Ensayo/Libros/Poesía

Reverberaciones cambiantes

En esta ocasión presentamos el prólogo que el poeta Santiago Espinosa hizo para el libro de poemas Memorial del árbol, de Henry Alexander Gómez. Este libro fue merecedor del Premio Nacional de Poesía “Obra Inédita” 2013, organizado por la tertulia literaria de Gloria Luz Gutiérrez.

Memorial del árbol

Memorial del árbol
Henry Alexander Gómez
Tertulia literaria de Gloria Luz Gutiérrez
Colección Premio Nacional de Poesía “Obra Inédita”
Bogotá,2013.

Por Santiago Espinosa

No deberían hacerse prólogos a un primer libro de versos. No por ahora. Sus materiales, al tiempo en que escribimos estas líneas, avanzan hasta lo insospechado como hazañas abiertas, ajenas a las cenizas de un epitafio inaugural. Si crecen con cuidado en la memoria, pensamos, es para hundir sus raíces en los colores del porvenir, no para nosotros. Hay una vida en la escritura que aún no agota su sentido. Y una esperanza.

De Memorial del árbol, primeros de poemas de Henry Alexander Gómez, celebro la voluntad de un hombre que ama de veras las palabras. Que las cuida y les teme en secreto como una semilla peligrosa, recobrándonos la fe en sus olvidados poderes. Como lector de poesía que es, sabe que la escritura ha sido la condena de muchos, su trampa oscura. Hombres y mujeres que han cerrado sus búsquedas hasta volverlas adversas, si no es la vida la que ha huido antes de eso.

Pero este poeta se mueve entre los filos con un ojo vigilante. Ve en los escombros de su herencia una palabra habitada de voces y presencias, árboles, y hacia ella se entrega como el que encuentra en estas atmósferas, a veces opresivas y oscuras, un mundo expresivo donde pueda respirar. Para Henry Alexander Gómez, como para otros poetas de su generación, una palabra extraña, hallada a la vuelta de los vientos, antes que el mundo que se marcha en su derrota, la incomunicación, ha devenido para ellos como la última de las puertas.

Este poeta sabe, con Walter Benjamin, que no hay futuro ni promesa hasta que los pasados se realicen. Que en el largo poema que todos escribimos, una palabra hunde raíces donde las otras declinaron, pues la promesa —otra vez con Benjamin— “surge de una boca que quizás ya en el momento en que se abre habla en el vacío”. Y por eso escribe memoriales. Para mostrarnos las presencias invisibles que también somos, su diálogo secreto entre las generaciones. Planta su árbol joven en las sombras que otros dejaron, testigo de la noche y de los vientos:

Dejar atrás los viejos rincones,

la ropa sucia,

                          la música

                          apresada en hilos de tiniebla.

 

Cada acto que hacemos

es un barco hundido

                                    por la mano de un niño.

 

Pero todo,

                        hasta lo que no conocemos,

                                      lo circunda la soledad del árbol.

Hay ecos de Georg Trakl y de Vladimír Holan, una palabra que se pliega en su memoria hacia una noche más vasta; de Juan Manuel Roca y su tanteo en los vacíos, para hablar de una influencia colombiana. En cada uno de estos poemas se reúne la asamblea de los poetas que defiende. Me gusta cuando este diálogo se vuelve explícito. Cuando encuentra entre los rostros concretos su piedra de toque, siendo escritura que nace de la conversación con los poetas para volver a ellos.

Y leemos ese poema extraordinario que es “El ángel negro de la isla de Kampa”, quizá el mejor del libro, sus pedradas oscuras que regresan a nosotros “cargadas de frutos”. Un corazón que flota en las espaldas de Paul Celan, “barnizado por las humaredas de los hornos de Ucrania”. Y huellas, presencias que median entre lo vivo y lo muerto. Toda una galería de herencias que halla un rostro en el poema, y que, como en su poema “Jaguar”, poema tras poema, grafía tras grafía, aparecen como espejos que en secreto nos preceden, como “un laberinto de perlas negras”.

Entre esos rostros de olvidos y leyendas, su colectivo imaginario, comienzan a templarse los metales de una casa expresiva. Los vemos venir y tomar cuerpo. Uno junto del otro se desnudan. Cuando son bien logrados los versos, en su cuidado, volvemos a recordar esta sentencia de Mujica Laínez: “Cada uno de nosotros se ve a sí mismo, en los demás. Somos ecos, espejismos, reverberaciones cambiantes”. Y hablamos de una poesía que no sólo se sabe compartida entre la herencia de otras voces, ella misma, en un acto que esperamos deje huella en el país, nace de la alegría de una aventura colectiva: el proyecto literario de La Raíz invertida.

No deberían hacerse prólogos a un primer libro de versos. Sí la celebración y el agradecimiento, una amistad cruzada por palabras. Los deseos de que este árbol se entronque en el futuro como un testigo silencioso, hasta cimbrar con sus raíces las bóvedas del cielo.

_________________

Santiago-EspinosaSantiago Espinosa (Bogotá, 1985) Crítico y periodista, profesor de filosofía. Egresado en Literatura (2009) y Filosofía (2010) de la Universidad de los Andes. Ha escrito artículos y reseñas para medios como Alforja yLa Otra, de México, Revista Casa Silva, El espectador,El tiempo, Arcadia y La Hoja de Bogotá, del que fue jefe redacción hasta su desaparición, en 2008. Poemas suyos han aparecido en revistas nacionales e internacionales. En 2010 Taller de edición publicó Los ecos, su primer libro de poemas.

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