Ensayo/Libros/Poesía

La oscura canción del que regresa

Felipe Garcia Quintero

Presentación a “La piedad”, obra reunida de Felipe García Quintero.

La piedad
Felipe García Quintero
Perú, 2013
Editorial Cascahuesos
240 pp.

Por Santiago Espinosa

Quisiera comenzar esta presentación con un acto de agradecimiento, como lector y como persona que escribe. Si no me equivoco esta es la primera vez que alguien reúne la obra de un poeta de mi generación, recuperando la dimensión de los transcursos. Lo que no deja de alegrarme viniendo de un tiempo de publicaciones escazas o fragmentarias, selecciones demasiado vertiginosas como para ocuparse de la persona que escribe aún a pesar de todo, libro tras libro y entre los años, la resistencia de un hombre detrás de sus pedradas.

Celebro que esto ocurra con Felipe García Quintero. Un poeta que vengo leyendo con admiración y con miedo, entre la complicidad y el dolor, y con el que paradójicamente me acerca un tratamiento de la distancia. Su cercanía con los poetas de lengua inglesa que también persigo. La marcada presencia de los poetas italianos, y que me hace pensar que su escritura, como modestamente trato de hacerlo con la mía, más que una herencia de canciones o de formas nace de una diversa traducción de vecindades marginales, fantasmas que median entre lo vivo y lo muerto, y hacia los volvemos a mendo como a una parentela escogida en la soledad.

Quisiera pensar que no es vano que esto ocurra, precisamente con él y no con otro. Que los azares editoriales lo hayan escogido a él, un poeta entre los míos, para que sus poemas se publiquen completos y afuera del país, con la mesura necesaria para observar estas búsquedas en perspectiva. Felipe es entre nosotros la persistencia de un camino. La belleza dolorosa del que transcurre a tientas, yendo desde la oscuridad hacia una luz encontrada. El recordatorio de lo que era la poesía antes que aminoráramos su hallazgo, que la tecnología amenazara entre nosotros la existencia misma de los libros: la crisis de un alma en su secuencia de luces y silencios.

Y así es que este hombre escribe. Sus poemas, como marcas en el vaho, siempre terminan por volver hasta su propio rostro. Si hay una poesía contemporánea que exprese la máxima de Ungaretti de la “Vida de un hombre”, al menos en Colombia, ésta sería la de Felipe García Quintero: su vocación de unidad en medio de lo disperso, la serenidad con la que hilvana sus palabras abriendo un túnel oscuro y personal, y al fondo, en lo continuo, una escritura abierta a sus distintas posibilidades, nunca mendiga de las modas o del creciente oportunismo.

Hay poetas que los mueve el asombro, entran en la escritura para devolverle a la vida sus perdidos fulgores. A otros los mueve la ambición. Contrario a ellos, es éste el caso del que llega a la escritura porque no encuentra caminos. No en la memoria ni en los suyos, liquidados los entornos inmediatos, sólo la distancia que a lo lejos se enfantasma. Sabe que el tú de la escritura es prolongación de lo mismo, trampa, pero así mismo escribe porque este es su quehacer, como el árbol que alumbra frutos amargos. Quiere plegarse hacia otros cielos, lejos de sus vocablos y su herencia, y para esto no tiene otro remedio que tratar todos los días con la misma materia de aquello que lo hiere.

Apartados de todos y de sí mismo. Escritos In límine, como los poemas tempranos de Eugenio Montale, comienza esta voz sus tanteos de este lado de las tapias, tan cerca y tan lejos del jardín que lo consuela:

SOBRE el muro que divide el patio entre oscuridad y presencia algunas ramas asoman hacia la calle esas manos cargadas de frutos que los niños disputan con los pájaros señalan el cielo toda las noches veo a los pequeños intentar alcanzar su regreso cada uno quiere tomar con su mano el fruto que sus ojos tocan el cielo devuelve sus hojas y mientras caen sus cuerpos crecen la voz se enturbia y bajan la mirada la infancia es el árbol que niega sus dones.

Ser hombre es vivir la situación de un animal escindido, y este poeta lo recuerda desde muy temprano. Un astro arrojado que habla a solas, nunca la plenitud de lo que nace conciliado: “RARA virtud/la de los pájaros/ en el cielo/ ser cielo sumergido”, nos dice éste joven no sin algo de vértigo. Sabe que la infancia “es el árbol que niega sus dones”, y que “sólo del polvo hablan las canciones”. Estos poemas de Los monólogos del huésped (1994), escritos en la inercia de sus 19 años, son la anticipación prematura del que podría ser uno de libros más inquietantes de nuestra poesía reciente, Vida de nadie (1999). Desde que apareció, al menos entre sus contemporáneos, fuimos muchos los que vimos en sus páginas un acontecimiento verbal, el hallazgo de un correlato de nuestro tiempo, y que no por doloroso era menos verdadero:

“Muchacha, montaña mía, ahora que el camino es el viento, donde el polvo de la casa que sostiene mis huesos se entrega a su paso, y cualquier voz es agua para mis ojos, ignoro el real motivo de estas palabras:

Ya ves, te lo dije un día y lo repito en su noche: no soy más que un árbol en el bosque de la intemperie. De tanto esperarte he terminado por ser uno más de ellos, quienes han sido los únicos que han recibido mi cansada paciencia entre su aire.”

No sabíamos que el dolor podía alumbrar de esa manera, conversar o imaginar con este arrojo. Entre el aquí el allá, como todos nosotros, estos poemas imaginaban su bestiario propio, irradiando los vacíos donde los otros declinaban. Esta poesía era la hija del presente. Acaso la primera de su tipo pues ni Andrea Cote había escrito su Puerto calcinado ni Lucía Estrada sus urdimbres de misterio.

Decía este poeta desde el Cauca, “VIAJO EN UN TREN de veintiún vagones conducido por todos mis muertos”, y éramos nosotros los que andábamos con él, siempre queriendo marcharnos de frustraciones y violencias, algo decepcionados mucho antes de perder. Nuestro era el padre que nunca volvía, la brecha entre las generaciones, “UNA NOCHE siendo yo un niño, mi padre me dijo —ya no recuerdo las palabras—: escóndete en la casa, luego te buscaré. Sigo escondido, esperando.” Nuestra esta orfandad en la escritura, magistralmente descrita como una “Casa de Huesos”: “MI CASA, como el desierto, no tiene techo ni puerta, sólo boca… A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo.”

En estos poemas, como ocurre con la gran poesía, lo interior y lo exterior desvariaban de la mano, estrechando las fronteras: “La noche en mí no entra, de mí sale”. Quizás fuera por eso que su neurosis fuera la misma que sentíamos. Lo cierto es desde entonces esta palabra entro con sus madres-ballenas y sus padres-caballos para no irse nunca, y sus contemporáneos detrás de ellos, asombrados y adoloridos. El mal de vivir se hacía orgánico. Arrinconada por lo oscuro, la sin salida, una palabra florecía desde todos nuestros muertos.

Había en esta queja algo decididamente personal, pero tras ella respiraba un marasmo colectivo. Midiéndole el pulso a los tiempos, la incapacidad afectiva de nuestros espacios, había una palabra que desde el sentimiento buscaba sortear o agujerear una crisis del lenguaje. En la poesía de Felipe, desde un comienzo, ocurría la paradoja del que quiere desocupar los espacios para entrar en la vida de los otros, perderse en lo extraño, lejos de burladeros y retóricas cansadas. Pero al mismo tiempo, lo sospecho, había una insatisfacción con esa formación académica que desde los primeros semestres, con Roland Bartes a la cabeza, nos invitaba a “matar al autor” para entrar en la losa funeraria de los proyectos literarios, una poesía avergonzada de misma, buscándose un espacio entre las otras ciencias más duras y “necesarias”, más cómplices entretanto.

Tal es la encrucijada del siguiente de sus libros, Piedra vacía, escritura entre el grito y el silencio, sí, pero en la atormentada condición del que no tiene la utopía del primero ni la mística encarnada en el segundo, sólo el vacío de la plegaria que se contrae hasta sí misma. Apartada de cualquier horizonte conceptual que no sea el aguijón de los conflictos, es decir, el poema mismo:

evito las palabras. A cada palabra evito las palabras. Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo. Escribo para dejar de escribir:

Los poetas modernistas venían desde el canto, y así fue que tradujeron y juntaron lo disperso, llevaron los vocablos hasta el límite del sonido, para seguir cantando. Los poetas posteriores, derrotados por el mundo, eran los que volvían al poema para poder imaginar, no envilecer, ser como personas aún entre los escombros. A nosotros nos tocó empezar donde los otros terminaron. Haciendo de la escritura un exilio meditado, última aventura, entregándonos a ella sin mayores válvulas de escape fuera en la calle o la política. Felipe, bajo la sombra de Wallace Stevens, acepta que los problemas de la poesía son hoy los problemas del poema mismo, tal es la distancia que de los otros nos separa. Y entonces se enfrenta a ellos tratando de derrumbarlos. Se golpea una y cien veces para confirmar sus límites, humanos y creativos, como la mosca en la botella-cazamoscas de Ludwig Wittgenstein.

A este libro se le acusó en su momento de ser frío y cerebral. Pero quizás sea esto mismo lo que sostiene a una escritura desde el filo. La voluntad del que se resiste a dejar de pensar, dejar de increpar, creyendo que todavía podemos darle algún tipo de límite al absurdo. Hacer familiar lo extraño, y con ello rescatar alguna huella de identidad: “Anular la muerte escribiendo la muerte, como el día tras la noche sin alcanzar jamás el cuerpo su sombra. Eso será siempre algo más bello que la fe en la nada,” escribe en alguna parte. La misma lucidez le hacía pensar a Ungaretti que hasta en Leopardi había un acto de esperanza, pues aquello de llamar al misterio “lo infinito”, era, incluso en la ironía, un acto “de piedad” con nuestro pensamiento inacabado.

Los días pasaban con su sucesión de escombros, de una desilusión a otra. La situación de un país que huye de sí mismo, nada se completa o se realiza, nada se recuerda, en un exilio más brutal e innominado de lo que la poesía podría nombrar. Difícil sería afirmar sin contradecir. Marcharse sin permanecer. En paralelo, alejado de titulares y polémicas, Felipe García Quintero seguía su purgatorio mental, ya desde la parálisis del que se queda con La herida del comienzo (2005), su “desgarramiento de la conciencia”, tal como le llama el en la introducción;  ya en el exilio voluntario de Mirar el aire (2009), su desarraigo donde es “naufragio lo mirado”. Dos libros que no por intrincados dejan de ser significativos.

Poco importa si es aquí o es allá: volver es retornar tanto como quedarse es tentar lo extravíos. El poeta es bien consiente de lo que dice Elliot en sus Cuatro cuartetos, y por eso lo cita como epígrafe: “We shall not cease from exploration/ And the end of all our exploring/ Will be to arrive where we started/And know the place for the first time”.

No se le puede acusar de indiferencia. Si el poeta piensa en los estilos y la estética, tejiendo o destejiendo las redes del lenguaje, “lo he hecho sólo por las dificultades que la expresión me oponía una y otra vez, con la exigencia de que esta correspondiera por entero con mi vida de hombre”, tal como lo escribe Giuseppe Ungaretti en su magnífico ensayo Razones de una poesía.

Y he venido citando a este poeta italiano con plena conciencia de que el título de este libro, y el autor lo reconoce en sus palabras preliminares, es un homenaje a él. Esta escritura es también una conversación con el poeta de Sentimiento del tiempo, otra de las razones que amistan esta escritura con la mía. Felipe desde el desgarramiento de sus plegarias truncas, devolviéndole el fulgor a lo perdido, en el presente, yo, torpemente, tratando de hacer mía “la lontananza que nos queda”, al otro lado del naufragio:

L’uomo, monotono universo, crede allargarsi i beni e dalle sue mani febbrili non escono senza fine che limiti. Attaccato sul vuoto Al suo filo di ragno, non teme e non seduce se non il proprio grido. Ripara il logorio alzando tombe, e per pensarti, Eterno, non ha che le bestemmie.

“Universo monótono” es el hombre, nos dice Ungaretti en el último apartado de “La piedad”, el poema estremecedor que la da título a esta obra que hoy presentamos. Luchando contra su orfandad, siempre queriendo buscar el doblez de la verdad, trata de plegarse en un gesto, un pensamiento puro hacia lo extraño, pero “de sus manos…no brotan más que límite sin fin”. Sus vocablos, apartados para siempre de la luz que los ungió, no tienen otro camino que “reparar la ruina alzando tumbas”, urdir “blasfemias” para recordarlo.

¿Desolación?, quizás. ¿Incertidumbre? Lo sospechamos. Esta sería la fecundidad del que le encuentra a sus vocablos su síntesis y medida ante el peligro genuino, no en el acto del que pule sino en la vecindad del silencio. De ahí su desgarramiento luminoso. Su “sentimiento del tiempo” que pasa del dolor hacia una serenidad nueva. “No se trataba ya de entender la medida como medio para aclarar el sentido del misterio”, escribe nuevamente Ungaretti a propósito de este poema, “sino de abrir los ojos azorados ante la crisis de un lenguaje, ante el envejecimiento de una lengua, es decir, la muerte de una civilización –se trataba de buscarle razones a una posible esperanza en el corazón de la historia misma: de buscarlas en el valor de la palabra.”

Quizás esto mismo sea lo que venga haciendo Felipe García Quintero en sus últimos libros, del otro lado de la piedad. Sabe que sus palabras son escombros de un rito extinto, que afuera o adentro hay extrañamiento, exilio, pero en el acto de nombrar estas cosas ha ganado la belleza del transcurso, en las palabras y su compañía, la sospecha de que esos mismos vocablos puedan rodear nuestra debilidad, la aceptación de lo falible que hay en nosotros, y, por eso mismo, convertirse en un rito de aprendizaje. Había que sumergirse en las tinieblas para aprender a contemplar, amar lo distinto. Encontrar la alegría de lo sencillo en la sabiduría del que regresa, aún a pesar de las palabras.

Leemos los poemas de Siega (2011), sus relumbres de cielo y lámparas, la escritura del que aprendido a mirar y a esperar, encontrar entre lo otro su sosiego, amistándose con el misterio:

VIENTO 3. Esta noche una luz vecina se enciende. Puedo imaginar el paso de la sombra plena de un cuerpo apenas visto. La hierba, bajo la lluvia, es mirada. La más antigua esperanza. Me basta, por ahora, el augurio de estas voces aún calladas en mí, como cosas del viento.

Es aquí cuando recordamos los ecos de Carlos Obregón, sus geografías espirituales siempre adportas de la relevación, aprendiendo a trascurrir en el Estuario, negada la “Presencia del mar” o superado el desgarramiento de una Distancia destruida. El ojo de José Manuel Arango, su vuelta a lo sencillo como el que aprende a vivir en las tensiones, ver la belleza que se esconde al interior de la belleza.

Un transcurso de la sombra a la luz, lo decía antes sin ocultar mi entusiasmo.  Y recordamos otro de estos hermosos poemas:

VIENTO 23. Muchas prendas acumula el día del cuerpo. Los pasos ya por el suelo, la mirada en las horas. Mirar los zapatos llenos de sombra, como antes las camisas al sol, donde reposan afanes, sudores y silencios. Paisajes lejanos que vuelven y son ahora latido del viento.

Después de Siega, tras el espacio ganado a la espesura, leemos los poemas de Terral (2013), último de sus libros publicados. El momento en que estos encuentros pasan de lo simbólico a la memoria, y es el poeta, Felipe García Quintero, el que a la vuelta de su vida vuelve a los patios de Bolívar, pueblo natal del Cauca, y allí es que recuerda a su abuela y a su hermana, el futbol y las polillas, los pájaros, aquellos ámbitos que ya son suyos y en realidad de nadie, pero que en algún modo cifraron su hazaña entre los días. Una memoria salvada de la memoria, gracias al canto que la circunda:

TERRAL

a Teresa de Jesús Dorado,  in memorian

Sus ojos en la piedra ya son miradas del agua a la noche quieta. De esa mano tomé el sol cenizo de una moneda bajo la puerta. Lo que ilumina desde entonces el fogón de leña es la cal insomne de una voz sin riberas. Un jeme de fulgor, abuela, un dedal de claridad intensa. En la justa mitad de la memoria, este chocar de trompos, del hierro y la madera. Y la orina a rebosar en el hoyo de las canicas, el primer brindis de la tierra. Una pelota furtiva colma la distancia del viento, aviva el grito que la ventana encierra.

Cuando parece que todos se marchan : estudiantes y desplazados, exiliados y viajeros, Felipe García Quintero regresa a sus terrales. Encuentra su sosiego en la mirada, devolviendole al tiempo sus hilos rotos y al canto su circulo dorado. Y dice casa o pájaro, viento y porvenir. Después de sus caminos mentales, con el agua de sus pensamientos rumorando al fondo, es ahora cuando observa estos dominios vencidos una vez más, como el que nació para quedarse en ellos o así lo testimonia. Y en las canciones, los libros, nos déja esta obra en curso como una honda reconcilicación, y que no puedo dejar de saludar esta tarde en que comienzan muchos días.

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espinosa-santiagoSantiago Espinosa (Bogotá, 1985) Crítico y periodista, profesor de filosofía. Egresado en Literatura (2009) y Filosofía (2010) de la Universidad de los Andes. Ha escrito artículos y reseñas para medios como Alforja yLa Otra, de México, Revista Casa Silva, El espectador,El tiempo, Arcadia y La Hoja de Bogotá, del que fue jefe redacción hasta su desaparición, en 2008. Poemas suyos han aparecido en revistas nacionales e internacionales. En 2010 Taller de edición publicó Los ecos, su primer libro de poemas.

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