Crítica/Ensayo/Libros/Poesía

LA ANÉCDOTA NO ES SUFICIENTE

Acapulco Golden
Jeremías Marquines
Era-INBA-Instituto Cultural de Aguascalientes
México, 2012
80 p.p.

por Marco Antúnez Piña

Del poeta se espera un ebrio selectivo del lenguaje, no un borracho patológico. Las palabras que lo embriagan contagian goce, dolor, ideas o desatino descarado: un oficio de cínicos. Y que brille la personalidad en los versos. Pound aplaudía de Eliot su facilidad para agrupar habla cotidiano, ironía y referencialidad. Pero acotaba: “en cuanto procuremos reducirlo –aun sólo fragmento– en una fórmula, no faltará quien, carente en absoluto de sus aptitudes, tratará de hacer poesía con su método. Y ese ‘alguien’ –ni hace falta decirlo– fracasará como un chapucero”.
El juicio de Pound aplica a quienes dependen de glorias estilísticas pertenecientes a patriarcas que, por azares estéticos, se transforman en modas. Francisco Hernández, por ejemplo, desde Moneda de tres caras (1994) ha heredado una “fórmula” cuya imitación redunda en libros que no añaden nada nuevo ni equiparable a sus logros. Y Acapulco Golden (2012) de Jeremías Marquines (Villahermosa, 1968), el reciente Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2012, precisamente lucra con esta fórmula sin resultados favorables.
La estructura de Acapulco Golden es la que Hernández ha explotado en sus últimos títulos: el personaje histórico (¿histérico?) como materia del poema; la recreación de discursos que personalicen al protagonista en una instigación constante a los sentidos; la convivencia de historias ejemplares, paralelas a la visión actual del poeta, que interactúan con un tercero imaginario que signa un destino pesimista, inscrito en interpretaciones íntimas; y el juego de paralelismos biográficos. Marquines se suscribe a la ficción para glosar y asume la voz ilusoria de un Malcolm Lowry que pasa dos semanas en Acapulco. Es decir, el mismo ingenio de Hernández como pivote, lo que se antoja atractivo. Pero aun así, Acapulco Golden no deviene en una obra con personalidad propia.
El recurso sistemático que calca Marquines predispone al morbo de revisitar (con dejo novelesco) a una figura emblemática. Ahí el acierto: un buen speech que atrapa al lector, sumado al desafío del molde probado, producen una buena carnada. Incluso funciona para encubrir la falta de destellos autónomos más allá del preciosismo (“Si pudieras oír como yo el ruido de las cosas que se caen: / la escarcha de las lágrimas en un rostro pálido”), la cursilería (“una parte de ti quería llorar. / Esa parte sin lágrimas que suena /como un instrumento ahuecado. / Esa parte de ti que te imita / en busca de un destino, una casa, / una mujer o un perro. // Esa parte de ti quería llorar”) y el lugar común (“Tal vez voy a morir pronto”; o “Busco encima del humo mundos olvidados”; o “Tengo la cabeza envuelta en trapos, la sensación de que nadie me mira”; o “la historia del mundo” y un larguísimo etcétera de frases prefabricadas) que baña las primeras páginas.
Una vez asumido el reto, procede, con una confección fabril, a imitar la sinestesia de Hernández en De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (1988) y sentencias que recuperan el fraseo de Habla Scardanelli (1992). Sí, la poética de Hernández es una buena tramoya para trascender el categórico de la anécdota sin quebrarse la cabeza con finezas técnicas, pero Acapulco Golden persiste sin autosuficiencia en la versificación. Sus construcciones incomodan por un diseño cándido que no unifica en ritmo los comentarios marginales, sino que aspira a la pompa para impresionar a un lector complaciente:

La última noche de la vida es la más larga.
Es como si estuvieras esperando algo
y luego como si volvieras a no esperar.

El libro se divide en dos partes para justificar su argumento y soltar estos grandes universales a granel. La primera parte narra la estancia de Malcolm Lowry en un hotel de Acapulco en el año de 1936 durante dos semanas. Tiene a su vez dos discursos que conviven como cajas de texto paralelas: un diario donde se apuntan frases, variaciones y alteraciones del discurso de Lowry –y agregados– que se ajustan a la obra. El otro discurso se construye a partir de la interiorización que Marquines hace de estos episodios anecdóticos. Mientras que la segunda parte (“Epitafios al margen”), basa su esencia en la recurrencia de poemas marginales póstumos; una especie de insistencia en el mismo boceto de Lowry tras el trance playero, pero aquí asumido como algo aún más entrañable —dominante en los poemas “Instrucciones para escribir estando borracho” y “Efecto de escribir estando borracho”. Y como telón, una nota aclaratoria que habla más de la genealogía que el autor se autoimpone, que del libro.
Uno se queda a la espera de que se traspase el umbral del argumento. Pero nunca se aleja de la visión llana que dribla entre lo ficticio y la biografía reinventada; no hay persistencia entre el mito (la vida y obra de Lowry) y la realidad (el apunte al margen y los poemas personales). La dualidad que se espera al derivar un presente a la luz del pasado, al estilo de Plutarco en Vidas paralelas (un libro, no un “recurso literario” como aduce Marquines en su “Nota necesaria” y en entrevistas recientes), se enfoca en pictogramas inconsistentes. Y en lugar de alcanzar el horizonte del palimpsesto, se enmudece en el mero comentario ditirámbico:

Cuando Malcolm Lowry escribe,
la única lámpara que alumbra
es la del infierno.

También resulta vigente la ausencia de sonoridad –la sordera es su estilete favorito en verso libre y prosa– y la abundancia de iconografías incoherentes y trilladas con afán descriptivo –del afuera (simple y predecible) y del espíritu (cursi y predecible)–: “Los poetas tienen la mala costumbre de mear contra el ocaso mientras meditan sobre la palidez de la mañana”; “Las nubes pasan por el retrovisor envueltas en ropas que cuelgan melancólicas en los patios, junto al óxido que busca sus recuerdos”; “Estás tumbado en la playa, hay perros tumbados junto a ti”; “Abres los ojos donde empieza el mundo”, y demás figuras retóricas que dan prueba de su mayor confusión: cree que un elemento “poético” es poesía. Y de pronto, en ese mar de sinapismos, un Acapulco de los años mozos y burgueses con visos freudianos, de factura principiante:

El mar de Acapulco es como mi padre:
Todas las mañanas me dice: ¡márchate si quieres!
Mientras cabalgo por un sendero de arenas movedizas,
entre una hierba negra que corta los labios.

Con el amparo de la extrañeza –patrimonio de una literatura arraigada al sinsentido lerdo, no al barroquismo–, la sorpresa de sus imágenes reta al patético del tópico, se despeña del trópico y pasa por agua al “surrealismo” (sí, con comillas):

Mojas en mezcal la uña de un gallo negro y escribes un versículo largo como tus delirios.
Un bebé monstruo sonríe en una playa oscura.
Remolino de pájaros mágicos entorno a un faro.
Semillas de tamarindo, brillantes, como una sirena.
Botellas que guardan estruendos y palpitaciones lejanas.
Los pelícanos tienen las ansias de una legión de locos; empujan nubes a picotazos.
Te quitas la camisa para asustarlos;
se hunden en los truenos.
La escritura es una marea que jamás tocan las orillas.

Y se complica el contenido del texto a falta de complejidad formal. Una mascarada ruda y decadente encubre la falta de tema, fondo, ideas y tesón lírico:

Entiendes que Acapulco está hecho de siluetas y conversaciones viejísimas. Chocas con las sillas. En un rincón, las risas de las putas tachonan las paredes con capullos escarlatas.

En El ojo es una alcándara de luz en los espejos (1996) –equívoco en el alfabeto que le da sentido, inteligente en sus intenciones–, De más antes miraba los todos muertos (1999) –el más orgánico de todos– y Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro (2002) –primera aparición de Malcolm Lowry en su imaginario y el último título legible de Marquines–, existen momentos donde se anticipa una catástrofe que puede prosperar en proyecto poético. La apuesta de Marquines: la ficción debe salvar la credibilidad del texto. Pero la anécdota no es suficiente. La inmadurez de sus ocurrencias no ha sabido transformarse en una idea sólida, en una poética disruptiva —imagino a eso aspira. Ahí el problema de asumir como suya una tradición basada en la grandilocuencia y la oralidad de la rebeldía tan Bukowski, y luego tomar un molde de otro autor –Hernández– sin intención alguna de sumarle su propio garbo. En fin. Un libro más para este premio que ya no es capaz de sorprendernos con un hallazgo literario desde hace tiempo.

_____________________

MARCO ANTÚNEZ PIÑA (Xalapa, 1984). Licenciado en Filosofía. Ha sido becario del FOECA y el FONCA en la categoría Jóvenes Creadores, la disciplina de Ensayo Creativo. Ha traducido, del inglés y el italiano, a Lydia Davis, Julia Blackburn, Grace Paley, Edward Gorey, Czeslaw Milosz y Leszek Kolakowski entre otros. Ha colaborado con ensayo, poesía, reportaje, reseña y traducción en en diferentes publicaciones nacionales. Su trabajo ha sido publicado en los libros La línea de sombra. Ensayos sobre Sergio Pitol (2009), Panorama de poesía mexicana (2009) y Apuntes para un blues (2012). En próximas fechas saldrá publicado su primer libro de poesía Del aura estrella (Instituto Veracruzano de Cultura, 2012). Actualmente es editor de la revista de negocios Entrepreneur.

14 pensamientos en “LA ANÉCDOTA NO ES SUFICIENTE

  1. Antúnez es un hombrecito envidioso y dolido. Critica la obra de un poeta de tan variados recursos como Marquines, cuando este muchachito es incapaz de ponerle un buen titulo a su libro mas reciente, habla de cursilería escribiendo cursilerías, vaya critica.

    • Pero, ¿cuál es tu crítica a la crítica de Antúnez? Yo la leí y me pareció buena. Es más, sin decirlo, conincide conmigo en el hecho de que Jeremías es un inicástico: Muchas vueltas, muchas adjetivos, muchas máscaras…

  2. DEL COMENTARIO DE PEDRO TORRES RESPECTO AL RESEÑISTA

    Estimado Pedro Torres, agradezco la atenta lectura a la reseña. Por lo común no contesto a imprecaciones sin sustento, pero me tomo la molestia de hacerlo porque podría resultar en un ejercicio interesante. Procederé esquemáticamente:
    a) De si Antúnez es o no un hombrecito envidioso y dolido. Envidioso no en la acepción del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, aunque quizá un poco en el sentido práctico que suele dársele cuando los padres dicen: “No seas envidioso, comparte”. Visto así, y haciendo justicia a la máxima de Wittgenstein de que el lenguaje se construye por su uso, envidioso a veces. Por ejemplo, no comparto mi cepillo de dientes, mi shampoo, mis anteojos graduados, mi cortauñas, mi pareja, mis calcetines, mis órganos, mi teléfono ni mi salario. Lo admito. Hay cosas que no estoy dispuesto a compartir. Ahora bien, si se refiere al pesar del bien ajeno, lo dudo. Y menos aún si se trata de el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2012, ya que no postulé para ese premio ni ninguno de los otros que ha ganado Jeremías, lo cual me parece laudable. Implica rigor y disciplina. Denota esmero por validar su escritura en el sistema económico que Díaz-Ordaz y Carlos Salinas de Gortari tuvieron a bien diseñar: la manutención del Estado para el artista —una obligación que considero legítima, pues el Estado precisamente debe garantizar el crecimiento del acervo cultural de una nación. Me alegra que Jeremías Marquines, quien en De más antes miraba los todos muertos –que, sostengo, es su mejor y más unitario libro– y Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro –que tiene, además, los mejores versos del autor– ha dado pruebas de entender qué es la poesía y su función en el mundo libresco, obtenga reconocimiento e incentivos para seguir escribiendo. Me parece natural y honrado, ya que me imagino que sólo aplica en busca de premios por el dinero que conlleva, no porque desee lucrar con ese burdo escancio de prestigio. Es más: felicito al autor por ganarse el premio. Lo que no celebro, es el libro. Por otro lado, dudo que un servidor esté dolido. Tal vez del estómago y la garganta desde el domingo, pero no más. Ni el señor Marquines ni ninguna instancia que otorgue premios me han desairado u ofendido hasta ahora. En tanto lector, sólo la obra sometida a crítica me ha causado molestias.
    b) De si Marquines es un autor de variados recursos. Para empezar, si hablamos de poesía, suponemos que el autor tiene talento. Tiene talento y conocimiento de la materia. Y dado que se trata de alguien que trabaja con el lenguaje poético, la retórica y la poética no le son desconocidos y, aunque así lo fuera, resultan inherentes en una obra poética. Por lo que si hay símiles, metáforas, metonimias, anticlímax, métrica (bueno, eso no hay en Acapulco Golden, pero podría) y otras aliteraciones, etcétera, pues bien, es una necesidad natural de toda obra, no un acierto per se. Lo que critico es la ejecución de esos recursos, que me parece demasiado básica y dependiente de otros autores que de sus propias pericias técnicas y potencias líricas. No ataco al autor, aunque admito que el libro me causó tantas molestias durante la lectura por las múltiples fallas e insuficiencias, que no pude evitar un lenguaje agresivo. Me salió el punk que llevo dentro. Sorry por eso. Por eso sé que terminaré dancing with myself (oh-oh!). No repito los argumentos de la reseña. Sólo espero que quede claro algo: 1) el uso de tal o cual recurso no garantiza la calidad, bondad o impacto de una obra; 2) la obra se valora por sus aportaciones concretas a una cultura, ya por LA MANERA de emplear los recursos estilísticos y sus consecuencias entre lectores y asociados (por ejemplo, el modo de escritura de José Carlos Becerra u Octavio Paz, que se imita tanto), ya por el impacto que tiene en el medio en que se desarrolla (por ejemplo, el mingitorio de Duchamp); 3) La imitación de una obra –la copia– sólo vale como propia en tanto no es calca, sino asimilación de una forma (por ejemplo, José Luis Rivas en Tierra nativa). Si hay acaso algún recurso que Jeremías Marquines emplee de una manera especial y no lo detecté, me interesaría sobremanera que me lo señalaran para atender su aportación. (Gracias.) En ocasiones, hay elementos que pasan desapercibidos para un crítico. Además, no apelo a que el autor escriba libros raros, tradicionales o complacientes. Antes de escribir una reseña, procuro comprender qué quiere hacer el autor y hasta dónde le salió bien ese proyecto. No asumo, sólo porque sí, que contrastarlo con libros parecidos sea el primer paso —a menos, claro, que el parentesco sea evidente.
    c) De la cursilería que embarga al reseñista. Lo admito: soy cursi. Y no lo oculto. Es más, lo evidencio y a veces me burlo de mí mismo por ello. Lo asumo como algo importante para ciertos proyectos personales, pero procuro dosificarlo y no caer en la grandilocuencia, la pompa ni el estrabismo poético. Actúo en consecuencia y por ello, censuro cuando suele pretende disimularse la cursilería con versos donde, para apaciguar aires de elegancia no propios del autor, aparecen palabras como putas, imágenes burdas, escenarios decadentes y demás, sin ironía, sino como parte de un carácter agridulce donde se busca refinación a través de tópicos poéticos. Eso es lo que me enerva: el autor no se decide ni siquiera a sostener su cursilería; o bien, no se mofa de ella; o ya en un afán de retar a la poesía contemporánea, llevar al extremo la cursilería.
    d) De si el título del primero libro es malo y la relevancia de este punto con respecto a la reseña. No puedo opinar al respecto del título de libro. Implicaría que pretendo defender el acto de mi escritura a posteriori, no a priori. Ya lo veré reseñado y diré: “Oh demonios, ¡Pedro Torres tenía razón!” Lo invito a hacer el ejercicio y mostrar (y demostrar) el punto del título. Por otro lado, no veo cómo esto favorece a Acapulco Golden o desfavorece a mi crítica. Esa parte no la comprendo sino como una falacia ad hominem fuera de lugar, pero bueno, espero que todo salga bien con este libro, el primero y el más adolescente de un servidor.
    e) De cómo el autor espera respuesta del que suscribe el comentario a la reseña (es decir, Pedro Torres). Primero: por favor, procurar no dirigirse a mi persona, sino al desempeño de la nota. Segundo: favor de argumentar con detalles respecto a la obra que se somete a análisis. De otro modo esto no será debate, sino querella con tintes políticos. Y me temo que ya tuvimos suficiente de eso con el pelmazo de EPN, la incapaz de JVM y un lento y cada vez menos astuto AMLO en los debates, spots y demás lindezas que nos ha regalado el aparato mediático del Estado. Por supuesto, agradezco mucho la lectura de la reseña y el comentario. Salud —Oz.

  3. Buena reseña, carnaval. Me sorprende que haya salido publicada en este sitio, con una marcada afinidad a ese tipo de poéticas (más que estrechas).

    Abrazos.

  4. A ver sr. Antúnez, lo veo muy brabucón. ¿Me podría explicar a qué llama usted “tesón lírico” y el punto que considera medio (si es que le entendí bien o, mejor dicho, usted se supo expresar correctamente) para que lo cursi sea aceptable? Digo, para mí esos versos “cursis” que cita de Martínez son buenos versos, y me gustaría saber cómo es posible que usted sea tan duro con ellos pero después asuma la cursilería como algo válido para su propio discurso poético. Y luego, me gustaría que pusiera uno o dos ejemplos de eso que llama “sinsentido lerdo” y “surrealismo entre comillas” y sus diferencias con barroquismos. Además, ¿está seguro que esa forma de escritura proviene de Francisco Hernández? No entiendo cómo el sr. Alejandro Albarrán puede decir que esto es una buena reseña cuando desacredita un premio con tanta tradición lírica. No lo entiendo. Ojalá me puedan aclarar de dónde proviene toda esa marrullería que escribió el muchachito Antúnez, por favor. Gracias y, del mismo modo que él exige respuesta de Pedro Torres, yo también le pido que se tome la molestia de contestarme, él y su “amiguito”, ya que a los que vienen de Xalapa les da por ponerse medio pesados, pero sus argumentos suenan muy groseros y difíciles. A ver, quiero ver si muy gallitos.

  5. Hola Pete, un gusto. Perdón por el tono brabucón, soy de Veracruz y lo jarocho no me sale en vivo (soy tímido); pero cuando escribo cometo este tipo de felonías. Intentaré ser claro en mis premisas —espero sí parecerte templado en este punto.
    Para empezar: tesón lírico. La palabra lírica causa problemas por el excesivo manoseo que se ha dado de su versión más popular y extendida: expresión de sentimientos interiores del autor a través de paisajismo y emocionalidad con un objeto de inspiración determinado —un acercamiento tradicional y fácil de asimilar que hace poco me recordó el poeta José Homero en una conversación de sobremesa, con el fin de que entendiera su uso cotidiano para fines prácticos de una conversación. Las herramientas son harto conocidas. Por lo común se apela a imágenes muy claras, sonoras, conmovedoras y que tienden a la belleza. Incluso a lo sublime según su acepción kantiana. Esta versión, además de general, creo que deviene en ciertos equívocos que transforman en dogma este principio de “interiorización” en una máxima rayana en lo convencional de la expresión sentimental y peca, en las poéticas dominantes, de definición autoritaria y unívoca, sin flexibilidad. Es decir, si no existen elementos como las “actitudes líricas” (esas que enseñan en la secundaria: enunciativa, apostrófica y carmínica), se condena a “otro tipo de poesía” o de poesía no-lírica sencillamente, aquello que no se adapte a este molde igual que el resto de los textos previamente clasificados en este tenor, ya que desde sus inicios –digamos del propio Batteaux a la fecha–, esta “cualidad literaria” –que es la postura que sostengo– también fue condenada a género literario. Y, en tanto género, excluye las delicadezas literarias de corte lírico que pueden existir en textos igual de tonantes en emotividad, como los ensayos de Historia o algún tratado científico que, de pronto, se deja llevar.
    Al asirse la lírica a una intención personal, el lenguaje es igualmente subjetivo. La búsqueda permanente del autor en el texto –durante la escritura– arroja su forma de experimentar el mundo y a sí mismo; pero no como un individuo que nos cuenta su vida o que pretende confesar sus ideas profundas y sabias para que todos sepan sus dichas y desgracias. En la lírica, la interpretación (inseparables en la vida cotidiana) es transportada al exterior con el fin de expresar un cierto tipo de emotividad, sin importar si ésta es bella, desagradable, monologante, contradictoria, violenta, desconcertante, aburrida o incendiaria. Cada quien expresa lo que mejor le acomoda: locura, estupidez, neurosis, desazón, hartazgo, odio o hasta ataques de gore —Rodrigo Flores y Alejandro Albarrán, precisamente, tienen mucho de eso, aterrizado en un proyecto sonoro que apela a una histeria lingüística.
    Cuando nos referimos al autor como productor de un texto lírico, nos referimos a una persona que dotó a la lengua de nuevas posibilidades y sentidos, así como de figuras e imágenes que nos permiten comprender lo que el escritor sentía al escribir ciertas palabras. Y repito: lo que sea que sienta, es válido.
    Una vez asumido el yo lírico como intérprete, se vuelve la materia del sentimiento en un texto literario cualquiera. Un texto lírico conlleva una nueva forma de concebir el mundo, sin que deje de ser el mundo que conocemos del que habla el escritor. En un texto lírico, sentimientos y pensamientos del autor se vuelven comunes a todos.
    En resumen, lo íntimo es lo universal de la subjetividad lírica, y por lo tanto, es lo que debe de lograrse en la escritura: la intimación —que conlleva una complicidad, cierta secrecía con un estilo propio.
    Así la lírica, más que un género poético, es una cualidad literaria que se encuentra lo mismo en la ficción que en un poema.
    Quizá la confusión se da en que suele confundirse esta intimidad con “la poésie du coeur”, quizá porque el movimiento chileno –que encabezaron Gonzalo Rojas y Nicanor Parra–, luchó contra esta definición que hacía de la intimidad un equivalente de sentimentalismo egomaníaco —y que Enrique Lihn contrapone con el lirismo popular nerudiano en El circo en llamas”.
    Cuando pido “tesón lírico”, pido decisión y perseverancia en la ejecución de esa intimación que Marquines busca a través de la figura de Lowry, pero que más parece un comentario al margen, donde la imaginación de una anécdota lo es todo.
    Creo que erré en mi previa apología a lo cursi. Más bien: cuando algo es muy emotivo y recalcitrante en esa emotividad (es decir, muy intenso e incisivo en su manera de subrayar una emoción), puede resultar en un texto de valía. No necesariamente, pero sí sería un “punto medio” o algo parecido entre lo cursi y lo muy, pero muy emotivo. (Una aclaración que le debo a Diana Juárez, por cierto.) Y en ocasiones, eso puede sonar meloso o excesivo; sin embargo, cuando forma parte integral del proyecto poético, puede ser válido e incluso honroso. Los “Epigramas” de Cardenal declaran este principio desde el inicio; los “20 poemas de amor y una canción desesperada” de Neruda, no van en desmedro de su calidad por ser melosos.
    Ejemplos de sinsentido lerdo:

    “Se habló de un campo de cebollas.
    El furor como la inteligencia riega esta plantación.
    Tirado en sus márgenes presiento,
    bajo mi espalda, una gavilla de topos.”

    “Lumia
    ¿Cómo preguntarte lo más simple lumia
    sin necesitar la luna y la sombra de los gatos
    sin recitar rondas infantiles de miles de niñeces ?
    sonrisa nace tormenta de mañanas
    vértigo.
    Lubidulia telúrica
    ¿A dónde vas hoy tan infinita?”

    Quizá la característica destacable de los “sinsentidos lerdos” –término que acuñé para su uso exclusivo de esta reseña, no como artilugio teórico–, es que apelan a cosas muy “profundas” diciendo cosas que carecen de sentido, pero que en realidad no causan ningún efecto o impacto tonante en la lectura. Por el contrario: se vuelven artificios perfectamente detectables que buscan la grandilocuencia por apelar a la paradoja y los significados detrás de los poemas, aunque sin tensión intelectual, sino como meras viñetas.
    Surrealismo entre comillas. Antes de ejemplificar, explico. Digo surrealismo entre comillas cuando se trata de un recurso técnico, pero no una concepción orgánica de un pensamiento basado en el surrealismo. También le digo surrealismo entre comillas a los que no tienen una concepción orgánica de un pensamiento surrealista y, además, sólo acumulan imágenes oníricas sin ninguna intención de crear una atmósfera con certeza de inconsciente, que muchas veces apela más a un tenor luciferino para disimular su falta de afrenta psicológica. Y también lo llamo así, cuando no responde a cuestiones ideológicas, sino meramente estetizantes y fuera de los intereses estilístico-sociales de los surrealistas. Cito a Paz (para verme literario): “La destrucción del sentido tuvo sentido en el momento de la rebelión dadaísta y aún podría tenerlo ahora si entrañase un riesgo y no fuera una concesión más al anonimato de la publicidad. En una época en la que el sentido de las palabras se ha desvanecido, estas actividades no son diversas a las de un ejército que ametrallase cadáveres. Hoy la poesía no puede ser destrucción sino búsqueda del sentido”. Ejemplos:
    “Francisco Hernández guarda su esquife de niño en el baúl. Enciende su lámpara a la hora de soñar con teatros, máscaras y bosques devastados. Escribe una canción parecida a un lince, un poema parecido al venablo ciego de los delirios. Del baúl salta su esquife: se deshace en un vuelo de palomas verdes que cruzan el cielo de la locura.”
    Explicar la diferencia entre surrealismo y Barroco, me parece grosero. Pero en su caso, Pete, con que se informe en Wikipedia bastará para que entienda la diferencia. Gracias.
    Sí, estoy seguro que Marquines parte de Francisco Hernández. Que la ficción es punto de partida para inducir un poema, es cosa pasada. Pero ese sistema en concreto que describo, es la poética de Hernández. Otros autores tendrán libros análogos, con más diferencias que coincidencias; pero la fórmula de la que parte Francisco Hernández, es suya y, hasta ahora, nadie como él la ha ejecutado mejor.
    Siento mucho la extensión de esta respuesta. Saludos a Pete y a mi súper brother Alejandro Albarrán, un excelente poeta que no necesita a Wikipedia para entender las expresiones de la reseña.

  6. Detecto que esta conversación no es equitativa. ¿Pedro Torres, Dick Ferris y Pete Zajjot realmente se llaman así? Eso sí es surrealista. En texto y en la práctica.

  7. Sólo para aclarar: no estoy de acuerdo con todos los poemas del listado de Mario. Creo que muchos de esos poemas son, incluso, destacables. No es el momento para abundar en ello, así que no hablaré más al respecto. Si utilicé estos tres “poemas” de ejemplo, es porque me parece que se prestan perfectamente al punto que deseaba exponer. Además, no lo hubiera hecho si el buen Pete no me pidiera que citara líneas nefastas que expusieran mi punto. Ay Pete. ¿Ya ves lo que provocas? Salud —Oz.

  8. Hola Marco, pues primero que nada te felicito por tu trabajo; personalmente me gustó bastante. Aún no he leído la obra completa de Jeremías, pero en mi curiosidad a ella he llegado hasta aquí. Había enviado un trabajo al premio Aguascalientes con el único deseo de ser leído; cuando me enteré de que la ganadora llevaba por nombre ACAPULCO GOLDEN lo primero que pensé fué en parcialidad por aquello de que los del jurado fueran consumidores de cannabis ( lo cual sería tendencioso).

    ¿Quien es Malcolm Lowry y porqué vale la pena utilizarlo como modelo de interpretación literaria?. Es acaso la figura alcóholica un modelo caduco- vigente, la nueva versión bi polar y porqué la recrea…

    Un Reality show dónde ver a Lowry en una comprometida situación de un puerto que dista mucho de aquél; ése de los festivales de Televisa, de los ACA FEST ELECTRÓNICOS, de la pachanga del Baby´o, Andromedas, Paladium. En una pelea de Mauricio Garcés versus los Locos de la Risa, batiéndose contra Chanoc, a los clavados contra Cantiflás en la quebrada o el secuestro del papá de Jorge Campos.

    Y sí tuve que utilizar wikipedia : por velocidad; por ansiedad sin-sentido.

    En vez de Acapulco Golden es la Super Silver Haze de Nochistlán
    estoy echando humo y le escribo a Ántunez.
    Saludos.

  9. Encontré un poemita que muestra, los muchos recursos y la lejanía de lo lerdo, todo esto bajo las sabanas, cobijas y de la “vanguardia” con comillas…
    Herencia filosófica

    definitivamente tú no te pareces a mi madre
    ella
    cuando triste de la vida le zumba la infinita abeja de la memoria
    se cansa se cae pero no se desmorona
    tampoco pido que la imites en su maravilloso oficio
    ella busca alternativas fluorescentes o audaces
    no viaja no va a terapia no anda en bicicleta
    plancha nada salta y pinta un burro color de rosa
    para discurrir su propia congoja en la abolición del gris y el rebuzno
    y si le preguntan los policías por qué? por qué rosado?
    confiesa estoy melancólica
    y llora nietzscheana con el burro por no encontrar caballo vapuleado
    pinta y pinta con ahínco horizontes trepidantes
    sale corriendo hacia la colina
    en busca de la plenitud confusa o confuciana del oriente
    se pierde por un minuto
    o incluso por un siglo de argumentos aristotélico-tomistas
    como si nunca más volviera
    pero en realidad se lleva la manía helénica de las aves y los barcos
    que nunca descartan el retorno a la costumbre

    nosotros la esperamos en casa

    • Agradezco sobremanera el señalamiento de “alejado de lo lerdo”. Más que gratificante recibir semejante calificativo. Por otro lado, lamento mucho que el poema citado no pueda leerse apropiadamente dadas las limitaciones para formar un texto en esta plataforma. Lo que me sorprende, es la afirmación que continúa a todo esto; es decir, aquello de que me cobijo en vanguardias.
      Acepto tener dilección por ciertos movimientos de vanguardia e incluso por autores emblemáticos que, por un afán disruptivo, tuvieron la gentileza de proponer nuevos mecanismos para renovar el lenguaje. Semejante admiración puede derivar en ecos, parangones, remembranzas y palimpsestos idealmente conscientes.
      Dado que la lectura del poema “Herencia filosófica” ha sido considerado por el lector como un ejemplo de amparo de algún tótem vanguardista, me gustaría saber cuáles son los argumentos para merecer tales calificativos, para nada ofensivos, pero sí ligeramente desconcertantes respecto a este poema. Gracias por continuar la lectura y debate de este Post.

      Atentamente

      Marco
      Antúnez

  10. Por cierto, fíjense que admiro el esmero para ponerse alias cuando conviene dar la cara. Tampoco es que alguien vaya a tomar represalias o algo parecido porque argumenten en detrimento de una reseña, un poema o algo parecido. Ojalá se tomen la molestia de poner su nombre. Y si así se llaman… Mis disculpas… y mis condolencias.

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