Crítica/Ensayo/Libros/Poesía

Los lugares del alma

Si en otro mundo todavía. Antología personal
Jorge Fernández Granados
Almadía/ DGP-CONACULTA
México, 2012

por Santiago Espinosa

 

Como el que “escucha recordando”, la voz de Jorge Fernández nos sorprende desde un tiempo solar y menos adverso, donde la memoria era algo más primordial y necesario a lo que es hoy entre nosotros: burdos listados de víctimas o escombros, ejercicios de la nostalgia parientes del striptease o la vanidad. Si Jorge recuerda no es para complacerse, lo hace para alumbrar la multiplicidad de la existencia, de la casa al vacío y del lenguaje a las estrellas. Y dice “patio” y “cristal”, “resurrección”. Toma la palabra para volver hacer del mundo un enigma familiar.

Estos poemas, sin certezas de ningún tipo pero a la espera, andando y recordando en sus propia incertidumbre, parecen evocar la comunión de los antiguos –“Paradiso”- en la que cada cosa ocupaba su lugar y su destino en la cartografías del verbo. En la ciudad se escucha el eco de las estrellas. Evocan los viajeros la deriva de los peces.

Su hazaña es plenamente consciente de que hay un lenguaje heredado, voces que en secreto nos preceden y figuran las calles, los días. Y es el poeta, atento a sus pulsos, el que ha de volver a darle vida a unos vocablos manidos o estropeados, rescatar de entre sus flujos un espejo transitorio para podernos observar como por vez primera: “Por cada estrella que murió de frío arderá mi casa…volveré con las huellas de mi aldea para fundar el alma”.

Contraria a una poesía de la experiencia, clausurada en su autismo, esta palabra es portadora de una inusual sabiduría. Su casa es un “dialecto” abierto, habitado de ecos y presencias ajenas. Rumores que la envuelven desde la distancia, y de los que el poeta es su testigo activo. Sabe que antes de ser “hombre” es una “legión de muertos”, o así lo testimonia, y el poema, parto entre la inteligencia y la sombra, es el que debe darle un cuerpo a los fantasmas dispersos. Y un rostro, deslizándose en un lenguaje en donde puedan dolerse los demás.

Fantasma de lo que fuimos y en secreto defraudamos, de aquello que pudo ser y no alcanzó la cita. Fantasma, pues, de todos aquellos que habitan sin estar, urden y acompañan nuestros actos donde quiera que haya puertas o cristales, y sin los cuales toda vida sería cáscara incompleta, impunidad en la barbarie. “Darle un rostro a los fantasmas”, el poema como un lento aprendizaje para asumir el duelo. ¿Acaso existe una poética mas necesaria para estos países, siempre debatidos entre lo irrealizado y lo trunco, la muerte que ha perdido su carácter singular para volverse cifra y estadística, masacre anónima?

La poesía de Jorge, sin levantar polvo ni señalar a nadie, ajena a un compromiso de puños cerrados, parece recuperar una distancia necesaria en la que podamos entender esta encrucijada sin exiliarnos del todo. Participar de los sucesos si que aquello nos implique envilecernos en su afán. “Si alejarse es preciso para contemplar y entender/ aproximarse es preciso para pertenecer”, dice en alguna parte,  y así es que su palabra logra indagarnos sin herir, no acompaña y consuela al mismo tiempo en que nos denuncia.

Nuestros órdenes maltratan la vida, despersonalizándola, la vuelven parqueadero de paso y masa indistinta; Jorge responde con cuidado, en la cesura de sus versos, como el que advierte en lo interior su iluminada intemperie, vestigios del cosmos en las aguas de su adentro. El poder nos obliga al solipsismo de los factores, hay que competir para ser, sobrevivir, pero esta poesía es la que abre exclusas y ventanas, ampliando en algo nuestra chata realidad. Advierte que afuera espera el siglo con sus “dispersos” y “farsantes”, “sus venturosos” y sus “magos”, sus “viajeros”, presencias huidizas aunque no ajenas de belleza. Nos dice que hay estrellas que se extinguen en su “catástrofe de luz”, pero en las que “siempre queda un éxtasis oscuro, un fragmento del ritual extinto donde nuestro ser tomó forma”. Personajes y ciudades, hondos recintos la luz. Todo un bestiario de orillas y presagios en el que hasta el lagarto “parece mirarnos desde el fin del mundo”.

Poesía dolorosa en el más amplio de los sentidos, nos pide cuentas sin ambages ni afeites, sin concesiones. Vuelve a decirnos que estamos solos, que “nadie hablará por nadie”, que  “nadie va a salvarnos de morirnos siempre a destiempo”. Y sin embargo -éste es su claroscuro-, entrega la posibilidad de una palabra que abre sus ámbitos a lo esconocido, regiones donde quizás en “otros cielos”, desde otras sales, el yo y el mundo se tomen de la mano en el poema, y sea la deriva una canción más soportable.

De todo mana esta palabra y hacia todo vuelve, este poeta logra alumbrar la misteriosa alteridad de lo que tiene vida. Pero también es esta poesía el resultado del que ha encontrado en sus palabras una morada personal, fisuras a lo humano entre las cárceles del tiempo. En pocos casos como en este, o al menos en América Latina, podemos encontrar una obra que se adapte tanto a la máxima de Ungaretti del libro como “la vida de un hombre”. Desde el primero de estos poemarios, La música de las estrellas, hasta esa obra maestra que es el Principio de incertidumbre –que considero uno de los cuatro o cinco libros más bellos que se hayan escrito en América en los últimos años-, lo que respira y conmueve es la andadura de una vida en su abundancia, a solas y con sus fantasmas, vista a través de ángulos más diversos con un pie en lo vivo y el otro en las sombras.

Jorge, como el pintor que reúne pinceladas dispersas, una tras otra, hasta encontrarse frente al emblema de su propio rostro, habla de lo lejano para siempre regresar hasta sí mismo. Pero su soledad, para decirlo de alguna manera, esconde una comunidad de aparecidos de la ya somos parte.

Hablo de “esos lugares del alma” que tan bellamente nombra. Un territorio de voces donde quisiéramos pensar que hay un sentido, que no fue en vano aquella calle ni aquella ventana, aquella casa; las enseñanzas de la abuela que hoy es sombra, y que hablaba de aguas de manzanilla para aliviar los ojos. Que hay un dolido memorial en cada gramo de ceniza, en cada muerto que alzamos y hoy es tierra estremecida. Y que cada vez que este poeta la da cuerda a sus relojes, -o acaso los detenga- “enumerando los huesos del cielo” con sus golpes, diciéndonos que hay un umbral, un todavía, fulgores que esperan a la vuelta de la esquina con los zapatos rotos, sentimos la impagable compañía de sabernos sus contemporáneos. 

Bogotá, Agosto 27 de 2012.

____________

Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) Crítico y periodista, profesor de filosofía. Egresado en Literatura (2009) y Filosofía (2010) de la Universidad de los Andes. Ha escrito artículos y reseñas para medios como Alforja y La Otra, de México, Revista Casa Silva, El espectador, El tiempo, Arcadia y La Hoja de Bogotá, del que fue jefe redacción hasta su desaparición, en 2008. Poemas suyos han aparecido en revistas nacionales e internacionales. En 2010 Taller de edición publicó Los ecos, su primer libro de poemas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s