Crítica/Libros/Poesía

LA POESÍA CARDENCHE DE RACIEL QUIRINO

 
Western,
Raciel Quirino,
Conaculta/Fondo Editorial,
Tierra Adentro,
México, 2012.

por Leonardo Iván Martíenez

 

Cuando le preguntaron a Buffalo Ben si quería formar parte de la brigada comandada por Chris en La Furia de los siete magníficos respondió: Soy un fenómeno. Mitad hombre y mitad pistola. No puedo golpear a una niña de 6 años en una pelea justa pero puedo volarle los ojos a un hombre a 100 metros en una tormenta de arena. Nunca nadie oyó hablar de un pistolero con un brazo.

A veces así es la vida y la poesía es el arma justiciera que con su lengua de fuego reivindica al hombre que se encuentra mordiendo el polvo. Hay poéticas que sangran, que transpiran y que a pesar de las heridas que les pueda infringir la sequedad del horizonte siguen cantado, y de un modo tan certero que corren el riesgo de clavarse en la memoria del hombre y convertirse en libro. Así es Wester, el primer poemario de Raciel Quirino, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro hace un par de meses. El poemario cuenta con seis apartados, cada uno de ellos constituye una bala en el tambor del arma, y el libro en su conjunto tiene una mirilla afinada que sólo da el conocimiento de la tradición y las formas clásicas en la poesía.

La primera munición pone blanco en el binomio del desierto y el mar. La bala circunda los espacios y las ansias, la desesperación causada por la sequedad. Uno piensa que sólo se muere de sed en el desierto, pero Ulises, el personaje homérico se apersona en la primera bala del poemario para decirnos que también en el mar se muere de sed. Esa primera bala no es de cáliz, se ve la mano firme en la traza del soneto y la prosa poética brindándole al libro un acertado y necesario carácter narrativo:

Hay ojos en todas partes, se dice aguzando el oído; pero los bandidos ya no regresarán sino hasta que acumule suficiente vida que puedan arrebatarle. Está tranquilo. Sabe que todavía le queda en su revólver un nombre de mujer para cuando las cosas se pongan feas.

La segunda munición tiene en su mira la naturaleza humana, la proximidad con la muerte y la certeza de la materia y finitud del que sostiene el arma. El zopilote, el cactus, la cabalgata, el polvo, y la introspección que hace Raciel Quirino en los dos poemas titulados “Desierto Adentro” devuelven al lector la certeza de ser polvo. A partir de este apartado yo escucho el canto de un hombre que defiende sus soledades, un hombre que convoca a, como dice en el primero de estos dos poemas: No solo descubrir el fuego, enamorarlo,/ darle nuestro aliento por rescoldo,/ dejar que nuestra piel se tienda a acariciarse.

Llegamos a la mitad del barrilete. La tercera bala se dispara de espaldas. Su blanco son los retratos familiares porque todo guerrero por más bravo que sea hace una escala en la casa natal. Posa sus armas en la antesala de la imagen materna y paterna. No se necesita ser el príncipe de Dinamarca para conversar con el padre, para hacerle las preguntas necesarias:

Diré palabras que te acerquen,
abran tu mirada,
llenen de sangre tus labios,
para hacer a un lado la noche que te cubre,
el día pculto en el vacío que habitas,
y me platiques cómo lo has pasado estos años,
si allá donde estás puedes dormir, si sueñas,
así repartido entre cerros, viento y luz.
Si existe una sonrisa que logre levantarte,
que te separe del polvo unas horas,
si desde la oscuridad que habitas,
logras divisar el tiempo
que vivimos juntos.

La cuarta munición es la del acecho y la exploración; la de la bravura y el llanto conjugados con la fraternidad de la calle, pero también es la bala que se dispara a los noventa grados, que se dispara al cénit para arriesgar un poco a que el viento sople y la pedrada caiga lejos. La cuarta munición de Western es el resoplido de la lágrima de madrugada, la comunión de una caricia con la estampida de búfalos, tal vez los búfalos de los excesos, excesos germinados a la intemperie donde habita un Gambusino diario y refulgen los filos de las armas. Hay en este apartado un poema que merece mención por la brillantez de su hechura: Canto. Canto es un poema dirigido al poeta mismo, al oficio de bien llevar las riendas del animal que a veces se desboca y escapa de nuestra voluntad; el arte de bien asirse a la crin, metáfora acertada del lenguaje poético, ausente voluntariamente de todo artificio que altere el trote y el libre andar de nuestro espíritu animal.

La quita munición es la que mata. El poema central de este apartado es, a mi parecer, uno de los más certeros que se han escrito sobre el binomio de la muerte y la vida. Ganas de matar y Ganas de morir son dos poemas que se unen como dos opuestos. El primer apartado se enuncia desde la visión del homicida. La cizaña pronuncia sus palabras de odio mientras nace de la polvareda, mientras germina y es vapuleada por las botas y pezuñas de caballo para buscar su venganza. Desde la inmundicia levanta la mano y reclama su turno:

Mientras tanto, espero la eclosión del día,
debajo de botas, trotes de caballo,
golpes de granizo, manos que me quiebran.
Ya levanto el cuerpo, escucho a lo lejos
pronunciar mi nombre:”cizaña, cizaña”.

Su contraparte, Ganas de morir, es el quiebre de la forma occidental sobre la muerte. El concepto de la rendición no siempre significa la derrota, pues las ganas de morir reafirman el acto del sacrificio y un “hallazgo curativo”.

Nos son una desgracia las ganas de morirse,
de reclinar la frente al fondo de la tierra
con el último brillo de los ojos.

El último disparo es el de la retirada, el de la despedida. Los tres poemas que conforman el apartado construyen un paisaje espacial que se mezcla con lo emotivo, describen a un hombre ya curtido por las arenas del desierto, a un poeta “aleccionado en duelos” que tiene una mirada alerta.

Hace un par de años descubrí lo que era el canto cardenche, una melodiosa y al mismo tiempo dolorosa interpretación vocal masculina originaria de los desiertos de Nuevo León, Durango y Coahuila. La palabra Cardenche proviene de la cactácea que cuando hiere la piel abre su punta y se divide para herir aún más al momento de extirparla.  Y a pesar de todo el cardenche es sinónimo de canto, de lirismo popular en la soledad de un árido pasaje.

Cuando vemos el conjunto de los poemas que conforman Western observamos que el leimotiv es indudablemente el dolor y la esperanza, pero es un dolor fértil en donde se reconoce la escritura de un hombre que tiene la mirada puesta en el horizonte, como una Utopía lejana que le sirve para crear un mundo a partir del trazo nostálgico del pasado y del andar a trote hacia un espacio construido en su imaginario en donde el hombre saca lo mejor de su temple para reafirmarse.

Western, de Raciel Quirino es un libro en donde el hombre verá reflejado a otro hombre, a un hombre que se levanta después de ver sangrar su boca, y el rastro se mezcla con el polvo del desierto, y donde a pesar de todo, con la boca seca, el hombre sigue cantando.

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Leonardo Iván Martínez (Ciudad de México, 1982). Es egresado de la Licenciatura en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado en las revistasPéndola, La oveja negra y en las páginas electrónicas Círculo de poesíaLa otra poesía,  Palabras Malditas y Cronopio de Medellín, Colombia.

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