Crítica/Libros

Interludios: literatura política, violencia y marketing

Por Iván Cruz Osorio

|Primer estadio|

Ahora que el fenómeno de violencia en nuestro país se ha vuelto una quimera irresoluble que parece ahogar, no a las altas esferas de los gobiernos corrompidos o coludidos en la venta de estupefacientes y demás negocios ilegales, sino a gran parte de la ciudadanía, resulta lógico pensar que nuestra literatura se encuentra inmersa en estos temas que son el pan nuestro de cada día. Y, en efecto, no es complicado encontrar en el mercado literario actual libros con temas como: feminicidios, trata de blancas, pederastia, secuestro, drogadicción, narcotráfico, corrupción, fraudes electorales, mal gobierno. Sin embargo, resumidos estos libros en subgéneros llamados, por ejemplo: “neopoliciaco”, “narcoliteratura”, “realismo duro”, nuestras letras han terminado envueltas en el marketing de la literatura desechable, en la cual se explota el morbo, la nota roja, el sexo descarnado, es decir, los elementos más superficiales de nuestros tiempos violentos. Entre este tipo de obras podemos encontrar a La reina del sur de Arturo Pérez-Reverte, que incluso se ha convertido en un agente de estetización de la violencia y de la forma de vida del narco. En este sentido habrá que reflexionar hasta que punto el escritor y las editoriales, en busca de éxito, se han vuelto retransmisores de la moralina de novela romántica y de la moralina del gobierno federal, esto porque esta narrativa si bien tiende a criminalizar a los narcos y a las autoridades, tiene el truco de reducir la lucha al bien y al mal, al héroe y al villano, al narco y al ejército. ¿Quién, envuelto en este truco, no tiene emociones encontradas al leer que el narcotraficante, de origen humilde y enamorado sinceramente de una bella mujer, es atrapado por el ejército que ha cumplido con su deber pese a la corrupción de diversas autoridades?

Diversos críticos comentan al respecto que estos textos son resultado de módelos preconcebidos de ficción, del hambre comercial de éstos y de las grandes editoriales, y es verdad, pero, también, creo que olvidamos que en estos escritores hay una clara ausencia de toma de posición frente a su visión de la realidad, una franca ausencia de entendimiento y acción literaria ante la actual imagen del país. Estos libros llenos de clichés, hechos a base de formulas best-seller, carecen de una posición ideológica o un posicionamiento político ante los temas eminentemente políticos que se están tratando. Si antes cuando leíamos poemas, cuentos, novelas, de temas políticos de Carlos Gutiérrez Cruz, Horacio Espinoza Altamirano, Efraín Huerta, Jesús Arellano, Abigael Bohórquez, Francisco Sarquís, José Revueltas, José Mancisidor, Rubén Salazar Mallén, los tachabamos de panfletarios, ideólogos versuales, invertidos panfletarios o realistas socialistas, ahora es un hecho que la bandera de los nuevos autores se reduce al hambre de éxito y de dinero. Se carece de reflexión, se trivializa o caricaturiza de forma pueril cada mirada a la realidad. Así la realidad política y social de nuestro país se refleja en textos vacuos, que no aportan sino ideas preconcebidas del bien y el mal, y no problematizan ni interrogan nuestro presente. Ante este panorama, la literatura que aborda los temas políticos y sociales vive otro tipo de prejuicio, la de la vía fácil hacia la comercialización y el best-seller.

En cuanto a la poesía, específicamente, los temas antes citados aún son poco tratados con profundidad. Encontramos desde autores que a partir de una postura teórica de lo social y de la política, y purista en elementos retóricos y estilísticos logran una poesía teóricamente politizada como en el caso de El baile de las condiciones (Práctica mortal, 2011) de Óscar de Pablo, hasta libros de gran fuerza lírica, pero de momentos en que triunfa la queja plañidera que tanto estuvo de moda en los años 60 y 70 en Latinoamérica, escritos por experimentados combatientes, ellos sí, sociales y políticos, como en el caso de Estratos (Aldus, 2010) de Óscar Oliva. Sin embargo, hay que ponderar de estos dos libros la fuerza ideológica, la postura política y ética, de la cual carecen gran parte de los ejercicios narrativos que involucran la violencia y el narcotráfico. Resalto lo anterior ya que  creo firmemente que la respuesta a la vía fácil de best-seller no debe ser otra que dar al lector de nuestra realidad una postura ideológica firme, ya sea la visión religiosa como la teología de la liberación en poemas como los de Ernesto Cardenal o la denuncia cristiana en Jesús, te has olvidado de mi América de Carlos Pellicer o el realismo socialista de Xavier Icaza en su novela Panchito Chapopote, o la poesía pro marxista-leninista en Sangre roja. Poemas libertarios de Carlos Gutiérrez Cruz o el revisionismo o hasta la conversión reaccionaria en la novela Camaradas de Rubén Salazar Mallén. Y digo que se escriba con una postura firme, porque esa es la raíz profunda del escritor, esa es su materia, la profunda reflexión cerebral y sentimental del mundo, sin eso el escritor es un hombre hueco, un hombre relleno de aserrín como apuntaba T. S. Eliot. No apelo a la creación de sobados panfletos, aunque como ejercicios de acción propagandista los aplaudo, sino a la creación de nuevas formas estéticas en que la poesía sin perder su personalidad provoque ansiedad ante la perspectiva de lo real.

 

|Segundo estadio|

Pero la sociedad, el destinatario de la obra literaria no debería ser esa solitaria especie de receptor anónimo que el creador espera que llegue por obra divina. Hay lectores que esperan las obras que puedan establecer un puente directo entre sus emociones y su visión del mundo, ¿no fue acaso esta feliz coincidencia lo que ocurrió con el Canto general de Pablo Neruda y sus lectores primigenios?, cabe recordar lo que Julio Cortázar comentaba al respecto: A los que demasiado fácilmente olvidan, los invito a releer el Canto general para que a la luz (no a la tiniebla) de lo que ocurre en Chile, en Uruguay, en Bolivia, verifiquen la implacable profecía y la invencible esperanza de uno de los hombres más lúcidos de nuestro tiempo […] habría que estar ciego y sordo para no sentir que esas páginas del Canto general fueron escritas hace dos meses, hace quince días, anoche, ahora mismo, escritas por un poeta muerto, escritas para nuestra vergüenza y acaso, si alguna vez lo merecemos, para nuestra esperanza.[1]      

Con el Canto general se consolida una época en Nuestra América en que el lector se propone no ser un ente pasivo, un mero receptor de lo que el escritor entregaba, lo cual resultaba revolucionario en nuestra literatura. Por primera vez se tenía un tipo de lector que no le bastaba con el hecho estético solamente, sino que era necesario que el escritor develara su posición, su enfoque de la realidad. Este tipo de lector, de esta época, interrogaba sobre su presente, buscaba un equilibrio entre lo que recibía del autor, lo que respondía su obra y las dudas que dejaba. El tiempo ha pasado y ahora encontramos a este tipo de lector en una menor cantidad, la mayoría de los lectores han involucionado al estado de receptor que busca un divertimento o una evasión. Desde luego, esto se puede explicar por múltiples factores, el fracaso de los métodos de lectura, el triunfo de la literatura de desecho y el best-seller, el fracaso de la educación oficial en México. Aunque también habrá que pensar hasta qué punto la imposición de que todo debe tener una utilidad ha convertido al libro en un sirviente y no en un provocador. El asunto de la sociedad lectora de best-seller no me preocupa tanto debido a que finalmente este tipo de libros nacieron destinados para gente que no lee como lo menciona César Aira: El best-seller es la idea, que fructificó en países del área angloparlante (países con una tradición de lectura de libros que no se dio en otras lenguas), de hacer un entretenimiento masivo que usara como “soporte” a la literatura.[2]

Lo que me ocupa es ese lector que espera los temas cercanos a su realidad y que de pronto se mira en una literatura que, si bien de entrada aspira a tratar temas políticos o sociales, fracasa en la concreción del tema por su vacuidad, por la ausencia de una posición definida y se aleja decepcionado de una literatura que interpreta como meramente superficial.

La característica entonces del lector de literatura de temas sociales y políticos, quizá, radica en que ambos (autor-lector) se vuelven cómplices de su realidad y su historia, este tipo de lector toma a esta poesía, desde luego, con la idea del placer estético, pero al mismo tiempo con una actitud inquisitiva, que apuesta leer eso que llamamos tierra, historia, humanidad, destino.

Creo en el escritor que en su manifestación artística está unido a las circunstancias históricas, políticas, estéticas y sociales de su existencia. No creo ni en el creador ni en la obra de generación espontánea ni en la obra puramente narcisista que de tanto ensimismarse se olvida del mundo exterior. La literatura no tiene la obligación de dar respuestas teóricas a preguntas eminentemente políticas, pero sí tiene la alternativa de problematizar nuestra realidad, de provocar inquietud, de incitar al lector a preguntarse acerca de su presente, de su pasado y del porvenir. Somos un zoon politikon, un animal político, como llamó Aristóteles al hombre. Creo que la posición del escritor al abordar temas sociales o políticos, o cualquier otro, en su obra debe ser la de sacudir al lector, la de robarle su tranquilidad, la de exigirle todo el tiempo y abrirle una nueva vía de reflexión ante lo real. De esta forma, la literatura que actualmente quiere tomar la violencia como tema no se perderá en la comodidad del marketing.


[1] Julio Cortázar, “Neruda entre nosotros” en Obra crítica 3, p. 71-72.

[2] César Aira, “Best-seller y literatura” en el periódico El país.

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IVÁN CRUZ OSORIO (Tlaxiaco, Oaxaca, México, 1980). Poeta, ensayista y traductor. Terminó la carrera de Lengua y Literaturas Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es codirector y editor de Malpaís ediciones; miembro del consejo editorial de la revista de literatura y gráfica Viento en vela; y fundador y co-organizador de El Vértigo de los aires. Encuentro de poesía. Es autor de los poemarios Tiempo de Guernica (2005) y Contracanto (2010).  Poemas suyos han sido publicados en diversas antologías nacionales e internacionales. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2009-2010), en el área de poesía.

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