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Cabeza de venado

En esta ocasión presentamos el prólogo de la antología Canto a la sombra del Venado Muerto, donde el poeta Mario Bojórquez erige una breve y aguda reflexión sobre el ejercicio de la escritura y la vocación poética. El volumen reúne, bajo la coordinación del poeta y traductor René Higuera, a trece voces sólidas e individuales, donde tal vez el único punto conductor sea su lugar de nacimiento: Los Mochis, Sinaloa.   

cantoalasombra

Canto a la sombra del Venado Muerto
René Higuera (coordinador), prólogo Mario Bojórquez
Instituto Municipal de Cultura Culiacán
Colección Palabras del Humaya/Tercera época
México, noviembre de 2012
p.p. 138

Autores de la Muestra: Ana Chig, Ana Ruiz, Caín Orejel, Eliud Velásquez, Héctor Castro, León Cartagena, Luis David Palacios, Lusdemar Jácquez, Lluvia Gabriel, Patricia Bojórquez, Rafael Félix, René Higuera, SalvadorLeón.

Cabeza de venado

por Mario Bojórquez

La escritura es un acto solitario, se escribe desde la oquedad del ánimo, nos llega desde alguna parte de la atención descuidada un sonido, una relación aparentemente sutil entre dos objetos, el destello insoportable de una visión. Nunca sabremos, propiamente, de dónde viene ese impulso que nos hace volver los ojos sobre la caligrafía nerviosa o firme que revela un misterio de nuestra personalidad. Según los propósitos de esa escritura que ejercitamos, puede, incluso, ser el acto más profundamente personal e íntimo. En ocasiones conocemos la primera palabra de nuestro texto pero muchas veces no sabemos cuál será la última. Escribir es un acto tan privado que nos causa cierto rubor hacerlo en presencia de personas desconocidas.

Publicar nuestros escritos es ya una forma de socializar aquella soledad, se publica y se comparte con los otros la intimidad de nuestros pensamientos, lo secreto se vuelve colectivo, se construye un sentido plural de lo que había sido apenas un balbuceo, un ronco rugido que emergía de la más sorda garganta de nuestra afectividad. Al publicar un texto, desaparecemos. No somos más los poseedores de una verdad única, somos acaso una voz desdibujada por la firmeza de lo real, somos, para entonces, la respiración acallada que husmea en el corazón del otro. El desprevenido lector, no percibe que alguien acecha tras la página impresa. La escritura se vuelve, en ese momento, un puente para llegar a la otra orilla de nuestro sueño. Se cumple así el tornaviaje de aquel impulso solitario, de aquella meditación entrecortada que se convirtió en línea, en música para los ojos de otra persona que también construye, junto con nosotros, su propia versión de los sucesos.

Nunca dudé que en los páramos de mi infancia otros oídos escucharan el llamado de la poesía como a mí me ocurrió. Es una alegría saber que alguno se detuvo y aguzó las orejas para repicar el murmullo del aire sobre los ramas de un álamo,  el erizado rozar de los capullos que previenen la danza, el monocorde golpeteo de la baqueta sobre el cuero crudo. Y reunidos en torno del venado agónico, sucumbieran a sus extáticos movimientos, que experimentaran su pasión ritual, el acto del sacrificio en su inmolación litúrgica, el estertor de la carne palpitante que poco a poco muere en el soplo de la vida renovada.

Trece voces se elevaron sobre la multitud, trece autores han pulsado el instrumento de la garganta para dar testimonio de su existencia sobre la tierra, trece poetas que han decidido entremezclar los registros de su palabra para ser todos y ninguno, la poesía hablando sin un nombre al calce, apenas el murmullo que se extiende más allá de lo oído y que se confunde con el soplo del aire y con el terco sonido de la lluvia sobre los techos enmohecidos.

Qué feliz es un libro donde se van reconociendo algunos rasgos, algunas señales de un decir, para luego, si queremos o no, verificar nuestras presunciones en un índice de autores. Apenas algunas voces que se superponen, que se trenzan en una confundida y estimulante orquestación que es reflejo también de la vida que late en las cosas del mundo. Se acude al poema como se acude a un amor muy deseado, se despoja de su vestido para entregarse en el amanecer de su pasión, sin nombre el cuerpo se tiende pleno en la caricia del ser amado como un poema en la luminosidad de sus acentos.

El lector que imaginamos, el atrevido lector que ha osado penetrar en este libro, debe saber, al menos, el riesgo que corre al pasar los ojos por los poemas que aquí se reúnen: encontrará en estas páginas la mejor joven poesía que se escribe en una porción del español contemporáneo, descubrirá ciertas zonas de sus propios pensamientos reflejadas en diversas gradaciones anímicas, comprenderá, de algún modo, que el misterio de la poesía sigue produciendo el encantamiento que el alma humana necesita, iniciará un diálogo con todos los fantasmas que lo habitan y se reconciliará con ese otro que somos frente al espejo de nuestra fragilidad. Escribir es un acto solitario. Leer es una comunión, un compartir el alto sueño de ser hombre.

___________________

BojórquezMario Bojórquez (México, 1968). Ganador del Primer Premio Alhambra de Poesía Americana en la categoría de obra publicada. Poeta mexicano, nació en Los Mochis, Sinaloa el 24 de marzo de 1968. Es autor de libros de poesía y su obra ha obtenido diversos reconocimientos, como el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura (1995), el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa (1996), el Premio de Poesía Abigael Bohórquez (1996) y los Premios Bellas Artes de Literatura: Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (2007) y el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas (2010). Ha recibido las becas para jóvenes creadores del Instituto Nacional de Bellas Artes, del FONCA y de creador con trayectoria de DIFOCUR, y los Fondos Estatales para la Cultura y las Artes de Sinaloa y Baja California. Actualmente pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte

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