Crítica/Libros/Poesía

De todas formas el invierno

tu verano en mis alas & verbal
Julia Erazo
La Cabra Ediciones
Cuadernos del Mirador
México, 2012
80 pp.

por Leticia Herrera

tu verano en mis alas & verbal está compuesto por cuatro secciones: “me embarco en tu sol”, “estación invernal”, “desde una ventana”, y “verbal”. Cuatro estaciones para decir el amor a través de una economía de palabras como sinonimia del balbuceo del amor, que no necesita explayarse para decir, o que nos dice demasiado bien lo que ya sabemos: que transitaremos de la argamasa en la garganta del deseo y sus monosílabos ardientes, al solipsismo y la afasia que llegarán con el estupefacto desamor.

En “me embarco en tu sol”asistimos a la circularidad del amor como proceso de consumición. En el inicio e instauración de la pasión, la pequeña muerte como anticipo de que toda pasión, para ser, ha engendrado ya en sí su destrucción.

El deseo y sus manifestaciones como espacio de caos diminuto, anhelado. La vida es entonces una vibración, un cimbrarse al viento apenas sin arrogancia, con la naturalidad del colibrí, con la gracia de la mariposa, como una carencia que se colma en el contacto, en el abandono del orgasmo. Hay la conciencia, aunque bien guardada, de que la entrega es una especie de renuncia al yo, un desdibujarse del que somos solos; un aventurarse en la fusión, imposible pero deseada, en el otro.

en tu mirada un par de murciélagos extraviados (p. 12)

tu ojo desnudo me asalta
me hiere de muerte (p. 17)

y mis alas abiertas
tu catafalco (p. 22)

“pero ya he dejado todas mis pertenencias olvidadas
para sufrir la vida de los árboles” (p. 25)

Mientras el amor fluye la armonía con natura es total, y el ser se encuentra fusionado con los elementos del mundo; es la estación de la primavera, por algo llamada el primer tiempo; es la estación de los sentidos que se extiende al verano, donde todo irradia y contagia, donde todo es vuelo y hambre, donde la animalidad priva como signo del deseo supremo.

tréboles en tus manos cuando tocan las mías
tu sol extiende sus raíces sobre las montañas
una pradera cubre mi cuerpo (p. 16)

tomas la miel de mis heridas
atas tu verano a mis alas (p. 20)

ella se contorsiona por última vez
mientras te alimentas salvajemente (p. 29)

Mas cuando llega el desamor, adviene el peor desarreglo de los sentidos, la “estación invernal”, un caos que no se puede explicar, un desasosiego que ladra en el silencio; el invierno se instaura con sus fauces de perro flaco. Se trata de sobrevivir, pero ¿eso cómo se hace? Adheridos a la piel del otro, consumidos en su estro, nos encontramos incapaces de retomar el hilo que tenía antes nuestra vida, y no sabemos siquiera si lo conseguiremos.

mi corazón busca escampar de tu cuerpo

una embarcación de humo me aleja del puerto (p. 34)

una araña ata los hilos sueltos
algunos pies corren descalzos por mi casa (p. 35)

Las alas aquellas de la mariposa, del agitado colibrí que libaba su néctar con fruición, entran en reposo, no van más al garete del deseo. Se abren las puertas del infierno y de la levedad de las aves pasamos a lo anfibio, a lo viscoso y a lo venenoso de las arañas; ahora hay ciegas alimañas en los árboles, perros acechantes, y las tormentas se ciernen sobre el desaliñado mundo.

descansan mis alas
baila el tornado
a mi alrededor (p. 40)

gatos mansos reparan las mordidas de las puertas (p. 39)

Entonces es necesario abrir la tregua, escampar, dejarnos llevar para que se restaure el orden del mundo. La tercera estación del amor es la observación. Para mayores señas, Julia nombra esta sección del libro “desde una ventana”, y sí, es la ventana, más bien una ventana inopinada, no propia necesariamente, que sirve para ver sin apenas participar, mientras se terminan de apaciguar las aguas del desastre previo.

Vemos el mundo como si otra vez volviésemos a percatarnos de que hay cosas en él, sucesos que acontecen, y alguna belleza que habíamos dejado de percibir. Ya estamos en posibilidad de “aferrar las raíces a los ojales de la tierra”; paulatinamente recuperamos esa comunión perdida, aunque con la cicatriz del dolor, la concomitancia de una herida que nos ha cambiado pero nos deja aún ser en la tierra.

tiempo de besos dorados
tomados del ocaso (p. 45)

aspira el atardecer
el silencio del color que cae
empieza a desear ser barco y no trampa
ser viaje y no jaula
ser viento y no vacuo frenesí (p. 46-47)

La cuarta sección del libro se llama “verbal”. En ella, después del silencio observante y la paulatina recuperación del yo, lo que sigue es la recuperación de la voz, la enunciación de una verdad absoluta: la soledad del yo como esencia inextinguible y con la que hemos de aprender a vivir. El lenguaje sigue siendo entrecortado, pero ahora como si reaprendiésemos a hablar, ya no por el síncope de amor y sus furias.

Es una especie de registro de las cosas cotidianas y decir: estoy solo aquí, es así, algo haré con ello. No sé si será fácil, pero es lo que hay.

El reconocerse como entidad autónoma, con un cuerpo propio, unas costumbres propias, una vida propia, y aunque el retorno de la primavera ya no conlleve los incendios aquellos y las manos enlazadas del amor, aunque nos aprieten las botas de agua, llegará la rotación, el día en que de pronto, otra vez, amanece para nosotros.

un solo cubierto en la mesa (p. 53)

tú más afuera que las montañas
escarcha dulce
falta mucho para la siguiente estación (p. 55)

el invierno ha terminado
sangran nuestras alas rotas
un farol alumbra la vuelta  (p. 56)

el corazón es de luz
amanece
desnudez perfecta
feliz (p. 67)

has vencido a la muerte
llevas en el bolsillo un diente de dinosaurio (p. 72)

Ah, la larga estación del invierno que es la vida… Ah, los desmanes del amor, las facturas del abandono… Y todo para qué, como dice Miguel Hernández, si umbríos y condenados comoquiera: cuánto penar para morirse uno. Pero en fin, historias han de contarse porque para eso estamos acá, y hemos de darle las gracias a Julia Erazo por compartirnos sus versos de luz; de luz herida o esplendente, de luz tenue y ambarina, que nos reconcilia con la idea, peregrina, de los abandonos parciales de la soledad, que se cumplen cuando amor nos llama y nos llamea.

____________________

Leticia Herrera. Poeta, periodista, promotora cultural (México, 1960). Socióloga por la UANL. Obra publicada: Pago por verCanto del águilaPoemas para llorarCaracol de tierraVivir es imposible, Hace falta que lluevaPoemas incompletosSólo digan que fuiCelebración del vértigo (aforismos), Yo, la muy urraca (en prensa). Su obra ha sido publicada en antologías locales, nacionales e internacionales. Algunos poemas suyos han sido traducidos al inglés, alemán y búlgaro. Recibió en 2011 el Premio a las Artes que otorga la UANL por su trayectoria literaria.

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