Crítica/Libros/Poesía

Perros muy azules de Claudia Hernández de Valle-Arizpe.

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Perros muy azules
Claudia Hernández de Valle-Arizpe
ERA-UNAM
México, 2012
pp. 98

Por David Ruano González

La editorial ERA, en colaboración con la Dirección de Literatura de la UNAM, publica Perros muy azules de Claudia Hernández de Valle-Arizpe (Ciudad de México, 1963), libro merecedor del Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines 2010.

Perros muy azules se articula en tres voces poéticas diferentes: “Solo” (un ermitaño), “Enferma” (una mujer que padece Alzheimer) y “El viaje” (una joven). Las voces se intercalan a lo largo de la lectura y mantienen una relación. El discurso se construye mediante el uso del verso libre y de  la prosa poética, con un lenguaje más prosaico que lírico. Esto último, para acercar más lectores a la poesía, según las propias palabras de la autora, quien se aventura a afirmar que es un libro que “se acerca más a la novela”.[1]

Resulta interesante esta declaración de Claudia Hernández, ya que, entonces, Perros muy azules podría acercarse a ser definido como un libro polifónico, que es muy diferente a encasillarlo como tal. Sin embargo, lo interesante de este recurso es que las voces son diferentes, aunque puedan tener el mismo sentir y compartir situaciones similares. Sucede que las tres voces que hablan se sienten como una misma, salvo ciertos cambios de registro, por ejemplo, el uso del femenino y masculino según sea el caso, o los lugares en los que se dicen encontrar.

Para entrar en el contenido del libro, la voz de “Solo” presenta a un hombre que vive ensimismado y cuenta sobre su encierro, lo que ve en la televisión, etcétera, sin llegar a involucrarse del todo con su entorno, sin profundizar en sí mismo siendo un simple espectador. Obsesionado con las armas y su presencia en la televisión y/o la película que ve constantemente, una y otra vez, vemos una persona que dentro de su abandono pensará en el suicidio, ya que esta obsesión con las armas y disparos es persistente. Sin embargo, no hace explícito este sentimiento. Es éste el “personaje” que más habla a lo largo de Perros muy azules, su perorata lo vuelve monótono.

Con su orificio apuntando hacia afuera
sale de mi boca el cañón del fusil.
Soy como la mujer de la pantalla:
eléctrico y virtual.
Si me voy ahora podré regresar después.
Quizá cuando comiences a extrañarme
y te diga que me he ido,
vengas por mí.
Entonces me haría visible
con las balas que perforaron pulmón y estómago
y otras, muy frías, cuello, ingles, cabeza.
Y lo mío no será de nadie, ya ves, lo que pregoné,
lo que hice, lo que sabía, lo que tanto me gustaba:
las noches acompañado. Mis recuerdos,
tus planes, todo se lo comerá el acero.
Qué tragedia, van a gritar; y yo, cadáver:
feo, hermoso, listo, imbécil, qué importar.
¿Mataste alguna vez? ¿Lo has intentado?
Dispara, me dice la mujer de la pantalla.
¿O es que en verdad no te atreves?

Al tener como inspiración Nostalgia de Andréi Tarkovsky y su cine contemplativo, lo visual está por encima de las acciones e incluso de la palabra o del pensamiento. De Valle- Arizpe se aventura a generar imágenes eludiendo la acción, lo que nos da una sensación de inmovilidad y, varias veces, de tedio.

En “Enferma”, segundo apartado de Perros muy azules, la voz se expresa mayormente en prosa. Como una mujer bastante lúcida, no  parece tener los problemas mentales que se le atribuyen. Por ejemplo, en cierta parte del poemario, esta mujer enferma de Alzheimer se pone recordar su infancia, narración donde el titubeo es mínimo y en una prosa fluida. Todos estos  recuerdos fluyen y luego se contradicen:

Ahora que confundes las palabras, que no recuerdas, que olvidas y sonríes, que llamas a un objeto con el nombre de otro, que no le crees a ellos cuando te dicen: Mamá, soy tu hijo, y tú dudando, acechando: ¿Quién eres?

La misma enfermedad que se le atribuye a este “personaje” puede poner en duda la credibilidad de sus propios recuerdos; sin embargo, esta fluidez del discurso pone en duda, más bien, el Alzheimer. El fragmento que cito resulta más como una ocurrencia para hacer notar el padecimiento de la mujer, cuando este aspecto tuvo que ser evidente desde un inicio.

Este “personaje” es el que me interesó más, ya que recuerda una obra de Samuel Beckett: Los días felices, o Happy Days, que desarrolla el tema de la mujer con padecimientos mentales. Cuando en la obra de Becket, su personaje habla, lo hace con vacilación hasta que toma cierto ritmo y olvida de lo que estaba hablando e inicia con un tema distinto, luego regresa al punto inicial o bien, inicia a recitar algún poema con fallas evidentes. Refiero lo anterior como un modelo bien llevado, ejercicio que no logra la autora de Perros muy azules.

Por cierto, recurro a Becket  y no a otro autor que haya tratado la enfermedad mental, porque la autora usa un epígrafe de Endgame, para la tercera parte del  libro: “El viaje”. Otra vez se desarrolla el tema del observador. Claudia Hernández en esta voz nos plaga de imágenes que, en lugar de crear un espacio ya fuera sublime, ya fuera grotesco, simplemente proyecta una ciudad cualquiera que no logra arraigar. Sólo se ejecuta una narración, nuevamente de un espacio inmóvil, carente de significación, bordeando siempre el lugar común, la palabrería vacua:

Al salir no busco a nadie; sólo ando.
Cruzo de norte a sur la retahíla de edificios,
el vía crucis del agua, su gesto,
sabiendo que todos están lejos
y que si me añoran no me lo dirán.
A las dos de la tarde se asoma un viejo
por la ventana de un tercer piso.
Siempre he volteado hacia ellas.
Qué imagen común y extraña
la de una persona mirando hacia afuera
oculta por un vidrio, una cortina.
[…]
Veo desde el piso 20
la ciudad que comienza a encender sus luces
y una ferocidad de lobo me asalta:
tengo un cuerpo y tiene un plazo.

En este punto hay observaciones cotidianas que se cuelan en la cabeza del personaje cuando observa el agua que cae a las coladeras, el aglutinamiento de gente en las calles, etcétera. Este fragmento que transcribo corresponde a  la primera vez que habla la voz de “El viaje” y es en la única ocasión donde tiene una reflexión que pudo servir como punto de partida: la propia muerte. Después, ante el miedo de la muerte no queda más que quedarse a observar las curiosidades urbanas, pero no hay más.

Parece que Claudia Hernández De Valle-Arizpe piensa que para lograr escribir con un lenguaje “accesible” para un lector no especializado también debe disminuir la calidad de su trabajo. Por ejemplo, para hacer clara la relación entre las tres voces que se presentan, la autora incluye al final un pequeño texto o poema llamado “Anagnórisis”. En él, Claudia Hernández nos da prácticamente masticado, por decirlo de alguna manera, el reconocimiento que el mismo lector tuvo que haber hecho en su lectura. Y aunque nos incluya un fragmento que vislumbre tintes autobiográficos y ese sea el “reconocimiento” que nos quiere hacer notar, “Anagnórisis” no sería necesario dentro del libro si hubiera sido llevado de buena manera.

Con este libro Claudia Hernández del Valle-Arizpe no logra trascender más allá de una medianía, por lo que se aleja de la solidez expresiva de otras poetas de su generación como Dana Gelinas, Roxana Elvridge Thomas o María Baranda, esta última apenas un año mayor que la autora de Perros muy azules.

En palabras de Claudia Hernández, el “muy azules” se refiere a cierta acepción de la palabra inglesa blue, que se usa para referirse a cuando alguien está triste; entonces, el título del libro es algo así como “Perros muy tristes”. Estos perros muy tristes ladran mucho, ladridos de soledad, enfermedad, obsesión por la mirada, pero no logran morder al lector; no son capaces de sacarlo de su pasividad.

_________________
DavidDavid Ruano González (Ciudad de México, 1991). Estudiante de los últimos semestres de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha asistido a diversos talleres de poesía y crítica. Mantiene con otros compañeros de la facultad una pequeña revista y blog llamados Distopías XIX. Twittea en @medoriorules.

Un pensamiento en “Perros muy azules de Claudia Hernández de Valle-Arizpe.

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