Crítica/Ensayo/Libros/Poesía

Los Libros del 2011: Alí Calderón

Poesía en 2012

por Alí Calderón

En México, como en el resto de América y aún España, las editoriales oficiales han perdido el halo de unanimidad que gozaban y distintos sellos independientes están editando libros que enriquecen nuestra tradición, orientan el debate y ofrecen algunas joyas a sus lectores.

En México esto se observa con claridad. Malpaís ediciones, por ejemplo, ha publicado recientemente Obra primera 1958-1986 de Max Rojas. Nueve años después de la publicación de Poesía en movimiento, antología canónica de la poesía del país, se escribe el último poema del primer libro de Max Rojas: El turno del aullante (1983). Este poemario es, por su dicción y su poética, de alguna manera hermano de Digo lo que amo (1976) del sonorense Abigael Bohórquez. En estos libros, me parece, se concreta la vocación de riesgo y ruptura o introducción de sorpresa y novedad en la tradición literaria que anhelaba Octavio Paz en el prólogo de su antología. Ambos autores son, según creo, los verdaderos renovadores del lenguaje poético en México. Renovadores en tanto su poesía genera un extrañamiento a nivel léxico, semántico y sintáctico, un extrañamiento incluso mayor al que produjera Adrede, de Gerardo Deniz, publicado en 1970. En una de las presentaciones del libro (oponiéndose a esa poesía anticlimática e intelectualoide) dijo Max Rojas: “si la poesía no es un chingadazo es malteada de fresa o no sé qué”. Es así que escribe fragmentos como el siguiente:

Anoche me dolió la esqueletada, y nadie más
que a mí me vino el crujimiento. Me entristo
un poco más y trago en seco, que al cabo sé
que he de acabar mi crujición a solas.

Este año apareció también, editado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, Retrato a lápiz, de Dionicio Morales. Se trata de una antología que reúne el ensayo, la crítica, la crónica y la poesía del tabasqueño. Dionicio es un personaje en el medio literario. Cuenta anécdotas, explica situaciones, ironiza y al hacerlo refiere esa otra parte de la historia de la literatura, aquello que podríamos llamar la “microhistoria” de la poesía mexicana. Y en este punto, para ponerlo en términos de Pierre Bourdieu, me parece que radica una de las principales labores de Dionicio Morales en el campo literario: ser un transmisor del habitus y no sólo eso, sino ser un vínculo con la tradición.

El oficio de este poeta se advierte con mayor nitidez en la intencionalidad de crear un lenguaje literario basado en el pulimento del lenguaje. Me explico. Las palabras, lo sabemos, tienen cualidades semióticas inherentes: densidad, textura y coloración. Lo destacable en los mejores momentos de la poesía de Dionicio Morales es la articulación de un discurso finísimo: ligero (en cuanto a la densidad) y suave (en cuanto a la textura). La conjunción de estos elementos produce tersura en el nivel del significante. Para muestra el siguiente poema en prosa, “Maíz”:

A la verde y juncal orfebrería del viento, le brotaron mazorcas luminosas, granos prodigiosos que albergan el milagro de los dioses. Los hombres, modelados a semejanza, por sus miligramos se agigantan. Brizna de luz trizada en una lujuriosa vendimia de los cielos.

En algún sitio escribí que no se puede comprender la poesía mexicana contemporánea sin revisar el trabajo de Marco Antonio Campos. Tengo la impresión de que hoy ese juicio es más cierto que nunca. Campos no sólo es el poeta mexicano más leído en España, por ejemplo, sino uno de los mayores difusores de nuestra poesía. En 2010 Visor publicó Dime dónde, en qué país, que recibió el Premio Melilla. Además del tono de meditación poética que ha dominado este poeta, hallamos en las páginas de este volumen a un Marco Antonio Campos más lírico, más emotivo.

Podríamos calificar estos poemas en prosa de “intergenéricos”, alternan el lirismo, la meditación poética, la crítica literaria, la crónica de viajes, la reflexión histórica, etc. Es como si Campos se hubiera propuesto una especie de escritura total con fundamento en la poesía, en el poema en prosa. Gracias a ese lirismo encontramos los momentos de mayor altura del libro. Por ejemplo: como

  • Ligeras de cuerpo, ligeras de vestido, dejan en el aire cálido el olor de su respiración.
  • Las campanas de la iglesia resuenan como antes, pero falta algo, algo que no sea ni sepa amargo como el café que duerme meses en despensas, algo, tal vez la juventud, esa lejana juventud con su altura y fuerza de montaña y con el incendio múltiple de las buganvillas que recuerdan a las muchachas en flor.
  • Las muchachas ligeras y de largas piernas se sientan en las bancas, se van, nos van dejando la respiración del deseo que se vuelve un suspiro inútil.

Visor publicó también en 2010 El rumbo de los días, el poemario con el que el cubano Waldo Leyva mereció el Premio Casa de América de Poesía Americana. Leyva pertenece a una generación que cambió la manera de comprender la poesía latinoamericana, la de los poetas nacidos en los años cuarenta. Ellos trazaron algunos de los caminos que recorrería la poesía en español en el pasado reciente. Esa generación está compuesta, entre otros, por Osvaldo Lamborghini (1940), José Kozer (1940), Antonio Cisneros (1941), Rodolfo Hinostroza (1941), Omar Lara (1942), Diana Bellesi (1946), Juan Manuel Roca (1946), Darío Jaramillo (1947), y Néstor Perlonguer (1949), por ejemplo. En este concierto de nombres, la poesía de Waldo Leyva (1943) no sólo es, según creo, la más íntima, sino que ha sido fundamental para las nuevas generaciones de poetas en América y España. Es un maestro.

Mientras la poesía se movía al ritmo del neobarroco, el experimento, la pasión por el desequilibrio, la disolución del yo, la parodia, el automatismo sin inconsciente y la desemantización, Leyva, creyente del decoro en sentido horaciano, recuperó la poesía popular y la incorporó a sus propias búsquedas. La décima y la copla alternaron en su poesía con el endecasílabo y el heptasílabo, los metros cultos de nuestro idioma, para generar una de las músicas más notables de la poesía contemporánea. En otros momentos, Leyva prefiere el poema en prosa, siempre con tersura en el nivel del significante y echando mano de oraciones que recuerdan el versículo o el verso de largo aliento, que imprimen altura emotiva al texto. Como muestra el siguiente poema, escrito originalmente en el frente de batalla de Angola hacia 1976:

Cuando nos encontremos, quiero que tengas el pelo suelto y que cierres los ojos para entrar poco a poco en tu sangre, sin violencia, como cuando bailábamos bajo las estrellas sin otra música que la de nuestros cuerpos, no abrazados, sino naciendo juntos de la tierra. Hoy has estado más presente que nunca, la mujer que eres se me entra por todo el cuerpo, no puedo recordarte de otra forma, sino de carne y sangre palpitante. Si recuerdo tu pelo es revuelto en mi cara, si tus ojos, cerrados, si la piel, reventando tibia entre mis manos mientras la lluvia se rompe en la ventana y te hincha los senos.

Cierro estas notas con los puentes de conocimiento que se tienden entre las distintas tradiciones poéticas del español. En 2010 apareció 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (Ventana Abierta, 2010) de Héctor Hernández Montecinos y el año pasado País imaginario, escrituras y transtextos, 1960-1979, de Maurizio Medo

Se trata de dos volúmenes de poesía que reúnen el trabajo de una orientación estética muy precisa: la experimentación, el neobarroco, la poesía como trabajo casi exclusivo del significante, el campo un nuevo manierismo. Ambas presentan un prólogo interesante. Significativo y meticuloso el de Montecinos, ingenuo y ávido el de Medo. 4M3R1C4 es sin duda mejor libro y merecería más lectores de los que ha tenido.

En una lírica (¿diametralmente?) opuesta apareció en abril de 2011, publicada por Visor, Poesía ante la incertidumbre. Antología de nuevos poetas en español. Se trata de poetas que defienden, ante todo, la poesía como búsqueda de otro, un nuevo sentido en el mundo entrópico ante el que nos encontramos. La provocación del prólogo de la antología suscitó el debate esperado al grado de que este volumen de poesía se convirtió en uno de los más leídos el año pasado en el ámbito de la lengua española y degeneró en un muy interesante ensayo de Mario Bojórquez, “La poesía del resentimiento”. Fue publicado también en México (Círculo de Poesía), El Salvador (DPI), Colombia (Icono), Nicaragua (Leteo ediciones), Argentina (el suri porfiado) y espera ediciones en Perú, Chile, Italia, Estados Unidos y Bélgica.

Con lo anterior se advierte que la poesía en español está viva y que esa vitalidad es resultado del vigor de los cuatrocientos cincuenta millones de hablantes de este idioma.

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Alí Calderón (D.F., 1982) es poeta y crítico literario. Maestro en Literatura Mexicana. En 2007 recibió el Premio Latinoamericano de Poesía Benemérito de América. Fue merecedor, en 2004, del Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde.  Es autor de los poemarios Imago prima, Ser en el mundo y De naufragios y rescates; del libro de ensayos La generación de los cincuenta y coordinador de la antología La luz que va dando nombre 1965-1985. Veinte años de la poesía última en México. Fue recientemente antologado en Poesía ante la incertidumbre, editado por Visor.

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