Ensayo/Poesía

CIMAS LÍRICAS DE LA POESÍA MEXICANA I y II

En esta ocasión recuperamos una oportuna reflexión del poeta Alí Calderón aparecida en la revista electrónica de literatura Circulo de Poesía, en la que nos ofrece una conjetura en torno a lo que él considera la mejor y más representativa poesía de México de 1985 al presente. El gusto estético se modifica, evoluciona y recupera, de tal manera que a cada generación le toca medir el pulso a su tiempo y con esta serie de ensayos Alí Calderon acierta en algunos de los más fuertes latidos de nuestra poesía nacional.

Cimas líricas de la poesía mexicana I

A mediados de 1985, el pri perpetró en Chihuahua un fraude electoral infamante que alcanzó los más altos niveles de cinismo y generó una especie de resistencia civil y condena generalizada al Estado. Hugo Sánchez acababa de ganar el pichichi al anotar diecinueve goles y ese verano fue fichado por el Real Madrid. Into de Groove de Madonna alcanzaba el puesto de privilegio en las listas de popularidad cuando ese septiembre, un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter devastó la Ciudad de México. Un gobierno incapaz de hacer frente al desastre más una crisis económica con altísimos niveles de inflación y continuas devaluaciones más una preocupante crisis ecológica y millonarios recortes al presupuesto crearon las condiciones objetivas y subjetivas para el nacimiento de una sociedad civil descontenta que habría de transformar la circunstancia del país durante las siguientes dos décadas. Tres años más tarde se le robaría a Cuauhtémoc Cárdenas el triunfo en las elecciones presidenciales, México abrazaría definitivamente el neoliberalismo y, en algún grado, habría de debilitarse el partido de Estado. Luego, lo ya conocido: el EZLN, el enrarecimiento social de 1994, la devaluación de 1995, fobaproa, la alternancia, Fox, un nuevo fraude electoral, la guerra contra el narco, lo que sucede hoy. Más de veinticinco años, desde 1985, que cambiaron el rostro de México.

Si siguiéramos, de algún modo, al marxismo clásico cuando sostiene que la base económica y la coyuntura política influyen o inciden en la superestructura, en este caso, en la literatura, en la poesía, sería pertinente preguntar: ¿Cómo ha sido la poesía mexicana en esos poco más de veinticinco años? ¿Cuáles son los momentos de mayor brillo? ¿Qué poetas, qué obras, qué poemas son los más intensos, depurados, consistentes? En resumen, ¿qué es lo mejor de la poesía mexicana desde 1985, que comenzó a cambiar el país, hasta hoy?

En mi conjetura, para dar respuesta a semejantes respuestas es necesario partir de la hipótesis de que en toda historia literaria se advierten y son fáciles de identificar algunas cimas líricas, momentos de particular brillo: extrema conciencia formal y verdadera altura emotiva. Muy cerca de estas cimas líricas encontramos también el trabajo de poetas de gran capacidad, poemas o poemarios que marcan los rumbos de nuestra tradición, momentos si no de la más alta poesía sí notabilísimos.

Octavio Paz, cuya sombra cobija la poesía de México desde hace al menos sesenta años, debe ser natural punto de arranque de nuestra reflexión. En 1987, el último Paz publica Árbol adentro. Quizá no sea un poemario al nivel de sus colecciones más logradas, más perfectas y estremecedoras, semillas para un himno (1954), Piedra del sol(1957) y La estación violenta (1958), pero en él encontramos todavía momentos muy logrados, pulcros, con ese tono hierático, solemne, cuasi sacro, apoyado en una gran fuerza ilocucionaria, propio de su mejor poesía. Ejemplo nítido de lo anterior podría ser el siguiente fragmento de “Carta de creencia” donde el poeta manifiesta aún, amén de evidente oficio, plenos poderes poéticos:

1

Entre la noche y el día
hay un territorio indeciso.
No es luz ni sombra:
es tiempo.
Hora, pausa precaria,
página que se obscurece,
página en la que escribo,
despacio, estas palabras.
La tarde
es una brasa que se consume.
El día gira y se deshoja.
Lima los confines de las cosas
un río obscuro.
Terco y suave
las arrastra, no sé adónde.
La realidad se aleja.
Yo escribo:
hablo conmigo
—hablo contigo.

Un poema cuidado formalmente, apolíneo, diríamos. La imagen –a medio camino entre lo surrealista y lo mítico– continúa siendo la piedra de toque de una poesía que no abre ya camino hacia el mundo de las sensaciones sino, más bien, al del intelecto. Poemas donde la logopea adquiere matices afectivos. He ahí la maravilla. Todavía en este poemario, Paz visita regularmente el eneasílabo pero sobre todo dos metros clásicos como el heptasílabo y el endecasílabo para construir sus pautas melódicas.

También de 1987 es Albur de amor de Rubén Bonifaz Nuño, reconocido no sólo como un poeta muy significativo sino como formador de otras generaciones de poetas, por tanto, podría decirse que es modelo de algunas de las tendencias que sigue la poesía mexicana actual, una especie de poeta raíz.  En los poemas de este libro se mantiene el tono desgarrado que alterna tradiciones tan dispares como la grecolatina y la de la música popular mexicana, con esos giros lingüísticos propios de la norma cotidiana que tornan afectivo y próximo su discurso, dolorosamente lírico:

Tú como si nada te diviertes;
pero entristécete:
si todos sabrán que estoy quemado,
ninguno sabrá que por tus llamas.

Además de aprehender la subjetividad de la derrota amorosa, busca imprimir a sus textos cierta sal, cierta agudeza (¿resabio de su conocimiento de la epigramática griega y latina?) a través del juego de oxímoros

Mientras más mal te portas, mucho
más te voy queriendo, y porque espero
menos, me injurio y te acrecientas.
Así tuvo que ser: de tanto
que te procuré, me aborreciste;
tan sólo pesares te he dejado.

Rubén Bonifaz Nuño construye una música fundada en la combinación de eneasílabos y decasílabos (con invariable acento fijo en la quinta sílaba, innovación rítmica de este poeta) a los que inserta tres y hasta cuatro acentos rítmicos para acrecentar la intensidad emotiva y la tensión articulatoria:

En el agua escrito y en el viento
que el amor perpetuo. Sombras.
Y me quemo, y de la mejor violencia
ay, ma– te alumbro al apagarme.

El Bonifaz de esta época, todavía intenso y extremado, de raigambre confesional en una época donde se comienza a despreciar lo confesional[1], logra conmover y aún habrá de publicar, dos años más tarde, el curioso Pulsera para Lucía Méndez[2].

Desde mediados de los años setenta, los autores de la promoción –entonces– más joven, los nacidos en los años cincuenta, habían dado muestras de ser poetas más completos que los de la generación anterior. En 1976, Ricardo Castillo publicó El pobrecito señor x, ya un clásico de la poesía mexicana por la frescura de su lenguaje literario; en 1977 Coral Bracho saca a la luz Peces de piel fugaz y en 1982 El ser que va a morir, libros que la volvieron una poeta de moda; en 1979, Vicente Quirarte publicaCalle nuestra; en 1980, Eduardo Langagne gana el premio Casa de las Américas con Donde habita el cangrejo; en 1982 José Luis Rivas entrega Tierra nativa, uno de los momentos más brillantes de la poesía mexicana de la segunda mitad del siglo XX, quizá su mejor poemario. Efraín Bartolomé había publicado dos extraordinarias colecciones de poesía: Ojo de jaguar (1982) y Música solar (1984). El poeta chiapaneco había mostrado ya su enorme poder poético y en 1987 lo reafirmó con la aparición del impresionante volumen Cuadernos contra el ángel, que considero una de las cimas líricas de los últimos veinticinco años y, en general, de nuestra tradición[3].

Efraín Bartolomé emprende, vía Robert Graves, una reconstrucción de la idea de poesía. Con Gottfried Benn, piensa que el poema lírico debe ser un gran poema o no ser y sostiene, recurriendo a lo expresado en La diosa blanca, que

Estás ante un verdadero poeta cuando alguno de sus versos es capaz de erizarte los pelos de la barba, cuando alguno de sus versos es capaz de producir una corriente escalofriante, una sensación de irrealidad que aprieta tu garganta y humedece tus ojos. Un terror cósmico que nos ordena de nuevo. Los trucos apolíneos producen curiosidad, sonrisitas, ligeros asombros y, a lo sumo, deslumbramiento. Un poema verdadero produce conmoción, hace que un hombre entre en contacto con lo otro, hace que el hombre redescubra su alma  (Domingo Argüelles )

La poética de Bartolomé sí se corresponde con su práctica, con su puesta en operación.Cuadernos contra el ángel es una elegía (Las palabras de Job queman mi lengua:/ mi cítara se ha convertido en llanto/ y en voces lúgubres mis instrumentos músicos) que logra hondamente conmover, que por medio de medios lingüísticos provoca ese extrañamiento que pedían los formalistas rusos existiera en la buena literatura. Un poemario que logra conmover y deleitar, estremecer y maravillar por su estructura, por su urdimbre. Por ejemplo, el siguiente poema:

Duele
Golpea la superficie caliza de mi alma
con un turbio tropel de sal y espuma
con una erosión lenta y encerrada
Me dio a beber su vino
Puso mi corazón a levitar
como un pez en las aguas violentas de la noche
y ahora se va:
yo contemplo la lluvia que golpea
los portones de hierro y sus aldabas
Esa mujer que ardía
Que me llenó de heridas luminosas con su exceso de sol
va alejándose     hundiéndose     perdiéndose
Se va por las amargas paralelas del tren
Se va por el peralte donde la lluvia corre
Y yo quiero decirle que afuera hay un mal sueño
Que hay un perro rabioso     Que hay un viento brutal
Que llueve
Que no salga
Pero no digo nada
Contra una piedra quiebro mis dos puños
Pero no digo nada.
La luz filosa tiembla
Pero no digo nada.
Y ella es un viento que se va:
deja en mi olfato púas de azúcar imposible
deja esta piel poblada de vidrios diminutos
este engranaje negro que tritura mi corazón frutal
esta cáscara en trozos que navega iluminando el aluvión
Ella se va:
Lleva en su boca el gusto de una naranja intensa.

Bartolomé logra la poesía, el tránsito del signo al símbolo, empleando distintos medios, distintos mecanismos para alcanzar la autorreflexividad y la ismorfía, el más usual de ellos, el fenómeno de la repetición en sus diferentes formas[4]. Como pocos en nuestro presente lírico, este poeta echa mano de la isofonía en su forma de aliteración (Qué derrumbe brutal de breves pájaros envenenados) y también de paronomasia (El corazón en sombras  el sombrío  el sembrado de asombros) para generar una música que se corresponde con la intención significativa del poema: el dolor, el crujido, el quebranto del yo. Asimismo, isotaxías como la anáfora, la epifora o su combinación, la complexio, son recursos ampliamente utilizados para producir vértigo, énfasis, solemnidad, el vibrar de la máxima tensión[5]:

Yo te beso
Frente a la destrucción y el aire sucio
te beso
En el estruendo de los automóviles
–migraña del día–
te beso.

En otros momentos, Bartolomé alcanza la expresión más depurada en el trabajo delicadísimo del significante, de la forma de la expresión, de la piel del poema con un lenguaje literario que privilegia la tersura léxica, la leve densidad verbal. Esto se logra habitualmente en el empleo de sonidos fricativos suaves, líquidos y oclusivos sonoros:

Había una mujer
entre sueños goteaba su sal fina
sus filamentos de ligera luz
su murmullo de lluvia
que crecía
Abría blandos muslos la mañana
Había un leve volar de mariposas
El viento mecía aromas de manzana

Hay pasajes de esta poesía en que el poeta es capaz de llegar a la intimidad de las cosas, que aprehende la subjetividad del instante, de aquello que enuncia. Este efecto acontece, normalmente, tras el estímulo lingüístico de un metasemema o un metalogismo como la sinestesia (A estas horas / herido por la altura de la noche que avanza) o la metáfora (un grito/ lenta lanza/ atraviesa el silencio) y el consecuente poder poético de la fanopea (En mi sangre navega tu voz densa/ como un aguacero que ilumina el relámpago).

La construcción rítmica de Bartolomé es muy interesante porque visita la silva de manera velada. Alterna alejandrinos, endecasílabos y heptasílabos en lo que a primera vista pareciera ser un versículo, un verso de largo aliento. En cualquier caso, su tono es muy atractivo desde el punto de vista de la melodía y la sensación de solemnidad que produce.

La poesía de Efraín Bartolomé estremece y lo hace quizá porque apela a algunos de los valores fundamentales de la poesía: evocación, invocación, objetivación de lo subjetivo, connotación a través de matizaciones afectivas:

Estoy aquí (me palpo)
Soy como el hueso de esta carne oscura
Junto a mí duerme la mujer
(mi mano avanza lenta por su muslo dormido)
Y ella no sabe que yo estoy aquí     buscándola
buscándome
recorriendo su muslo para saber que aquí algo más empieza
algo que no soy yo    que no es la noche    y que tampoco es ella. (206)

Cimas líricas de la poesía mexicana II

En 1988, Jorge Esquinca publicó Alianza de los reinos en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, un poemario que posiblemente haya inaugurado una manera de escribir poesía en México. Se trataba de una propuesta que apelaba al tono solemne propio del verso de largo aliento y coqueteaba con una prosa pulidísima y elegante. Esta búsqueda, que continuaría en El cardo y la voz (Premio de Poesía Aguascalientes 1990), alcanzó momentos de gran brillo, uno de ellos en el poema “Parvadas”, muy posiblemente su mejor poema. Su fragmento IV dice:

Una temeraria avidez circula por la sangre de estas aves agoreras.
Una secreta sabiduría alimenta la sonrisa de la muchacha que amo.
Y el verano se ofrece pródigo, como su cuerpo, al alcance de la mano…
¡Y es el verano quien aclara en sus ojos el agua pura donde las aves acuden
deslumbradas!
Y mi muchacha se abre como el mar abierto del verano, y recoge en su seno la
única palabra que rompería el encanto.
¡Pues el cuerpo de mi muchacha es más cierto que el día!
Y mi deleite es mirarla chupar una naranja en los huertos vecinos de la infancia,
Y es también el aroma de su axila, la liviandad de sus pechos diminutos, el tono
más terso de su voz cuando dice la palabra…
Muy alta es mi muchacha bajo el árbol profundo del verano.
Y sólo el hombre con alma de extranjero sabrá de las más tibias provincias de
su reino.

Esta búsqueda de la elegancia en la expresión pareciera que tiene su origen en el trabajo de la forma que distinguió a la poesía francesa de la segunda mitad del siglo xix, de algún modo también en la reinterpretación del artificio modernista y en el seguimiento de valores como la mesura, la precisión y la cadencia en narradores como Rulfo y Arreola, por ello, en algunos momentos, he llamado a la tendencia que inaugura Esquinca, “prosa de Guadalajara”[6]. Esta poesía alcanza lo literario en el terreno de la autorreflexividad, es decir, en la capacidad de los poemas de atraer por su propia forma, gracias a su estructura. Esta preocupación extrema por la forma de la expresión se caracteriza por la intencionalidad estética de construir un tejido lingüístico delicado. Esa intencionalidad se advierte en la manipulación del signo para elaborar un discurso uniforme que enfatiza o resalta ciertas posibilidades expresivas de las palabras como una textura tersa y ligereza en cuanto a su densidad. El trabajo de Jorge Esquinca es, sin duda alguna, uno de los momentos de mayor limpidez en la poesía mexicana de los últimos veinticinco años, modélico para escrituras epigonales como la del mejor Ernesto Lumbreras, por ejemplo. Sin embago, considero también que sus últimos libros carecen de la tensión y la altura técnica de los que aquí refiero, al grado repetirse en una fórmula sin tensión, aunque de algún modo efectiva.

También de 1989 es Tabernarios y eróticos, de otro de los poetas raíz de la tradición mexicana: Eduardo Lizalde. Se trata de un poemario de corte epigramático que continúa con gran fuerza esa poesía que quizá reintrodujo en México Ernesto Cardenal, en 1961, al publicar sus Epigramas en la unam, acompañados de traducciones de Catulo y de Marcial. En el caso de Lizalde, los poemas de Tabernarios y eróticos continuaban la poética desarrollada en su poemario capital El tigre en la casa (1970). Se trata de poemas en donde la sorpresa y la baja predictibilidad, acontecen a cada instante. Desensibilidad viril, esta poesía apela a una expresión formal, desde el punto de vista fonético, agreste y violenta (gracias a esa combinación de oclusivas y vibrantes), a ciertas ambigüedadades, a referencias intertextuales que permiten el desvelamiento del sentido. Se trata de poemas que funcionan gracias a la sal de los viejos latinos y que logran su cometido: la emergencia del humor. Para muestra, el paradigmático “Bravata del jactancioso”:

No soy bello, pero guardo un instrumento hermoso.
Eso aseguran cuatro o cinco ninfas
y náyades arteras –dijera el jerezano–,
que son en la materia valederos testigos
y jueces impolutos.
Dice alguna muy culta y muy viajada
que debería fotografiarse
mi genital ballesta en gran tamaño
y exhibirse en el Metro,
en vez de esos hipócritas anuncios
de trusas sexy para caballeros.
Y agrega que esta lanza de buen garbo
–son palabras de ella–,
de justas proporciones y diseño maestro,
debería esculpirse, alzarse
en una plaza de alta alcurnia,
un obelisco, tal el de Napoleón en la Concordia,
o la columna de Trajano
en aquel foro que rima con su nombre.
Yo no me creo esas flores,
pero recibo emocionado el homenaje
de todas estas niñas deliciosas.
Yo celebro.

Esta tradición epigramática ha entregado excelentes textos en los últimos años. De ahí que resulte imprescindible recordar en este punto, por supuesto, a José Emilio Pacheco, a Héctor Carreto y a Félix Suárez, por mencionar a algunos.

En 1990, David Huerta, hijo de Efraín y favorito de Paz, publicó su mejor libro de poesía: Historia. No se trata del todo, como en Incurable (1986), acaso su volumen más conocido, de un encadenamiento de imágenes fáciles que hablan de todo pero nada dicen, donde el circunloquio, la glosa y la digresión en lugar de funcionar como vehículos expresivos eficaces entorpecen el discurso. Si bien la poesía de David Huerta nunca tuvo el máximo brillo, sí fungió como guía para los poetas que se estaban formando alrededor de los años noventa. Por ello es muy importante detenernos en su trabajo. En Historia hay momentos sobresalientes por su tempo narrativo rápido, una cadencia rítmica que no pocas veces bimembra el verso y da cuenta de la formación clásica del poeta. En ocasiones, la isofonía que utiliza Huerta produce violencia (por qué romperse en las ramas rasguñar esos níqueles / con qué objeto salarse mancharse darse dolor o darse ira), otras veces delectación (sé que ves en mi boca los dulces envenenamientos del beso). Podemos mostrar el siguiente poema para dar cuenta de su estilo de construcción:

Veré cómo el fuego inunda la tiniebla
y el modo angélico en que tu cuerpo nace de mi cuerpo.
Nada seré en la sombra para ti sino
el hambre celestial de mis miembros y el furor dulce
de mi ansia, brillando en la pradera de la alcoba.
Apenas un dibujo de sangre sobre tus piernas, una sed,
un cuchillo, un lobo metafísico. Un sueño
sobre las doradas pantallas del amor, vibrante.
Tú te convertirás en una sílaba de mi pecho,
Tus delgadas facciones recorrerán el cielo de mi boca.
Seremos semejantes hasta el dolor, mujer hombre
saciados y contritos, inclinados
hacia el reflejo de la tierra fecunda
que los sostiene. Verás cómo el fuego me cubre, cómo
la oscuridad se esconde en los pliegues de la luz…
La enormidad de la noche es una anécdota sucia,
una esencia que va convirtiéndose en apariencia.
Te digo que somos más grandes que la noche, que ahora
sólo basta nuestro murmullo para que el fuego
entre aquí, llene todo esto, nos inunde. (Huerta 51)

En otros momentos, cuando se refiere la angustia y la fragmentación, el desgarramiento, se desquicia poco a poco el verso y se tensa en encabalgamientos ora suaves ora abruptos con el inherente trastocamiento de la sintaxis y la semántica, asegurando, de este modo, ese decir extraño, diferente, escandaloso que requiere la buena poesía:

Soy el viudo
que aprieta los dientes en Coyoacán desfigurado, que
se mesa el cabello, no sabiendo, memoria más tensa que la muerte
y agregaciones por los cadáveres y las muecas de quién. (57)

David Huerta es extremoso. Podemos encontrarle versos fáciles, anómalos semánticamente, imágenes vacías de sentido, una verborrea intrascendente al propio tiempo que le leemos imágenes novedosas y muy llamativas (vislumbraré tu latido de rosa en la roca del mundo silenciado / esa manera tuya de aparecer con un relámpago en cada comisura). Al inicio de la última década del siglo xx, la poesía de Huerta ejerció una influencia notable sobre numerosos poetas entonces jóvenes, al grado de ser reconocido por ellos como  un maestro.

Desde su primer libro, Eduardo Langagne se mostró como un poeta potente, como una de las voces que con buena poesía marcaron el ritmo primero de su generación y luego de la poesía mexicana. Donde habita el cangrejo rápidamente se convirtió en referencia básica. Hacia finales de la década de los ochenta, apareció uno de los poemarios fundamentales de su bibliografía, Navegar es preciso (1987). A inicios de los años noventa, publicó colecciones muy sólidas como …A la manera del viejo escarabajo (1991) y Cantos para una exposición (1994). Langagne ha construido una obra consistente que no se cae de un libro a otro. Su  estilo privilegia la elaboración de melodías y estructuras poéticas que, mediante la meditación poética, alcanzan lo connotativo, ese algo que es la poesía y corre, invisible, paralelo a las cosas. Como ejemplo de lo anterior, el siguiente poema, “Juego”, en el que se devela una cálida ternura y cierta filosofía que sustenta lo poético:

Mi pequeño Pablo
sonríe con el niño del espejo
al descubrirlo.
Agita los brazos
y grita
ante la perfecta copia de su imagen.
No sabe nada del reflejo,
no adivina que el pequeño a quien sonríe
pudiera ser él mismo.
Por su parte,
el Pablo reflejado en el espejo
se mira en los ojos de Pablo que lo mira
y se refleja en los ojos
del que se refleja en los ojos
del que se refleja.
¿Pero cuál de todos estos niños
es el mío?
¿Quién es mi Pablo de entre los innumerables reflejados?
A veces la pupila indica
con un brillo peculiar
quién es el verdadero.
Al observar detenidamente
comienzo yo también a repetirme.
Hasta que ambos existimos solamente en el espejo
y los de afuera se sorprenden
de su exacto parecido con nosotros. (Langagne 67)

Se ha repetido hasta el lugar común que la crítica y los estudios sobre poesía mexicana son pobrísimos y limitados. Nunca fue más cierta esa idea que cuando abordamos el caso de Abigael Bohórquez. Poetas, críticos y académicos deberíamos sentirnos avergonzados por no haberle sabido dar el lugar que merece en nuestra tradición. Ejemplo claro de lo anterior es el hecho de que su trabajo no ha sido recogido por prácticamente ninguna antología de poesía mexicana. Nacido en 1939 y muerto en 1996, Bohórquez, “poeta de poderosa y macha poesía” como afectivamente lo llamó Efraín Huerta, es uno de los más intensos de nuestro siglo xx. Al menos desde Las amarras terrestres (1969) había ofrecido una poesía madura, muy personal, intensísima.Navegación en Yoremito (1993) y Poesida (1996) son momentos casi insuperables de la poesía mexicana. En él encontramos, sin duda, otra de nuestras cimas líricas.

Su poesía es una especie de escándalo del lenguaje, un decir que no sólo se aparta brillantemente de la norma lingüística sino que es, también, altamente emotivo y vertiginoso. En sus poemas asistimos a una puesta en operación de la lengua que retoma la fuerza del arcaísmo y aún construcciones sintácticas propias de los siglos de oro y la edad media. A lo anterior incorpora sorprendentes neologismos, no vacila en el uso de palabras o estructuras de ese dialecto parasitario, variado y vivo que es el slang o la castellanización de vocablos en inglés. Lo anterior, dispuesto sintagmáticamente por una inteligencia aguda e ingeniosa, genera un complejísimo tejido verbal que resulta sumamente atractivo no solamente por el extrañamiento que causa sino por su lirismo, por el tratamiento del tema homosexual. Su música es intrincada, con una especie de candorosa aspereza que se suma al ritmo que impone la silva, visitada no pocas veces por él. Ejemplo de lo anterior es el poema “Aquí se dice de cómo según algunos hombres han compaña amorosa con otros hombres”:

De amor échele in oxo, fablel’e y allégueme;
Non cavules, –me dixo– non faguete fornicio;
Darete lecho, dixe, ganarás tu pitanza.
La noche apenas ala, de cras en cras cuerveaba
sus mozos allegándose a buscar la mesnada.
Vente a dormir en mí, será poca tu estada,
desque te vi me dixe, do no te tocan, llama,
do te tocan, provecha, cualsequier se vendimia.
Y “andó” –que es de salvajes–: anduvo, anduvo, anduvo;
Non podía a tod’ora estar allí arrellanado.
El mes era de mayo, así su devaneo,
el calor fermosillo fermoseaba su estampa.
Más tarde y más se quema cualquier que te más ame
–le dixe–, folgaremos como’l fuego y la rama.
Entonces preguntome –entendet la palabra–:
¿cuánto dáis? Y le dixe: cuanto amor te badaje,
que el que ha los dineros siempre es de sy comprante,
muestra la miembresía, non enseñas non vendes.
Ay, vivo desdentonces empeñando la tynta
y muchos nochariegos afanes hame dados
bien cumplidas las nalgas de aquestas culiandanzas.
La cueva noche arrea ovejas descarriadas.
Yo pastoreo ovejas
con aparejamiento. (Bohórquez 352)

El libro póstumo de Abigael Bohórquez, Poesida es doloroso, escrito desde una sentencia de muerte. Sus giros lingüísticos así como la sorpresa que nos asalta, verso a verso, en el corazón contrito, son sólo uno de los indicadores de la calidad de esta poesía:

Cuando ya hube roído pan familiar
untado de abstinencia,
y hube bebido agua de fosa séptica
donde orinan las bestias;
y robado a hurtadillas
tortilla y sal y huesos
de las cenadurías;
y caminado a pie calles y calles,
sin nómina,
levantando colillas de cigarros;
y hubime detenido en los destazaderos
ladrando como perro sin dueño,
suelo al cielo, mirando a los abastecidos.

Cuando ya hube sentido
en pleno vientre el hueco
resquebrajado y yermo
del hontanar vacío,
y metido las manos a los bolsillos locos
y, aún así, levantando la frágil ayunanza
del alma en claro,
me conformo, me he dicho:
Dios asiste, y espero.

Cuando ya hube saboreado
sexo y carne y entraña.
y vendido mi cuerpo en los subastaderos,
cuando hube paladeado
boca, lengua y pistilo,
y comprado el amor entre vendimiadores,
cuando hube devorado
ave y pez y rizoma
y cuadrúpedo y hoja
y sentado a la mesa alba y sofisticada
y dormido en recámara amurallada de oro,
y gustado y tactado y haber visto y oído,
me conformo, me he dicho:
Dios asiste. Y camino.

Cuando ya hube salido
de cárceles, burdeles, montepíos, deliquios,
confesionarios, trueques, bonanzas, altibajos,
elíxires, destierros, desprestigios, miseria,
extorsiones, poesía, encumbramientos, gracia,
me conformo, me he dicho:
Dios asiste. Y acato.

Por eso, ahora lejos
de lo que fue mi casa,
mi solar por treinta años,
mi heredad amantísima,
mis palomas, mis libros,
mis árboles, mi niño,
mis perras, mis volcanes,
mis quehaceres, la chofi,
sólo escribo a pesares:
Dios me asiste.
Y confío.

Y de repente, el SIDA.
¿Por qué este mal de muerte en esta playa vieja
ya de sí moridero y desamores,
en esta costra antigua
a diario levantada y revivida,
en esta pobre hombruna
de suyo empobrecida y extenuada
por la raza baldía? Sida.
Qué palabra tan honda
que encoge el corazón
y nos lo aprieta.

Afuera, al sol,
juguetean los niños, agrio viento,
con un barco menudo
en mar revuelto.

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[1]  Eduardo Milán, habrá de ponderar la idea de la desaparición del “yo poético”. Ha sostenido que “la poesía actual es el imperio de la anécdota, el imperio de la confesión que trata de convertir al lector en un sacerdote de domingo”.

[2] En ese tiempo, Lucía Méndez había protagonizado la exitosa telenovela El extraño retorno de Diana Salazar, Televisa, 1988.

[3] No pocas veces se ha devaluado la poesía de Bartolomé acusándolo de ser un poeta grandilocuente. Evodio Escalante, por ejemplo, con sorna, escribe que “Efraín Bartolomé, sería el ejemplo más contundente de un poeta que basa toda la eficacia de su verso en la enunciación personal. A Efraín Bartolomé le habla directamente la diosa de la poesía, y él lo único que hace es seguir su dictado”. Y continúa: “Confieso que a mí me satura y me cansa esta poesía egocéntrica, que radica su presunta eficacia en las inefables epifanías de un yo que por lo visto nunca corre riesgos”. Es un asunto de poéticas, por supuesto, amén de que la molestia del crítico posiblemente sea más bien con el personaje que con sus poemas.

[4] Según Iuri Lotman, “puesto que todo texto se forma como la ligazón combinatoria de un número limitado de elementos, es inevitable la presencia de repeticiones en él”. En ese marco, “ninguna de la repeticiones se presentará como casual respeto a la estructura”.

[5] Otro fenómeno de la repetición usado por el estilo Efraín Bartolomé, por esta inteligencia de construcción, es el paralelismo, que genera también solemnidad y tono creciente: Todo el dolor que hierve en el oscuro corazón terrenal / Todo el dolor que ahora quema mi boca.

[6] Mario Bojórquez introduce el término “prosa de Guadalajara” para dar cuenta del estilo con que escribían los poetas siguiendo a Esquinca. Lo define de la siguiente manera: “La prosa de Guadalajara que recupera con fortuna el aporte de tres autores fundamentales de la narrativa nacional: Agustín Yánez, Juan Rulfo y Juan José Arreola, con vínculos concretos hacia ciertas maneras francesas de expresión posteriores a las vanguardias, como el poema objeto, y que en su vertiente más pura refiere a la tradición oriental de la poesía tan cara a Paz y sus seguidores”. En algún punto, la poesía de la prosa de Guadalajara se identificó con “la poesía del lenguaje” y posteriormente con “el neobarroco”, y aún con la poesía de corte experimental, al grado de que además de asimilar una estética aparentemente común urdió a su alrededor una red de poder cultural que aseguró para sí distintos medios de legitimación literaria como asignación de recursos institucionales, publicación en las editoriales y revistas de mayor prestigio, etc.

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Alí Calderón (D.F., 1982) es poeta y crítico literario. Maestro en Literatura Mexicana. En 2007 recibió el Premio Latinoamericano de Poesía Benemérito de América. Fue merecedor, en 2004, del Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde.  Es autor de los poemarios Imago primaSer en el mundo y De naufragios y rescates; del libro de ensayos La generación de los cincuenta y coordinador de la antología La luz que va dando nombre 1965-1985. Veinte años de la poesía última en México. Fue recientemente antologado en Poesía ante la incertidumbre, editado por Visor.

2 pensamientos en “CIMAS LÍRICAS DE LA POESÍA MEXICANA I y II

  1. Un caso injusto, a la par de Bohórquez, es el de Miguel Guardia. Abigael es un poeta de culto y, de cierta manera, pareciera que hay ya un hálito por ensalzar al poeta caborquense, sin que la poesía de Guardia corra la misma suerte. ¿Qué piensan? ¿Acaso no es Guardia un poeta de voz esplendorosa? Su poesía tiene fuerza y, sobre todo, su lenguaje revela el dolor de los que andan a pie. Ojalá podamos inaugurar una ventana al estudio de la poesía Guardiana.

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