Crítica/Ensayo/Poesía

El compromiso con la palabra, una antología de Blanca Wiethüchter

 


El festin de la flama [Antología poética]

Blanca Wiethuchter
Prólogo y selección de Rodolfo Häsler
La Cabra Ediciones
México, 2012
pp. 232

 Por David Alejandro Martínez

De raigambre personal y alcance universal, un aliento profundamente humano es el que se extiende de la poesía de Blanca Wiethüchter (1947-2004), escritora que a pesar de haber nacido en La Paz, Bolivia, tuvo el alemán como único idioma durante gran parte de su infancia, sobre todo en su formación escolar. Será sólo hasta años más tarde,  que cobre  conciencia de ser boliviana y decida adoptar el español como suyo. Cuando era niña —acota poéticamente Wiethüchter—  estaba frente al mar y de él tomó una piedra que era ceniza y desasosiego. El rigor de esta nueva lengua, a la vez tan extraña e íntima, sería desde entonces no sólo su habitual  vehículo de expresión, sino un compromiso y el espacio de donde la poesía brotara, constante, a lo largo de treinta años.

En el comentario preliminar a El festín de la flama, antología poética de la que nos ocupamos, Rodolfo Häsler anota que es esta naturaleza doble de su lenguaje  el punto de quiebre en el que se forja el carácter esencial de la poesía de Wiethüchter. El  resultado será una voz fuerte y reflexiva, pero también orgánica, en comunión con la geografía y el paisaje, vasta y llena de libertad original y de expresión.

Esta antología, publicada por La Cabra Ediciones y la Universidad Autónoma de Nuevo León en  2012, reúne gran parte de su obra;  presenta una evolución natural que se traza a lo largo de los años de ejercicio poético, abonando así a una composición orgánica y congruente. Ofrece muestra de los catorce libros publicados por la poeta paceña y, además, se complementa con una serie de poemas inéditos.  En orden progresivo éstos son: Asistir al tiempo (1975), Travesía (1978), Noviembre 79 (1979), Madera viva y árbol difunto (1982), Territorial (1983),  Huesos de un díaEn los negros labios encantados (1989),  El verde no es un color (1992), El rigor de la llama (1994), La lagarta (1995), Quantanti (1996),  Ítaca (2002), Luminar (2005) y Ángeles del miedo (2005). Si el lector se detiene —un poco obedeciendo la subjetiva impresión— sobre cualquiera de estos libros, podrá encontrar una muestra fiel que refleje la calidad literaria de la poeta.

Por ejemplo, Asistir al tiempo, su primer libro publicado, deja ver ya lo que será el carácter de su producción: un lenguaje limpio incrustado en una idea profunda sobre la vida. El tiempo, la ciudad, el autoconocimiento, la memoria y la muerte, serán los temas constantes que se mezclarán unos con otros, consiguiendo establecerse como refracciones de un mismo cristal.  Así, por ejemplo, el poema “Siembra” habla de que «Hay que nacer de adentro / como mineral /… caer hasta los ojos / donde nos guarda / constante / la muerte.” El mineral, que surge de la tierra —como el barro con el que está hecho el hombre— es sólo una faceta de la muerte, que es esa tierra, el vientre en el que se entra “como un río buscando».  La muerte, la tierra, el vientre y el tiempo, entonces, se unen y nosotros asistimos en ellos.

Asimismo, la distancia y la memoria establecen un juego dialéctico  («Esta distancia / conmovida memoria / obstinada oquedad / último confín de luz.») en el que el recuerdo se vuelve una ausencia familiar. En el trayecto interior se revela, nuevamente, una experiencia escatológica: «En cada piedra / apareces recóndita / y vuelvo a convocar / las voces idénticas / inmóviles frente / al vasto vacío».

En este estado de conciencia se  levanta un nuevo elemento —constante— la ciudad «concentrada y quieta», como una vivencia histórica de Blanca Wiethüchter,  pero también como una experiencia urbana universal. En “La ciudad”, poema dedicado a La Paz, el hombre parece haberse asimilado con sus calles y espacios: «De los habitantes / antiguos caminantes, / mana  la recóndita llama / que te insta a quedarte / junto a los abismos», y la voz poética se reconoce en ella, consiguiendo recomponerse en una suerte de simetría: «En esta ciudad detenida / las calles te conocen / y tú las conoces /… Tú la miras / alta y sola. / Fija en la luz  / te retiene».

En Travesía la voz de la poeta se adelanta a un espacio donde, abandonando el reposo individualidad, la memoria se extiende para recuperar cierta  nostalgia por la vida.  El poema “Obertura” —que precisamente es el dintel de esta trayectoria— anuncia: «Un día te despiertas / y escuchas: /… Estás en la ciudad / como una presencia lejana». De nuevo, las preocupaciones de Wiethüchter  girarán en torno al tiempo, el elemento urbano y el recuerdo; la monotonía de los días que «están en tinieblas» donde «no hay luz y sólo este frío / este ir y venir / señal sin cuerpo / que te arranca la vida» llevará a preguntarse: «Cómo no temer la muerte / sin esta vida no vale morir.»

Noviembre 79 y Madera viva y árbol difunto, continúan en esta introversión sobre la ciudad y su sentido, que desemboca en una nueva construcción de la paisajística urbana y personal. Pero el salto —si bien consecuente— se da con Territorial, poemario intimista, donde sus principales preocupaciones se depositan ahora en la vivencia erótico-amorosa. En su primer texto, “Poblado por ti”, el otro toca el origen del yo «en el fondo de una llama / y este perpetuo  deseo de morir», dando paso a una idea de relación personal que reconfigurará la experiencia del mundo, así también de la vida y la muerte.

La palabra, entonces, como puente entre la unidad (el yo) y la pluralidad (el otro), colocará los espacios de la memoria: «Decir, decir, decir, / fecundar este desierto / con la voz» o  «Era la fragua / alrededor de la palabra / la memoria exacta / el tacto terrestre», en los que no obstante, el cuerpo será una «Trasparencia territorial» en constante fuga: «Sin fijar las distancias de un cuerpo / caminar / caminar». Amar es dudar, el otro es una ausencia, ocuparlo, aunque sea a través de la memoria —la palabra— parece ser caza de viento: «te amo y te debo esta nueva soledad». Queda sólo el encuentro con uno mismo, la introspección y el miedo, que serán los temas del poemario Huesos en un día. La noche y la poesía se extienden como los dos caminos paralelos hacia el trayecto interior («Oír la noche / es oír las olas / lamer la furia / tus voces / y callar»), que  finalmente se unen: «Fatigar el cuerpo / hasta llegar al silencio / ahí / está ella / arrodillada / pidiendo la palabra.» La noche y el silencio, entonces, develan la muerte figurada: «…la embestida / del reflejo de su imagen que regresa».

La construcción misma de los libros que conforman El festín, va a reflejar la lucha y la reflexión a luz de la cual se da la escritura poética. Si decir es poblar el desierto blanco de la palabra, entonces la génesis consecuente se organizará en el mismo sentido que el estado anímico de la poeta, trazando una serie de correspondencias, orientando un universo en vías de construcción. Tanto En los negros labios encantados, como El verde no es un color, son ejemplos muy claros de esta especial articulación del discurso. “De lo perfecto (Cuadros de una exposición)”, primer poema de En los negros labios, está conformado por una consecución de impresiones que discurren por la experiencia amorosa. La primera de ellas —al no estar numerada— se puede leer como el espacio común en el que van a estar instalados  cada uno de los subsiguientes cuadros: «No soy ni la sombra de lo que fui. / Pero es todo lo que tengo.» Entonces, a partir de esta aseveración, la experiencia del otro va a cobrar un sentido de desposeimiento, como en el cuadro “7”:«En asombradas palabras caes / y te quedas muda / lejos de tus buenas costumbres / sin verdes pájaros festivos / en la calle / niña desdichada y sola».

 Es entonces que cada uno de los textos irá estableciendo vínculos con el resto del libro. En el poema “4”, por ejemplo, se sugiere que un cuerpo a través del espacio onírico, puede ocupar la sustancia del mar (si es libertad) o de la montaña (si se esclaviza):«Sí, estás en mí / con un fervor antiguo / y no importa ya si eres un sueño / o la mitad de un sueño / si habitas la marea / o la montaña. / Así me devuelves a mí  / y de aquí te miro / y te toco y te amo / —irremediablemente.». Mientras que en “Los ojos dorados”, poema que aparece en El verde, se retoma esta idea para materializarse, llevándose a la vivencia personal;  es ahora la voz poética la que «mientras perdura la triste inmovilidad / de la montaña» busca conmover su cerco. Finalmente, el sentimiento  se termina por extrapolar como una condición misma del ser: «Aquí estoy; pienso y no vuelo. /… y veo a otros que como yo / miran los cerros / para olvidar la tristeza / que causa no ser jinete / de estas altas montañas». Se da así una operación que va desde el otro, para pasar al yo y, por último, devolverse a un nosotros, a una experiencia interior común.

Por último, dentro de este amplio registro, uno de los poemarios que más llaman la atención y que, ciertamente, colocan a nuestra poeta dentro de una tradición universal, es Ítaca del 2002; pues si bien toda su poesía anterior da muestras de preocupaciones humanas y, aunque determinadas por su espacio natural (el trópico, la selva o la ciudad boliviana) no se puede considerar que queden nada más en ello, si se es correcto decir que se encuentran en un nivel de abstracción dentro de un universo poético personal. Por tanto, Ítaca —con todo lo que este nombre significa para la tradición occidental—ofrece un referente concreto al que se puede fácilmente anclar  la recepción del lector: se trata de la espera, la sospecha y la incertidumbre. La voz poética interpela a Penélope, la cuestiona —se cuestiona— y a partir del diálogo construye una geografía poética, una Ítaca personal y profundamente humana.

Dicho juego quedará establecido desde el “Primer día”  en que la poeta  se reconoce en el mito: «Hoy, Penélope me estoy en tu nombre». La operación será la de asimilar su experiencia a la de la reina tejedora: «Anoche, más anhelante que dichosa, soñé con Ulises / regresando a la isla. / Y tú lo sabes», buscando encontrar así un referente para sus propias dudas, su espera: el retorno de Ulises a sus patria, que es el  trayecto interior. En la vigilia se agudizarán los sentidos, como ocurre en el texto “Primera noche”:«Esperar es oír. / Oír las huellas que deja la noche a su paso oscurecido.» y la duda, acrecentada, se extenderá en el silencio de encontrarse con uno mismo: «Te espero mientras cavo un hueco en la noche / y otro y otro y otro / cavo y cavo y cavo. / Y nada responde.».

Así, la voz poética se enfrentará a todas las dificultades con las que Penélope tuvo que lidiar, como el horror de la demora que se vuelve cotidiana: «sólo cambiar las propuestas de almuerzo y cena» y mantener «en la casa el polvo del día / en señal de indiferencia.» o el acoso de los pretendientes: «Los pretendientes codiciosos contemplan el reojo del oro», en el que se ve invadida la espera interior por un ejército —la duda—  que ocupa la casa, los recuerdos.

En resumidas cuentas, El festín de la flama ofrece una panorámica justa y ponderada de la poesía de esta íntima poeta. Es un libro que cumple doblemente su función, como antología nos  invita a querer acceder a la obra completa de Wiethüchter y como libro, es decir como un universo cerrado, presenta, en virtud de su autora, una estructura congruente y orgánica, dejando en el lector la satisfacción de una poesía original y honesta y que, sobre todo, refleja el espíritu de una mujer comprometida con la palabra.

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David Alejandro Martínez Rodríguez, nació en la ciudad de Chihuahua en marzo de 1987. Es licenciado en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha participado en diversos encuentros de escritores, como el Encuentro Internacional de Escritores Horas de Junio que organiza la Universidad de Sonora. Ha publicado poesía en distintas revistas regionales. Actualmente es becario en el área de investigación de la Fundación para las Letras Mexicanas.

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