Crítica/Libros/Poesía

PANTEÍSMO POÉTICO EN CARMEN BOULLOSA

Corro a mirarme en ti
Carmen Boullosa
Colección Práctica Mortal
Dirección General de Publicaciones, CONACULTA
México, 2012

Por Ismael Lares

En Corro a mirarme en ti, los versos de Carmen Boullosa (1954) son reflejo del poeta Juan Ramón Jiménez, no por ello pretenden ser espejismo exacto, sino que tienen una relación estrecha de diálogo. El poema es para Boullosa el pretexto necesario en que evoluciona su propia voz, redescubierta en otro, fuente de inspiración y elemento de nostalgia por sí misma. Carmen Boullosa escribe acompañada por Juan Ramón Jiménez como si ambos tuvieran la misma voz, a destacar la forma personal de escribir de cada uno. En la primera parte del libro Corro a mirarme en ti,se advierte un panteísmo poético a través de la figura del poeta español, pero bautizado desde el yo lírico por la reflexión constante; permanente búsqueda de un yo que se envuelve en el otro poeta a quien da vida.

El tema principal es el que presentara el antiguo adagio délfico “conócete a ti mismo”, para preguntar de manera poética quién es uno, y explicar qué nos lleva día a día a mirarnos en el ojo adherido al otro, y escucharnos en los oídos de ambos poetas. ¿Quién soy?, pregunta Carmen Boullosa con vehemencia, como vacía con vistas a ser contenida por sí misma. Pero también por ese otro que es Juan Ramón Jiménez.

Eurídice y Orfeo son maravillosos interlocutores de quien escribe y es escrito. La autora canta a Orfeo acompañada por Eurídice, por un coro de versos al sueño; habla el yo poético a la otredad que es su propia voz. Carmen quiere ser libre de sí y no sitiada en la piel, como dijera el poeta José Gorostiza. Desea más que nada abandonar a los héroes y a los ejércitos que acosaron las narraciones griegas, necesita cantar “sin ser juglar a sueldo”, porque a la autora le da asco el dinero y las puertas falsas que dirigen hacia un trono cualquiera. La falsedad incomoda a Eurídice que canta, porque es un sueño el culpable de la falsedad. Es quizá el anhelo de poetizar lo que se resiste al veredicto, al empleo burocrático cultural.

Carmen Boullosa establece un diálogo, quizá un reproche a ningún sitio. Habla de los acontecimientos que el poeta español no alcanzó a vivir, sirve de ojos, de puerta entre dos realidades, atraviesa el muro de lo aparente para conversar por mero capricho poético. Su Orfeo profetiza la derrota del mundo atado a las cadenas y la autora se escucha a sí misma, pues ella es Orfeo, es Juan Ramón, es Eurídice. Síntoma del panteísmo poético.

La imagen moderna del desencanto es constante en la conversación entre Carmen y Juan Ramón, otrora Orfeo y Eurídice; sin embargo, a pesar del aparente desastre Orfeo percibe la belleza en el terrible presente. Son los ojos y oídos de Eurídice fieles narradores de lo que sucede entre el desastre que vivió Nueva York aquel fatídico 11 de septiembre. Carmen Boullosa emprende la palabra y sale en búsqueda del hecho poético y lo canta a quienes da vida la muerte.

Este es el lugar donde las hojas caen,
vuelan sin ser escritas, viajan por efecto del estallido
de los dos edificios que albergaban
los archiveros y los escritorios
donde un día estuvieron guardadas. 

Juan Ramón observa a través de los ojos de Eurídice, sabe lo fatídico del suceso, pero también tiene conciencia, a ojos del yo poético, que si el verso no canta verdades no tiene lugar en la página.

Nunca existió la página limpia, poeta, lo supiste,
pero en las hojas quedaba lugar para la tinta,
para la voz,
para el poeta.
Juan Ramón: ya no.

En el siguiente discurso poético se aprecia la intensidad en cada imagen, es libertad el milagro; es canto del estallido poético que vence a la muerte. La paradoja entre la hoja que da vida, blanca y libertaria, aparece en contraposición de la hoja ensangrentada que enluta y mancha el principio de los tiempos hipermodernos. Incluso un tono romántico puede leerse a lo largo de los siguientes versos.

¡Hojas sin contacto con la tinta,
hojas intactas, no raspadas por el lápiz,
parlando serenas con la gorda Muerte,
por eso volaban!
Hojas milagrosas.
¡Hojas perfectas, hojas con huesos huecos de ave,
hojas a quien da vida la muerte!

A lo largo de la primera parte, “Corro a mirarme en ti”, se percibe añoranza a la par de una desazón sin que nadie vea al otro como insustituible, incluso el yo lírico se sabe atado al otro, sin poder renunciar a sí mismo pese a sus andanzas. ¿Quién soy?, repite en su constante búsqueda de identidad. Y se rehúsa a ser un valor de cambio, aun poético. Hay una lamentación al descubrirse frente a un mundo que ve al YO como un valor de cambio. Irremediable oficio el de versar ésas dos letras. “¡La palabra del buey pesa más, / así no tenga ninguna palabra, que la mía, / la del poeta!”. El yo aniquilado ante el vacío encuentra su cuerpo caparazón de caguama; el yo es un muerto entre dos reinos.

De pronto, el poema inicia cuando Eurídice despierta de su profundo sueño, y no es que haya estado poetizando a la deriva, aun así confiesa “yo fui tu Orfeo y tú serás mi Eurídice.” “Aquí comienza otro poema, lo demás fue crujir”, continúa. La realidad es para Orfeo la verdadera tumba, y el ello, Eurídice, es lo verdaderamente vivo. Basten los siguientes versos para reforzar esta visión: “Te traje del ataúd para meterte a otro (…) así sea esto tumba como te lo he anunciado, / porque la vida es un féretro ahora en el siglo veintiuno”. Es aquí donde el discurso toma un sentido lapidario ante la realidad.

Así se es ahora, dice Carmen en un momento de tensión, se deslumbra a sí misma: “Si yo supiera quién soy”, añora contundente. Más adelante, se revela otredad, alza el lamento por un mundo material que no valora la poesía, hecho que, por instantes, choca con el discurso poético inicial, es decir, llega a ser insistente y a veces hasta chocarrero. Es la nostalgia reiterativa por los tiempos pasados, el hastío exacerbado que provoca el materialismo. Este monólogo se torna insuperable en su continua resistencia. Ceremonioso en ocasiones y enloquecido en otras: “En los corazones suena el engranaje de la sumadora. / ¡Cuál tictac ni qué ocho cuartos! / Quarter, quarter, dollar, euro, dos más cien, más treinta / y cinco. Cinco. Cinco. Cinco.”

López Velarde, Gorostiza, Garro, José Eustacio Rivera, incluso Cruela de Vil, Tarantino, Julia de Burgos pasean en el ataúd flotante de estos versos. Y sigue la lista: Garcilaso, Pizarro, Cervantes, Lope de Vega. Ninguno de ellos está en el centro de la plaza poética de Corro a mirarme en ti. Son todos ellos, apenas un esbozo de la mezcla entre “malditos y abominables; benditos y generosos” que enaltecen la gloria de Iberia, en palabras de la autora.

Al finalizar la primera parte, Carmen Boullosa deja al vacío la condición de ser. ¿Quién es?, se preguntará el lector. Si lo otro es la muerte, cada verso es una pequeña batalla que libra la autora que no puede irse allá, con el poeta Juan Ramón, porque se sabe aquí, “atorada (…), impresa, voz de un libro en el mercado”. Vive la poesía de Boullosa y resiste. Su singularidad surge de un insistente diálogo que, al final, se descubre monólogo de la ausencia; “porque sin Yo”, dice la autora, “no hay Platero, / falta uno, muere el otro.”

La segunda parte, “Otoño en Brooklyn”, presenta una continua resistencia al vacío. Aunque no de manera directa, son estos poemas breves, prolongación de la primera parte; sin embargo, pudiera ser equivocada mi apreciación. Aun así reitero que se pudiera establecer cierta correspondencia.

Soy como el pájaro que llega al árbol recientemente desnudo por el viento.
Soy la del nido vacío y la que ha perdido el nido al volver del vuelo.
Soy también la rama desnuda.
Soy también el ardor de este viento que es hacha.
Soy la luz, la luz que es mi consuelo.

El discurso se torna aforístico, no en detrimento del ludismo y la configuración de fondo. Algunos poemas son de largo aliento, crecen a la par de la intensidad misma de la voz poética. Sirva el otoño como eje temático, una hoguera ardiente que es el poema, la belleza, la iluminada lengua del yo para abundar en la búsqueda personal. Así, el otoño se presenta como el retorno al hogar: “El otoño me ha traído de vuelta a casa”.

Existen distintas maneras de encontrarse a uno mismo. Boullosa se encuentra poetizando. Después de tan prolongada búsqueda, ya mencionada en la primera parte del libro, la autora encuentra consuelo en sí misma, en la luz de la plenitud que, tal vez, sea una respuesta a la primera parte, morada viva. A partir de una versificación rica en imágenes, abundante en ritmo y desnuda, piensa el otoño y lo escucha en su corazón. Arde y canta. Aprende a mirar los versos poema tras poema, desde que escribe, oyendo su propia sinfonía. Carmen Boullosa explicita en esta segunda parte, la arqueología de su ser, a partir de su propia vida, otoño eterno: “Soy mi propia madre, mi propia hija. / Soy la madre de dos que son adultos. / Soy la vida, soy la coqueta hoja colorada (…) La eterna muchacha. / La niña de la memoria. / El atardecer aduraznado”.

Finalmente, baste decir que son los fantasmas de la autora, enfrentados con la muerte, convulsionados contra una sociedad materialista, diálogos de una etapa en su vida, constantes que se establecen en toda época para realizar la historia de cada uno. Boullosa parte del diálogo interior con el poeta Juan Ramón Jiménez. A partir del objeto de sublimación, se pregunta quién es, en un momento dado, Nueva York siglo veintiuno, dejando paso a la propia voz para realizar el poema, esta historia de su vida: “Ya nada ama nada, / todo seco, todo yerto (…) Todo es muerte (…) Este es el otoño (…) vigilia eterna del insome”.

_______________

Ismael Lares (1979). Recientemente publicó el libro de ensayos Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (FETA, 2012). Ha sido becario del Programa para la Creación y Desarrollo Artístico. Obtuvo mención en el 42 Concurso de la revista Punto de Partida de la UNAM. Mantiene una bitácora en http://www.ismalares.com

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