un rotundo cambio de juego.

Este libro es lúdico. También es un libro sobre la blancura del pensamiento. El autor ejerce en estos poemas la inteligencia del ciervo, el ritmo del caballo, el desplazamiento de la serpiente y el tanteo del arácnido. Es por eso que Los animales invisibles es lo que sucede en el autor, “sus propias huellas”, como bien se menciona en la cuarta de forros.

Hay algo que invade las páginas de esta obra poética, un lirismo de amplio registro, un discreto virtuosismo que origina el juego a partir de la memoria. Si usted es un lector domesticado por el convencionalismo evite leer las páginas de este libro.

Tres apartados hacen referencia al sampleo textual. El text jockey se apropia de las páginas.

En distintos grados, las frases de autores que van desde Cormac McCarthy hasta la serie CSI New York enriquecen las páginas de este poemario. Definitivamente, las referencias pueden confundirse con el plagio, pero ¿acaso no es “el plagio […] una forma honorable de la envidia”?

Encuentro una delicada contundencia entre los versos de Los animales invisibles que nos invita con sutileza a transitar la selva doméstica. Una cautelosa bienvenida a quien acuda a su lectura, el despavorido encuentro con uno mismo. Una búsqueda en el desconcierto de la hoja en blanco, en su recuperación. Fragmentos crípticos como “una huella carente de forma, en el lodo”.

El ludismo que habita en este libro de poemas es una invitación directa a participar en el poema. Acudir a la anotación como discurso poético, como un cartapacio con fauna y flora, una hoja enmohecida bajo el microscopio del poeta, del otro lector.

Sembrar pistas, aquí, tiene que ver con deshacer ilusiones, no esperar, no saber. Por ejemplo, en los siguientes versos Luis Jorge reconoce una verdad, la suya propia, su obra, el lugar imposible frente a la página en blanco que no tiene origen ni huellas: “Sembrar tantas pistas / en la página / hasta no saber.”

Mencionaré el segundo apartado del libro, “Caminata & equitación”. En este plano se enuncia el movimiento, el ritmo. Ideas que encuentran su montura en las palabras, aunque como bien dice el poeta “Narrar no equivale a Avanzar”, pero sí equivale a enunciar la puntualidad de sucesos que registra la inmovilidad de su propio ritmo. Una paradoja. La discontinuidad del aire. El círculo, el redondeo, el movimiento quedan suspendidos: “Narrar es dejarse vencer. / (he tenido que detenerme para anotarlo) / Moverse es aparecer en el paisaje.” Es aquí donde el autor vuelve al interior, retrocede, se encamina hacia una peregrinación a oscuras, es la recuperación de una forma: reconciliar al caballo con el jinete.

Si uno quiere hacer cuestionamientos, está bien aprender algunas técnicas lúdicas, repetir las preguntas para perfeccionar las respuestas: “¿Qué fue antes: el caballo o el carruaje? / En el centauro, el minotauro, ¿qué / fue antes? ¿Quién arrastra a quién, y / hacia dónde?”.

Ciertas renuncias pueden ser convenientes, sobre todo si son personales. Suelen ser hasta cierto punto liberadoras. De manera que a la renuncia sigue la compensación. En este caso Luis Jorge, que además de poeta es narrador, desdibuja su propia naturaleza, abdica a la narración y se somete al poema, corre ese riesgo: “Narrar no es la dirección única: / queda / el relámpago”. Por eso encontramos diversas referencias a la continuidad a lo largo del libro. El círculo aparece una y otra vez en el poemario, “alias: izq. y der. / luna y sol / Ying y Yang… La serpiente”. El estado de perpetuidad, como la intensidad del relámpago, se hace presente. Caminar, reflexionar, el movimiento una y otra vez avanza entre las páginas: “La salud que recibía / era directamente proporcional / a la que alguien estaba perdiendo”. Las letras en cursivas nos recuerdan la referencia a los autores que recorren este paisaje de Los animales invisibles.

En la tercera estancia del poemario encontramos “Ciudades de la llanura”, un lugar donde el poema galopa por llanuras sin maquillaje. En este apartado la lectura se torna aguda, incesante. A mi parecer es aquí donde los animales del poema cobran vida. “No lo ha dicho el autor, pero / el caballo que duerme al fondo de todo esto / está hecho de plástico, / atravesado por una lanza, / empalado al carrusel”.

A lo largo de estos poemas que forman “Ciudades de la llanura”, aparecen sombras, fantasmas, artificios que cuestionan el recuerdo. Notas de autor que operan como en un manual, esquemas, apuntes. Todo forma parte de un contexto lúdico para que el poema aparezca y desaparezca. Ahí están Los animales invisibles del poema que ya no está. Un caligrama. Una isla. Un caballo. Leer las instrucciones y llenar los espacios en blanco. El juego. No hay poemas; no, hay poemas. Las antiguas batallas entre fondo y forma con citas sin comillas, la amnesia, el asertivo ludismo una y otra vez vapuleando al lector: “es fácil sacar al tigre de la selva, no / a la selva del tigre. / Lo mismo con las citas”. El lector debe ser partícipe, dispuesto a citar, a desenfundar sus confesiones, a incitar al poeta interno con descaro.

Advertencia: Este libro es un espejo frente a otro espejo, es la imagen de una imagen. Al avanzar la lectura, el galope toma fuerza, se intensifica, dejará una ligera sonrisa impregnada en el pensamiento. Hay en estos poemas un caballo que deja huella como signo. Uno encontrará, pues, todo tipo de referencias, de ocurrencias poéticas. El guión cinematográfico, por ejemplo, como respuesta a una poiesis del western. El redondeo magnífico de algunos poemas como el enunciante de Bucéfalo, o el eufemismo que provoca el decir “caballos”, aún el debate que provoca dilucidar cuál es la trayectoria más breve entre poeta y poema. Un cadáver exquisito que se conforma de prótesis.

Al final, Luis Jorge tiene razón en decir que “todos citamos los recuerdos de los hombres”; así, la cascada fílmica nos avasalla, las citas entre escritura y desescritura son la isla de la edición. Las referencias caen de manera interminable, pasan a velocidad como cascos de corcel, emisarios de una tribu de jinetes desbocados que persiguen a sus caballos. Después, los créditos finales caen pautados, perfectos, incontenibles. Emergen en trazos breves aún después del fin.

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IsmaelIsmael Lares (Durango, 1979). Recientemente publicó el libro de ensayos Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (FETA, 2012). @ismael_lares

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