Ensayo/Literatura/Poesía

Francisco Cervantes: Poeta del presente

Para celebrar el día mundial de la poesía rescatamos un texto del brillante narrador y crítico literario Geney Beltrán Felix, sobre el gran poeta y traductor mexicano Francisco Cervantes, cuya singular obra no ha sido suficientemente comentada a pesar de su enorme calidad, obra poética cuya singular fuerza radica en la recuperación y actualización de estructuras y valores del pasado medieval galaico-portugués. Vale mencionar también su destacada labor como traductor de importantes figuras de la poesía portuguesa del siglo XX. 

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POETA DEL PRESENTE*

por Geney Beltrán Félix

Fue Francisco Cervantes —a pesar de sí mismo— un poeta mexicano de la segunda mitad del siglo XX. Nació en 1938 en la ciudad de Querétaro. Su poesía se halla reunida en el volumen Cantado para nadie, que comprende once títulos, publicados entre 1972 y 1995. Sus temas caros son la ensoñación lusomedieval de nostalgia no sólo épica sino también lírica, la reflexión grave y enjuta de la existencia (soledad, tristeza, dolor, muerte), el mismo decir poético, a ratos la pasión amorosa, la evocación del pasado y la infancia, la airada imprecación contra sus enemigos, jamás nombrados.

De igual modo, fue Francisco Cervantes uno de los principales conocedores y amantes de la cultura de Portugal y Brasil en México. Asesor de publicaciones de obras literarias lusófonas en el Fondo de Cultura Económica, la más importante editorial mexicana del siglo XX, Francisco Cervantes dedicó mucho de su aliento a la traducción de poetas de lengua portuguesa, desde Camilo Pessanha hasta Ana Cristina César, incluido centralmente el más grande de los lusitanos del siglo, Fernando Pessoa y sus distintas máscaras.

De orígenes gallegos, Francisco Cervantes resulta estruendosamente mexicano en su propósito de no parecerlo. Como Francisco Tario, Salvador Elizondo y Sergio Pitol, escritores que hallaron en la evasión imperfecta del gentilicio mucha de la médula de su obra, Francisco Cervantes buscó rescatar el pasado y difuminar su atadura a la realidad inmediata, al México de la segunda mitad del siglo, a través de una viva lusofilia.

De la lusofilia como atadura posible del apátrida

¿Por qué lusófilo? ¿Por qué no mejor un afrancesado o un borgeano amante del orbe anglosajón? Es insólito que en diferentes artículos y entrevistas hubiese tenido Cervantes que justificar su lusofilia. Pero se comprende: Portugal y España llevan casi cuatro siglos de estar unidos por la espalda: el primero con los ojos fijos en Inglaterra y la segunda en Francia o en su propio y arrogante ombligo. La cultura mexicana ha heredado el desdén hispánico hacia el universo de habla portuguesa y, lo sabemos bien, Fernando Pessoa y José Saramago —si acaso Rubem Fonseca, recientemente Lobo Antunes— han sido sólo las excepciones que ratifican la costumbre.

Como Alfonso Reyes y Juan Rulfo, fue Cervantes un lusófilo enfático. “Nunca he sido extranjero en un país de esta lengua”, proclamó al terminar una charla en el Centro de Estudos Brasileiros de la ciudad de México el 25 de noviembre de 1986. Ante el rechazo o las sonrisitas condescendientes de quienes desconocen la universalidad literaria de Camões y Gil Vicente, de Tomás Antonio Gonzaga y Almeida Garrett, de Eça de Queiroz y Machado de Assis, de Carlos Drummond de Andrade y Jorge de Sena, Clarice Lispector y Sophia de Mello Breyner Andresen, João Guimarães Rosa y Murilo Mendes, y de tantos más, ante esa inconsciente lusofobia —venía diciendo— , Francisco Cervantes se vio precisado a explicar las razones personales de su amor a lo lusobrasileño.

Primero tiene que ver su raíz gallega, el pasado de su familia en la tierra donde parecen fundirse las diferencias de lo portugués y lo castellano. Segundo, su descubrimiento de Brasil a través de Pepe Carioca, el gracioso loro vestido con los colores de la bandera brasileña en una película de Walt Disney, Los tres caballeros, que a su vez lo llevó a enamorarse de la lusitana Carmen Miranda. Tercero, el azaroso encuentro en su adolescencia de una antología de poesía brasileña preparada por Manuel Bandeira, libro cuya lengua extranjera y sin embargo invitante y posible pareció hablarle —y pido disculpas por la cursilería— de un mundo incluido en su propia sangre. Y cuarto, el amor de una “mora”, una portuguesa que lo llevó a escribirle fados y cantares de amigo en una mezcla pseudoarcaica de castellano, gallego y portugués, la base —dicen algunos— dificultosa o indescifrable de su libro mayor, Cantado para nadie, publicado en 1982 y que le valió el Premio Xavier Villaurrutia:

Quisiera hablar en vuestra lengua
Mas lo que diré no daría matices
Ni su sombra sería de lo deseado.
Decidme entonces qué palabras, tonos,
O la ausencia de ellos servirían.
(“Sustento del olvido”, en Cantado para nadie)

Así, en Cantado para nadie, Aulaga en la Maralta (1985), Heridas que se alternan (1985) y Los huesos peregrinos (1986) hay poemas completos, o si no, versos y epígrafes, o sólo títulos en portugués o en gallego. Homenajes a Luís de Camões, Gil Vicente, el rey Don Dinís, el trovador Joan Zorro, Rosalía de Castro, monólogos dramáticos o evocaciones de la vida y hechos de reyes y navegantes portugueses, poemas de saudades a la amada, Galicia, Lisboa y el río Tajo, hacen de este ciclo central (para mí, el más valioso de Francisco Cervantes) un universo entrañable, saudoso, de gran consistencia lírica. Difícil no ratificar la propia lusofilia —o caer en su embrujo de una vez y para siempre— luego de recorrer esta región del mundo poético de Francisco Cervantes.

Así, fue en Cervantes la lusofilia una atadura posible del apátrida. Porque, a diferencia de Octavio Paz, que mantuvo con totalizante voracidad la mirada y la palabra en el nombrar y el pensar sobre el aquí y el allá —eso que llamamos México y eso que llaman el mundo—, que supo mezclar la herencia europea y la embrujante lejanía de India y Japón con las raíces mestizas de un nativo de Mixcoac, Francisco Cervantes sólo quiso desmexicanizarse y casi exclusivamente volverse un amante saudoso de Lisboa, un juglar andariego, un trovador gallego del siglo XIII, un secreto heterónimo de Fernando Pessoa. Receloso de que ninguna Patria —así, con mayúscula— puede congregar entre sus límites la inasible aspiración de humanidad, Cervantes jaló con perseverancia el extremo de las raíces antiguas de una época en la cual México no existía ni como brumoso proyecto de Jehová… Pero, ¿se puede renunciar a la época?

El poeta frente al tiempo

“El poeta sirve al tiempo —¡efectivamente lo sirve!— de manera involuntaria, es decir, fatal: no puede no servirlo”, declaró la gran escritora rusa Marina Tsvietáieva en una conferencia de 1932, recopilada en El poeta y el tiempo. Pues no: Francisco Cervantes se negó persistentemente a servirlo… de manera explícita. Buscó dejar a un lado el presente y no volver la mirada hacia la existencia de gente real, y en lugar de eso se dedicó a fabular con pasión de arqueólogo los neblinosos contornos de caballeros medievales, moras y juglares, y a filosofar abstractamente sobre La Existencia a través de mayúsculos conceptos panorámicos. Con el escepticismo del autor del

Eclesiastés, Francisco Cervantes renunció a su época, el siglo de la destrucción y el cinismo —como todos los siglos:

Vanamente vivimos.
De igual manera
Vinimos y nos vamos.
Escasa novedad es ésta.
Lo supieron los griegos,
Los nahoas y los mayas lo inscribieron
En sus templos de légamo y de piedra.
Formas y expresiones anticuadas
O comunes, repasadas,
En estilos y escuelas
Clásicas, modernas, posmodernas.
Pero poesía no es otra,
Ni humana veta encontrará fuera del hombre
La naturaleza.
¿Moderno el hombre,
Posmoderno?
Alimento de críticos, esto es decir,
De malas bestias.
(“Sustancias a la moda”, en El libro de Nicole)

Si bien en sus artículos para el suplemento Sábado del periódico Unomásuno, donde lo recibía Fernando Benítez con grandes muestras de entusiasmo (tanto que se hizo su alumno de lengua portuguesa), fue Cervantes un airado defensor del Brasil en el terreno político frente a los “fascistas de izquierda y de derecha”, que volvieron la década de 1980 un infierno para Latinoamérica, en su poesía se negó casi por completo a los asuntos del presente. Pero, entonces, si no fue a través de los asuntos, ¿cómo habría servido fatalmente —según el decir de Marina Tsvietáieva— a su época el poeta Francisco Cervantes?

Reviviendo el pasado, dándole nueva vida a la más antigua tradición presente en las formas de la poesía galaicoportuguesa. Su propósito fue buscar los orígenes para lanzar otra luz distinta en torno de la existencia humana en el presente y el futuro. En una entrevista de 1983 con Felipe de Jesús Hernández y Sergio Cordero, señalaba:

estúpido sería el que no entiende que, para poder seguir siendo humanos, tenemos que recordar que antes de nosotros hubo gente y que después de nosotros va a seguir habiendo gente; bobo el que cree que puede escribir a partir de cero porque él no existe a partir de cero […] el hombre existe desde que existen los padres, los abuelos, los orígenes, la raza: el hombre mismo.

Sobre los autores reunidos en su antología Odisea de la poesía portuguesa moderna, publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1985, Cervantes señaló: “ninguno de ellos es poeta de torre de marfil. ¿Hay acaso alguno que lo sea, es la torre de marfil real? […] El mejor modelo del poeta no existe, habrá sólo poetas”. El modelo del poeta elegido por Cervantes fue el de un poeta hesiódico, abstraído en la búsqueda de las raíces. Un poeta anticuario que deseó huir del presente para cuestionarlo y expresarlo en sus versos, al reflexionar y rescatar el pasado.

Como Álvaro Mutis y Jorge Luis Borges, Francisco Cervantes mantuvo una orgullosa seguridad en la importancia de ensoñar y recuperar otras épocas. No sólo rechazaba “de la rebelión la fe”, como dice un verso de Los varones señalados; también estaba consciente o, mejor aún, acataba la incomprensión de los lectores de su hora. Lo postula así el bellísimo título de su cuarto libro, que a su vez engloba su poesía reunida, Cantado para nadie. El mismo Cervantes aceptaba además la noción de que el poeta escribe incluso aquello de lo que no es consciente o no busca:

Extraña flor la de la creación, putrefacta o vana,
extraña y siempre enfermiza,
[…]
llamarada sin más fuego
que el de alguien que no sabe
cómo lo obtuvo
y que se asombra a cada instante
y que repasa a secas sus costillas,
sus noches alineadas,
sus recuerdos a duras penas vivos,
su vida atrapada entre sueños y pastosas realidades;
[…]
En ondas se siente su presencia,
y crece dentro de mí sin nada que lo impida
o que la impulse.
(“Flor putrefacta”, en Regimiento de nieblas)

Se trata, pues, de una defensa del temperamento y la historia personales como las fuerzas que rigen la creación poética. Si bien (como ya he dicho) en sus ensayos o artículos despotricó Cervantes no pocas veces contra las desgracias de la política y la sociedad, a la hora de cantar… aceptaba la forma de su canto. Lejos del panfleto político disfrazado de poesía, Cervantes aceptó defender y cultivar la raíz más olvidada del decir poético en la cultura ibérica. Uno de sus más hermosos poemas es la mayor expresión de esta premisa de su obra:

Lo que vas a cantar
Traza sus líneas,
Sale a tu voz.
Querrías que así tuviera
Medidas y siluetas para otros comprensibles,
Pero el canto, rincón de otro paisaje,
Ya llega conformado si es el canto.
Acéptalo como él te acepta a ti
Para expresarse,
No le pongas excelencias ni reproches,
Pues ha de ser él como quiere
Y lo quiere como lo precisa.
(“La forma de este canto”, en Los huesos peregrinos)

“El poeta es un fingidor”

Del XX huyó Cervantes al siglo XIII para traerlo renovado, obediente, pues, de la instrucción de Ezra Pound. Intuitivo de que la Patria no existe, de que México es una ficción política y no humana, buscó traer el medioevo a nuestra época y trasmutarlo, fundirlo, darle un rostro mestizo, lusomexicano, medievalposmoderno, un rostro en cuyas líneas sus lectores futuros, ya en el siglo XXI, pudieran identificar como vivos rasgos, emociones y desasosiegos.

…Y es que no, nunca podría haber renunciado Cervantes —ni nadie— a su circunstancia personal y su época: pero pudo fingir. El verso tan citado de Pessoa, “El poeta es un fingidor”, es una clave. En el texto liminar de su antología Materia de distintos lais, aceptaba Cervantes el hecho de que “nuestra mayor sinceridad sea la farsa, la actuación ante otros personajes que somos nosotros mismos”. Porque, en efecto: el poeta buscó apenas si sólo traslucir —levemente: sin aspavientos histéricos ni confesiones desaforadas— la emoción íntima, expresando el desasosiego amoroso, la nostalgia por la infancia o por Lisboa, la hora del lobo de la soledad, la miseria y debilidad esenciales de la existencia, a través de heterónimos —Hugo Vidal, el “autor” de La hora soñada (1995); Enrique Stahl, de La materia del tributo (1972)— y de monólogos dramáticos y versos meditabundos de trovadores, guerreros, poetas y navegantes…

Pero no fue vacuo el fingimiento. En el excelente ensayo “Un responso crítico para Francisco Cervantes”, publicado el 29 de enero de 2005 en Confabulario, de El Universal, Armando González Torres escribe: “más allá de las innovaciones o, mejor, restituciones formales de su poesía, los temas y personajes de Cervantes encarnan una cosmovisión y unos valores que constituyen una condena del siglo”. Esta condena de su época resulta más poderosa que el arte de obvio compromiso ideológico de tantos de sus contemporáneos. Cervantes quiso fingir la no pertenencia a su época y, al mismo tiempo, sólo con no nombrarlo, puso en entredicho la ficción construida en torno a la existencia de un país, México. No le interesaba —quiero decir— divagar sobre el “ser mexicano”; ¿qué es la mexicanidad a fin de cuentas si no una ficción, un fingimiento más, otra máscara? Por encima del tiempo y el gentilicio, creía encontrar una esencia. Así, con este reiterado fingimiento y huida, Cervantes hubo de trazar una crítica moral de las iniquidades y farsa del presente al lado de una nostálgica revaloración del pasado en tanto que los orígenes vivos de su tiempo

El pasado del que habla su poesía está vivo; un ejemplo es el poema “A saco y llanto”, donde la dama que inspira su canto es una mesera que lo ha adoptado en su reino, es decir, en el tiempo y el lugar de “mi desalojo y degredo”. Así, el discurrir grave sobre la existencia y sus complejidades es válido para cualquier época —y, por tanto, lo es también para el presente.

*Este texto fue publicado originalmente en el número 134, de junio-julio de 2005, de la revista Tierra Adentro.

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Geney Beltrán FGeney Beltrán Félix nació en Culiacán en 1976. Es narrador, editor y crítico literario. Es autor de la novela Cartas ajenas, del libro de cuentos Habla de lo que sabes y de los libros de ensayos El sueño no es un refugiosino un arma y El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández.

Un pensamiento en “Francisco Cervantes: Poeta del presente

  1. Efectivamente, como dice un joven crítico: la gran virtud y la maravilla está en la persona de la que se habla, no en el texto; soporífero a más no poder. Inmenso poeta, lástima de lector/crítico mediano y chabacano que le tocó…

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