Crítica/Ensayo/Libros/Literatura/Reseña

La aglomeración del azar

Tela de cebolla

Tela de sevoya
Myriam Moscona
Lumen
México,2012
292 pp.

Tela de sevoya se concentra en un asunto: el devenir de la lengua judeoespañola, o ladino, y del pueblo que la preservó desde su expulsión de la península ibérica a finales del siglo XV. Hay un hilo conductor: el yo de una mujer nacida en México de padres sefardíes procedentes de Bulgaria y quien glosa información histórica y filológica, rememora ensoñaciones y episodios familiares y de infancia e incluye citas, poemas, entradas de un diario de viaje y otros materiales disímiles. Así, la nueva obra de Myriam Moscona presenta tres vertientes: una informativa, otra fabuladoray una lírica. No sobra aclarar que el carácter fidedigno de los episodios y la estructura salteada y dispersa serían estrictamente características del libro, y no virtudes literarias per se.

Aunque Tela de sevoya contiene varios poemas en ladino, la vertiente lírica se deja ver también en algunas imágenes —no tan frecuentes como se podría anticipar de una autora que ha publicado varios libros de poesía— en los mayoritarios textos prosísticos. El uso de la prosopopeya y la traslación semántica (“El tiempo da la vuelta y la estrangula de cuerpo entero. Ella se queda varada en un antes que le dura para siempre”) se encuentran más comúnmente en los capítulos que narran sueños y otras prospecciones irreales (englobados con el rótulo de “Molino de viento”), y en los que el yo se ve involucrado, rozando la paranoia y la indefensión, en situaciones que mezclan lo abstracto y lo concreto: “Toco mi garganta por donde habla el miedo”.

Por su parte, las entradas que llevan el título de “Pisapapeles” cumplirían un propósito de difusión de un asunto “exótico” ante los ojos de un lector mexicano: el ladino y los judíos sefardíes de Bulgaria. Esta erudición viene en la forma de breves cápsulas que ciertamente no agotan sus tópicos (cosa que, por supuesto, no tendrían por qué hacer). El problema que noto es un apresuramiento en el ejercicio de glosa que asfixia, en la mayoría de los casos, cualquier asomo de apropiación intelectual y personal con la que atestigüemos un aspecto inédito, protoensayístico, en esos tópicos. Por esto, para alguien adentrado en la moderna historia judía, la vertiente informativa de Tela de sevoya se queda en la anotación superficial, y se ve aletargada además por una dicción mecánica cercana a ciertas flojeras del periodismo (“Israel, donde los búlgaros son parte del amplio espectro de la sociedad contemporánea”). Esto pareciera disminuir el asunto general a una curiosidad etnográfica: el interés ha sido ubicado en el asunto y no en lo que de él podría exigirse desprender a la autora, quien a menudo se estanca en una poco matizada admiración por la pervivencia del ladino.

La vertiente fabuladora incluye episodios familiares, personales y oníricos. Me llaman la atención dos rasgos formales.

Por un lado, es evidente una construcción menos dramática que metonímica. Así, por ejemplo, la relación de la entonces niña con la abuela Victoria, en muchas de las entradas con título “Distancia de foco”, se construye casi exclusivamente con diálogos, explorando poco otros recursos y sin darle un sentido orgánico —salvo en relación con algún sueño— a las anécdotas aisladas; de igual modo, las etapas del viaje a Bulgaria de la mujer ya adulta se dan a conocer, en “Del diario de viaje”, básicamente por sus encuentros, en sí escasamente desarrollados, con personas vinculadas al universo del judeoespañol, y pocos elementos hay sobre la misma narradora y su mundo fuera de ese aséptico y anticlimático “turismo filológico”.

Por otro lado, noto el predominio del juicio en demérito de la descripción. La voz narrativa da más relieve a sus impresiones, escamoteando la elaboración expresiva de los incidentes que las provocan. Un ejemplo entre muchos: “Mi tío me parece aterrador. Usa un anillo de brillantes en la mano izquierda y sus dedos gordos y peludos son asquerosos. Es gritón, mandón, nervioso, impaciente”. No es sólo que el yo opine y califique con excesiva prontitud —antes de las oraciones que acabo de citar no se ha dicho nada sobre el mismo tío—, sino que al casi sólo opinar y calificar renuncia a las posibilidades de darle una mayor fuerza narrativa a la rememoración de la “experiencia”, sea en efecto autobiográfica o no. Es una estrategia que hallo contraproducente: el libro tiene como designio (o uno de ellos) recuperar la historia de la emigración bulgarosefardí a México a través de la historia personal de una mujer; sin embargo, el yo que recuerda su vivencia no narra ni percibe sino que inmediatamente enjuicia, con lo que no son pocos los episodios y personajes que se vuelven olvidables. Así ocurre con el tío de líneas arriba; otro caso, y no de los menos emblemáticos, es el de la mujer octogenaria de Salónica que sobrevivió, por su belleza, a un campo de concentración nazi (“Del diario de viaje”). De manera sintomática, la narradora no acepta la invitación de la anciana a visitarla en su casa: “No fuimos. Me despedí de ella en ese preciso café. No pude seguir la línea del azar que su encuentro me ofrecía. Sus ojos azules me persiguieron el resto de los días que permanecí en Salónica y aún ahora los llevo adentro como un pictograma incomprensible…” Bien se me podría decir que la narradora está siendo fiel a su experiencia (la conmoción por la historia de esa mujer le impidió seguirla); en términos narrativos, sin embargo, los trazos del personaje secundario, cuya historia apenas si se intuye podría haber de una contundencia estremecedora,resultan pálidos y poco significativos, no por escasos, sino porque la narradora los debilita al darle más peso al registro de su muy privativo sobrecogimiento, y también porque —así ocurre en varios otros casos, de manera similar a lo que señalé en la sección “Pisapapeles”— no trasciende sus impresiones hacia una reflexión más penetrante y, sobre todo, que huya de lo común. Por ejemplo: el capítulo en que se cuenta la llegada a México de los padres cierra con un comentario (“Ahora pienso en toda la sucesión de casualidades y contingencias para que mi familia búlgara se arraigara en México […], para que mi padre fuera bajado del tren a última hora en un viaje que lo llevaría al exterminio […], para que las condiciones impidieran el viaje de estudios a Nueva York de mi madre…”) que sólo se queda en la inscripción del asombro ante la “línea del azar” que derivó en el nacimiento de la narradora, mas no extrae mayor epifanía ni una argumentación lúcida o sugestiva, con lo que el libro queda muy lejos de Proust, referencia presente más de una vez por medio de citas pero de cuyo ejemplo de profundidad reflexiva temo que casi nadase ha incautado.

Las distintas vertientes de Tela de sevoya podrían hacer creer que estamos ante un ejercicio de hibridación literaria. No estoy seguro de que podamos afirmar eso sin distanciarnos de la exactitud. La hibridación no se consigue sólo con alternar textos informativos, narrativos y líricos a lo largo de 292 páginas. En términos de retórica clásica, la dispositio fracasa en Tela de sevoya: la estructura iterativa que concatenaría los elementos diversos (la historia del tío que fue compañero de pupitre de Elías Canetti, de la telegrafista de Esmirna que vivió a principios del XX, de la empleada doméstica que llevó a la narradora a rezarle a la Virgen de Guadalupe, la receta de pollo para una cena con los Reyes Católicos, el edicto de expulsión de España emitido en 1492, el sitio de internet que sólo admite a hablantes de espanyolit, los extractos de respuestas enviadas por especialistas enfrentados en polémicas sobre la lengua ladina, y un deshilvanado etcétera) no genera una lógica de movimiento o desarrollo simbólico a partir de la múltiple perspectiva sobre “la línea del azar” a que se podría haber prestado el asunto. Esto es: al no construir un sentido orgánico, al no conferir a los ecos dispersos de una historia milenaria una aspiración holística, el libro se ve vencido por las trampas de la aglomeración y la insustancialidad. Ni la «breve historia del ladino» ni las estampas comentadas posiblemente auténticas de una judía mexicana bastan para inducir la lealtad de un lector que busque no un compendio filológico ni un anecdotario familiar sino una superior creación artística.

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Geney Beltrán FGeney Beltrán Félix nació en Culiacán en 1976. Es narrador, editor y crítico literario. Es autor de la novela Cartas ajenas, del libro de cuentos Habla de lo que sabes y de los libros de ensayos El sueño no es un refugio, sino un arma y El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández.

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